Giulia, el amor y un puñado de lavanda 57. Giulia
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57. Giulia

Giulia

Dos días después de que el huracán de Fiorella llegara, está lista para marcharse.

En realidad podría haberse largado el mismo día que vino, teniendo en cuenta que lo único que quería era dinero, pero hay una razón muy potente para que no lo haya hecho.

Una razón que debería haber sido su hijo, pero no.

El motivo por el que ha tardado dos días en hacer maletas nuevas es que ese es el tiempo que ha tardado en vender algunas de sus joyas más caras en la ciudad.

Y ni siquiera ha tenido la decencia de esconderse o tratar de justificarse.

En su cabeza, lo que está haciendo es lógico.

Eso es lo que peor me tiene. Fiorella no entiende que está rompiendo el corazón de un niño de seis años porque, para ella, el único corazón que importa es el suyo.

Necesita priorizarse por primera vez en la vida, dice.

Que no lo ha hecho nunca, porque toda su niñez la pasó buscando la aprobación de sus padres y después se quedó embarazada y abandonó la adolescencia cuando no le tocaba.

Me sorprende que, en todos los discursos que ha dado en estas cuarenta y ocho horas, ni una sola vez se ha responsabilizado de nada.

Mis tíos son unos bichos, sobre todo mi tía, y es verdad que no son ni de lejos buenos padres.

Mi prima ha tenido una infancia sobrante de cosas materiales y dinero y carente de cariño y apego.

Hasta ahí estamos de acuerdo. E incluso podría respetar su decisión de vivir como le dé la gana, ahora que es adulta.

La podría respetar si no hubiera un niño de por medio. Porque cuando hay niños, la cosa cambia por completo.

Yo entiendo que hay mujeres que no quieren ser madres.

Yo misma he albergado dudas a menudo. Estoy a favor de que, quien no quiera tener hijos, no los tenga.

Pero una vez que decides tenerlos, debes aceptar que son una responsabilidad para toda la vida.

Aquí es donde no puedo estar de acuerdo con Fiorella.

Ella culpa a Giuliano de haber terminado de joder su vida cuando, en realidad, fue ella quien tomó la decisión de seguir adelante con el embarazo —supongo que en un arranque de rebeldía contra mis tíos—.

O tal vez quería convencerse de que podía ser diferente a ellos.

No lo sé, lo que sí sé es que ahora hay un niño pagando las consecuencias de sus actos.

Y, si bien entiendo que no es feliz y es obvio que no está bien psicológicamente hablando, no puedo respetar ni justificar su comportamiento con Giuliano.

El niño ha vuelto a ser taciturno, serio y escaso de palabras.

Solo le han bastado dos días para dar pasos de gigante hacia atrás, demostrando la forma en que todo esto le afecta.

¿Y qué ha hecho mi prima? No acercarse a él.

Decirme una y otra vez que no sabe cómo conectar con él, que no lo entiende y que no es como los demás niños.

—Es el único de su clase que disfruta leyendo en vez de jugando.

—Eso no lo convierte en un niño raro, Fiorella. Lo convierte en un niño curioso y de mente activa. Es listísimo.

—No le gusta hacer deporte.

—Quiso apuntarse a baloncesto y no se lo permitiste.

Me mira mal. Estamos en el porche, cada una con un botellín de cerveza.

Giuliano duerme con mis padres, que, por una vez, no están en el jardín a estas horas.

Supongo que están dándonos espacio para hablar de lo que sea que se suponga que tenemos que hablar, teniendo en cuenta que Fiorella se va a marchar por la mañana.

—No necesita ir a clases para jugar al baloncesto. Me ofrecí a comprarle una canasta y no quiso.

—Porque él no quería el baloncesto tanto como el contacto con otros niños. Eso es importante.

—Pero si a él no le gusta estar con otros niños. Iba a las funciones del colegio y nunca quería bailar ni relacionarse.

Dios mío, tengo tantas ganas de darle en la cabeza con el botellín que me sorprende que mi único gesto sea apretar el cristal con fuerza y respirar hondo.

—Eso no quiere decir que no le guste estar con otros niños. Simplemente le cuesta un poco al principio. A ti te ocurría lo mismo.

—No es verdad —me dice como si le hubiera dedicado el mayor insulto del mundo.

—De pequeña odiabas las fiestas. Tenía que arrastrarte por ahí a todas.

—Pero porque yo era muy tímida por culpa de mis padres. Nada más.

—Bueno, pues resulta que Giuliano también lo es —contesto entre dientes, soportando esta conversación a duras penas—. Y no por eso deja de ser un niño increíble. Tendrías que verlo montar a caballo, por ejemplo. Se le da bien, dice que quiere ser veterinario.

—Mis padres jamás me habrían permitido ser veterinaria.

Suspiro. Otra vez. Da igual qué diga o haga, porque ella todo lo convierte en un tema suyo.

Es egoísta, pero estoy segura de que, si se lo dijera, se ofendería muchísimo.

En su cabeza, ella es víctima de todo y de todos.

El resto del mundo ni le importa ni lo tiene en cuenta. Y eso incluye a su hijo.

—Por suerte, Giu te tiene a ti, que respetarás sus gustos porque sabes lo mucho que duele que te nieguen algo que quieres con todo tu corazón.

La miro de reojo, pero está concentrada en el jardín y hace como si no me hubiera oído.

—Te has dado una paliza en el sótano para nada —me dice después de un rato—. No pienso seguir con el negocio cuando vuelva.

—No tienes que hacerlo, igual que no cuidaste tú de los campos de lavanda.

—¿Y entonces? ¿Quién lo hará todo cuando yo vuelva y tú te vayas?

Siempre he presumido de no saber cómo es tener el corazón roto, hasta hoy.

No es lo que dice, sino lo que significa. Porque yo ya lo sabía, pero esto es la constatación de que llevo dos meses construyendo un castillo sobre arenas movedizas.

—Nadie. Ha sido solo un experimento que terminará cuando yo deje Valdelila —digo, pese a lo mucho que me duele imaginar un futuro así.

Luego, sin poderme controlar, añado en tono cortante—: Y si decido continuar con ello en la distancia, no te preocupes, que ya contrataré a alguien.

Si necesito dinero para pagarle, siempre puedo vender unas cuantas joyas.

Sus mejillas se tiñen de rosa, no por la vergüenza, sino por el enfado, pero se calla, claro que se calla.

Sabe que está a punto de largarse y dejarme a Giuliano de nuevo.

Lo que ella no entiende es que, aunque al principio no tenía ni idea de cómo cuidarlo, ahora mismo esa tarea me parece un auténtico privilegio.

Para ella Giuliano es una piedra en el zapato que no la deja caminar tanto como quiere, ahora que ha decidido, por fin, rebelarse contra sus padres.

Para mí, ese niño es un tesoro que me ha robado el corazón y ha vuelto mi vida del revés, porque, aunque yo vaya a marcharme en unos meses, nunca podré ser la misma gracias a él.

Pero no le explico nada de eso a Fiorella; no merece la pena.

Como tampoco merece la pena explicarle que, por dentro, estoy desangrándome al imaginar el momento en que tenga que decirle adiós a su hijo.

En lugar de eso, me acabo mi cerveza, hablamos acerca de todo lo que necesito saber de cara al inicio del curso y le aseguro que no tiene que dejarme dinero para cubrir los gastos de Giuliano. Yo me encargo.

No mucho después, subo las escaleras y entro en el cuarto que comparto con Giu.

Él duerme mientras mis padres ven una serie en la tablet en tono bajo.

Me miran y no sé qué ven, pero se levantan, besan mis mejillas y me dejan a solas con el niño dormido.

Me meto en la cama, lo abrazo con cuidado y siento, por primera vez en mis veinticinco años de vida, que podría deshidratarme llorando si me diera permiso a mí misma.

—No te preocupes, Giu —susurra él sobresaltándome. Alza la carita y clava sus preciosos ojos verdes en mí—. Tranquila, tengo un plan.

—¿Para qué, amiguito?

—Mamá me ha dicho que volverá en Navidad, así que no hay problema.

Sonríe ilusionado y no sé si es por el shock o por la tristeza que me ahoga, pero no lo entiendo.

—No te entiendo, Giu.

—En Navidad también vienen Papá Noel y los Reyes Magos. Voy a pedirles a todos ellos que tú seas mi mamá, así dará igual si ella vuelve o no, porque yo seré tuyo y ya no tendrás que irte.

No sé qué esperaba sentir y no sé qué quiere Giu que diga, pero las lágrimas que he sostenido a duras penas salen y, aunque el niño me mira preocupado, me apresuro a limpiármelas y prometerle que son lágrimas de emoción.

—Es que me pone muy contenta pensar en Papá Noel y los Reyes.

—¿Te gusta mi idea?

Debería decirle que no. Tengo que contarle que cuando llegue Navidad su madre vendrá, yo me iré y no hay seres mágicos que puedan ayudarnos, pero creo que es suficiente con que solo sea mi corazón el que esté roto.

El suyo puede esperar un poquito más. Solo un poquito porque, si no puedo evitar que nuestros caminos se separen, dedicaré los cuatro meses que nos quedan juntos a hacerlo el niño más feliz del mundo.

—Es una gran idea —le digo.

Porque Giuliano no tiene por qué saber que, en secreto, yo también desearía que fuera hijo mío y no de Fiorella. No tiene por qué saber que nunca en mi vida he deseado tanto volver a creer en la magia como ahora.