Giulia, el amor y un puñado de lavanda 60. León
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60. León

León

La echo de menos, joder. La echo tanto de menos que siento que no respiro bien, por eso estoy en el gimnasio, sudando y esforzándome para que entrenar duro me ayude a olvidar que está a solo unos pasos de distancia.

Mi perro ha volado en cuanto ha visto el descapotable de Giulia y yo he controlado las ansias de pasar por casa de mi hermana a duras penas.

Después de dos días sin verla ni hablar con ella quiero plantarme frente a su cara y decirle que la quiero.

La quiero tanto que haría cualquier locura por ella, por disparatada que fuera.

La quiero tanto que lo gritaría a los cuatro vientos en la plaza de Valdelila, con todo el maldito pueblo de testigo.

La quiero tanto que voy a respetar sus deseos, aunque estén consumiéndome por dentro, y voy a quedarme aquí sin atosigarla con mis sentimientos porque doy por hecho que emociones, a Giulia, le sobran ahora mismo.

Podrá mostrarse tan fría como le apetezca, pero a mí no me engaña: la visita de Fiorella ha removido algo muy oscuro dentro de ella.

No necesita a un tipo intenso diciéndole que ha confundido las cosas y se ha enamorado como un idiota. No lo necesita, aunque me muera de ganas.

Por eso, cuando mi madre aparece en el gimnasio, estoy más que dispuesto a contarle la verdad.

Si viene a insistir en que Giulia y yo estamos raros, le diré que, en realidad, nunca hubo una relación.

Que fingimos salir para que ella me dejara tranquilo y que en algún momento nos dejamos llevar y traspasamos la línea de lo físico, pero que para Giulia no ha sido más que eso: sexo y diversión.

Y después mentiré de nuevo, pero no sobre mi relación con Giulia, sino sobre mis sentimientos por ella, porque mi madre no tiene por qué saber que siento que, por segunda vez en la vida, se me niega la oportunidad de tener lo que más quiero.

Primero fue el baloncesto. Ahora Giulia del Valle.

Supongo que algunos nacemos con la misión de vivir creyendo que podemos alcanzar el cielo y perderlo todo justo cuando nuestros dedos apenas empiezan a rozarlo.

—Hijo, Giulia...

—Mira, mamá, si vienes a calentarme la cabeza con algo sobre nuestra relación, déjame decirte que...

—León —me interrumpe—. Mírame.

Lo hago. La miro y me basta un segundo para saber que algo anda mal. Tiene los ojos embargados de angustia, se retuerce las manos y su respiración es irregular, así que dejo las pesas de inmediato y voy hacia ella.

—¿Qué pasa?

—Giuliano y Bella se han ido.

—¿Se han ido? ¿Cómo que se han ido? ¿Adónde?

Mi madre me cuenta por encima la situación. La nota, la desaparición y que no los encuentran en los alrededores.

—No pueden haberse marchado tan lejos —murmuro mientras cojo la camiseta que me había quitado para entrenar y me la pongo—. Son dos críos de seis años, por Dios. No tienen las piernas tan largas.

—Hijo... —La voz de mi madre se rompe en un sollozo que me hace mirarla de inmediato—. Balti tampoco está.

Yo pensé que sabía lo que era el miedo, pero no tenía ni idea.

No sabía que el miedo, cuando brota de las entrañas, se siente como un demonio que lo ocupa todo.

Como si no dejara espacio para nada más que el pánico.

Quiero gritar. Quiero correr. Quiero reaccionar, pero lo único que hago es mirar a mi madre y desear con todas mis fuerzas haber oído mal.

Tiene que ser eso.

Esto no... esto no puede estar pasando.