51. Giulia
Giulia
Me despierto con el aroma a café. Ha sido una noche tan intensa que me cuesta unos segundos tomar conciencia de la realidad.
Estoy desnuda en la cama de León después de una noche increíble.
Más que increíble, diría yo. No solo por el sexo, sino también porque reímos, charlamos y me agradeció el masaje que le di de formas muy específicas y placenteras.
No sé qué hora era cuando me dormí, pero sé que intenté separarme de León y él me lo impidió, arrastrándome hacia su enorme cuerpo. Resulta que es un gruñón con ramalazos de osito de peluche cuando sabes cómo llevarlo al límite y dejarlo agotado.
—Café —murmuro aún con los ojos cerrados—. Dime que hay mucho. Una cafetera entera para mí.
Oigo su risa justo antes de sentir un beso en mi mejilla. Abro un ojo y lo veo acuclillado junto a la cama, con una taza enorme de café entre las manos.
—Tengo todo el que quieras. Buenos días, principessa .
—Buenos días, gatito —susurro poniéndome boca arriba y haciendo que la sábana resbale por mi cuerpo. León aprovecha para acariciarme el pecho de inmediato, pero no pasa de un leve roce.
—Pese a lo mucho que me gustan las vistas, tengo que advertirte que mi hermana ha llamado diciendo que Bella y Giuliano están desayunando tortitas con chocolate y quieren saber qué haremos hoy.
—Dios, espero que nada demasiado intenso. Estoy destrozada.
—Gracias.
—Eres un creído.
—Realista. A mí no me importa decir que estoy destrozado gracias a ti.
—Es que soy un portento en la cama, ¿verdad? Pregúntale a Rubén.
Su protesta es tan específica y vulgar que me río y me incorporo, contenta al darme cuenta de lo fácil que sigue siendo picarlo.
Es evidente que entre Rubén y yo no hay nada y, sinceramente, lo que hubo fue hace tanto y éramos tan pequeños que ni siquiera tiene importancia, pero eso no significa que a León no le moleste.
Y tampoco significa que a mí no me encante provocarlo.
Tomamos café a sorbos grandes, concentrados en recuperar energía, y después nos damos una ducha rápida por separado, porque no nos fiamos demasiado de poder hacerlo juntos sin acabar haciendo cosas indecentes contra las baldosas.
Para cuando llegamos a casa de Abi son casi las once y Giuliano está tan nervioso que, en cuanto me ve, frunce el ceño y viene hacia mí enfadado.
—Ey, Giu —le digo con una sonrisa.
—Ey, Giu. —Su ceño se frunce más, pero responde al saludo utilizando el diminutivo, así que igualmente me alegro. Claro que enseguida pone de manifiesto su malestar—. Has tardado mucho.
—Lo sé, cielo, perdona.
—¿Dónde estabas?
Es curioso. En mis veinticinco años de vida nunca nadie, ni siquiera mis padres, me han interrogado de esta forma. Es curioso y un poco divertido, en realidad, pero me cuido mucho de no mostrar ni una sonrisa para no ofender a mi pequeño chico territorial.
—Se me ha complicado la mañana.
—¿Por qué?
—Porque conduzco fatal, ya lo sabes.
—Tu coche no se ha movido de aquí. Lo he mirado muchas veces por la ventana.
Oigo una risa ahogada y, cuando miro atrás, veo a León acariciar la cabeza de Bambi con aire inocente.
—Consuela a tu perro, ¿quieres? Se nota que te ha echado de menos.
—¿Por qué Bambi ha dormido aquí? —insiste el niño.
No voy a explicarle que el perro se ha quedado aquí porque, en nuestras prisas por llegar a la cabaña, preferimos que se quedara vigilándolos a él y a Bella.
No voy a explicarle eso, ni que me genera incomodidad pensar en tener sexo mientras Bambi nos mira.
Primero, porque Giuliano ya tiene traumas más que suficientes, y segundo porque.
.., bueno, joder, porque yo soy la adulta y decido qué cuento y qué no.
—Bambi quería estar en la fiesta de pijamas. ¿No ha sido divertido? Estás un poco gruñón.
—Claro que ha sido divertido —dice Bella—. ¡Yo soy muy divertida!
Giu se enfurruña más, pero cuando abro los brazos, en una clara invitación sin palabras, se estira para que lo alce en volandas.
Lo hago sin pensarlo y contengo una sonrisa al pensar que hace un mes ni siquiera sabía cómo tratar con él.
Ahora ya casi nunca le ofrezco comidas insanas.
Casi nunca me corrige y casi nunca la cago.
Soy la reina de los «casi nunca» en la crianza.
—Cuéntame qué has hecho con Bella, anda.
Eso lo disuade del todo. Me habla de los legos que ha construido, lo que ha visto en la tele y lo que ha desayunado con tanto entusiasmo que, cuando acaba, he tenido que sentarme con él en el sofá porque me pesaba mucho en brazos.
León se ha acomodado a mi lado mientras Bella le cuenta cosas, pero no como las que me cuenta Giu a mí.
—Y cuando vayamos al centro comercial otra vez, me vas a comprar un vestido rosa con tutú y brillantina.
—Ya tienes muchos.
—Pero quiero más.
—Que te los compre tu papá.
—Es que mi papá dice que te lo pida a ti, que para eso eres el rico de la familia.
León enarca una ceja mirando a Abi, que se ríe sin disimulo desde un sillón.
—¿Qué puedo decir? Me casé con un hombre inteligente.
—Y después, tito guapo, me vas a comprar pintauñas rosa con brillantina.
—Ajá.
—Y después diademas.
—Déjame adivinar: rosas con brillantina.
—¡Sí!
Me río, lo que hace que León pase una mano por detrás de mi espalda y pellizque mi costado con disimulo, pero no puedo evitarlo. Es hipnotizador ver hasta qué punto Isabela Lobo tiene a su tío bailando sobre la palma de su mano.
Pasamos un rato más jugando hasta que llegan Rafa y Carmen. Eso no es sorprendente, porque a fin de cuentas esta es la casa de su hija. Lo que me deja con la boca abierta es que mis padres vienen con ellos.
—¿Y esto? —pregunto.
—Carmen nos ha llamado para invitarnos a comer arroz. Nunca digo que no a un buen arroz —dice mi madre.
—Y Rafa dice que tiene unos puros que son mejores que mis... medicinas naturales. —Mi padre sonríe tanto que se le marcan las arrugas de los ojos y las mejillas—. Tú sabes cuánto me gustan a mí unas buenas medicinas, principessa .
—Sí, principessa , tú lo sabes... —murmura León solo para picarme.
Pongo los ojos en blanco y, cuando quiero darme cuenta, me están arrastrando al patio trasero de los Lobo mientras me endosan la tarea de ir a arrancar unas ramitas de romero para el arroz.
—Voy contigo —dice León.
—Creo que puedo cortar el romero yo solita.
—He dicho que voy contigo, no que no puedas cortar romero. Yo no pensaba hacerlo.
—¿Y qué piensas hacer, entonces?
—Meterte mano, por supuesto.
—Por supuesto —respondo riéndome, sin querer mostrar que ese simple comentario ha hecho que algo salte en mi estómago.
Cortamos el romero, o más bien lo corto yo mientras León me besuquea el cuello y me promete que nadie puede vernos desde donde están.
Me roba algunos besos que me dejan temblando de excitación y, para cuando volvemos, todos nos miran con una sonrisa bobalicona en la cara.
Todos menos los niños, que están jugando con pistolas de agua en un barreño que Carmen les ha puesto.
La misma Carmen que casi se tiene que secar las lágrimas de emoción mientras León le pide que haga el favor de comportarse.
—Es que estoy tan feliz de verte enamorado. Pensé que no viviría para ver este día.
—Mamá, joder, ¿no te das cuenta de que me haces parecer un fracasado?
—Ay, cariño, perdona. Lo que quería decir es que pensé que te quedarías solo siempre por amargado y gruñón, no por fracasado, que no lo eres.
Suelto tal carcajada que tengo que taparme la cara con las dos manos.
Él gruñe, pero creo que no es en serio. O sí, yo qué sé.
Y qué más da. Lo bonito de esto es que ha llegado un punto en el que todos los presentes hemos entendido que, por mucho que ladre, de todos nosotros León es, posiblemente, quien menos muerde.
La comida transcurre con normalidad, salvo por el hecho de que mi padre y Rafa parecen amigos íntimos y Carmen no deja de insistirme en que debería reabrir oficialmente la empresa familiar.
—No voy a ponerme a vender productos que ni siquiera estoy fabricando de forma profesional.
—Bueno, pues véndelos poco a poco en el pueblo.
—Mmm, no sé. Es verdad que mucha gente en Valdelila ya me habla, pero no creo que confíen en mí tanto como para comprar aceites o jabones hechos por mí.
Es cierto. Desde la fiesta de cumpleaños de Giu me he sentido un poco más integrada en el pueblo.
Ya conozco a la mayoría de las madres del cole y, aunque Martina sigue siendo fría y seca conmigo, no parece que el resto de las mujeres se estén dejando influenciar.
De hecho, sospecho que entre eso y mi reconciliación con Rafa Lobo, mi fama ha empezado a cambiar porque incluso he visto ciertas sonrisas amables cuando me he acercado a alguno de los comercios a comprar.
—Bobadas —dice Carmen—, pero si ese es el problema, trae lo que hagas aquí, lo venderemos en la clínica veterinaria.
Sonrío en agradecimiento, pero la verdad es que, de momento, no estoy lista para pensar en vender nada de lo que hago en el sótano de casa.
Pruebo recetas, juego con los ingredientes y me fascina ver que puedo hacerlo sin que algo salga ardiendo.
Pero profesionalizarlo ahora mismo es demasiado arriesgado.
No estoy preparada y, si por culpa de las prisas lo echara a perder, no me lo perdonaría.
Aunque reconozco que la idea de probar en la clínica de los Lobo suena un poco menos aterradora. ..
—Ya veremos —digo finalmente sin perder la sonrisa.
—Hace un aceite de lavanda impresionante, sobre todo para los masajes —dice León como si nada.
—Ah, ¿sí? Cuéntanos más, hermanito.
León mira mal a Abigail mientras toda la familia se ríe. Si fuera tímida, me pondría colorada al ver a mis padres reírse de un comentario así, pero creo que a estas alturas ya todos entendemos que no son unos padres al uso.
Pasamos el día entre risas, anécdotas y un café exquisito.
Al atardecer vuelvo a casa, baño a Giuliano y nos metemos en la cama para inventar historias hasta que nos dormimos los dos.
Me despierto con los golpes de la puerta del balcón y, cuando abro los ojos, me encuentro a León al otro lado.
Sonrío, aunque me duele todo el cuerpo por el ejercicio de las últimas veinticuatro horas.
Y, sin embargo, cuando me levanto, abro y me besa, sé que estoy más que lista para otra ronda.
—Vamos al sótano —murmura—. Tengo que enseñarte algo.
—¿El qué?
León me mira en silencio, como si no se esperara mi pregunta. Después se encoge de hombros y suspira.
—Mi cuerpo desnudo.
Me río tan alto que él me tapa la boca con la mano y mira a Giuliano, por si mis carcajadas lo despiertan.
Por suerte, no lo hacen, así que lo arrastro escaleras abajo, hasta el sótano, y allí dejo que León me enseñe todo lo que quiere, le enseño lo mismo y después, entre los dos, aprendemos de cuántas formas más podemos llevarnos a la extenuación de puro placer.