Giulia, el amor y un puñado de lavanda 59. Giulia #2
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59. Giulia #2

—Cuidar de Giuliano hasta Navidad y luego marcharme y dejarlo con su madre.

—Su madre, que ha vendido joyas para largarse a Australia.

—No deja de ser su madre por eso, Abi. Egoísta, sí, pero su madre de todas maneras.

—No se entiende con el niño, es evidente.

—¿Y qué? ¿Sabes cuántas madres hay por ahí que no se entienden con sus hijos?

—Lo sé, pero ella no le tiene apego al crío. No va a saber llevarlo.

—Repito: es su madre.

—¡Bueno, joder, pues no debería! Lo ha parido, sí, pero no todas las que paren son madres, Giulia. Ni todas las madres que crían han parido, tampoco.

—¿Adónde quieres llegar? —pregunto en tono cansado.

—Podrías quedarte con él. Creo que Fiorella incluso agradecería que le propusieras alargar este pacto.

—¿De qué hablas?

—De que luches por lo que quieres. Por Giuliano, por mi hermano y por quedarte.

—Tú no sabes lo que quiero —contesto con la respiración acelerada, porque la simple idea hace que me maree.

Abi me mira exasperada, como si estuviera harta de tener paciencia conmigo.

—Sé que ese niño ha conseguido en dos meses contigo mucho más de lo que ha conseguido con tu prima en seis años.

Sé que tú misma has cambiado desde que llegaste; se te ve más relajada, más tranquila y feliz.

Sé que lo quieres muchísimo y sé que te estás muriendo por dentro porque la visita de tu prima te ha recordado que Giuliano no es tuyo, aunque estés actuando como si lo fuera.

Por eso pienso que debes hacer lo posible para convertirlo en una realidad.

Por tu felicidad, pero sobre todo por el bien del niño. Necesita una madre.

—Ya tiene una madre —le respondo, porque no sé qué más decir, no sé cómo enfrentarme al hecho de que Abi haya sabido leer mis emociones con tanta claridad.

—Una madre de verdad, Giulia —me rebate ella—. Una con la que compartir mucho más que ADN. Necesita que lo críes, eduques y motives de la forma en que una buena madre lo hace.

—Abi, yo sé que tus intenciones son buenas —digo interrumpiéndola, porque de verdad siento que todo esto me está superando—.

Sé que quieres la felicidad de Giuliano, yo también, pero su madre es Fiorella y, cuando vuelva en Navidad, se hará cargo del niño y yo me iré.

Así es como está estipulado y así es como tiene que ser.

—Pero si tú quisieras...

—¿Y quién ha dicho que quiera? —exploto—. ¿Por qué todo el mundo da por hecho, de pronto, que mi felicidad consiste en quedarme aquí y jugar a las casitas con un niño que no es mío, una empresa que ni siquiera existe y un hombre que tampoco es para mí?

Es como si le hubiera dado un puñetazo a Abi, pero nos hubiera hecho efecto a las dos. Tal y como las palabras salen de mi cuerpo siento que me muero por dentro, pero, por más que quiera, no soy capaz de reconocerle mis miedos y anhelos más profundos.

No puedo confesar que en estos dos meses cuidando de Giuliano, limpiando y poniendo al día el sótano y entregándome a León he sido más feliz que en mis veinticinco años de locuras y descontrol.

No puedo, porque admitir eso en voz alta me obligaría a hacer algo al respecto, y la realidad es que soy una cobarde.

No soportaría luchar por Giuliano y que Fiorella se resistiera; no soportaría ilusionarme de nuevo y sentir que lo pierdo una vez más.

Como tampoco soportaría intentar que las cosas con la empresa y con León funcionaran para luego terminar fracasando como siempre.

—Está bien —dice Abi con voz sorprendentemente calmada—. No pasa nada, Giulia. Perdóname por haberlo sugerido.

Me quedo en silencio, porque sus palabras solo sirven para hacer más pesada mi carga, aunque no tengan esa intención.

Me acabo mi café tan rápido como puedo y le pido que, por favor, avise a Giuliano de que nos vamos.

Ella no se pone difícil, ni insiste más, y una parte de mí también se enfada por eso.

Joder, no me entiendo ni yo. Me molesta que me insistan en hacer algo con respecto a mi situación y me molesta aún más que no me digan nada.

¿Qué se supone que tiene que hacer la gente a mi alrededor para no sentir que caminan sobre cáscaras de huevo cuando estoy cerca?

¿Y qué se supone que tengo que hacer yo para dejar de sentirme así?

Recojo el bolso con las toallas que he traído y, cuando Abi vuelve, estoy más que lista para marcharme, porque lo cierto es que siento mucha vergüenza por mi comportamiento.

—Giulia...

—No quiero discutir —murmuro sin mirarla.

—Giulia... —Algo en su tono hace que la mire. Está lívida y, antes de que pueda preguntar, alza una mano con un papel—. Giuliano y Bella no están.

—¿Cómo que no están?

—Han desaparecido.

Oigo sus palabras, pero me río, porque ni siquiera soy capaz de concebir que puedan ir en serio.

—Bueno, será como la otra vez. Vamos a mirar en el jardín y...

—Giulia. —Agita la mano con el papel y se acerca—. Lee.

Lo hago. Tomo la hoja medio arrugada y leo la letra inconfundible de mi sobrino. Todavía no sabe escribir con fluidez, pero hemos estado todo el verano practicando con pequeños dictados. Reconocería esa letra en cualquier lugar del mundo.

Yo no quiero esa mamá. Me boy para siempre

El mundo no se detiene. Es algo que me sorprende. El aire acondicionado sigue zumbando, la tele de fondo suena como siempre y nada parece agitarse. Todo continúa estático. Todo menos yo. Mi sangre bulle ante la imagen de Giu escuchando la conversación que acabo de mantener con Abi.

Siento que me consumo ante la idea de perder a Giuliano y un sinfín de escenarios catastróficos comienzan a pasar frente a mis ojos mientras Abi se pone en marcha, saca el teléfono y empieza a llamar a gente, porque yo, al parecer, me he convertido en una estatua por fuera.

Y en un volcán de lava y pánico por dentro.