Giulia, el amor y un puñado de lavanda 52. León
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Aparco la camioneta en el patio de entrada de Casa Lavanda. Ha pasado un mes desde que Giulia y yo nos acostamos por primera vez y algo más de dos desde que llegó, y los cambios en esta finca son tan grandes que uno no sabe ni por dónde comenzar a enumerarlos.

Para empezar, el huerto tiene señales de vida.

Si bien es cierto que en los últimos tiempos había gente trabajando tanto en él como en los campos de lavanda, era raro ver movimiento.

De hecho, según tengo entendido, los propios trabajadores eran quienes se quedaban con la mayor parte de la cosecha, porque Fiorella usaba más bien poco.

Giulia, en cambio, siempre anda inventando recetas, troceando verdura para congelarla y dando uso tanto al huerto como a la cocina.

No es que de pronto se haya vuelto una enamorada de los fogones, pero la mujer que a primera hora le proponía a Giuliano cenar chocolate ahora se preocupa por darle una alimentación sana y variada.

Todavía tiene sus ramalazos; el otro día, sin ir más lejos, preparó para desayunar tortitas con nubes y gominolas, pero ahora son días puntuales y no la norma.

El crío se ha relajado y ya no vive pendiente de ver vídeos que puedan enseñarle cómo criarse.

Por fin se deja llevar por ella y eso es increíble.

Y me hace pensar en la capacidad tan grande de adaptación que tienen los niños.

Los campos de lavanda, por su parte, también están en todo su esplendor.

El color de los alrededores de Casa Lavanda es tan intenso que, conforme te acercas, te quedas hipnotizado.

En plena temporada, Giulia se ha puesto las pilas con sus experimentos.

Hasta la fecha ha conseguido que el aceite corporal de lavanda sea todo un éxito.

Mi madre y mi hermana están como locas y han logrado que ella se preste a embotellarlo y venderlo en la clínica a modo de prueba, al igual que unos jabones que todavía no salen perfectos, pero casi.

Sin embargo, lo que más está funcionando de momento es el tema de las velas de cera vegetal.

Empezó haciéndolas en tazas viejas y descascarilladas que tenía por casa.

Luca, su padre, se dio cuenta de que tenían potencial, porque huelen bien sin abrumar y estéticamente tienen algo original y rústico.

Él fue quien le dijo que, en realidad, hay algo muy bonito en hacer velas en tazas viejas o tarros reutilizados.

Giulia se lo tomó como un cumplido, sin más, hasta que Luca y su madre hablaron con mi familia y entre todos llegaron a la conclusión de que también debería probar a venderlas en la clínica.

Para ese punto, dar de alta de nuevo la empresa era casi una obligación, porque tenía que empezar a hacer facturas si no quería terminar teniendo problemas legales.

Ella se resistió mucho y aún insiste en que todo esto no es un negocio, sino un «experimento recreativo».

No obstante, el miedo a la ley y la insistencia de ambas familias pudieron con ella, así que acabó rindiéndose e inició los trámites necesarios.

Dado que Giulia odia todo el papeleo, me ofrecí a ayudarla a gestionar toda la documentación, y poco después comencé a ejercer de gestor intuitivo, porque Casa Lavanda resultó tener un montón de información que poner al día.

No ha sido fácil. Giulia todavía duda mucho de todo lo que está haciendo, principalmente porque dice que no tiene sentido armar tanto lío cuando esto es poco más que un pasatiempo hasta que Fiorella regrese y ella se marche.

Yo solo guardo silencio e intento que no se me trague la ansiedad cada vez que ella habla de irse, aunque no tenga muy claro adónde, porque en Los Ángeles ya no tiene el piso que compartía con algunas compañeras y, la verdad, no es que hable con demasiada ilusión de la ciudad.

No quiero ser yo quien se lo diga, parecería egoísta y un cabrón que pretende encerrarla en un pueblo, pero la realidad es que no soy el único que piensa que Giulia parece increíblemente feliz cuando se mete en el sótano a trabajar y distante e impersonal cuando habla de su futuro incierto fuera de Valdelila.

Y no solo eso: me consta que tampoco soy el único que piensa que parece muy feliz cuando estamos juntos.

Tanto sus padres como los míos lo dicen a menudo, y Abi no deja de repetir lo contenta que está de que todo haya salido como ella había previsto.

Lo cierto es que yo sí me siento feliz cuando estamos juntos, muy feliz.

Más de lo que creí que podía llegar a ser después de perder mi futuro.

Y eso que no sé muy bien qué es esto que tenemos, pero después de esa primera noche juntos, fue muy fácil continuar con la dinámica de mantener «la farsa» de una relación frente a todos, solo que.

.. poco a poco ha dejado de sentirse como una farsa y hemos empezado a parecer una pareja de verdad.

Al menos, de cara al mundo, eso es lo que somos.

Y no seré yo quien rompa este espejismo en mil pedazos antes de tiempo.

Intento no pensar en eso ahora. Tengo el día libre, mañana es mi cumpleaños y lo único que me apetece ahora mismo es disfrutar de Giulia.

Encontrarla no me supone un problema, principalmente porque vengo acompañado de Bella y Bambi, que siguen el sonido de los gritos y recorren el patio lateral para llegar a la parte trasera, donde está la piscina y, más allá, los campos de lavanda.

Giulia y Giuliano están cogiendo carrerilla cuando los veo. Saltan en el aire y caen al agua con tal estruendo que Bella y Bambi se vuelven locos. El perro salta tras ellos de inmediato sin que yo pueda hacer nada para remediarlo. Si la niña no lo sigue es porque la tengo sujeta por la camiseta.

—¡Yo quiero! —grita enfurruñada.

Le quito la ropa a toda prisa y dejo que salga disparada para unirse a la fiesta.

Yo me quedo aquí, mirando a la mujer a la que llevo desnudando un mes.

¿Cómo puede ser que conozca cada lunar de su cuerpo y, aun así, verla en biquini me ponga al borde del infarto?

Trago saliva mientras la veo reír y recolocarse la parte del pecho con una carcajada.

Sus labios no están pintados de rojo y, aunque también me gusta cuando se los pinta, valoro muchísimo más que haya alcanzado el grado de confianza suficiente como para pasar días enteros sin la necesidad de maquillarse para ponerse una máscara ante el mundo.

Giuliano ya no está pendiente de ella, sino del perro y de su mejor amiga, lo que me deja margen para acercarme, sacarla del agua y estrecharla contra mí, aunque yo esté vestido. La beso sin importarme que Bella se ría de mí con descaro y Giuliano haga sonidos de asco.

Él fue el único con el que tuvimos más cuidado cuando empezamos a tener muestras de afecto reales en público; a fin de cuentas, los demás ya creían que estábamos en una relación.

Pero con Giuliano fue distinto, porque no queríamos sumarle más motivos de ansiedad o preocupación.

Sin embargo, el niño preguntó un día, un poco de la nada, si Giulia y yo éramos novios.

Dije que sí, aunque ella me mirara con mala cara e hiperventilara un poco, y no volvió a preguntar más.

Calmar a su cuidadora, en cambio, me costó más.

Ese día comenzó a decir que no somos novios realmente, que no podemos complicar esto y que solo es sexo.

Le dije a todo que sí, que por supuesto.

Le prometí que yo no pienso que seamos novios de verdad y que esa parte sigue siendo una farsa, pese a que la realidad es que dormimos juntos varias veces a la semana, pasamos casi todo nuestro tiempo libre buscándonos y nuestras familias se han integrado la una con la otra hasta el punto en el que Valdelila ya nos considera una sola.

Aun así, no le estaba mintiendo cuando le dije eso: sé que no somos novios, no podemos serlo, porque no es lo que Giulia quiere y porque ¿qué tipo de futuro puede tener una pareja con fecha de caducidad?

Y aun sabiendo todo eso..., soy tan idiota que no puedo dejar de pensar en Giulia como mi novia.

Suena un poco infantil, ¿no? Mañana cumplo treinta y un años y aquí estoy, jugando a eso de «esta chica es mi novia, solo que ella no lo sabe». Bueno... ¿Qué puedo decir? Prefiero tragarme mis verdaderos sentimientos antes que espantarla y perderla.

Y, vale, es indiscutible que ella se marchará, pero no será hoy, ni mañana. Fiorella no volverá hasta Navidad, así que todavía tengo unos meses para disfrutar de ella. Pensar más allá de eso es inútil y desgastante, por lo que intento no hacerlo, una vez más.

—Te voy a empapar.

—No te preocupes, pretendo hacer lo mismo contigo más tarde.

Giulia suelta una carcajada y me muerde el brazo de forma juguetona antes de mirar atrás y asegurarse de que los niños no nos oyen.

—Eres un guarro.

—Es que mañana cumplo años. Estoy haciéndome mayor, cielo.

—¿Y por eso pretendes mutar en un viejo verde?

—No soy un viejo verde. Esos les dicen guarradas a todas. Yo solo te las digo a ti.

—Qué romántico.

—¿Verdad? —Sonrío y la beso de nuevo—. ¿Cómo estás?

—Genial. En realidad estaba deseando que llegaras para enseñarte algo. —Enarco una ceja y se ríe—. Ese «algo» te lo en­señaré esta noche, si me invitas a tu casa. Mis padres vuelven hoy, así que podrán quedarse con Giu.

Sonrío, encantado. Sus padres han pasado unos días en Italia gestionando las inversiones y negocios que Luca tiene allí antes de volver aquí para pasar el verano.

En un principio solo iban a quedarse hasta que Giulia se entendiera mejor con el niño, pero yo creo que están en una situación parecida a la de su hija.

Luca contó que, desde que sus padres murieron, este sitio le provocaba mucho dolor, pero pasar un tiempo aquí le está devolviendo la ilusión por Casa Lavanda.

—Estás invitada a mi casa siempre. Pero entonces, ¿qué quieres enseñarme?

—Mi madre me llamó ayer. Me dijo que ha encontrado en Italia una tela de saco increíble a buen precio y que sería buena idea probar a bordarla y poner dentro lavanda seca, quizás mezclada con pequeños jabones para que el olor perdure más y sirvan de ambientadores naturales en armarios o vestidores.

—Suena bien. ¿Tienes la mezcla pensada?

—He hecho varias pruebas. Comemos y, si conseguimos que se enganchen a una peli después, bajamos y te lo enseño.

—Vale, pero después yo voy a enseñarte otra cosa.

—¿Esa cosa es sexual?

—Por supuesto.

—Ya lo suponía —dice riéndose.

Me río y, cuando ella tira de mi camiseta y me insta a bañarme, me tiro sin molestarme en quitarme la ropa.

En realidad, antes habría sido impensable que hiciera algo tan espontáneo de tan buena gana, pero supongo que es solo una de las consecuencias de estar perdiendo la cabeza por una chica medio italiana, lista como el hambre, algo caprichosa y sexi como el infierno.