49. Giulia
Giulia
No pensé que León fuera de los que ponen música para tener sexo, pero desde que hemos entrado, ha conectado su móvil a los altavoces de la casa, ha ido a su inmensa cocina para sacar una botella de vino, ha servido dos copas y me ha dado una sin intención aparente de arrancarme la ropa con los dientes, que es justo lo que yo venía imaginando que haría.
—No te hacía tan romántico.
—¿Por darte vino y poner música? Cielo, si esto te parece romántico, tus experiencias sentimentales han debido de ser un puto desastre.
—No es verdad. Te recuerdo que yo hice cosas indecentes en una iglesia.
—Tenías quince años. —Sonríe mientras se apoya en la isla de la cocina—. Y dudo que ese idiota pudiera quitarse los pantalones sin correrse encima.
Tiene razón, fue desastroso porque éramos adolescentes salidos intentando ser unos gamberros.
Fuimos míticos por atrevernos, no porque el acto en sí mereciera la pena.
Pero no me gusta que vaya de sobrado, así que doy un sorbo a mi copa, me quito las sandalias y paseo descalza por la madera oscura mientras observo con atención todo lo que no pude ver la primera vez que estuve aquí: las fotos colgadas en las pocas paredes que no tienen cristalera hacia el bosque.
León con sus padres. León con su hermana.
León con su sobrina. León con sus caballos.
León en todas sus versiones, menos esa que se empeña en eliminar de su vida.
Ni una sola foto jugando al baloncesto. Nada que indique que es un exjugador profesional, de los buenos, además.
Nada, excepto la caja que sigue sobre la mesa del salón.
Podría ir de lista, preguntarle al respecto y pretender ser el tipo de mujer que quiere curar los traumas de un hombre antes de acostarse con él, pero eso no encajaría en mis planes de evitar complicaciones.
Yo no estoy aquí para curar las heridas emocionales de nadie y estoy más que de acuerdo en no mencionar traumas pasados y limitarnos a la parte divertida, sin charlatanería sentimental, porque si caemos en eso, lo más probable es que él espere que yo también le abra mi corazón y le cuente mis inquietudes, y por ese aro sí que no pienso entrar.
—¿Pasa mucha gente por esta parte del bosque? —pregunto mirando hacia los árboles.
—Es un terreno privado, así que no.
—Mmm.
—¿Por?
—Mmm.
Siento los pasos de León, más que verlos. Yo estoy de cara a la cristalera y él se acerca por detrás, pero no me sobresalto cuando su pecho roza mi espalda. Me dejo caer contra él y noto su erección de inmediato.
—Dime en qué estás pensando, principessa .
Podría hacerme la remolona o la chica tímida que disimula. Podría armar todo un plan de seducción, pero la realidad es que no creo que haga falta. No quiero ser otra persona más que yo misma. E intuyo que León no pretende ser el tipo que no es, tampoco.
—Estoy imaginando cómo sería hacerlo contra la cristalera, y me gusta todo, menos la parte en la que puedan vernos.
Mis palabras le afectan. Lo noto en su cuerpo, en la forma en que su respiración se altera y en cómo me besa el cuello antes de contestar.
—Nadie nos verá, y menos aún de noche. Pero primero mi cama.
—Chico recto, serio y tradicional... —canturreo para meterme con él.
—Chico de casi dos metros que quiere estar cómodo la primera vez que empuje dentro de ti, más bien.
Me río, pero esta vez soy yo quien siente la respiración alterada. Reconozco los acordes de Movement , de Hozier. No me sorprende; conozco los gustos musicales de León gracias a los paseos en su coche. Lo que sí me sorprende es que encaje tan bien en este momento.
—Dime, por favor, que no has hecho una lista de reproducción específica para esta noche.
—¿Crees que soy alguien que haría ese tipo de cosas?
Me giro entre sus brazos, lo miro a los ojos y sonrío.
—Creo que eres alguien capaz de hacer cualquier cosa, por irracional y loca que parezca. Otra cosa es que luego pongas cara de niño bueno y serio para disimular.
Su sonrisa se extiende por su rostro lentamente. Es letal. Mi cuerpo reacciona, pero eso no es raro. Mi cuerpo reacciona a cualquier movimiento de León y, desde hace días, vivo en estado de excitación casi permanente.
Me alza en brazos, enroscando mi cuerpo en torno al suyo, y camina hacia su habitación como si yo no pesara más que una pluma.
—¿No vas a responder? —insisto.
León entra en el dormitorio, me lleva a la cama, me tumba y se arrodilla entre mis piernas. Cuando ve que mi vestido se ha subido y que mi ropa interior está al descubierto, echa un vistazo y suspira.
—Ese tanga lo compraste en el centro comercial el día que fuimos juntos. Antes, en la camioneta, me ha parecido verlo, pero ahora...
Me sujeta los muslos y me abre las piernas para mirar de una forma tan descarada que, si fuera otro tipo de mujer, me cohibiría. Por suerte para él, soy el tipo de mujer que colabora abriéndolas más y elevando las caderas para ofrecerle una vista completa.
—Sigues sin responder mi pregunta, pero da igual, porque creo que estás a punto de hacer algo que va a encantarme.
—Ah, ¿sí? ¿Eso crees? —Asiento y él se ríe.
Se levanta y se coloca a cuatro patas sobre mí, sin dejarse caer sobre mi cuerpo, sin rozar ninguna parte de su anatomía con la mía, salvo su nariz, que acaricia la mía un segundo antes de besarme—.
Lo haré, pero solo porque llevo soñando con ello desde hace semanas, no porque tú me lo digas.
—Queda claro —gimo cuando me mordisquea el cuello y baja por mi cuerpo, besando mi torso sobre la tela de mi vestido.
No tarda mucho en llegar de nuevo a mi tanga.
Pensé que me lo quitaría para dedicarse a acabar lo que ha empezado con los dedos antes de la cena, en medio de ese carril, pero León tiene otros planes.
Aparta la tela y la usa para presionar sobre mi clítoris, haciéndome gemir más alto de lo que acostumbro.
Eso lo enerva, en el buen sentido. Suspira, como si no pudiera contenerse más, y pasa la lengua a través de mis pliegues sin preámbulos.
Sin pararse a tentar y sin ser suave, porque no me ha hecho esto antes, pero sabe muy bien que la delicadeza no va conmigo.
Abro las piernas tanto como puedo, enredo la mano en sus rizos y lo guío para llevarlo al punto exacto que me desintegra de placer.
No sé en qué momento dejo de pensar. Mi cabeza se apaga de tal forma que sentiría pánico, si no fuera porque León no para de murmurar cuánto ha deseado esto, cuánto le gusta hacerlo y las ganas que tiene de repetirlo, aunque aún no haya acabado.
Me arqueo sin vergüenza ni contención. Sin miedo a exponerme, porque él está tan entregado como yo.
La calma no estará presente esta noche. León me sujeta el vientre para obligarme a permanecer anclada al colchón y sentir cada una de sus caricias.
El placer es tan intenso que hay instantes en los que temo romperme en mil pedazos.
Hay algo profundamente injusto en lo bien que se le da hacerme esto para ser la primera vez.
Me pierdo por completo y mis intentos de resistirme para no ponérselo tan fácil no sirven de nada, porque en apenas unos minutos gimo su nombre y me elevo hacia un orgasmo que me deja temblando y devastada del todo.
—León... —le digo, pero no sé qué quiero pedirle.
Él levanta la cabeza solo lo justo para mirarme. Sus ojos están oscuros. Hambrientos. No hay rastro del hombre que vive conteniéndose por todo.
—Shhh —murmura—. Deja que me ocupe.
Y lo hace. Se ocupa de besarme los muslos antes de incorporarse, sentarme en la cama y quitarme el vestido con mimo. No me desnuda con prisa, ni a tirones, aunque es evidente que él no ha tenido alivio y está deseando seguir adelante.
Se ocupa de todo y me dejo, porque es maravilloso ceder el control cuando sabes que al otro lado hay alguien dispuesto a tomarlo con confianza.
Cuando ya estoy en ropa interior, se queda ahí un instante, mirándome de un modo que me hace sentir valorada como nunca y, al mismo tiempo, nerviosa, porque me observa como quien tiene delante el mejor regalo del mundo.
Se incorpora despacio, se quita la camiseta, se tumba a mi lado y me atrae contra su pecho, sin invadirme, sin exigirme nada más.
Su mano dibuja líneas lentas en mi espalda mientras me besa y tengo la sensación de que no irá más allá hasta que yo dé muestras de estar lista de nuevo.
Su paciencia es algo fuera de lo común. Si alguien me lo hubiera dicho hace unas semanas, no lo habría creído.
El interior de este hombre no tiene nada que ver con lo que él le muestra al mundo.
Me arrodillo en la cama y busco el botón de sus vaqueros. Lo bajo por sus muslos y contengo una sonrisa cuando rozo su erección y sisea, como si se hubiera quemado.
—¿Todo bien, campeón?
—Increíble —susurra mientras inspira—. ¿Qué marca de pintalabios es esa que no se borra por más besos que te dé?
Termino de quitarle los vaqueros y calcetines y, cuando ya está en bóxer, y gloriosamente semidesnudo, elevo las cejas.
—Estoy desnudándote mientras llevo un tanga y un sujetador a juego... ¿y me preguntas por mi barra de labios?
—No quiero quitar mérito a tu increíble ropa interior, principessa , pero estoy obsesionado con esa boca desde que te vi. La culpa es tuya.
Me río y me subo en la cama. Gateo, obligándolo a tumbarse, y me coloco a horcajadas sobre sus abdominales. Pensaba hacerlo unos centímetros más abajo, pero quiero tentarlo y volverlo tan loco como él me vuelve a mí.
—Es un pintalabios permanente, pero además me lo retoco cada vez que puedo.
—¿Por qué?
—Porque me gusta.
Y porque hace que me sienta más segura, como si fuera un escudo. Hay algo..., no lo sé. Me he acostumbrado a llevarlo a diario y ahora, sin nada, me siento desnuda aunque lleve la ropa puesta.
—A mí también me gusta... —murmura distraído antes de incorporarse lo justo para abrazarme, morderme el labio y, de paso, recolocarme justo encima de su erección.
Me acaricia la espalda desde la base y sube hasta sujetarme por la nuca para que lo mire a los ojos—.
¿Te acuerdas de todas las veces que te he dicho que, cuando quisiera una mamada, te lo haría saber?
—Ajá.
La sonrisa que se extiende por su cara es tan increíble que siento cómo me contraigo. Y él también lo siente, porque sigo encima de su...
—Giulia, la quiero.
—¿Ahora?
—Ahora. He fantaseado demasiadas veces con esos labios rojos sobre mí.
Trago saliva. Nunca he sido tímida en el sexo, pero no sé por qué esperaba que León sí lo fuera.
O, más que tímido, esperaba que fuera comedido y tranquilo, no sé muy bien por qué.
Imagino que porque he visto su capacidad para contenerse cuando la situación lo requiere.
Sin embargo, León no es nada de eso. León es.
.. No diré que es un volcán. Él directamente es la ebullición.
Sabe cómo ser demandante sin resultar invasivo o intransigente.
Le beso el mentón, coloco las manos en sus pectorales y lo empujo para que vuelva a tumbarse.
León gime y obedece. Yo bajo, dejando un reguero de besos por su cuerpo, y no me pasa inadvertido el tatuaje de su costado.
Lo acaricio, pero se tensa, así que decido que no es momento de molestarlo con algo que, evidentemente, lo incomoda.
Sigo bajando y, cuando llego a la cinturilla del bóxer, me relamo de anticipación.
Eso hace que gima más alto. Una de sus manos encuentra mi nuca, pero, en vez de guiar mis movimientos, se limita a acariciarla, como si necesitara tocarme, pero no estuviera dispuesto a obligarme a hacer nada que no quiera.
—¿Lo imaginaste así? —pregunto mientras bajo la tela y descubro su erección.
Un siseo es su única respuesta, y cuando lamo su glande cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, como si no pudiera soportar verlo. No diré que mi autoestima depende de sus reacciones, porque no es así, pero ver la forma en que le afecto hace que me empodere más, si cabe.
—Mira aquí, gatito. No quieres perderte esto.
León obedece y, cuando sus ojos se posan en los míos, me lo llevo hasta el fondo de la garganta.
Suelta un montón de palabras sucias que me encantan y solo me animan a hacerlo mejor.
En apenas unos instantes, sus dos manos se concentran en mí: una en mi mejilla y la otra en mi nuca.
Se me hace corto. Cortísimo. Cuando tira de mi cuello para apartarme, apenas siento que llevo unos segundos deleitándome con su sabor, pero su respiración está entrecortada y tiene los labios tan secos que no le queda más remedio que relamerse antes de hablar.
—No quiero acabar así. Es un sueño, pero para otro momento.
—¿Y cómo quieres acabar? —pregunto al tiempo que lo acaricio de arriba abajo.
—Dentro de ti. Contigo. Ven aquí...
Tira de mis hombros y me tumba en la cama.
Me besa unos instantes y después se estira y saca un condón de la mesita de noche.
Mi sujetador y mi tanga vuelan mientras él se encarga de ponérselo y, para cuando vuelvo a tumbarme, León está entre mis piernas, acercándose y acariciando cada parcela de piel que queda próxima a sus manos o labios.
Se desliza en mi interior con tanta facilidad que, si fuera una romántica, pensaría que está hecho para mí. Su boca se cierne sobre mis pezones y, cuando le reclamo un beso, no se hace de rogar ni un segundo.
—Eres perfecta, joder —murmura a la vez que empuja dentro de mí, y los dos sentimos que la respiración se nos entrecorta.
No sé en qué momento dejamos de ser personas racionales, pero hay un punto en el que solo somos dos cuerpos desmadejados en busca del placer más increíble del mundo.
Beso, lamo y muerdo todo lo que hallo a mi paso y, cuando León gruñe y me dice que no puede aguantar mucho más, le pido que cambie de postura.
Hago que se siente contra el cabecero de la cama, me subo sobre él y me ensarto de tal modo que los dos gemimos al unísono.
Desde ahí, la carrera es desenfrenada y la fricción insoportable.
No sé quién de los dos alcanza el orgasmo antes, no podría decirlo ni aunque quisiera, porque todo en lo que consigo pensar es en lo increíble que es esto y el miedo que siento al desear que jamás se acabe.
León tiembla entre mis brazos y creo que yo tiemblo entre los suyos. Exhala mi nombre con una necesidad que me consume. Y me parece que hago lo mismo. Clava los dedos en mis caderas y me dejo llevar por el placer más grande que he sentido nunca.
Cuando acabamos me tumba con delicadeza, me abraza y besa mi cuello con tanta dulzura que sé, sin ningún atisbo de duda, que acabo de meterme en un lío enorme, porque esto tenía que ser sexo rápido, fácil y sucio, pero ni el ser más necio del mundo puede negar que aquí hay más. Mucho más.
Aunque me aterrorice pensar en ello.