47. Giulia #2
Siento que llevo tanto tiempo en esta espiral que, ahora que he encontrado algo que creo que podía apasionarme, el miedo a no ser capaz de hacerlo bien o a abandonarlo antes siquiera de tener ocasión de comprobar si valgo para ello me está sobrepasando.
Sin embargo, no le cuento nada de eso a León porque el pánico a que sea él quien corrobore mis peores temores, a que sea él quien compruebe que, en efecto, no valgo para nada, es demasiado real.
Así que en lugar de decir algo, camino hacia el sofá, me siento permitiendo que la camiseta se me suba por los muslos y lo miro con intención y una sonrisa traviesa.
Porque una cosa es que me sienta vulnerable por dentro y otra muy distinta que esté dispuesta a mostrarme así ante él.
No. León Lobo no tiene por qué saber hasta qué punto es capaz de remover mis emociones, ni cuánto me importa su aprobación, de modo que ladeo la cabeza y suspiro con aparente impaciencia.
—Gracias. ¿Y bien? ¿Vas a venir a meterme mano o tengo que hacerlo todo yo?
León no responde de inmediato y eso, viniendo de él, es peligroso.
Sus ojos recorren mi cuerpo despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y supiera exactamente en qué piensa emplearlo. Empuja el mostrador al incorporarse y camina hacia mí sin decir una sola palabra.
—Te pones esa camiseta para sacarme de mis casillas, ¿verdad?
Intento replicar algo ingenioso, pero no me da tiempo. Se sienta a mi lado y su mano se posa en mi rodilla con firmeza. Sube unos centímetros por mi muslo y trago saliva. Si sube un centímetro más, corro el riesgo de olvidar cómo se respira.
—Me pongo esta camiseta porque me gusta. No me visto para ti, gatito, aunque te guste creer que sí.
—No tengo problema con que te vistas para ti —dice sonriendo despacio y de forma letal—. Lo que de verdad me importa es que quieras desvestirte para mí.
Quiero replicar, pero me he quedado en blanco y, además, él no me brinda esa oportunidad, porque tira de mi cuerpo y me coloca sobre el suyo en solo un segundo.
Me siento a horcajadas sobre él, que se retrepa contra el respaldo, atrayéndome hacia su pecho.
No me besa. No todavía. Me roza el cuello con la nariz, inspira despacio y se detiene ahí, como si supiera que esa espera es peor que cualquier otra cosa.
—Hueles a lavanda... —dice en voz baja mientras pasa las manos por la parte trasera de mis muslos y sube hasta un punto peligrosamente excitante.
—Estás en Casa Lavanda. Todo aquí huele a lo mismo —murmuro sin apenas sentido.
—No. A lo mismo, no. Tú tienes algo distinto. Tú... —Lame el punto que hay justo bajo mi oreja y, cuando gimo, me muerde el lóbulo—. Tú hueles a lavanda y a algo más que no huele nadie. Eres adictiva.
Mi corazón se acelera tanto que dejo escapar una risa nerviosa.
—¿Como la droga?
Aleja la cara de mi cuello y sus labios rozan los míos, por fin. No es un beso profundo. Es lento. Controlado. Una promesa más que un ataque. Cuando se separa, apoya la frente en la mía y sonríe.
—Nunca he tomado drogas, pero sí. Apuesto a que eres más adictiva que la mejor droga del mundo.
—Un día robaré marihuana a mi padre y te la haré probar.
—No me hables de tu padre cuando estoy a punto de quitarte la camiseta, joder.
Me río, nerviosa una vez más, y roto las caderas sobre la erección que percibo bajo mi peso.
—¿Y quién te ha dicho a ti que voy a permitir que me desnudes? Ni siquiera hemos tenido una cita en condiciones.
León suelta una risa baja y grave que noto vibrar justo donde estoy sentada.
—¿Una cita? —repite—. ¿Ahora te preocupan las normas?
—¿Qué puedo decir? Soy una chica de normas, sobre todo cuando puedo saltármelas —respondo con descaro.
Sus manos se clavan un poco más en mis muslos, pero no suben. Me mira como si intentara decidir si hablo en serio o no.
—Tú no eres una chica de normas. Eres... Eres un peligro, Giulia.
—No eres el primero que me lo dice —contesto riéndome.
Me inclino hacia delante, apoyo las manos en su pecho y noto cómo se le acelera el pulso bajo la camiseta.
Pero no mueve ni un músculo; es curioso que alguien tan grande pueda contenerse tanto—.
Entonces, dime, ¿vas a pedirme una cita, o vas a ser todo un caballero y pedirme por favor que me quite la camiseta?
León inspira hondo. Casi puedo ver cómo se obliga a frenar.
—Voy a besarte —dice—. Despacio. Voy a dejar la camiseta justo donde está, porque no puedo darte una cita ahora, pero está claro que no soy un caballero y no pienso suplicar para que te la quites. Lo que sí haré será tocarte lo justo para que te pases la noche entera acordándote de mí.
—Eso suena cruel.
—Puede, pero es el camino que has decidido tomar.
No soy capaz de responder. León ataca mi boca sin prisa, pero con decisión.
Sus manos suben por fin, pero solo hasta mi cintura, sujetándome con firmeza, marcando un límite claro.
Nos besamos durante lo que parece una eternidad y, cuando muevo las caderas contra él, intentando frotarme, me detiene de nuevo.
Gimo frustrada y excitada a partes iguales, pero eso no lo convence de permitirme más movimiento.
—Eres un cabrón.
—Y tú has dicho que no ibas a dejar que te desnude —responde, con esa media sonrisa que me vuelve loca—. Estoy respetando tus normas.
Me muerdo el labio, enfadada conmigo misma por haberlas mencionado. ¡Nunca he sido de normas! ¿Qué me ocurre? ¿Cómo he conseguido pasar de ser la chica juguetona a la que está a punto de suplicar más caricias, contacto, o lo que sea?
—¿Y qué pasa si me siento rechazada y ya nunca más quiero liarme contigo?
—¿Te sientes rechazada porque estoy respetando tus propias reglas?
—No me hagas parecer una mujer poco razonable, ¿vale?
Se ríe y alza las caderas, clavándose en mi centro y haciéndome gemir antes de volver a besarme y apoyar la frente en la mía.
—En realidad, no es solo por las normas. Tienes razón, es demasiado pronto y quiero que sea distinto cuando nos quitemos la ropa. En una cama, como mínimo.
—Eres de los tradicionales, ¿eh?
—Para empezar, sí. Tú has iniciado esto, Giulia, y ahora yo voy a seguirlo porque, además de querer un sitio más cómodo para desnudarte a placer, quiero que hoy te vayas a la cama pensando en mí.
Mi corazón da un salto absurdo. Le acaricio la cara y me fijo en que tiene un pequeño hoyuelo en la barbilla, escondido por la barba. Por si no era ya lo bastante perfecto físicamente...
—Eso ya lo estaba haciendo antes de que bajáramos al sótano —confieso distraída.
Sonríe de verdad. Sin sarcasmo ni asomo de engreimiento. Es fascinante. Al menos hasta que apoya las manos en mis costados, me incorpora y me separa de su cuerpo, dejándome a un lado y recolocándose la ropa antes de levantarse.
—Misión cumplida, entonces.
—Espera, ¿te vas a ir ya? ¿Y me vas a dejar así?
—La anticipación, principessa , es la recompensa de quien sabe ser paciente.
Quiero lanzarle algo a la cara. Me importa una mierda ser paciente y la recompensa.
Quiero un orgasmo y lo quiero ahora. No pretendía llegar hasta el final, cierto, pero se pueden hacer muchas cosas sin llegar al final.
Se lo digo tal cual, pero eso solo le divierte más, lo que automáticamente hace que yo me enfade más, así que minutos después los dos estamos subiendo los escalones del sótano para que él pueda marcharse, no sin antes despedirse de mis padres con todo el descaro del mundo, como si no le importara que mañana vayan a volverme loca con un interrogatorio amoroso e incómodo.
Cuando él se larga, yo vuelvo a la planta superior, me doy una ducha y me meto en la cama con Giuliano y una frustración que estoy conteniendo a duras penas.
En el fondo, León no tiene ni idea de lo que ha hecho. De lo contrario sabría que, si en circunstancias normales soy un poco intensa, cuando me siento impaciente, frustrada y ansiosa, sexualmente hablando, puedo ser un verdadero grano en el culo.
Aunque, bien pensado, supongo que acabamos de entrar en una lucha de poder y estamos a punto de averiguar quién de los dos tiene más resistencia.
La parte buena es que, gane quien gane, el resultado será increíble.