Giulia, el amor y un puñado de lavanda 54. León
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54. León

León

Voy a matarla.

De verdad, es curioso este pensamiento porque hace una hora su boca rodeaba mi erección cuando todavía estaba durmiendo una increíble siesta. He despertado pensando en lo maravillosa que es esta mujer. En eso y en que creo que ya no estoy perdiendo la cabeza por ella... No. Ya la he perdido.

O eso creía hasta que he llegado al patio de mis padres después de comer y me he encontrado con todo Valdelila aquí y una pancarta en la que se lee E L GATITO MÁS FIERO DE VALDELILA CUMPLE AÑOS .

La parte positiva es que los vecinos todavía no nos han visto llegar.

Pero eso va a cambiar muy pronto, así que la miro deseando que me dé una explicación antes de que nos encontremos rodeados de gente.

Hemos pasado la mañana entera en mi cabaña, entre las aguas termales y mi cama, y ha sido increíble, la verdad.

Hasta el momento, la mejor celebración de cumpleaños de mi vida.

—No puedes enfadarte porque te he hecho la mamada de tu vida. Lo has dicho tú mismo hace un ratito de nada.

Bate las pestañas como si fuera el ser más inocente del mundo.

—Creo que dije muchas veces que no quería una fiesta —murmuro con la voz tan contenida como puedo.

—Esto no es una fiesta. Es una reunión de vecinos.

—Hay globos.

—Insisto: es una reunión de vecinos que casualmente se celebra el día de tu cumple. Una merienda tonta.

—Hay una puta pancarta.

—No sé quién la ha puesto ahí.

—Giulia, por favor. ¡Hay una tarta! —grito señalando la mesa central en la que hay una tarta inmensa y haciendo que, ahora sí, muchos nos miren.

Mi madre, en concreto, me mira de ese modo que quiere decir «no hagas que me avergüence de haberte criado», pero da igual, Giulia ni siquiera se altera con mi tono de voz.

Mi carácter de mierda no le afecta, es algo que hemos descubierto los dos.

Claro que últimamente estoy mucho menos gruñón y eso hasta ella tiene que reconocerlo.

—¿Desde cuándo necesita nadie una excusa para comer tarta?

—¡Has hecho que mi cara esté impresa encima!

Se ríe a carcajadas, como si acabara de contarle el chiste más bueno del mundo, mientras todo Valdelila nos mira y yo la miro embobado, porque se ha saltado mi supuesto deseo de no tener una fiesta y ha reunido aquí a toda la gente del pueblo solo para celebrar que cumplo años.

Podría enfadarme en serio, reprocharle que lo haya hecho, pero es la primera vez que celebro mi cumpleaños con una fiesta desde que volví y. .. y no sé. Quizás no esté tan mal.

Recuerdo a mi madre y a mi hermana pidiéndome durante años que hiciéramos una fiesta como esta para celebrarme a mí.

Mi vida. Me negué en cada ocasión porque no me veía capaz de enfrentarme al pueblo cuando sentía que había fallado a todo el mundo al no alcanzar la gloria completa.

Nadie aquí me ha recriminado jamás mi fracaso; al revés, me acogieron con los brazos abiertos a mi regreso, pero sé que, durante mi tiempo como jugador profesional, me convertí en el orgullo de Valdelila, todos tenían grandes esperanzas depositadas en mí.

Y, cuando tuve que volver..., bueno, la vergüenza que sentía se multiplicó por mil al saber que los había decepcionado a todos ellos.

Pero aquí está Giulia, ignorando las partes de mí que hacen que quiera enterrar la cabeza bajo tierra para no enfrentarme al escrutinio del pueblo.

Y aquí está mi pueblo, observando en silencio, pero deseando poder celebrar una fiesta en mi honor, porque da igual lo que ocurriera en el pasado: no importa que no pudiera llevar el nombre de mi familia y de este sitio a la cima de una montaña infinita, esta gente está aquí dispuesta a honrar mi vida, sin más.

Sin contar mis errores y fracasos. Solo porque estoy aquí y soy uno de ellos.

Y eso, en realidad, es precioso, aunque no haya querido verlo hasta ahora.

—He comprado tu cerveza favorita, ¿sabes? —dice Giulia, seguramente pensando que mi silencio se debe a que estoy enfadado.

—Eres un bicho.

—Un bicho con un gusto exquisito para la cerveza y las pancartas de cumpleaños.

Me río, la atraigo hacia mí y la beso. Me importa una mierda que el pueblo entero esté mirándonos. Me da igual incluso que haya personas que se dediquen a corear nuestro nombre. Lo único que quiero es sentir más cerca a la mujer que va a conseguir volverme loco en todos los aspectos posibles.

—Gracias —murmuro contra sus labios—. Y perdón por ser tan ogro.

—Me encanta que seas un ogro, León Lobo. Eso me da la excusa perfecta para bajarte los humos.

Sonrío, la beso de nuevo y entrelazo sus dedos con los míos antes de adentrarme en el jardín y empezar a saludar a la gente. Veo que a mi madre se le saltan las lágrimas de la emoción.

—Tienes que calmarte. La preñada es Abi y eres tú quien se pasa el día emocionándose por todo.

—Ay, hijo, es que soy muy feliz de verte enamorado al fin.

Me doy cuenta de inmediato de que, hasta no hace mucho, mi primer impulso era negar que yo estuviera enamorado de Giulia.

Si no lo hacía era porque todo esto empezó justamente para que mi madre me dejara respirar tranquilo.

Sin embargo, desde hace ya unas semanas, cuando dice esas cosas no siento la necesidad de corregirla.

En realidad, desde hace semanas lo único en lo que pienso es en que pasar tiempo con Giulia es la mejor parte de mi día a día.

En eso, y en que no sé qué se supone que debe sentir un hombre cuando está enamorado, pero sospecho que la falta de aire cuando me besa, los latidos descompasados cuando la veo y la sensación de que podría subir al acantilado más grande de Valdelila sin arnés si ella me lo pidiera significan algo.

También debe de significar algo que, al soplar las velas de la tarta que ha encargado con mi cara, la quiera a mi lado, sujetándome la mano para anclarme a este instante.

La única razón por la que me niego a recrearme en todo lo que esto significa es porque sé bien que, por mucho que le sujete la mano, ella se irá en algún momento.

No estará aquí para siempre, lo sé, lo supe desde un principio y, aun así, creo que he cometido el error de enamorarme de ella como no me he enamorado nunca de nadie.

Ella piensa que todo en Valdelila tiene fecha de caducidad: su estancia en Casa Lavanda, la empresa familiar, el cuidado de Giuliano y yo. Y yo no hablo porque quiero respetar sus deseos por encima de todo, pero si de mí dependiera...

Si de mí dependiera esto no acabaría con el regreso de Fiorella, porque no dejo de pensar que ya he perdido demasiadas cosas en la vida y estoy cansándome de sentir que no puedo volver a tener sueños de los buenos; de esos grandes, inmensos, que lo cambian todo.

Un sueño de esos que te dejan temblando de anticipación y anhelo.

Un sueño como el de tener a Giulia del Valle a mi lado durante mucho más que unos meses de mi vida.