Giulia, el amor y un puñado de lavanda 48. Giulia
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48. Giulia

Giulia

Hay un término feísimo que usan algunos hombres cuando las mujeres seducen, pero no llegan al final. Es un término horrible, vulgar y del todo inadmisible, así que no entiendo qué hago diciéndoselo a León.

—Eres un calientabragas. —Se ríe, como si lo encontrara gracioso, pero la verdad es que yo no tengo ganas de reírme.

Y tampoco sé por qué, no contenta con decirlo una vez, insisto—.

En serio. Sabes lo que es, ¿no? Como un calientapollas pero en tío.

Tío hetero, se entiende. Si fueras gay, sí podrías ser un calientapollas.

Se ríe más alto. Es oficial. Lo odio.

Me recoloco el vestido sobre los muslos y me retrepo en el sillón de la camioneta, frustrada y excitada como pocas veces en mi vida.

León se lleva a los labios el dedo que hasta hace un instante jugaba entre mis piernas y se lo lame de un modo completamente hipnótico que solo me hace entrecerrar los ojos.

—No sé de qué te quejas. Hace un minuto no parecías tan enfadada.

—Hace un minuto estaba a punto de llegar a un orgasmo que pintaba increíble, si no lo hubieras jodido todo decidiendo que es hora de parar porque no vas a darme mi primer orgasmo contigo en una camioneta.

—Sigo pensando lo mismo.

—Si fuera una mujer insegura, pensaría que no me deseas lo suficiente.

León se ríe entre dientes, me coge la mano y la lleva al punto exacto que demuestra que eso no es verdad.

—¿Te parece que no te deseo lo suficiente?

—He dicho que lo pensaría si fuera una mujer insegura, pero no lo soy. Estoy buenísima y tú no sabes estar cerca de mí sin tener esto así —aprieto y quito la mano—, pero no entiendo por qué estás haciendo que sea tan difícil.

—Porque quiero que, cuando lo hagamos, valga la pena.

—Es sexo, León. Somos jóvenes, atractivos y estamos prácticamente en celo. Valdrá la pena.

—¿No te importaría hacerlo aquí y así?

—No, la verdad es que no.

León me mira como si no me creyera. Luego señala nuestro alrededor como única respuesta.

Es viernes noche. Esta tarde hemos estado paseando a caballo todos juntos y ha sido increíble.

Giuliano ha montado a Balti y yo finalmente me he atrevido con Ángel, que, para sorpresa de nadie, ha resultado ser tan bueno como prometía León.

Él ha subido sobre Luci, y Abi, Samu y Bella nos han acompañado con sus respectivos caballos, aunque León se ha enfadado con su hermana.

Después de que dieran la noticia oficial de que está embarazada, él se ha puesto muy crítico con que haga cosas que, según él, no son buenas para el bebé.

La discusión ha concluido cuando Abi le ha dicho que su caballo no es lo único que monta estando embarazada.

Samu ha soltado una carcajada tremenda y se ha declarado culpable gustoso y León ha gritado tanto que no sé cómo no se ha quedado afónico.

Ha sido bastante divertido. Después hemos parado en casa de Abi y Samu y, mientras ellos han cocinado pizza para los peques, nos han mandado a la ciudad a por sushi para los adultos.

Esa es la razón por la que estamos volviendo a casa con el asiento trasero lleno de sushi .

Aunque la razón por la que León ha parado la camioneta en medio del carril, justo antes de llegar, para meterme mano y dejarme ardiendo, ni la sé ni la comprendo, pero aquí estamos. A punto de cenar con su familia mientras me siento medio desintegrada de excitación.

—¿Un polvo rápido antes de cenar con mi familia? ¿Así quieres que sea? —me pregunta.

Abro la boca para decir que sí, que da igual. Solo es sexo. Pero la cierro, porque de alguna forma sé que estaría mintiendo, al menos en parte.

Quiero que lo de León sea solo sexo sucio, ardiente y sin compromiso.

De verdad necesito mantener esa línea muy marcada, pero me gusta pensar que soy una persona honesta consigo misma, y la verdad es que no sé hasta qué punto eso es cierto.

Es evidente que nos tenemos cariño, a nuestra manera.

No es solo que me excite, es que es... es inteligente, divertido —aunque no lo parezca—, tiene una conversación increíble y lo pasamos genial juntos.

Está empezando a convertirse en un gran amigo, y no quiero que eso se estropee.

Y sé que, si dejo que esto sea más que sexo, si le dejo ver todo de mí, las probabilidades de perderlo se multiplicarán por mil; lo tuve claro la otra noche, cuando estuve a punto de dejar que advirtiera lo mucho que me importa su aprobación.

Sentir que él puede tener tanto poder sobre mí y mi autoestima.

.. No, no estoy preparada. Sobre todo ahora que acabo de descubrir que dicha autoestima está prácticamente por los suelos y que necesito hacer cambios radicales en mi vida.

Si me abriera ante León y él confirmara mis peores temores, no sé qué haría.

Terminaría de hundirme. No. Ya tengo suficiente con intentar ser una adulta responsable, mantener un propósito real en esta vida y cuidar de Giuliano —y lidiar con la vuelta de Fiorella cuando llegue el momento—.

Son demasiadas cosas, así que lo de León tiene que ser puramente físico; mis pobres sentimientos no soportarían nada más.

Sin embargo, si algo he comprobado estos últimos días es que no tengo ni idea de cómo introducir el sexo en nuestra relación sin volverlo todo demasiado complicado.

Esta semana ha sido la prueba definitiva de ello.

Desde el otro día en el sótano, nos hemos estado viendo a diario y, aunque hemos mantenido el mismo ritual de jugueteo y bromas sexuales, no he podido evitar pensar que lo que tenemos no dista mucho de lo que tendría una pareja real: compartimos nuestras inquietudes y aspiraciones, nos hacemos compañía y anhelamos tocarnos a cada momento.

.. Y, para colmo, cuando mis padres me sometieron al interrogatorio previsto al día siguiente, me encontré a mí misma boqueando y siendo incapaz de decir que no era más que un lío con fecha de caducidad.

Si a todo eso le sumas el hecho de que su madre está feliz desde que Abi le dijo que nos pilló dándonos el lote en el establo y, por lo tanto, tenemos que fingir más que nunca estar enamorados... Bueno, pues eso: se complica.

—¿Giulia?

—¿Mmm?

—No has respondido.

Suspiro y lo miro. No, no he respondido porque no sé qué responder sin mentir o sin sentir que me abro demasiado.

—Vamos a cenar, ¿vale? Es evidente que no será ahora, así que no tiene sentido discutirlo.

Él me mira en silencio. Por un segundo pienso que va a decir algo, pero al final solo tira de mi mano, me besa los dedos en un gesto rápido y reemprende la marcha.

Llegamos a casa de su hermana y nos encontramos con Bella y Giuliano jugando con los legos en el salón mientras Bambi los vigila e intenta no quedarse dormido sobre la alfombra.

En cuanto me ven, Giu y el perro vienen corriendo a saludarme y me río, porque está claro que sé cómo ganarme al género masculino cuando se trata de niños y animales.

Con los adultos estoy teniendo más dificultades.

—¿Has comido pizza?

—¡Sí! Abi me ha dejado poner en mi pizza aceitunas negras, verdes y fuet, porque dice que las pizzas pueden ser de lo que uno quiera.

—Abi tiene razón.

—La tiene, salvo cuando le pone piña —dice su marido—. Entonces pierde la razón y mi respeto por completo.

La susodicha saca la lengua y se ríe mientras me acerca un botellín de cerveza y le hace muecas a la suya sin alcohol.

—Entre la cerveza sin alcohol y el sushi sin pescado, siento que mi vida carece de sentido.

—Gracias por la parte que me toca —murmura Samu.

—Ay, cielo, cuando tú tengas que estar embarazado nueve meses, parir y ver cómo tus pezones se agrietan podrás sentirte ofendido. Mientras tanto, mímame y deja que los días fluyan. Es lo mejor que puedes hacer por este matrimonio.

Su marido se ríe y, por un instante, me quedo embobada mirándolos.

No voy a decir que no he visto nunca algo así, porque no es cierto.

Mis padres han tenido siempre sus más y sus menos, pero el respeto y el amor han primado en casa desde que yo tengo uso de razón.

No recuerdo una sola época en la que haya dudado de lo que sienten el uno por el otro, así que, en realidad, no entiendo de dónde viene mi incapacidad para siquiera imaginarme teniendo una relación estable.

Pero los hechos son los que son, y es que, cada vez que he empezado algo con alguien, me he esforzado por mantenerlo en un plano meramente físico.

Imagino que porque en el fondo siempre he sabido que, estuviera donde estuviese, estaba de paso.

Aunque ahora, gracias a Giuliano, hay un lugar en el que me gustaría estar más tiempo... Y justo por eso, no quiero echarlo todo a perder intentando que las cosas con León lleguen más lejos.

Doy un sorbo a mi cerveza y dejo de pensar en ello.

No sé mucho de Fiorella, pero lo poco que se comunica es para decirme que volverá para Navidad, más o menos lo que hablamos cuando se marchó.

El verano ni siquiera ha llegado oficialmente, aunque falten pocos días.

Tengo meses para disfrutar del niño y ayudarlo a seguir ganando seguridad en sí mismo.

No sé si todo esto servirá de algo. Las clases de baloncesto, los ratos montando a caballo, las manualidades en casa y los cuentos raros que le hacen reír.

En realidad, sigo dejándome llevar por mi instinto, pero me gusta pensar que, para cuando Fiorella regrese, Giu será lo bastante valiente y estará lo bastante seguro de sí mismo como para poder decirle a su madre lo que quiere y necesita.

El problema es que no estoy segura de que Fiorella pueda dárselo; no porque sea un ser maquiavélico, sino porque está claro que la crianza desapegada y fría que ella misma sufrió ha hecho estragos en su forma de entender la maternidad.

¿Cómo se explica si no que haya abandonado de este modo a un ser tan maravilloso como Giuliano?

Cuanto más tiempo paso con él, más me cuesta comprenderlo.