53. Giulia
Giulia
La vida es maravillosa, sobre todo en verano.
Desde que Giu no tiene que ir al cole todo es mucho más sencillo.
Sé que en septiembre habrá que volver a adaptarse a los madrugones y preparar mochila, ropa y, además, intentar no llegar tarde para que Martina no nos taladre con la mirada, pero ahora mismo lo único que me importa es que todavía nos quedan casi dos meses de levantarnos tarde, desayunar con calma, pasear, bañarnos en la piscina, hacer excursiones, montar a caballo y jugar al baloncesto con cierto exjugador profesional y buenorro.
Y sí, ya sé que todo eso lo podemos hacer también en época escolar, pero no es lo mismo.
Ahora no tenemos horarios fijos y estrictos.
Los planes fluyen según las ganas que tengamos de hacer las cosas, y aunque es cierto que dedico mucho tiempo a trabajar en el sótano, incluso eso es mejor desde que Giu puede acompañarme mientras me cuenta historias y me ayuda a remover, rellenar y envasar productos.
Además, soy una mujer orgullosa de mí misma desde que mis padres decidieron marcharse a Italia unos días y no solo no entré en pánico cuando me lo dijeron, sino que supe que podría cuidar de Giu sin ayuda.
No es que quiera hacerlo, disfruto mucho más cuando estamos todos juntos, pero he perdido el miedo a quedarme a solas con él por si meto la pata, y eso es increíble.
También he perdido el miedo a enfrentar a Fiorella por ciertas cosas.
Le escribí hace un par de semanas y le dije que me gustaría que Giuliano vea a un psicólogo infantil a partir de septiembre, porque pienso que, aunque el niño está bien en términos generales, hay cosas que yo no puedo ayudarle a gestionar o entender.
No está de más que alguien trate con él la herida del abandono que evidentemente sigue abierta, por más que parezca un niño feliz la mayor parte del tiempo: solo hay que ver cómo se puso la primera noche que pasé con León o lo ansioso que está cada vez que vuelvo tras una noche separados.
La respuesta de mi prima fue: «Claro, haz lo que consideres».
Al menos no se negó, pero aun así me sentó fatal porque. .. porque parece que no le importa.
Sí, he conseguido que le envíe vídeos a Giuliano en lugar de escuetos mensajes a través de mí, pero en la mayoría lo único que hace es excusarse: le repite que la cobertura es inestable en el sitio de turno en el que se encuentra, y que por eso no puede hacer videollamadas con él.
Le habla de los monumentos que está visitando y le dice que algún día lo llevará.
Ahí es donde me enervo, porque es evidente que no lo dice en serio.
Creo que incluso Giuliano es consciente de ello, pero nunca lo comenta porque sospecho que puede percibir mi enfado y no quiere que me disguste aún más.
Una cosa tengo que concederle a mi prima, y es que ha conseguido traer al mundo al niño más empático que he conocido nunca.
Y eso, viniendo de ella y del entorno gélido en el que se ha criado, es mucho.
Con el paso de las semanas, me ha quedado claro que Fiorella trata a su hijo como si fuera un conocido al que quiere agradar, nada más.
No hay nada maternal en su forma de comportarse, y no sé cómo asumir que, sin importar cómo lo trate, volverá en Navidad y se quedará con él para siempre.
Lo sé, ese fue el trato. No es eso lo que me molesta, sino el pensamiento recurrente de que no sé cómo evitar que convierta la vida y las emociones de Giu en un desastre.
—Estás demasiado callada —murmura León a mi lado.
Los niños están arriba viendo la tele junto con Bambi, aunque los vigilamos por la cámara de todos modos.
Y nosotros estamos en el sótano, donde le he enseñado mis próximos planes a León.
.. y luego he dejado que me suba al mostrador, eche el biquini a un lado y me lama hasta casi hacerme perder el sentido.
Le he devuelto el favor con creces y ahora estamos abrazados en el sofá unos minutos antes de volver arriba y fingir que hemos hecho cosas profesionales y para nada pervertidas.
—Estaba pensando en cosas que no debía —admito.
—¿Qué cosas?
Suspiro y niego con la cabeza. No quiero compartir mis pensamientos sobre Fiorella con nadie.
Ni siquiera con León. Siento que de alguna forma eso haría que la gente la odie más y yo no quiero eso.
No le deseo ningún mal a mi prima, aunque no esté de acuerdo con casi nada de lo que hace; a fin de cuentas, sigue siendo la madre de Giu, y quiero que él sea feliz y tenga una vida maravillosa.
Si las cosas se complican para Fio en Valdelila, se complicarán también para él, sin duda.
—Tu cumple —miento, pero solo a medias, porque lo cierto es que sí he pasado mucho tiempo de mis últimos días pensando en ello—. Me preguntaba si de verdad estás seguro de no querer celebrarlo.
—Sí que quiero celebrarlo, pero solo contigo y, a poder ser, mientras los dos estamos desnudos.
—Pero querrás regalo.
—Puedes ponerte un lazo a ti misma.
Me río y le golpeo el pecho.
—Lo digo en serio.
—Y yo, principessa . Si encuentras la manera de envolverte en un lazo, serás el mejor regalo de cumpleaños.
Estoy a punto de decirle que eso no puede ser cuando mis padres nos llaman desde la planta superior. Sonrío y miro a León, que me devuelve el gesto antes de levantarse.
—Voy a preguntarles si pueden hacer de abuelos postizos para que yo pueda pasar la noche contigo.
—Y yo voy a ser alguien majísimo para que acepten.
—Tú no sabes ser alguien majísimo, gatito.
Se ríe entre dientes y encoge los hombros, asumiendo que tengo razón. No, definitivamente León no enamora por lo simpático que pueda ser de primeras, pero sí por lo leal, sincero y bueno que es cuando lo conoces. Y sé que mis padres, igual que yo, han sabido ver todo eso y más en él. Lo adoran.
Subimos al fin, saludamos a mis padres, que me miran con toda la intención del mundo, preguntándome qué hemos estado haciendo abajo. Juro que nada y, después de tomar un café con ellos, les pregunto sin paños calientes si pueden ocuparse del niño esta noche.
—Por supuesto, ¡fiesta de pijamas! —dice mi madre—. ¿Qué te parece, Giu?
El pequeño me mira y, por un instante, pienso que va a negarse, pero es increíble la forma en que ha aprendido a confiar en más personas en estos meses. Asiente y señala a Bella.
—¿Puede quedarse ella?
—Podemos preguntarle a su madre —propone mi padre—. ¿Os encargáis vosotros?
—Yo me ocupo —contesta León sacando el teléfono de su bolsillo y señalándolo mientras sale al porche.
—¿Lo tienes todo listo para mañana? —pregunta mi madre.
—Ajá.
—¿Y estás segura de que no va a enfadarse?
—Oh, se enfadará muchísimo, pero si soy lista y juego bien mis cartas, buscaré la forma de compensarlo y hacer que me perdone de inmediato.
—Intuyo que en esa frase hay una connotación sexual, hija, y déjame decirte que, aunque me parece fantástico, preferiría no conocer los detalles —dice mi padre.
Me río y, justo cuando estoy a punto de responder, León entra diciendo que Abi ha dado el visto bueno y Bella puede quedarse, así que subo a mi habitación, meto en una mochila ropa limpia y bajo.
León y Bambi están en la camioneta esperándome, pero antes de salir voy al sótano un instante, cojo un lazo de organza que tengo para los envoltorios y lo meto en la mochila.
Dos horas después, mientras León me espera en las aguas termales y yo me hago la remolona en el gimnasio, decido darle su primer regalo de cumpleaños por anticipado.
Me envuelvo en el lazo como puedo, abro la puerta y bajo las escaleras de piedra mientras la brisa nocturna de julio me acaricia la piel desnuda.
La forma en que me mira... Nunca lo reconoceré, pero a veces, cuando me mira así, temo por mi cordura, porque sé que, en un momento de debilidad, una mirada de esas puede convencerme de cometer una locura de magnitudes inimaginables.
Una locura como, por ejemplo, atreverme a soñar que esto puede ser algo más que un pasatiempo.
—Feliz cumple, gatito.
—Es, oficialmente, el mejor cumpleaños de mi puta vida.
Me río, entro en las aguas termales y dejo que León, sus manos, su boca y su cuerpo me demuestren cuánto le ha gustado su primer regalo.