59. Giulia
Giulia
Dos días después de que León me mirase como si yo fuera una villana de película, todavía no he sabido nada de él.
Y no lo entiendo. No entiendo por qué no ha venido y tampoco entiendo por qué parecía tan dolido con lo que dije.
Nuestro final era previsible, estaba escrito desde el principio y él lo sabía.
Yo no he mentido ni he sido deshonesta a lo largo de estas semanas: dejé muy claro en todo momento que no éramos pareja, que esto era temporal, así que no tiene sentido que me mirase y me tratase así.
Igual que tampoco lo tiene que yo me sienta, de hecho, como una villana.
No debería sentirme así cuando no he engañado a nadie, ni siquiera a mí misma; siempre he sabido que las cosas con León terminarían tarde o temprano.
Y no debería dolerme su ausencia, pero me duele, maldita sea.
Lo único que lo ha hecho soportable es mi obsesión por hacer todo tipo de actividades con Giuliano.
El niño está saturado, creo, porque anoche me dijo que hoy podía ir a dar una vuelta con mis amigos, si quería.
Intuyo que eso significa que está harto de hacer manualidades, darse baños en la piscina, hacer senderismo, ver películas o jugar en el patio.
Desde que me quedé a su cargo hemos estado haciendo todo eso y más, desde luego, pero no a este nivel.
No con esta necesidad de estar cada minuto con él y, al mismo tiempo, sentir que me duele el pecho cada vez que lo miro porque soy más consciente que nunca de que el tiempo no perdona.
Tenemos sobre nuestras cabezas un reloj de arena corriendo al que cada vez le queda menos, pero eso él lo desconoce.
Él, de hecho, sigue convencidísimo de que Papá Noel y los Reyes Magos se encargarán de solucionarlo todo.
—¿Qué harás hoy? —pregunta mi madre.
Estamos en la cocina, Giuliano todavía no se ha despertado, porque anoche nos dormimos tarde viendo una película proyectada en el jardín.
Mis padres han sido vitales a la hora de sobrellevar esta situación, pero ni siquiera sus intentos de ánimo han surtido efecto porque, cada vez que sacan el tema de Fiorella, me cierro en banda y me niego a hablar.
No quiero hablar de nada de esto con nadie.
No me siento capaz ni serviría para nada, porque ¿qué se puede hacer?
No soy su madre y esta no es mi casa, no es mi vida.
Simplemente he sido lo bastante tonta como para dejarme llevar y creer que sí que lo era.
Así que no, no quiero hablarlo, lo único que quiero es disfrutar del niño y coleccionar tantos recuerdos como sea posible para llevármelos conmigo cuando llegue la hora.
—Poca cosa —admito—. Ayer compré arcilla de secado al aire y quería hacer figuras con Giuliano. Creo que puede ser divertido. —Mi madre no responde, pero me mira—. ¿Qué?
—¿Y el trabajo?
—¿Qué trabajo?
—El sótano. Hace días que no bajas.
—Ah. Bueno, es que no estoy inspirada.
—No tienes que estar inspirada para bajar. Tenías pendiente imprimir las etiquetas de prueba para las velas, ¿no?
—Ya lo haré en otro momento. ¡La arcilla no puede esperar! —exclamo con falsa alegría.
Y entonces, creo que por primera vez en mi vida, mi madre frunce el ceño y niega con la cabeza.
—Deberías prestar atención a las etiquetas.
—Mamá, ni que fuera de vital importancia. —No lo son. De hecho, cuanto antes empiece a despedirme del sótano y todo este absurdo negocio, mejor. A fin de cuentas, también está destinado a terminar en unos pocos meses.
—Lo es, pero no por las etiquetas, sino por lo que implican.
—¿Y qué implican, a ver?
—Estás huyendo, Giulia.
—¡No es verdad!
Mi madre me mira con tanta lástima que me ofendo. No me importa que se enfade o que me diga lo que opina acerca de cualquier cosa que haga, pero que me mire sintiendo lástima de mí es algo que me supera.
—Sé que la visita de Fiorella ha levantado un huracán de emociones. Soy tu madre, he intentado apoyarte y entenderte siempre, pero no estás gestionando esto bien, hija.
—No tengo tiempo de hablar de esto —murmuro mientras me levanto—. Voy a despertar a Giu.
—Hija...
—No, mamá, de verdad. Esto no es algo de lo que vayamos a hablar, lo siento.
Se queda en silencio. Supongo que no es fácil para ella llevarme la contraria cuando no lo ha hecho en veinticinco años. Tampoco es fácil para mí ver cómo lo intenta, así que hago lo que mejor se me da: irme.
Subo a la habitación y, cuando recibo un mensaje de Abi invitándome a pasar la mañana en la piscina de la Finca Lobo con ella y los niños, no lo pienso. Es la salida perfecta para esquivar el sótano, a mis padres y mis propias responsabilidades.
Despierto a Giu con la noticia de que vamos a ir con Bella y eso hace que el niño se vista a toda prisa.
No queda mucho rastro del crío que juraba que Isabela Lobo lo obligaba a jugar.
Es increíble cómo ha aprendido a ponerle límites a su amiga, pero, sobre todo, cómo se ha abierto a ella y al resto de los niños de su cole.
No es el niño más extrovertido de su clase, ni muchísimo menos.
No lo será nunca porque Giuliano tiende a ser tímido y serio, pero ya no tiene miedo de mostrarse al mundo y creo que ese es un gran avance.
Llegamos a la Finca Lobo, aparco el coche frente a la casa de Abi y no puedo evitar que mis ojos se vayan hacia el fondo de los terrenos, donde la cabaña de León parece sacada de un cuento.
El río a un lado, los prados y el bosque al otro y, en medio, una casa que, si bien no es inmensa ni lujosa, tiene todo lo que cualquiera pudiera desear, comenzando por su propietario.
Realmente me duele no haber sabido nada de él y, en parte, tengo que reconocerme a mí misma que he venido porque con un poco de suerte podré verlo por aquí.
Provocarlo, arrancar algún tipo de reacción en él para recuperar la normalidad que teníamos hace una semana.
Con más suerte aún, podré convencerlo de retomar nuestra relación en el punto en el que estaba, antes de que todo se fuera a la mierda.
Porque no hay motivo para que no disfrutemos el uno del otro en los meses que nos quedan, ¿no?
—¡Mejor amiga! ¿Entras o qué? —Miro a Abi, con vaqueros cortos, una camiseta holgada que tapa su incipiente tripa de embarazada y un moño deshecho.
Está descalza y se apoya en el quicio de la puerta con naturalidad.
Es preciosa y tengo una suerte inmensa de haberla conocido mejor en estos meses.
Trago saliva, porque voy a echarla de menos cuando me vaya, pero no se lo digo porque Abi embarazada está muchísimo más emocional que de costumbre y llora por todo, así que me limito a abrazarla cuando llego a su altura.
—¿Y esto? —pregunta ella antes de devolverme el gesto—. No es que me queje, pero pensaba que el miembro de mi familia que se llevaba todos tus abrazos era mi querido hermano y no yo.
—Tu hermano no está muy dispuesto a dejarse abrazar por mí, creo.
Abi frunce el ceño y chasquea la lengua.
—No creo que exista un mundo en el que León no quiera un abrazo tuyo. Lo tienes completamente loco, amiguita.
La adrenalina que siento, igual que sube, baja.
Y la bajada es durísima y muchísimo más infernal que la subida, porque ahí es donde me doy cuenta de que tampoco existe un mundo en el que yo no quiera un abrazo de León, pese a que, en unos meses, estaré obligada a vivir sin verlo, ni tocarlo, ni mucho menos abrazarlo o besarlo.
No respondo a Abi y, por suerte, no hace falta, porque los niños se encargan de armar tanto barullo que los seguimos y nos ocupamos de ellos y de temas mucho más triviales.
Pasamos la mañana en la piscina familiar y, aunque me paso las horas mirando a mi alrededor, el único que aparece y se me echa encima como un loco es Bambi.
En ese instante miro rápidamente en todas las direcciones, pero no hay ni rastro de León, y es imposible.
Su perro jamás anda muy lejos de él. Está por aquí, lo sé, y sé que ha tenido que ver mi coche, pero no se acerca y eso.
.. me duele. Joder, cómo me duele que me esté evitando.
Me quedo a comer, porque soy una persona con tendencia a revolcarme en la mierda, según parece, y necesito constatar de todas las formas posibles que León pasa de mí.
De hecho, Samu se une a la comida y, para el café, Carmen y Rafa aparecen con una bandeja de pasteles y la confirmación de que León está en su casa, pero no quiere salir.
—Tendrá un mal día. ¿Habéis discutido, cariño? —me pregunta.
No sé qué decir. La verdad es demasiado compleja y, además, no quiero fastidiar a León, pese a todo, y romper la burbuja de Carmen de que somos la pareja perfecta, así que encojo los hombros y sonrío como puedo.
—Hemos tenido algunas diferencias.
—Bueno, las peleas de enamorados son normales. Yo con mi Rafa discutía mucho también; eso mantiene viva la pasión.
—Mamá, por favor, no hables de tu pasión con papá en mi presencia.
—Ay, hija, no seas mojigata. Tienes una niña y un bebé en camino: entiendes de pasiones más que nadie.
—Carmen, por favor, no quiero saber nada de mi hijita en ese sentido —dice Rafa en tono lastimero.
Samuel se ríe, superdivertido con todo esto, y la conversación toma otros derroteros, por fortuna.
Es ya por la tarde cuando le pido a Giuliano que vaya recogiendo todo lo que Bella y él han dejado tirado por ahí; mientras lo hacen, me quedo a solas con Abi. Me sirve un café y habla sin tapujos.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Con qué?
—¿Cómo que con qué? Con todo, Giulia. Con Giuliano, con mi hermano, con tu vida. Con todo, nena.
Es tan rotunda que tengo la sensación de que lleva todo el día esperando este momento. Abro la boca para decir algo, lo que sea, pero me doy cuenta de que la ansiedad me tapona el pecho y hablar me cuesta demasiado.
—Lo que tengo que hacer, supongo —digo sin más, incapaz de elaborar más mi respuesta.
—Ah, muy bien, qué específico. ¿Y puedes decirme qué es lo que tienes que hacer, según tú?