Giulia, el amor y un puñado de lavanda 62. León
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62. León

León

Troto sobre Luci barriendo los bosques con la linterna mientras Samu hace lo mismo peinando el otro extremo de esta zona.

En casa, mi hermana, Giulia y el resto de la familia intentan sobrevivir al pánico como pueden.

Aquí, Samu y yo tratamos de no hacer correr a los caballos y buscar paso a paso, tramo a tramo.

Con una paciencia y una calma que estamos muy lejos de sentir.

No hablamos, salvo para acabar de rastrear un área y comenzar en otra.

Tampoco hace falta que ninguno de los dos diga algo, porque no tenemos más que mirarnos a los ojos para sentir cómo se nos hiela la sangre.

La noche es calurosa. Es la única parte positiva de todo esto.

Aunque los niños estén fuera sin abrigo no pasarán frío, a no ser que caigan al río.

Y, si caen al río, el frío es el menor de sus problemas.

Dependiendo de la zona en la que estén hay pozas naturales, cascadas y corrientes demasiado peligrosas para dos críos de seis años.

Trago saliva e intento apartar la imagen mental de Bella y Giuliano siendo arrastrados por la corriente, porque no necesito congelarme de miedo más de lo que ya estoy.

El bosque es denso y oscuro, de noche hay animales que de día no se ven, bajan de la cima de la montaña buscando comida y dos niños pequeños son demasiado golosos.

Lo único que me tranquiliza es que Balti es un caballo mayor, pero eso los animales salvajes lo ignoran.

Sabrá imponerse si hay un enfrentamiento, aunque lo ideal es que no lo haya.

Joder, lo ideal sería que a ninguno de los dos les hubiera parecido buena idea marcharse de casa sobre un caballo.

He leído la nota, entiendo el sentimiento de Giu, pero vivo rezando para que aparezcan —pese a ser un hombre poco espiritual—, y fantaseo con la idea de hacer la mayor fiesta jamás vista en Valdelila para celebrar que están sanos y salvos.

Grito sus nombres una y otra vez mientras avanzo, y no es hasta pasada una hora cuando un grito de Samu me alerta.

—¡León!

Giro el cuerpo hacia el sonido de su voz y, desde ahí, no pienso, cabalgo hasta donde está con la esperanza de que sus gritos sean para ayudarme a encontrarlo y no porque la situación sea desesperada.

Hallo rápido a mi cuñado, pero no me concentro en él, sino en Bella y Balti, que están a su lado. La niña llora y el caballo parece alterado.

—¡Giuliano! —dice mi cuñado.

Lo miro desencajado por su tono de voz y, cuando me señala el pequeño barranco, siento que la sangre me baja a los pies.

Corro y me asomo solo para comprobar la altura.

No es mucha, por suerte; alumbro con la linterna y calculo unos tres metros, pero si tienes seis años puede ser un abismo.

El niño está sentado abajo, llorando y chillando, histérico.

Alzo la voz para decirle que no se preocupe porque estoy aquí, pero no atiende a razones y sigue gritando.

Al principio me agobio, pero pasado medio minuto me concentro en la ley no escrita de que, si un niño tiene fuerza suficiente para llorar y gritar, es que no está muriéndose.

Sacamos las riendas de Luci, Balti y el caballo de mi cuñado y las atamos para crear una cuerda lo bastante fuerte como para bajar.

Bella también llora, pero Samu la obliga a sentarse sobre Balti y quedarse quieta.

Después se ancla con la cuerda a un árbol robusto y asiente mirándome, dándome luz verde.

Me arrodillo al borde del barranco y miro abajo, enfocando al niño con mi linterna.

—Oye, campeón, sé que tienes miedo, pero voy a bajar a por ti, ¿vale?

—¡Me duele mucho, León!

No sé qué es lo que le duele mucho, no lo veo bien desde aquí, pero contengo el miedo y contesto.

—Lo sé, Giu, pero ya casi estoy contigo.

El niño no responde y yo inspiro hondo y me agarro al borde del barranco un segundo, porque no puedo desestabilizarme ahora. No todavía.

Me levanto y busco la forma de empezar a bajar.

Desde luego deberíamos tener un material mejor y más fuerte, pero esto es lo que hay y no pienso dejar a Giuliano llorando en ese estado de nervios ni un minuto más.

Me pongo la linterna en la boca, me envuelvo la cuerda en las muñecas e inicio el descenso procurando ir despacio y apoyando bien los pies.

Me recuerdo a mí mismo que voy lento para ir seguro y para no caerme encima de él.

Está bien, está vivo, lo demás lo iremos viendo.

No sé cuántos minutos tardo en bajar, pero juro que cada uno de ellos se me hace eterno y en todos imagino la cara de Giulia si tuviera que volver y contarle que no he sido capaz de salvar al niño que se ha convertido en toda su existencia en apenas dos meses.

En cuanto puedo tocarlo, siento cómo me invade el alivio. Giuliano llora, tiembla y se estremece cuando intento estrecharlo contra mí y le toco el brazo. Lo enfoco con la linterna y no me hace falta ser médico para saber que tiene la muñeca rota.

—Me duele mucho —insiste llorando.

Le limpio las mejillas con cuidado y le beso la frente antes de alzarlo en brazos y acercarlo a mi pecho con cuidado de no tocar su mano herida.

—Vamos a llevarte al médico como la otra vez, cuando te pusiste malito, ¿te acuerdas?

—Asiente contra mí, pero sigue temblando—.

Te pondrán una escayola que podremos firmar y decorar con dibujos.

Va a ser genial, ya verás. Ningún niño de Valdelila ha tenido antes una escayola en el brazo.

Eres el primero, Giu; ¿tienes idea de lo suertudo que eres?

Él se despega de mí y me mira con los ojos verdes e inmensos.

—¿El primero?

Bendita inocencia. Sonrío con una tranquilidad que estoy muy lejos de sentir y asiento.

—Sí, es un honor para ti. Seguro que, si hablamos con el alcalde, hasta podemos hacerte una medalla.

—No sé si esto es verdad o no, pero deben de vender medallas de todo tipo por internet y pienso comprar una en cuanto todo esto pase.

Después obligaré al alcalde a dársela—. ¿Qué te parece?

Pero ahora tienes que ser muy valiente. Vamos a subir y necesito que te agarres a mí muy fuerte.

—¡Pero no puedo agarrarme con esta mano!

—No, pero tienes la otra y te ataré a mí de una forma superchula.

No es superchula. Es infernal, y consiste en quitarme la camiseta y hacer una especie de arnés que ato a mi cuerpo.

Lo meto dentro y después le grito a Samu para que tire de mí tanto como pueda mientras me impulso y subo despacio, intentando que Giuliano no haga esfuerzos y tirando sobre todo de un brazo.

Para cuando llego arriba estoy exhausto, pero no me detengo. Samu sujeta al niño mientras yo suelto la cuerda, ato a Balti y a Luci y subo antes de estirar los brazos.

—Dámelo.

Samu me lo devuelve. Después sube a su propio caballo con Bella y regresamos a casa.

Una muñeca rota y una caída por un pequeño barranco no parecerán gran cosa cuando la adrenalina baje, pero ahora mismo me siento como si Giuliano se hubiera perdido en lo alto de un rascacielos y yo hubiese tenido que trepar para alcanzarlo.

Llegamos a la casa y el revuelo es tal que tengo que pedirles a algunos vecinos que se aparten, porque están poniendo nervioso a Luci.

—¡Giuliano! —El grito ensordecedor de Giulia me hiela la sangre.

La veo correr hacia nosotros, con el rostro desencajado y los ojos fijos en el niño. No se detiene hasta que no lo tiene entre sus brazos y, aunque el pequeño llora, se aferra a ella como no se aferra a nadie más, ni siquiera a mí mientras lo subía por el barranco.

Trago saliva y contemplo la escena con una especie de alegría mezclada con dolor, porque me encanta haber ayudado a encontrar a Giu, pero también soy muy consciente de que no pertenezco al cuadro que se representa frente a mí.

En un mundo idílico, yo me quedaría con la chica y con el niño. Formaríamos una familia que no sería perfecta para mucha gente, pero sí para mí.

En el mundo real, sin embargo, me toca quedarme aquí y mirar desde lejos, una vez más, cómo este sueño tampoco va a cumplirse.