Giulia, el amor y un puñado de lavanda 58. León
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58. León

León

Llego a Casa Lavanda tan temprano que me quedo en el coche un rato, por si me he pasado. Por suerte, en algún momento Mariella, la madre de Giulia, sale con dos tazas de café en las manos y me ofrece una.

—Entra, estamos todos en la cocina.

—¿Fiorella?

—A punto de irse.

Asiento y salgo del coche, acepto la taza y doy un sorbo mientras caminamos juntos hacia la casa.

No he visto a Giulia desde que llegó su prima.

No ha sido porque me haya ignorado, de hecho ha respondido a todos mis mensajes, pero está rara.

No quiero pensarlo demasiado. Imagino que para ella la vuelta de Fiorella es un dolor de cabeza, pero algo me dice que hay algo más, que las cosas no van como deberían.

Y cuando entro en la casa lo confirmo, porque Giulia me ve, sonríe, pero no se acerca a besarme ni se mete conmigo. No hace nada, salvo acariciar el pelo de Giuliano, que desayuna en silencio a su lado.

—Buenos días.

—Oh, hola, León —dice Fiorella—. No esperaba verte, y menos tan temprano.

—Ya, bueno, he venido a ver si Giuliano quería ir a montar a Balti antes de que apriete el calor.

No es mentira. De verdad creo que al niño puede venirle bien la distracción, y compruebo que estoy en lo cierto en cuanto él me mira sonriente y asiente.

—¿Me esperas a que desayune superrápido?

—Claro, campeón, no hay problema.

Giulia vuelve a observarme, pero sigue sin decir nada.

—¿Quieres venir? Ángel te echa de menos.

«Yo te echo de menos», ansío decir, pero no me atrevo, porque no sé cuál va a ser la respuesta.

Es una mierda vivir así. No quiero ser un tipo inseguro, pero es inevitable, si tenemos en cuenta que he perdido la cabeza por alguien que la mayoría de las veces sale por derroteros que me pillan desprevenido.

Nunca sé qué esperar de Giulia y eso me enamora y me acojona a partes iguales. Estoy muy jodido.

La despedida entre Fiorella y Giulia es fría, pero no más que la de Giuliano con su madre.

Es como ver a una estatua y a un árbol intentando despedirse.

No hay feeling de ningún tipo. Tanto es así que, cuando Fiorella sube al coche de alquiler que ha traído y se marcha, el niño suspira con un alivio tal que me estremezco.

—Por fin —murmura a nadie en particular.

A su lado, Giulia retiene el aire de una forma tan evidente que puedo verlo, porque un segundo después lo suelta de golpe y acaricia los hombros de Giuliano.

—Ve a vestirte, ¿vale? Si quieres montar a Balti no puedes hacerlo en pijama.

El niño no protesta y entra con los padres de Giulia.

Pensé que tendría un momento a solas con ella, pero se mete en casa sin mirarme y, cuando vuelve a salir, lo hace con un pantalón vaquero, camiseta de manga corta, una coleta y los labios más rojos que le he visto nunca.

Y llámame «tonto», pero entre su frialdad y ese gesto, que equivale a levantar un muro infinito entre ambos, me siento como si me hubiera dado un puñetazo en la boca del estómago.

El camino hasta la finca lo hacemos en silencio y, al llegar, Giulia no está mucho más comunicativa.

—¿Cómo ha ido con Fiorella?

—Nada nuevo, todo lo que te conté por mensaje.

No quiero decirle que por mensaje se limitó a contar que su prima es una imbécil, algo con lo que estoy de acuerdo, pero aun así...

—¿Cómo se ha tomado Giuliano todo esto?

—Bien.

Bueno, pues ya podemos confirmar que está igual de comunicativa que yo cuando llegué aquí y me pasaba los días gruñéndole a todo el mundo.

La única parte positiva es que eso me ayuda a entender a mi familia un poco más.

Me hago una nota mental para comprarles algo bonito por soportarme tanto tiempo sin mandarme a la mierda.

No es que piense mandar a Giulia a la mierda, pero se hace muy complicado conversar con una persona cuando claramente no quiere hablar y, de por sí, tú ya eres introvertido y de pocas palabras.

El paseo es tranquilo. Giu se lo pasa en grande y no para de hablar de todo lo que quiere hacer lo que resta de verano, antes de volver al cole.

Parece feliz. Tan feliz que sospecho que hay algo que no sé.

Por eso, cuando terminamos, le pido que entre en casa de mi hermana para saludar a Bella y, sin salir aún de las caballerizas, le pregunto a Giulia sin rodeos:

—¿Por qué está Giu así de contento? ¿De verdad no le importa que su madre se haya vuelto a marchar?

Para mi sorpresa, esta vez ella no evita responderme.

—Tiene un plan. Va a pedirles a Papá Noel y a los Reyes Magos que yo sea su madre.

La miro con la boca abierta.

—Oh.

—Sí. Oh.

—Es una mierda.

—Lo es.

Estoy cansado, lo reconozco, y también nervioso; la paciencia no es lo mío en este sentido, así que pregunto sin más miramientos:

—¿Está todo bien? Entre nosotros, digo.

—Sí, claro.

—No lo parece.

—¿No?

—No.

—¿Y eso por qué?

—No sé. Estás callada, borde y seria.

—O sea, estoy como estás tú la mayor parte del tiempo.

Touché .

Me quedo en silencio porque no sé qué decir. Pensé que con ella era distinto, últimamente lo era, pero a lo mejor me lo tengo merecido, quién sabe.

—Bueno, si necesitas hablar o lo que sea...

—Estoy bien, gracias.

No se me ocurre cómo continuar con la conversación, y ella está tan cortante que me da miedo despertar a la bestia, porque así es como se siente hablar con Giulia ahora mismo, como si fuera una olla a presión a puntito de reventar.

Por eso me sorprendo cuando, al salir de los establos, se acerca y me besa.

—¿Vienes esta noche? Podemos bajar al sótano.

La pregunta no tiene muchas interpretaciones posibles: es evidente que quiere sexo.

Y está bien, de verdad, hasta no hace mucho yo habría estado feliz con este tipo de relación y trato, pero ahora mismo me siento... sucio. Como si hubiera algo aquí que no encajara.

—Puedo ir..., pero antes me gustaría tener una charla acerca de lo que ha pasado.

—¿Otra vez, gatito? Ya te he dicho que nada.

—No te creo.

—Pues tienes que hacerlo. No ha pasado nada que no esperase.

Fiorella ha venido, se ha comportado como una capulla y me ha recordado que todo esto es pasajero.

Tengo unos meses más para disfrutar del entretenimiento que suponen Giuliano, Casa Lavanda y tú.

Y luego haré las maletas y me marcharé a donde sea que pueda empezar de cero.

De todas las cosas que ha dicho, no sé cuál es la que me ha dolido más.

Tal vez la que confirma mis peores temores: que, al revés de lo que me sucede a mí, ella no ha desarrollado ningún tipo de sentimiento por mí más allá del cariño y la química que se necesitan para que dos personas tengan un sexo increíble.

Siento una presión en el pecho tan grande que no puedo evitar mis siguientes palabras.

—¿Eso es todo lo que soy? —pregunto en tono tranquilo, como si por dentro no estuviera resquebrajando los cimientos de todo lo que creía haber construido en estos meses—.

¿Un entretenimiento? —Giulia no responde.

Y eso es motivo suficiente para terminar de romperme.

Podría haber dicho algo, lo que fuera, y yo me habría aferrado a eso como a un clavo ardiendo sin importar que no tuviera sentido.

Pero el silencio..., el silencio puede doler tanto como las palabras más crueles del mundo.

Quizás más—. Está bien —digo asintiendo—. Vale.

—Oye, León...

—No, lo entiendo. De verdad. Me queda claro.

—Siempre supimos que era algo pasajero. Nos hemos divertido, ¿no?

—Claro.

—¿Para qué complicarlo? Vienes a casa o voy a tu cabaña, nos regalamos unos orgasmos increíbles y luego cada uno sigue con lo suyo.

—Me muerdo el labio y la miro asintiendo, pero no porque esté de acuerdo, sino porque no puedo creer que esté siendo tan fría—.

Divertido y casual, justo como nos gusta.

Intenta sonreír, pero a mí todo esto me asfixia tanto que no puedo seguirle la corriente, así que señalo un punto inexacto por encima de mi hombro y hago una mueca que bien podría ser de sonrisa, de asco o de enfado.

—Acabo de acordarme de que he dejado algo sin hacer en casa.

No me cree. Claro que no me cree. Es una excusa de mierda, pero es mejor que desmoronarme delante de ella y confesar que, por primera vez en años, había comenzado a creer que existía algo capaz de lograr que me ilusionara de nuevo. Alguien que me hacía sentir vivo, después de todo.

No puedo confesarle que algunas noches, mientras ella dormía en mis brazos, me he sentido el puto rey del mundo y me he desvelado pensando en la forma de conseguir que no fueran unas cuantas noches, sino todas las que me quedan.

No. No puedo decirle nada de eso porque si algo me ha dejado claro Giulia es que mi estancia en su vida tiene una fecha de caducidad muy clara y luego me echará de una patada sin el menor remordimiento.

Y ni siquiera puedo enfadarme con ella porque, en el fondo, nunca me ha mentido a ese respecto. He sido yo quien ha creído, como un iluso, que las cosas podrían cambiar.

Por eso hago lo único que sé: irme a casa sin aspavientos, sin grandes dramas ni discursos larguísimos. Sin hacer ruido.

Irme a casa y lamerme las heridas en solitario, como he hecho siempre. Como debería haber seguido haciendo.