Giulia, el amor y un puñado de lavanda 50. León
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50. León

León

Resulta que Giulia del Valle es de esas mujeres que después del sexo se sienten como si se hubieran tomado una bebida energética con cocaína.

La miro a través de la bruma de las aguas termales y ella se pasa la lengua por los labios y me dedica una sonrisa tan descarada que me pondría duro de nuevo, si no fuera porque es de madrugada y hemos tenido ya tres rondas.

—Provocadora... —murmuro.

Ella se ríe y se retrepa más, cierra los ojos un segundo mientras suspira y los abre de nuevo para mirar al cielo estrellado y completamente despejado. Estamos a mediados de junio; de día hace calor, pero de noche suele hacer frío. Por suerte, las aguas están tan calientes que no lo notamos.

—Esto es impresionante. Te daría a mi primogénito solo para que me dejaras bañarme aquí siempre.

Me río, pero por un instante sí la imagino dándome a un primogénito y quedándose aquí para siempre.

Una tontería, lo sé. No le pediría eso y sé bien que esto que tenemos es, sobre todo, sexo sin ataduras.

Giulia no es de las que prometen amor eterno y yo, hasta ahora, tampoco.

Ella es demasiado libre, demasiado suya.

Y está bien, me encanta eso. Pero no me hago ilusiones: sé que nunca ha permanecido mucho tiempo en un mismo sitio y, aunque ahora Giuliano la ate a Valdelila, cuando Fiorella regrese ya no habrá ningún motivo para que se quede.

Yo, desde luego, no tengo nada que ofrecerle lo suficientemente tentador como para que permanezca aquí. Aunque me encantaría tenerlo.

—¿En qué piensas tan serio? —pregunta con curiosidad—. Y más te vale que no sea en ponerme mala nota en el sexo. Soy fantástica.

—Lo eres.

—Maravillosa.

—Lo eres.

—Tú tampoco estás mal.

—¡Eh!

Se ríe y atraviesa las aguas, moviéndose hasta colocarse a horcajadas sobre mí. La acojo de inmediato, estaría loco si no lo hiciera.

—En realidad eres increíble —admite—, pero no quiero que se te infle tanto el ego que tengamos que salir de aquí por falta de espacio.

—Bueno, pues a mí me importa una mierda que se te infle el ego hasta el infinito. Eres fantástica, maravillosa y una puta locura follando.

—Tienes una boca tan sucia... —dice mientras chasquea la lengua.

—A ti te encanta mi boca sucia. O eso decías hace un rato.

Se ríe de nuevo y me mordisquea la barbilla antes de besarme.

—Tiene un punto, sí... Dicho esto, como imagino que no estás listo para la cuarta ronda, ha llegado el momento de las confesiones.

—¿Confesiones sobre qué?

—Tu tatuaje.

Suspiro. Peino su larga melena con los dedos y me deleito en el hecho de que se le haya corrido un poco la barra de labios.

No soy un idiota. Sé que ha entrado en el baño a retocarse varias veces y, aunque podría parecerme absurdo, deduzco que hay cierto componente emocional en ese ritual suyo de llevarlos siempre perfectos.

Sin embargo, no pienso preguntar: en primer lugar, porque ya lo he hecho hace un rato y me ha quedado claro que no quería explicármelo, y en segundo lugar, porque no me importa besarla con ese pintalabios ni lo más mínimo.

—Si te esfuerzas y te mueves lo suficiente, quizás esté listo para una cuarta ronda.

—Qué cobarde eres.

—No se trata de cobardía, sino de... de que no tengo ganas de hablar de eso.

—¿Por qué?

—Porque fue una estupidez.

—¿Tatuarte?

—Tatuarme esto, sí. Es de fracasados.

—Lo dudo mucho.

—Te lo digo de verdad. —Ella me mira seria, sin decir nada, pero sus dedos pasan de mis pectorales a mi costado, donde tengo el tatuaje—. Es un lobo con una luna.

—Es algo más que eso. Si no me lo quieres contar, está bien, porque los tatuajes son algo muy personal y yo soy la primera que no está dispuesta a hablar de ciertos temas, pero no me mientas.

Guardo silencio unos instantes, la beso, porque tenerla tan cerca y no hacerlo no parece una posibilidad, y en algún punto empiezo a pensar que, en realidad, no me importa que lo sepa.

No es para tanto, y Giulia tiene sus propios demonios, claramente.

Puede ser muy inmadura y a veces se comporta como una niña mimada, pero no es de las que juzgan a la ligera.

—El lobo es por mi apellido, eso está claro.

La luna solo simboliza lo cerca que estuve de tocar la gloria.

Y la fecha en números romanos que hay dentro es el día que jodí mi futuro profesional y mi vida entera.

—Trago saliva y retiro un mechón de pelo de su frente mientras ella me mira con tanta intensidad que me pone nervioso—. Es una tontería.

—¿Por qué está a dos patas?

—¿Qué?

—El lobo está a dos patas. ¿Por qué?

Inhalo y exhalo, no pensaba que fuera tan observadora.

—Porque intenta alcanzar la luna. Porque cree que puede cazarla y quedársela, por imposible que parezca. El lobo soy yo y la luna es el montón de metas que ya nunca podré alcanzar. Nada más.

Giulia me mira durante lo que me parece una eternidad y, cuando habla, lo hace acompañando sus palabras de un suave masaje en mi costado, como si pudiera aliviar mi dolor acariciando las líneas de la tinta que me recorre.

—No eres ningún fracasado, León Lobo. Eres, de hecho, uno de los tipos menos fracasados que he conocido nunca.

—Eso no habla muy bien de los tipos que conoces.

Se ríe y besa mis labios, abrazándome por detrás de la nuca e invitándome a hacer lo mismo. La rodeo con los brazos y me sorprende, una vez más, lo bien que encaja en mi cuerpo.

—Pero habla muy bien de ti, gatito. —Sonrío, aunque ella no permite que piense demasiado en el tema del tatuaje—. ¿Sabes que soy una masajista increíble?

Y solo con eso ha conseguido conquistarme para lo que resta de noche.

Salimos de las aguas termales, entramos en el gimnasio y, desde ahí, corremos hasta la casa.

Giulia pretende obligarme a tumbarme en la cama, pero no lo hago sin antes entrar en el baño un momento.

Abro un cajón, cojo el frasquito que me llevé de su sótano hace días y vuelvo a la habitación para enseñárselo.

—Hazme el masaje con esto.

Lo tiro solo para poner a prueba sus reflejos. Lo coge al vuelo, me fulmina con la mirada y luego se concentra en el tarrito de cristal.

—Esto es mío.

—No, porque está en mi casa.

—¡Está en tu casa porque te lo llevaste sin permiso! Es una de las pruebas que he hecho estos días con aceites y lavanda.

—Puede ser.

—¡Ladrón!

—Fue por una buena causa.

—¿Cuál?

—La quería —digo encogiéndome de hombros.

Su boca se abre por la sorpresa antes de soltar una carcajada que no me esperaba para nada.

—León Lobo, el honorable vecino de Valdelila que roba aceites privados de Casa Lavanda. ¿Qué te parece mi titular?

Camino y me tumbo boca abajo en la cama. Los dos estamos desnudos y me sorprende lo fácil que nos ha resultado mostrarnos así, incluso cuando no estamos teniendo sexo. Le guiño un ojo antes de colocar la frente sobre los brazos.

—León Lobo, el honorable y atractivo vecino de Valdelila que tiene visión de futuro y se lleva aceites con los que pretende ser masajeado en algún momento por la mismísima creadora.

Oigo su exclamación indignada y me río, pero solo hasta que noto el cachete que me da. No es juguetón, pica como el infierno y me hace maldecir antes de mirarla mal.

—Uy, se me ha ido. Pero no pasa nada, porque pienso masajearlo muy muy bien: prometido.

Gruño algo en respuesta, pero pierdo el hilo enseguida, porque sus manos me acarician el trasero y poco después se sube sobre mi cuerpo, lista para masajearme.

Son más de las cuatro de la madrugada, estamos agotados y lo hemos hecho tantas veces que pensaba que no podríamos repetir hasta tener unas horas de descanso, pero algo me dice que este masaje va a acabar de un modo increíblemente satisfactorio para ambos.

Mañana estaremos destrozados y ella, además, tendrá que cuidar de Giuliano, pero ahora mismo lo único que me importa es sentir sus manos en mi cuerpo.

Lo que de verdad quiero es no pensar en nada, salvo en lo agradecido que estoy de que Giulia apareciera en Valdelila diez años después de ponerlo patas arriba para terminar de convertirlo en un auténtico caos.

Al menos en lo que a mí respecta.