45. Giulia
Giulia
No sé qué estoy haciendo. Todavía noto mi respiración agitada y camino por inercia, porque todos mis sentidos me gritan que me gire y enfrente a León de nuevo.
Que haga algo con respecto a la declaración que acaba de hacer.
¡Algo que no sea huir! Pero lo único que se me ocurre son frases impertinentes para evitar confesar cómo me siento.
Ni siquiera tiene mucho sentido que esté huyendo a la desesperada, porque estamos lejos del pueblo y hemos venido en su coche. ¿Adónde se supone que voy a ir?
Pienso a toda prisa y lo único que se me ocurre es ir hacia la clínica veterinaria por si Samuel o Abi pueden llevarme a casa. Es bochornoso, pero...
Oigo sus pasos tras de mí y trago saliva. Ay, Dios, me ha seguido. Claro que me ha seguido. No soy tan estúpida como para no saber que León odia que lo dejen con la palabra en la boca.
Se me eriza la piel de anticipación, como si mi cuerpo ya supiera que tiene que prepararse para otro enfrentamiento.
No me da tiempo ni a pensar algo que decir, porque una mano me atrapa por la muñeca y me frena en seco con una firmeza que no es agresiva, pero sí definitiva.
León no tira de mí, pero tampoco me suelta.
—Giulia.
Nada de motes esta vez. La forma en la que suena mi nombre en su boca me hace tragar saliva. No es borde, ni irónico, ni irritado. Es... es calmado y firme.
Me quedo quieta y de espaldas a él. Es lo único que se me ocurre para ocultar que me tiembla el pecho de vergüenza, deseo, nervios y hasta un poco de miedo de mí misma, por lo que estoy sintiendo y lo que puedo llegar a hacer con eso.
—Suéltame, gatito —le digo sin mirarlo.
—No.
—León...
—No te vayas —murmura tan cerca de mí que sé que lo tengo a solo un paso de mi espalda.
De alguna forma, noto que esas palabras engloban todo lo que he estado sintiendo últimamente. El modo en que acabo huyendo de todo lo que me importa, como me dijeron mis padres.
Me aclaro la garganta y pienso a toda prisa en algo que decir. Lo que sea.
—¿Es una orden o una súplica?
Todavía no lo he mirado, pero oigo su exhalación, como si él mismo necesitara calmarse.
—Es... —Duda un segundo—. Es una petición.
Me parece lógico que se niegue a usar las opciones que le he dado, así que me giro y, por fin, lo miro. Tiene el ceño fruncido, como siempre; la mano que sujeta mi muñeca sigue sin soltarme; y su mandíbula está apretada, pero no parece enfadado. Parece... ansioso.
—No entiendo qué pasa contigo —escupo en tono rabioso, porque hablar con suavidad nunca ha sido lo mío, y menos estando nerviosa—.
Me sueltas un discurso de... de... —Me señalo la boca, incapaz de encontrar la palabra correcta, o de admitir que lo que ha dicho me ha hecho sentir más de lo que yo misma esperaba—.
¿Y qué se supone que tengo que hacer con ello?
—Se queda en silencio y resoplo. Sus ojos bajan a mi boca un segundo y, aunque siento que el aire se me queda atrapado entre los dientes, me las apaño para hablar—. Di, León, ¿qué quieres que haga?
—Dime que has pensado, aunque sea alguna vez, en cómo sería tener mi boca sobre la tuya. Y dime que no voy a cruzar una línea roja si me acerco de una puta vez y te beso.
Parpadeo una vez. Dos. Y entonces sonrío, porque en realidad eso ha sido muy él y creo que me ha ayudado a recuperar cierto control.
—¿Desde cuándo necesitas que te den permiso para coger lo que quieres?
—Desde siempre, Giulia. Quiero tu boca como no he querido nada en los últimos años, pero no voy a besarte si tú no deseas que lo haga. Puede que sea un capullo, pero hay líneas que no voy a cruzar jamás.
Alzo una mano por inercia, porque he conocido a todo tipo de hombres y es curioso cómo, a menudo, los que parecían más correctos y educados acababan siendo unos capullos arrogantes sin respeto por los límites.
León, de entrada, parece hosco y gruñón, pero aquí está, reteniendo su impulso a la espera de una respuesta.
Le acaricio la mejilla con la yema de los dedos y me deleito con la forma en que sus ojos se cierran, como si el simple roce de mi piel en la suya le resultara insoportable.
—He imaginado que me besabas de tantas maneras distintas que creo que te di permiso en mi mente incluso cuando solo me hablabas a través de gruñidos.
No sonríe, no hace nada más que suspirar con fuerza y, por primera vez desde que lo conozco, perder el control.
Da un paso. El último que nos separaba. Su pecho roza el mío.
—Giulia...
—León...
Hay un segundo en el que solo nos miramos.
Entonces es su mano la que se alza. Me roza la mejilla con los nudillos, apenas un toque, lo suficiente para hacerme tragar saliva.
Se queda ahí, a solo unos milímetros, y me odio un poco por la necesidad tan apabullante que siento de que dé, por fin, el último paso.
—Si te beso —dice tan bajo que casi no lo oigo—, no voy a fingir después que no ha pasado o que da igual.
Se me aflojan las rodillas, tanto que bajo la mano de su mejilla a su camiseta, donde me aferro con fuerza.
—No tienes que hacerlo, gatito. No tenemos que fingir nada más.
Y ahí, por fin, León decide.
Sus labios se acercan y envuelven los míos de tal modo que ahogo un gemido incluso antes de que toda su boca me cubra.
No me avergüenzo en absoluto, sobre todo cuando eso hace que León me imite y se lance del todo.
Su mano envuelve mi nuca y me atrae con una firmeza que me estremece.
Sigo agarrándome a su camiseta, pero solo porque estoy intentando no desintegrarme mientras León toma, por fin, lo que quiere.
Sus labios son firmes y exigentes, pero de alguna manera inexplicable también se sienten suaves.
No sé en qué momento dejo de temblar de anticipación, pero sé el momento exacto en el que exijo más.
Dejo caer el tarro de cristal que me ha dado Carmen y rezo para que no se rompa, pero es que necesito tocarlo más.
Envuelvo su cuello con los brazos mientras me pongo de puntillas y, aun así, no llego bien.
Los casi dos metros de León se hacen infinitos ahora, y cuando se da cuenta y me abraza por la cintura, alzándome sin esfuerzo, sonrío contra su boca.
Me muerde el labio inferior muy suavemente, una provocación mínima, y yo me separo un centímetro, solo para mirarlo.
—Si hubiera sabido que besas así... te habría provocado mucho antes.
Su sonrisa se me antoja tan sexi que roza lo peligroso.
—Y todavía no estoy ni cerca de acabar, principessa .
Vuelve a besarme, esta vez más lento, más consciente, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo ahora que me sostiene sobre su cuerpo sin esfuerzo y estamos a la misma altura.
Ignoro en qué instante concreto enrosco las piernas en torno a su cintura, pero sé que noto con demasiada claridad lo mucho que le está gustando nuestro primer beso.
En otras circunstancias habría aprovechado para hacer un chiste, pero estoy tan fundida y ansiosa de más que no me atrevo, por si eso le hace parar.
Sus manos bajan de mi cintura a mi culo y, desde ahí, me aprieta más contra él. Si fuera tímida, me ardería la cara al sentirlo con tanta claridad. Por suerte, no soy tímida. Lo único que hago es morderle la boca para dejarle claro que me encanta.
Ese es el momento en el que León se desata del todo, camina conmigo en volandas y me apoya contra una pared. No sé cuál. Apenas sé ni dónde estamos. Este beso me está haciendo perder la cabeza como nada lo ha hecho antes.
—Vale —digo agitada—. Vale, vale...
—¿Vale qué? —pregunta él con voz rasgada.
—Que... —Me río, nerviosa, porque no sé qué hacer con un León que suena así—. Que...
—¿Mmm?
—Dios, me he olvidado. Iba a decir algo, lo juro, pero... pero se me ha ido.
—Es una señal del destino para que ocupes tu boca con otra cosa.
—¿Esta vez sí me estás pidiendo una mamada, o es como cuando vi tu casa y vas a decirme que estoy salida?
León se ríe y me muerde el labio inferior.
—Todavía no te he pedido una mamada. Ya te dije que, cuando lo haga, me encargaré de dejarte claro que la quiero, no te preocupes.
Gimo y lo beso de vuelta, con ansia. Y en esas estamos cuando un grito ahogado nos separa y consigue que León me baje al suelo de repente, por desgracia, porque se estaba de maravilla en volandas entre él y la pared.
—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios, por fin! —Abigail está tan pletórica que se ríe a carcajadas mientras aplaude y da saltitos como una histérica—. ¡Estoy tan contenta!
La realidad me golpea con fuerza. Estamos en la finca, a la vista de cualquiera, y hemos perdido el norte hasta el punto de acabar besándonos y restregándonos contra una pared.
—Bueno, pues lo de fingir, definitivamente, se ha acabado —murmuro.
León me pellizca el culo con disimulo y carraspea para esconder una risa antes de mirar a su hermana.
—Abi, fuera.
—Pero... ¡pero quiero ver!
—Eso suena pervertido, mejor amiga. Tu hermano no está en condiciones de que lo veas.
Mis ojos se van a un punto muy exacto que hace que Abi se tape los suyos con una arcada, yo me ría y León suelte un improperio.
—¡Fuera, Abigail!
El del grito es León, y su hermana obedece, pero no sin antes levantar los pulgares como si acabara de poner nota al beso que nos hemos dado.
—Bueno... —Carraspeo e intento ocultar una risa nerviosa. Camino hacia donde he tirado el bote que me ha dado Carmen, lo cojo y se lo señalo—. Es una suerte que no se haya roto, pero ahora vas a tener que tomarlo.
León parpadea, confuso.
—¿Qué?
—Lo que has oído. Si quieres seguir compartiendo... —me aclaro la garganta, porque la palabra fluidos todavía me hace reír— momentos conmigo, te lo tienes que beber. Has oído a tu madre antes.
León me mira, y por un segundo pienso que se va a reír.
O va a gruñir. O a llamarme «loca». En lugar de eso, da un paso para acercarse a mí, me quita el tarro de la mano, lo destapa y da un gran trago de golpe poniendo una cara de asco que me hace soltar una carcajada.
Cuando termina, hace una mueca tan horrenda que casi me da pena.
—Está asqueroso.
Me muerdo el labio para no sonreír.
—Ajá. Y aun así lo has hecho.
León me sostiene la mirada.
—Si para seguir compartiendo... momentos contigo tengo que tomar esta mierda, lo haré. No diré que lo haré encantado, pero lo haré igualmente.
Mi sonrisa titubea, porque sé muy bien cómo manejar al León terco y hosco, pero este... este martillea mis emociones de una forma que me desestabiliza.
—No digas cosas bonitas, que me descolocas.
Soy consciente de lo contradictoria que estoy siendo: le he pedido hasta la saciedad que fuera más agradable conmigo, que alabase mis cualidades, y ahora que lo he conseguido.
.. ¿le digo lo contrario? ¿Qué me pasa? Pero a él no parece importarle, porque se arrima, me roza la frente con la suya y después juega con la punta de su nariz sobre mi mejilla y mi mentón antes de morderme la barbilla y, un segundo después, los labios.
Tiene razón, el potingue de su madre está asqueroso, porque lo pruebo en su boca, pero no me quejo porque.
.. porque intuyo que estoy a punto de hacerme adicta a la boca de León.
—Te acostumbrarás.
—¿Al sabor? —pregunto mareada.
—No. A que diga cosas bonitas. Y cosas guarras. Y todo lo que se me pase por la cabeza.
Y antes de que pueda discutirlo, me da un beso corto, suave, como una promesa pequeña. Luego se aparta, me mira y, con la voz más seria del mundo, dice:
—Vamos. Tengo que trabajar un rato en los caballos antes de ir a entrenar a los niños, pero te llevo a tu coche.
Intento disimular la decepción. De todas maneras, se nos ha ido buena parte de la mañana entre el paseo y.
.. esto. Dentro de poco tendré que recoger a Giuliano del cole, así que asiento, nos dirigimos hacia su camioneta, me deslizo dentro y, cuando estoy a punto de cerrar la puerta, León se acerca, se inclina y me susurra al oído, como si estuviéramos rodeados de gente, aunque estemos solos:
—Esta noche volveré a trepar por tu balcón... Solo para que te prepares.
Se retira, cierra la puerta con suavidad y me deja aquí sentada, con el corazón palpitando y sabiendo que es posible que acabe de cometer un error, porque, por primera vez en mi vida, no estoy pensando en salir corriendo antes de que las cosas se compliquen demasiado, sino en esperar a la noche, abrir el balcón y aguardar ansiosa su llegada.
Y eso...
Eso sí que es un problema.