Giulia, el amor y un puñado de lavanda 46. León
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46. León

León

Yo pensaba que esperar a ver a Giulia después de los días que ha estado enferma había sido complicado, pero eso era porque no había experimentado aún lo que era tenerla jaleándome desde la grada mientras entreno a los niños.

La cabrona ha dedicado más de una hora a silbar cuando me agachaba por algo y guiñarme el ojo cuando la miraba para que se controlara. Por fin acaba la clase y me acerco a ella mientras los niños recogen.

—La próxima vez voy a prohibirte la entrada.

—¿No te gusta tener una fan? Si quieres llamo a Martina, a ver si lo hace mejor.

Bufo y tiro de su camiseta para atraerla hacia mí. Ella sonríe, descarada, pero mira de reojo a la pista, donde los niños siguen distraídos.

—Esta noche vas a pagar por este comportamiento —le digo con voz grave.

—¿Quieres jugar a castigarme? Me aseguraré de ponerme la falda más corta que tenga, por si te apetece azotarme.

Ahogo un gemido y la separo de mí, porque eso ha sido demasiado explícito. Ella, que se da cuenta, se ríe a carcajadas mientras mira el punto exacto de mi anatomía que se ha removido.

—Eres una víbora —me quejo.

—A ti te encanta. Y ahora, si no te importa, voy a llevarme a mi niño a casa.

Quiero pasar tiempo de calidad con él antes de ducharlo, darle la cena y acostarlo.

Había pensado en fabricar cerveza artesanal o enseñarle a hacer petardos caseros.

¿Qué opción crees que le gustará más? —La miro con los ojos desorbitados y chasquea la lengua—.

Es broma, gatito. ¿De verdad me ves capaz?

—No me hagas responder a eso.

—¡Tito guapo, mira! —Nos giramos para ver a Bella, que ha conseguido trepar por el pie de la canasta hasta casi llegar al tablero.

Corro hacia ella y me pongo debajo de inmediato.

—¡Baja de ahí, Isabela! Eso no es para subirse y tú no eres un mono, aunque te comportes como tal.

Mi sobrina pasa de mí, se ríe y se balancea un poco, haciendo que el corazón casi se me salga por la boca.

Me cuesta la vida convencerla de que baje y, para cuando lo consigo, Giulia ya se ha marchado.

Me habría gustado hablar más con ella, sobre todo después del beso de infarto de esta mañana.

¿O debería decir «besos»? Sea como sea, entiendo que tiene que aprovechar la tarde, y me consta que está poniendo todos sus esfuerzos en lograr que Giuliano sepa que es su prioridad.

Me pregunto si, cuando sea mayor, ese niño será consciente de que hubo un tiempo en el que alguien de su familia se desvivió por hacerlo feliz. .., aunque no fuera su madre.

Me despido de todos los niños y sus respectivas madres cuando vienen a por ellos, cojo a Bella y a Bambi y los llevo al supermercado para comprar algunas cosas antes de volver a casa, donde devolveré a la niña a sus padres, por fin, y me libraré de hacer de canguro hasta mañana.

En el súper dejo a Bambi atado a la entrada, como siempre, porque la dueña y cajera ya lo conoce y lo vigila.

Entro con Bella y no llevo ni dos minutos cuando me monta el primer circo porque quiere chocolate, pese a que Abi controla mucho la cantidad de azúcar que toma porque.

.., bueno, mi sobrina sin azúcar ya es bastante enérgica.

Si encima uno se dedica a drogarla, puede ser devastadora.

—Venga, cielo, pónselo fácil al tito, ¿quieres?

La voz de Martina suena a mi espalda y me giro para saludarla.

Está mucho más sonriente que las últimas veces que hemos hablado, pero eso es porque en esas ocasiones estaba Giulia.

De verdad no quiero pensar que le tiene manía solo por salir conmigo, no creo que el par de citas que Martina y yo tuvimos fueran tan importantes para ella y, además, sé que en el fondo es buena persona, aunque sea un poco estirada, pero no ayuda que, en cuanto me ve a solas, sea bastante más amable que cuando estoy acompañado de Giulia.

—Hoy lleva el día intenso —murmuro mirando a Bella, que está oliendo cajas de galletas al azar, como si con eso fuese a conseguir su propósito.

—¿Te ha contado tu hermana la charla que tuvimos?

—Mmm, no, Abi no me ha dicho nada de Bella. Nada importante, al menos. ¿Qué pasa?

—Deberías preguntarle a ella.

—Pero...

—No puedo hablar cosas de mi tutoría sin autorización, León, aunque sea tu sobrina.

Miro a la preciosa, adorable y maquiavélica niña que intenta esnifar galletas y me preocupo de inmediato.

Puede que me queje de Bella constantemente, pero todo el mundo sabe que es mi talón de Aquiles, así que asiento con cierta brusquedad a Martina, le cojo a la niña unas galletas por no oírla más, compro lo que necesito y voy directo a casa de mi hermana, que me abre con una inmensa sonrisa.

—Ay, ¿vienes a contármelo todo sobre Giulia?

—No, vengo a devolverte a tu hija y a que tú me cuentes qué está pasando.

—¿A qué te refieres?

—Martina me ha dicho que ha tenido una charla contigo acerca de Bella.

Los dos miramos a la niña, que ha metido a Bambi en el salón y está poniendo la tele para ver dibujos con él.

—Entra, te haré un café y así hablamos.

—¿Qué le pasa?

—No le pasa nada. Nada grave, al menos.

—No me estás tranquilizando.

—¿Tú crees que si fuera algo malo no lo habría dicho ya?

—Yo, cuando se trata de ti, no sé qué creer, hermanita.

Mi hermana pone una cafetera a hervir sin importar que estemos próximos al atardecer. En esta familia hemos llegado a tomar café con la cena. Sirve una taza para mí y se pone agua para ella. Eso en sí mismo ya es raro.

—Bella le ha dicho a todo el mundo que estoy embarazada.

La miro muy serio antes de reírme y encoger los hombros.

—Ha dicho una mentira, pues ya ves. También les dijo a todos en baloncesto que de noche le salen alas de hada.

—No es una mentira, León. O sea, lo de que le salen alas de hada sí, pero lo otro no. Lo que pasa es que ella no debería saberlo. Oyó una conversación que tuve con Samu hace unos días.

Me quedo en silencio y la miro fijamente. No pestañeo, creo que ni siquiera respiro. Alzo mi taza y le doy un sorbo tan grande que me quemo la lengua.

—Mmm. ¿Y vas a tenerlo?

—¡Pues claro que voy a tenerlo, zoquete!

—Es la segunda vez que alguien de esta familia me llama «zoquete» hoy. Uno: no me gusta. Y dos: ¡no es raro que pregunte! Vosotras parís y vosotras decidís, ¿no?

—Sí, pero en esta ocasión ha sido buscado.

—¡Yo eso no lo sabía! Y no lo comparto.

—No tienes que compartirlo, no es cosa tuya.

—Hombre, claro que es cosa mía. ¡Vas a tener otro bebé!

¿Tú sabes el trabajo que dan? —Mi hermana eleva una ceja y resoplo—.

Ya sé que tienes a Bella, pero tener dos.

.. Abi, eso suena a mucha carga. —Cuando se limita a mirarme con escepticismo, procedo a explicarme mejor—: Veo lo muchísimo que os estiráis Samu y tú para darle la mejor vida posible a Bella.

Estáis agotados permanentemente, y eso que ya no es un bebé.

¿Es que ya te has olvidado del insomnio y del agobio del primer año?

—Nos hace ilusión, León. ¿Por qué te pones así? Nosotros estamos muy contentos con la noticia y nos vemos capaces. La única razón por la que aún no lo hemos dicho es que he estado manchando un poquito y...

—¿Cómo que manchando? ¿Qué significa eso? —pregunto alerta.

—Nada grave. Solo necesito un poco de calma. Por eso te dije que estaba enferma hace unos días y te pedí que te ocuparas de Bella.

—¿Y por qué no lo dijiste claro? ¡Podría haberte ayudado mucho más!

—Porque Samu y yo nos apañamos bastante bien.

Me enfado. Un poco sin motivo, lo reconozco, y otro poco porque odio perder el control de lo que sucede a mi alrededor y, últimamente, esa parece ser la tónica de todo.

Ahora me preocupa que Bella no coja celos o se vuelva aún más salvaje.

Me preocupa mi hermana. Me preocupa Samu.

Me preocupa el bebé que viene, porque le ha tocado una familia muy intensa.

Y me preocupa lo loca que va a volverse mi madre porque, con el segundo nieto en camino por parte de Abi, va a considerar que ella ya ha cumplido con su meta máxima en la vida y va a concentrar todos sus esfuerzos en mí.

—Estoy bien jodido —murmuro ante esa última revelación.

—Ni que tuvieras que parir tú, hermanito.

No me entretengo en contarle mis reflexiones. No serviría de nada y, además, no quiero parecer tan mal hermano como me siento, así que suspiro, me acabo el café de un trago y abro los brazos en su dirección. Lo entiende de inmediato, porque viene hacia mí y deja que la abrace con fuerza.

—Felicidades, supongo.

—¡Guau! Tu entusiasmo es tal que, si es un niño, voy a plantearme ponerle tu nombre.

—No le pongas el nombre de un fracasado —digo en tono de broma.

Pretendía que fuera broma, al menos, pero en cuanto lo he dicho el ambiente se ha vuelto tenso y raro. Mi hermana se separa, alza las manos y las coloca en mis mejillas, obligándome a mirarla a los ojos.

—Tú no eres ningún fracasado, León Lobo. Si tengo un niño, sería un honor para mí que llevara tu nombre. Y ojalá se parezca a ti, porque eres increíble.

Trago saliva y le beso la frente, porque no quiero admitir que sus palabras me llegan tan hondo como para hacerme carraspear. Después le guiño un ojo, señalo al salón, donde están Bella y Bambi, y sonrío.

—¿Entonces? ¿Qué harás con ella y su empeño por darle la noticia a todo el mundo?

—Lo diremos ya. No tiene sentido dejar a Bella de mentirosa. Ya tiene bastante mala fama a sus seis tiernos años. —Me río entre dientes y, cuando estoy a punto de marcharme, Abi me frena—. Lo que he visto esta mañana...

—Vamos, Abi. Soy lo bastante mayorcito como para que me sometas a un interrogatorio.

—Solo quiero saber si estás bien, idiota.

—Claro que lo estoy. Mejor que nunca, de hecho. —Ella me mira preocupada y elevo las cejas—. ¿Qué? No irás a venirme ahora con que tienes dudas, ¿verdad? Llevas semanas dando la lata con esto.

—No, claro que no. Es solo que... que quiero que tengas cuidado, ¿vale? Y ella también.

—¿Y eso por qué?

—Porque intuyo que esta será una de esas historias en las que no hay buenos ni malos, pero sí un montón de emociones caóticas de por medio. Solo quiero que estéis bien, nada más.

—Estoy bien. —Ella suspira y me río—. Lo estoy. Hazme un favor y no te pongas sentimental de más ahora que tienes a otro hijo de Satán en el vientre.

—¡No digas esas cosas, joder!

—¡Mamá ha dicho «joder»! —grita Bella desde el salón.

—La parte buena es que tiene un oído excelente —le digo a mi hermana riéndome antes de despedirme y marcharme.

Entro en casa, coloco la compra, voy al gimnasio y entreno hasta que me duelen los músculos, solo porque necesito soltar tensiones y llegar a casa de Giulia relajado.

Cuando por fin dan las diez de la noche y considero que es hora de que el niño esté más que dormido subo a la camioneta, conduzco hasta Casa Lavanda y trepo por el balcón.

Sé que Giulia me espera porque tiene la puerta abierta, pero cuando entro, ansioso por volver a verla a solas, me encuentro con Giuliano dormido en la cama.

—Gran escalada. Te pongo un diez —dice ella ignorando mis pensamientos.

Va vestida con esa camiseta enorme que ya le he visto alguna vez. Me encanta. Me hace imaginar cómo estaría vestida con una camiseta mía. ¿Es un pensamiento primitivo? Seguramente. ¿Me gusta de todas formas? Joder, sí. Mucho.

—¿Por qué no me has dicho que él estaría aquí durmiendo? —pregunto señalando la cama.

—¿Por qué debería haberlo hecho? —responde con aire inocente.

—Porque quiero besarte, principessa , pero no me apetece hacerlo con él de testigo.

—Está dormido.

—Me da igual. Quiero intimidad y no me parece bien hacerlo delante del niño.

—Repito: está dormido y, si estuviera despierto, no creo que un beso lo traumatice.

—El beso que pienso darte, sí.

Se altera. Sé que se altera porque el pulso de su cuello late más rápido, pero lo disimula de inmediato con una sonrisa descarada mientras va hacia el escritorio y me señala una cámara de vigilancia.

—Lo tengo conectado al móvil. Ya había pensado arrastrarte al sótano para tener intimidad.

Sonrío lentamente. Al menos hasta que caigo en algo.

—Y entonces, ¿por qué me has hecho escalar por el balcón?

—Porque no pensaba perderme todos esos músculos en movimiento, gatito. No soy estúpida.

Se gira y sale de la habitación mientras me quedo mirando sus piernas desnudas y pienso en lo descarada que es. Y en lo mucho que me gusta.