47. Giulia
Giulia
Es increíble lo bueno que está.
León Lobo tiene todos los elementos necesarios para conseguir que una mujer pierda la cabeza: es atractivo, serio, pero con sentido del humor cuando llegas a conocerlo.
Leal, sincero y ardiente. Huraño e introvertido también, sí, pero eso solo te hace querer llegar más hondo; conocerlo mejor y ganarte su confianza.
¿Es un poco idiota a veces? Sí. ¿Lo compensa con creces en otros aspectos? Desde luego. ¿Uno de esos aspectos es que besa como si hubiera sido tocado por una divinidad para tener ese don? Sin ninguna duda.
—¿Por qué está tu padre bailando alrededor de un árbol del jardín? —dice cuando pasamos frente a las cristaleras del salón, de camino al sótano. Y tu madre... Oh. Mierda. Joder, perdón —añade mientras se tapa los ojos.
Suspiro. Mi madre está haciendo yoga. Desnuda. Otra vez. Mi padre, mientras tanto, baila alrededor de un árbol. Al menos, él está vestido.
—Él está colocado. Ella posiblemente no, pero es así.
—¿Perdón?
Me giro, me pongo las manos en las caderas y suspiro. Otra vez.
—Mira, gatito, la cosa es así: soy rara porque tengo padres raros. Mi padre se coloca por las noches con marihuana y acompaña a mi madre, que hace yoga desnuda porque..., yo qué sé. La relaja, supongo.
León se queda mirándome como si le hubiera dicho que tengo un rinoceronte rosa durmiendo en el baño. A ver, no lo culpo. Supongo que, cuando no estás acostumbrado, es bastante raro.
—¿Me estás diciendo que tú eres la más normal de tu familia?
—Si quieres liarte conmigo, esa frase no ha sido inteligente por tu parte.
—Perdón, hostias, pero estoy flipando.
—No lo hacen delante de Giuliano —aclaro, porque de pronto me tensa muchísimo que piense que somos tan irresponsables como para drogarnos o hacer el idiota delante del niño—.
Hasta que no se duerme, no se dejan ir. Y, sinceramente, mi padre está descuidando sus propios negocios por quedarse aquí ayudándome, así que si al hombre le gusta fumar un poco de marihuana para relajarse. ..
—Eh, no os estaba juzgando.
León se acerca en solo dos zancadas, pasa un brazo por mi cintura y me pega a él de un modo que me hace suspirar, pero esta vez de placer. Es increíble que, aun con una diferencia de altura tan grande, sienta que nunca he encajado entre los brazos de un hombre como encajo en los suyos.
—Estamos intentando que ese niño sea tan feliz como pueda —murmuro en un arranque de sinceridad, mirándole el pecho, porque me da demasiada vergüenza mirarlo a los ojos.
—Lo sé. Y lo estás haciendo increíble. Nunca he visto a Giuliano tan feliz como desde que tú te ocupas de él.
—¿De verdad lo piensas? —pregunto atreviéndome a mirarlo.
En su cara no veo más que verdad y sinceridad. No está mintiendo. León no es de esos. Si tuviera algo que decir al respecto lo diría, como ha hecho siempre.
—Claro que sí. Yo no miento, ya lo sabes.
Sonrío, porque es como si me hubiera leído el pensamiento.
—Y si no mientes, dime, ¿quieres bajar al sótano a darte el lote conmigo?
—Pensé que no ibas a pedirlo nunca.
Me alza en brazos y me enrosca en torno a sus caderas con tanta facilidad que suelto una carcajada.
Bajamos las escaleras y valoro la estabilidad de León, porque me dedico todo el camino a mordisquearle el cuello por primera vez en mi vida, y para cuando llegamos abajo me declaro adicta.
Es posible que necesite hacer esto mínimo una vez al día durante mucho tiempo.
Se lo digo y se ríe, pero solo hasta que se percata de cómo ha cambiado este sitio desde la última vez que estuvo aquí.
Me baja con cuidado y se concentra en mis avances.
Desde que León vino para ayudarme a despejarlo y sacar trastos, el sótano ha pegado un cambio radical.
Terminé de limpiarlo y ordenarlo todo aprovechando la gastroenteritis que Giuliano me pegó.
Y él, cuando se sintió mejor, colaboró haciendo dibujos que cuelgan de la pared de piedra que hay al fondo.
Ahora este espacio ya no es el lugar oscuro y olvidado de los últimos años.
Las paredes siguen siendo de piedra vista, anchas y antiguas, pero ahora están limpias, tratadas y con pequeños focos de luz cálida colocados a conciencia.
El suelo ha cobrado vida gracias a unas alfombras grandes que compré por internet, de esas que invitan a descalzarse.
Las estanterías de madera oscuras llenas de trastos ahora sostienen cajas de madera etiquetadas, los libros y recetarios de la familia ordenados y algunos recuerdos familiares, como una de las últimas fotos que tengo de mis abuelos.
Están sonrientes y agarrados de la mano, cada uno sentado en un sillón.
Me gusta imaginar que, si de verdad hay algo después de la muerte, están orgullosos de lo que he logrado hacer aquí.
Al fondo he puesto un sofá amplio y bajo, cubierto de mantas desordenadas y cojines que no combinan entre sí, pero dan personalidad. Hay uno de palmeras que me encantó a mí y otro de caballos que le encantó a Giu.
Me gusta el resultado. Incluso el viejo banco de trabajo reconvertido en mesa auxiliar, con una lámpara industrial que arroja luz al espacio.
En un lateral he colocado un mostrador de madera con estanterías para los botes de cristal. Y sobre nuestras cabezas, de las vigas del techo cuelgan hilos de cuerda para atar la lavanda y dejarla a secar.
Huele a madera, a limpio... y a algo que no puedo explicar.
Si fuera una romántica, diría que huele a segundas oportunidades, pero la realidad es que todavía no sé muy bien qué pretendo hacer con este sitio.
Estoy experimentando aquí y allá mientras sigo las recetas que he encontrado de los bisabuelos, pero más allá de alguna crema o aceite esencial no he conseguido gran cosa.
León se queda quieto, recorriendo el lugar con la mirada, como si intentara encajar la imagen actual con el recuerdo del sótano que vio la primera vez que vino.
—Joder... —murmura.
Sonrío, porque parece poco, pero me ha dicho más con esa única palabra que con cualquier frase grandilocuente que hubiera podido soltar.
—Está bien, ¿eh?
—Está mucho mejor que bien —reconoce mientras se pasea hacia los mostradores y empieza a investigar los pocos frascos que tengo en uso. Abre uno, lo huele y arruga la nariz—. Demasiado intenso.
—Sí, se supone que sirve como aromatizante, pero creo que podría intoxicar a alguien. Probaré de nuevo.
—Puedes diluirlo en agua en esos humidificadores. Abi suele poner un montón de aromas en ellos.
Sonrío. Es justo lo que había pensado y se lo digo, lo que hace que sonría de vuelta.
Cierra el frasco, lo coloca sobre la madera y se gira, mirándome y apoyándose en el mostrador de brazos y pies cruzados, como suele hacer sobre su camioneta o mi coche.
Estoy empezando a obsesionarme con esa postura. O más bien con él.
—Felicidades, principessa . Lo has dejado increíble.
Me gustaría decir que mi sangre no se altera hasta provocar que mi pulso lata con fuerza, pero estaría mintiendo.
No es que necesite la aprobación de León, no se trata de eso.
Es que es... es que es como si él reconociera el esfuerzo que he hecho.
Por primera vez en mi vida he hecho algo sin tomarlo a broma o sin restarle importancia.
Y eso me ha colocado en una posición vulnerable porque resulta que, aunque no debería importarme lo que él piense. .., me importa.
Me importa porque quiero demostrarle que valgo para algo.
A él y a mis padres, a Giu... Tal vez no sea sano.
Quizás debería estar orgullosa de mí misma sin más, sin esperar ninguna validación externa, pero así es como me siento.
De hecho, si lo pienso detenidamente, llevo sintiéndome así bastante tiempo.
La conversación con mis padres solo fue un detonante que ha terminado de abrirme los ojos, porque, en realidad, por mucho que yo agradezca mis privilegios, y por mucho que sepa que ellos me querrán y me apoyarán siempre, lo cierto es que estoy cansada de no sentirme orgullosa de nada de lo que hago.
Llevo toda mi vida viendo cómo la gente a mi alrededor tenía un propósito y luchaba por lograrlo: mi familia entera, amigas y compañeras de piso que han ido y venido, incluso creí que Fiorella había encontrado el suyo al tener a Giuliano.
.., aunque parece que ahora su propósito es otro, claro está.
Pero yo... jamás he tenido nada claro, he saltado de ciudad en ciudad, de país en país, de relación en relación y de trabajo en trabajo, sin tener nunca una ilusión o una motivación real, porque, como bien me dijo mi madre el otro día, he huido siempre antes de que nada llegara a ponerse serio.
Y, si soy sincera, ahora que he tenido tiempo para meditarlo, creo que ha sido por miedo a que alguien pudiera corroborar lo que yo ya siento: que, en efecto, no sirvo para nada.
Y si antes ya me daba miedo —aunque fuera un miedo inconsciente, supongo— que alguien pudiera descubrir eso sobre mí, ahora que he conocido a León.
.., por algún motivo ese miedo se ha convertido en auténtico terror.
Al principio, cuando supe su historia, sentí cierta afinidad con él porque, a fin de cuentas, también se había quedado sin un propósito y se había sentido perdido.
Pero las cosas no son tan simples; la realidad es que León sí tuvo un propósito, una pasión y una motivación.
Y era bueno en lo suyo, muy bueno. Y no solo eso, sino que después del revés que le ha dado la vida, ha sido capaz de reconstruirse, y ahora tiene nuevos objetivos.
.. que también se le dan francamente bien.
Pero ¿yo? Yo lo he tenido todo, la vida no me ha dado ningún revés y, aun así, ¿qué he conseguido por mí misma?