Giulia, el amor y un puñado de lavanda 56. León
82%

56. León

León

No sé qué significa exactamente la aparición de Fiorella, pero sé que no es bueno.

Giulia está como en shock. Miramos cómo su prima coge en brazos a Giuliano y, aunque el niño no se niega, no está ni la mitad de receptivo que cuando lo coge Giulia.

De hecho, no para de mirar por todo el patio hasta que encuentra el punto exacto en el que estamos.

Sin embargo, no nos movemos. Miro a la mujer que, hasta hace un segundo, sonreía y bromeaba conmigo.

No hay ni rastro de ella. Me gustaría decir que sé lo que está sintiendo y a qué se debe su reacción, pero no es así, porque su cara se ha quedado en blanco.

Podría estar sosteniendo las emociones del maldito mundo y yo no lo sabría porque así es Giulia, tiene un don para esconder lo que de verdad siente.

—¿Nos acercamos? —pregunto incómodo en un momento dado.

Básicamente porque todo el mundo está sin saber qué hacer. Todos nos miran a nosotros y a Fiorella como si estuviéramos en un partido de tenis. Joder, hasta la propia Fiorella nos mira, pero Giulia no hace... nada. Es una estatua.

—Giulia... —insisto—. ¿Vamos?

—¿Para qué? —pregunta encogiendo los hombros.

Como primera reacción, no es la que esperaba, ni de lejos, pero quiero pensar que está nerviosa.

—¿Para saludar? —sugiero.

—Ah. Bueno.

Ahora mismo desearía ser más elocuente. De verdad, no sé cómo gestionar esto y, cuando busco a Abi con la mirada, parece tan tensa como yo.

De todos modos, tampoco querría que fuera mi hermana quien la ayudase a pasar por esto.

Mis sentimientos por Giulia incluyen unas ansias de protección que, a veces, ni siquiera yo entiendo, así que le sujeto la mano y, poco a poco, la acerco hasta donde están Fiorella y Giuliano, pero cuando llegamos no la suelto, tal vez porque una parte de mí tiene miedo de que, si la suelto ahora, eche a correr y no mire atrás ni una sola vez.

Su prima sonríe, como si no fuera consciente del tsunami de emociones que ha traído consigo.

—¿Qué tal, Giulia?

—No te esperaba aún. Dijiste que volverías en Navidad.

Fiorella se queda un poco cohibida, seguramente porque no imaginaba esa reacción. Giulia suena cortante, pero de todas formas su prima intenta reponerse rápido.

—Bueno, ¡sorpresa! ¿Podemos hablar en privado?

El niño, que seguía en brazos de su madre, baja y camina hacia Giulia, abrazándola por la cintura sin decir nada, como quien intuye que su vida está a punto de dar un nuevo giro de ciento ochenta grados.

—Entremos —murmuro—. En la casa estaremos más cómodos. ¿Os parece?

Las dos se muestran de acuerdo y, para cuando queremos movernos, Giuliano sigue pegado a Giulia y esta tiene que acuclillarse, cogerle por los brazos y separarlo de su cuerpo haciendo un poco de fuerza.

—Vengo enseguida, ¿vale?

—¿Vas a irte?

—No, cielo. Solo voy a entrar en la casa para hablar con mamá.

—No te vayas.

Los ojos del pequeño se llenan de lágrimas tan rápido que Giulia le sostiene las mejillas y lo obliga a mirarla.

—No voy a irme todavía, Giu. Quédate tranquilo.

«Todavía». He oído tantas veces esa palabra en estos dos meses que he empezado a aborrecerla con toda mi alma.

Consigue separarse del niño, sobre todo porque Abi aparece y, esta vez, sí interviene.

Junto con Bella, logra distraer a Giuliano y llevarlo a otro punto de la fiesta.

Mi madre, por su lado, se ha dedicado a entretener a los vecinos para que no estén tan pendientes de nosotros o, como mínimo, disimulen más.

Los padres de Giulia no hablan, pero se acercan, dejándonos claro que no piensan permitir que vayamos a ninguna parte sin ellos.

Giulia, sus padres, Fiorella y yo, que tampoco pienso irme ni aunque me echen, entramos en casa de mis padres. Las puertas del salón se cierran y, por amplio que sea, que lo es, siento que las paredes y los muebles podrían asfixiarme de la tensión que se respira en el ambiente.

—¿Qué está pasando, Fiorella? —pregunta Giulia entonces—. ¿Por qué no has avisado de que venías? Habría preparado a Giuliano.

—¿Prepararlo para qué? ¿Para ver a su madre? —Giulia no responde y Fiorella sonríe, no con malicia, sino con nerviosismo—. Es mi hijo, prima. No hay nada que preparar.

—Para él es una sorpresa. Hace dos meses que no te ve.

—He enviado mensajes.

—Apenas.

—También os he mandado vídeos, pero viendo tus respuestas, no me ha dado la sensación de que el niño quisiera hablar mucho conmigo. ¿Qué querías que hiciera? ¿Obligarlo?

Giulia no responde. Han sido varias las veces que hemos hablado del tema y a mí siempre me ha dicho que Fiorella manda esos vídeos porque ella se los pide, pero que en ellos solo habla de sí misma y jamás pregunta por su hijo.

—Entonces, ¿ya está? ¿Has vuelto para quedarte?

—Oh, no. He vuelto porque necesito coger algunas cosas de casa antes de emprender mi nuevo proyecto.

—¿Proyecto?

—Vamos a ir a Australia. Mi chico y yo. —Fiorella sonríe nerviosa—. No he estado nunca y creo que me vendrá bien. Es un plan un poco loco, pero... pero me hace falta. Una gran aventura.

—Una gran aventura... —repite Giulia antes de inspirar hondo—. Entiendo.

Yo no entiendo nada. Giulia debería tener otro tipo de reacción. No sé. Debería parecer como mínimo sorprendida, pero solo parece tensa y recelosa.

—Volveré en Navidad, como hablamos, no te preocupes por eso.

—No me preocupo por eso —contesta—. ¿Qué cosas necesitas? Me lo podrías haber dicho y te las habría enviado por correo.

—Oh, eso... —Fiorella mira a su prima y, de nuevo, veo ese atisbo de inseguridad en ella.

Pese a lo que ha hecho, viéndola así ahora, no parece una mala persona. De verdad no creo que lo sea, pero es evidente que está muy perdida y tiene problemas que debería gestionar de una forma mucho más seria que yendo a Australia en busca de aventuras.

—Sí, eso. Dime, Fio, ¿qué necesitas?

Tarda unos instantes, pero no es tonta. Sabe que, si no habla ahora, las cosas van a ponerse mucho más difíciles.

—Mis padres han anulado mis tarjetas. Me dejaron la cuenta corriente, pero viajar es carísimo y no me queda mucho. Están siendo muy injustos.

—¿Has venido a por dinero?

—Más o menos. Tengo unas joyas que podría vender por una buena cantidad. —Giulia se envara y Fiorella se retuerce las manos, nerviosa—. Son joyas mías. Jamás me llevaría algo de Valdelila o de los abuelos.

—Gracias por especificarlo, pero yo no te he acusado de eso.

—No, pero estás ahí mirándome como si fuera una ladrona. Igual que tus padres.

—Eso no es cierto, cariño —dice Luca con suavidad—. Nadie te mira como si fueras una ladrona, pero creo que todos coincidimos en que estamos preocupados por ti.

—No tenéis por qué. Estoy bien, solo quiero... algo de liquidez. Eso no es malo. Y así de paso veía a mi hijo.

—Cielo, ¿de verdad tienes tantas ganas de ir a Australia? —pregunta la madre de Giulia con suavidad—. Podrías ir en unas vacaciones y tal vez llevar al pequeño, y...

—No.

—¿No? —pregunta Giulia enarcando una ceja—. ¿No podrías ir en el futuro o no podrías llevar al pequeño?

—Ninguna de las dos cosas. Quiero ir sola. Quiero... vivir aventuras sola antes de volver aquí y ser la madre que Giuliano merece. Quiero ocuparme de hacer las cosas que debería haber hecho pero no pude, primero por el internado y después por quedarme embarazada.

—Eso está muy bien, Fio, pero es que la vida no funciona así.

—¿Y cómo funciona? —pregunta ella molesta—. Dime, prima. Porque tú eres la primera que se ha dedicado a fundirse el dinero de sus padres. No te he conocido ni un trabajo serio.

—Hizo un anuncio para la tele —interviene Luca.

—Por eso he dicho «serio», tío.

Hasta yo aprieto los dientes. Esto es una mierda. Esta chica parece tener un discurso programado por el cual piensa que puede vivir como una adolescente rica, aunque no sea lo primero y pronto deje de ser lo segundo, si sigue gastando así.

No sé mucho acerca de los padres de Fiorella, aunque por lo que me ha contado Giulia, no creo que me fueran a caer demasiado bien, pero entiendo que le hayan cortado el grifo.

Y es cierto que Giulia ha vivido siempre cómodamente gracias al dinero de sus padres, pero, en contra de lo que yo di por hecho al conocerla, no se comporta en absoluto como si fuera una niña mimada y caprichosa.

.., salvo cuando va de compras. E incluso así, disfruta más gastando dinero para Giu que para sí misma.

—Mira, Fio, haz lo que quieras con tus joyas y con tu dinero, pero dime cuándo te vas y qué le digo al crío.

—Nada, ¿qué vas a decirle? Yo soy su madre. Hablaré con él y le explicaré las cosas, igual que ya hice la primera vez que me fui.

Según me contó Giulia, había averiguado a través del niño que Fiorella lo sentó y le explicó que se iba a marchar porque sentía que la vida la superaba y ser madre era demasiado para ella.

Giulia me lo contó ardiendo de rabia porque decía que Fiorella debería haber respetado la inocencia de su hijo y no cargarle con culpas que no le pertenecen, porque no pidió nacer.

Y no puedo estar más de acuerdo con ella, así que no es de extrañar que ahora mismo mi chica —porque es mi chica, aunque ella no lo sepa— esté envarada solo de pensar en que Fiorella pueda soltarle un discurso parecido a Giuliano de nuevo.

—¿Qué te parece si hablo yo con él?

—¿Por qué? ¿Crees que lo haré mal?

—Para nada, pero tienes razón, ¿sabes? Te mereces unas buenas vacaciones y Giuliano últimamente está un poco llorón y demandante. No quiero que te haga sentir culpable por irte. Es obvio que necesitas hacer esto.

El modo en que intenta usar la psicología con ella es tan absurdo que pienso que su prima no caerá, pero esta, en su desesperación por librarse de cualquier responsabilidad, asiente y carraspea, sonriendo un poco.

—Sí, a eso me refiero. Yo sabía que podía contar contigo. Si alguien puede entenderme, eres tú.

—Claro que sí. No te preocupes por nada, todo está controlado. Tú coge lo que necesites, haz las maletas de nuevo y vete. Yo me ocupo de Giuliano.

—Te debo una enorme. Cuando vuelva nos vamos a ir de fiesta, como en los viejos tiempos, ¿te acuerdas?

Giulia sonríe y asiente, pero no dice nada. Y yo empiezo a helarme por dentro, porque hay algo en la forma de mirar a su prima..., algo que me dice que no está bien. Nada lo está. No sé qué está sintiendo, pero sé que no es bueno y está arrasando con ella.

Y, cuando un rato después se marcha de mi fiesta de cumpleaños y de mi casa sin apenas mirarme a la cara, lo confirmo. No sé qué está pasando, pero sé que, sea lo que sea, está poniendo nuestra vida al completo en jaque mate.