Giulia, el amor y un puñado de lavanda Fiorella
85%

Fiorella

Observo el pesebre de la iglesia a la que mi madre me ha traído para la misa de medianoche. Es, oficialmente, Navidad, pero todo lo que puedo pensar mientras miro la estatua del niño Jesús en la cuna es que en pocos meses yo tendré un niño de verdad.

Y no quiero.

Inspiro hondo y me pregunto, no por primera vez, cómo es que me siento tan abandonada a mi suerte. Cómo he podido cometer un error tan grande. Dos, en realidad.

El primero fue quedarme embarazada de la manera más absurda e irresponsable en una de las poquísimas noches de fiesta que he tenido en mi vida. Y con alguien que ni de lejos es una buena opción para ser padre.

El segundo, contárselo a mis padres.

No sé qué esperaba. O sí, claro que lo sé. Quería abortar. Quería que me dijeran que, aunque había sido idiota, íbamos a solucionarlo. La histeria me cegó, porque si lo hubiera pensado bien habría sabido que eso, para mi madre, no era una opción.

Tendría que haber recurrido a Giulia, pero desde que mis abuelos murieron hace tres años apenas hablamos. Apenas nos vemos, tampoco. Y aun así... debería haber recurrido a ella. Es la única que de verdad se habría preocupado por mí y no solo por el bebé que viene en camino.

No lo quiero. Se lo dije a mi madre, que no lo quería, pero solo me dijo que los hijos son una responsabilidad y que aprendería a quererlo con el tiempo.

Quise preguntarle si a ella le pasó eso.

De verdad ansié preguntarle si aprendió a quererme, porque no lo creo, pero lo cierto es que no me atreví porque, en realidad, solo soy una chica cobarde y estúpida que tiró por la borda la única oportunidad que tuvo para ser feliz.

Tengo dieciocho años, debería estar celebrando mi libertad. Dejando de envidiar a mi prima Giulia cada vez que veo sus redes sociales y viviendo mi propia vida. Viendo mundo. Viajando. Soñando. Disfrutando. Alejándome de mis padres para siempre.

Pero de alguna manera estoy más cerca de ellos que nunca, porque, cuando se enteraron de lo de mi embarazo, decidieron que por primera vez en años podía vivir en su casa, y ahora controlan cada paso que doy.

¿Quién iba a decir que acabaría echando de menos el internado?

Acaricio mi vientre, que ya empieza a abultarse. Estoy de cuatro meses. Ya no puedo abortar. Lo sé porque me he informado.

Voy a tener un bebé y él o ella será tan infeliz como yo, porque empiezo a darme cuenta de que mi madre es quien pretende tejer la red en la que quedará atrapado, del mismo modo que hizo conmigo. Ya habla de niñeras y futuros internados como si no fuera más que un muñeco de arcilla.

—Fiorella, vamos —me dice—. No podemos estar aquí toda la noche.

No protesto. Me dejo arrastrar hacia casa porque, en realidad, me siento igual de entumecida en esta iglesia que en cualquier otra parte del mundo.

No. Eso no es cierto. Hay una parte del mundo en la que no me he sentido nunca entumecida, pero es un lugar al que no he vuelto desde que mis abuelos murieron.

Vuelvo a mirar mi vientre hinchado. No quiero este bebé, no quiero ser madre, pero ya está hecho, va a venir, será responsabilidad mía y, por más que mi madre quiera manejar los hilos, soy yo quien va a tenerlo.

—Yo no quiero vivir en vuestra casa —digo desde la parte trasera del coche.

Observo las nucas de mis padres, pero ninguno hace gesto alguno. En mi padre es normal, porque no suele hablar casi nunca. Pero en mi madre...

—He dicho que no quiero... —insisto.

—Ya te hemos oído —dice mi madre—. Simplemente estamos dándote tiempo de rectificar para que no vuelvas a decir semejante estupidez.

—No es una estupidez.

Mi madre guarda silencio. Otra vez. No es raro, en realidad, me han aplicado la ley de hielo cada vez que he intentado tener una opinión firme sobre algo. Hacemos el resto del trayecto en silencio, entramos en casa en silencio y, cuando suben las escaleras para ir a su habitación, los detengo.

No he sido valiente casi nunca, no es algo que me enorgullezca, pero es la verdad. Sin embargo, tal vez pueda serlo una vez. Solo una vez en mi vida.

—Voy a irme a Valdelila, a casa de los abuelos.

Mi madre se gira y su mirada es tan fría que me estremezco.

—No, no lo harás.

—Sí. No tenéis que estar de acuerdo, pero si es así, si no me apoyáis, pediré ayuda al tío Luca y la tía Mariella. La mitad de la casa es suya y estoy segura de que me la dejarán.

Mencionar a mi tío Luca es como mencionar a Lucifer en mi casa.

Mi madre lo odia. Siempre dice que no entiende a quién ha salido, pero la realidad es que mi padre es el raro de la familia.

Mis abuelos eran un poco excéntricos pero unas bellísimas personas.

Mi padre en cambio es una marioneta. Alguien que solo vive para acatar las órdenes de mi madre.

Y, al parecer, yo he salido a él, porque he sido así toda mi vida, pero no pienso seguir así.

—Tengo dieciocho años, puedo hacerlo —insisto en un alarde de valentía.

O tal vez estoy comportándome como una kamikaze. No sé.

Mi madre se desata. Me grita, me echa en cara que no haya logrado ser nunca la hija perfecta que ella moldeó.

No con esas palabras, claro, pero el mensaje es esencialmente ese.

Me dice cosas horribles con el propósito de herirme y hacerme caer en una espiral de dolor que termine conmigo bajo su yugo, pero no cedo.

Me mantengo firme e inexpresiva mientras ella dice barbaridades y yo pienso que no quiero ser madre, pero aun así voy a hacer por mi bebé mucho más de lo que nadie hizo nunca por mí: voy a alejarlo de esta casa.

A lo mejor es el mayor error de mi vida. Tal vez me arrepienta en algún momento, pero si una cosa tengo clara es que, una vez tomada la decisión, no puedo volver atrás.

Volver a pedirles ayuda a mis padres no es una opción. Acercar mi bebé a ellos para que le destrocen la vida, menos. Estoy sola, para bien y para mal.

Y si las cosas van muy mal... siempre puedo recurrir a las únicas personas de esta familia capaces de dar amor sin maltratar a cambio.

Los únicos que sé que soportarán mis errores sin preguntar y querrán a mi bebé si me pasa algo.

Aunque ese algo sea yo misma tomando decisiones equivocadas.