Giulia, el amor y un puñado de lavanda 44. León
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44. León

León

Quiero besarla.

Quiero besarla más de lo que he querido cualquier cosa en los últimos tiempos, pero esa certeza me tensa y me agobia a partes iguales. Primero, porque no sé si ella lo desea, aunque intuyo que sí, y segundo porque... porque esta necesidad me llenará de preocupaciones que no quería tener.

Hasta hace un mes pensaba que ya tenía bastantes problemas, pero en realidad no es cierto. Si me paro a pensarlo fríamente, no los tengo. ¿Motivos por los que estar enfadado con la vida? Sí. ¿Problemas como tales? No.

Tengo salud, dinero, trabajo y una familia increíble, aunque sean demasiado intensos.

Poseo todo lo que puede desear cualquier persona y, aun así, he estado enfadado tanto tiempo que creo que ya no recuerdo bien cómo dejar de estarlo.

He pensado mucho en ello los últimos días: me acostumbré a estar rabioso y en algún punto ese pasó a ser mi estado natural, aunque los motivos cada vez fueran menos.

¿Echo de menos jugar a nivel profesional? Creo que no. Y es la primera vez que pienso en ello realmente.

Lo eché de menos con desesperación los primeros meses, incluso el primer par de años, cuando más me perdí.

Después pasé a cabrearme, y he estado muy enfadado con el destino y la vida, pero creo que lo que más siento ahora es impotencia porque no llegué a cumplir mi propósito.

Me había trazado unos planes de futuro claros y organizados que saltaron por los aires.

Siento más odio por el cambio de planes y por no ser yo quien lo eligiera que nostalgia por jugar. No soporto que el destino se encargara de decidir mi futuro y mi vida, en vez de ser yo quien manejara los hilos.

Y supongo que ahí es donde entra Giulia. Porque está haciendo que me sienta descontrolado otra vez, solo que no es el mismo tipo de descontrol; de algún modo, es mejor, porque no hay rabia cuando pienso en ella.

Lo que hay es... anticipación. Ansiedad.

Deseo. Anhelo. Miedo. Ahora me paso los días pensando que quiero besar esa bocaza que tiene, pero también que ella se va a ir.

No sé cuándo, no sé qué es de Fiorella ni cuándo piensa regresar y, desde luego, tengo muchas dudas acerca del impacto que todo eso tendrá en Giuliano, pero si me centro en lo que yo siento y quiero.

.. Quiero besarla. De verdad. Quiero hacerlo con tanta intensidad que he pasado de buscar el instante perfecto a creer que no llegará nunca.

Creo que ella también lo quiere, por cómo me toca y me mira, pero luego suelta frases de broma que me hacen dudar, porque no sé si lo hace porque está nerviosa o porque de verdad para ella esto no es más que una farsa que hemos montado para mi madre.

Pero si fuera así no estaríamos aquí, paseando a caballo de regreso a casa después de estar en sus campos de lavanda.

Le he preguntado si quería quedarse en casa y yo le acercaría más tarde su coche, y me ha dicho que no.

Que quería volver conmigo, pese a que sé que Luci sigue dándole miedo.

Eso quiere decir algo, ¿no? Eso, y que haya guardado flores para secar y poner en su habitación para recordar este día.

Mierda, ese momento justo, mientras cortaba las flores, era el instante ideal para el beso. Si ella hubiera querido también...

—Estás muy callado. ¿Ya te arrepientes de haberme enseñado que puedo llegar a tu casa a través del campo y sin que nadie me vea?

—Depende. ¿Para qué querrías usar esa información?

—No lo sé, dímelo tú.

Ahí está de nuevo. Se niega a mostrarse sincera y se escuda en el humor. Comienzo a preguntarme si no será porque tiende a relacionarse con las personas de un modo frío e impersonal.

Salvo con sus padres y Giuliano, no la he visto establecer una conexión real con nadie.

Bueno, con Abi, pero es una amistad tan rara, por más que ellas digan que son mejores amigas, que no sé qué pensar.

No habla de amigos, aunque sé que en Los Ángeles compartía piso.

Todo lo que ha dicho de sus compañeras en alguna ocasión es que son simpáticas.

Me pregunto si Giulia del Valle no irá por la vida mostrándose extrovertida, pero sin relacionarse a un nivel más profundo con nadie.

Y en ese caso, ¿por qué? ¿Miedo al rechazo? ¿Necesidad de mantener las distancias?

—Sigues estando callado —murmura.

Sonrío. Es otra de las cosas recién descubiertas: los silencios la incomodan.

Al principio pensé que le daba igual que yo fuera callado, porque ella es capaz de rellenar los huecos con charlatanería todo el rato.

Pero ahora me doy cuenta de que no es una habilidad, sino una necesidad: se pone nerviosa si la conversación no fluye o se queda sin mucho que decir, como ahora.

—Puedes venir a verme siempre que quieras, por el medio que elijas y el camino que más te guste. Las puertas de casa están abiertas para ti.

Ella se tensa y lo noto en la forma en que su espalda se pone rígida contra mi pecho.

—Eso tiene valor, viniendo del ermitaño buenorro más famoso que ha tenido Valdelila.

—No soy ningún ermitaño.

—Ay, por favor, estamos manteniendo una relación falsa frente a tu madre porque no querías que te metiera en casa a nadie.

—No, estamos manteniendo una relación falsa frente a mi madre porque no quería que me metiera en casa a Martina.

—Lo entiendo. Es una arpía con cara de ángel. —Me quedo callado y me mira sobre su hombro—. ¿No dices nada?

—No. Creo que sí que es un poco arpía con cara de ángel.

Se ríe y da una palmada tan fuerte que Luci se asusta y pierde el paso calmado, removiéndose inquieto, lo que hace que Giulia grite y se aferre a mis muslos con tanta fuerza que me clava las uñas.

—¡Mierda, León, controla a tu bestia!

Me río entre dientes y tiro un poco de las riendas de Luci para que retome el paso, no sin antes rodear a Giulia con ambos brazos y pegarla a mi pecho aún más.

—La culpa no es de Luci, sino tuya. Esos gritos espantarían a cualquiera.

Giulia me insulta, pero pasados unos instantes decide que lo mejor que puede hacer es mantenerse callada, aunque no le guste. Llegamos a mi casa en completo silencio, ella recostada contra mi pecho y yo tenso porque quiero besarla, joder, y no sé cómo, ni cuándo.

Ojalá esto fuera una novela romántica, como le he dicho antes, y no la vida real. Me encantaría mirarla y sentir, sin ningún tipo de dudas, que es el momento exacto. Que ella quiere que la bese tanto como yo quiero estampar mis labios en los suyos.

Pero esto no es una novela romántica, así que lo único que ocurre es que llegamos al establo y mi madre está allí esperándonos con una inmensa sonrisa y ganas de charlar de tonterías con Giulia.

—Te he hecho un probiótico natural para que no vuelvas a enfermar —le dice señalando un tarro de cristal—. También hay para el pequeño Giuliano y para León.

—¿Y yo por qué tengo que tomarme esa mierda? Está malísima.

Mi madre me dedica esa mirada que me deja claro que, si pudiera, ahora mismo enterraría mi cabeza en la montaña de estiércol más grande de la Finca Lobo.

Pero no puede, porque soy un hombre adulto y, sobre todo, porque está Giulia delante y a mi madre le encanta fingir frente a la gente que no es una dictadora metomentodo, aunque nadie la crea.

—Te la tienes que tomar porque estás con Giulia, ¿no? Compartís momentos y ha podido contagiarte.

—No creo que por compartir momentos con Giulia...

—Por «momentos» quería decir «fluidos», hijo, pero, al parecer, eres tan zoquete que no captas las sutilezas.

Si tuviera la capacidad de ruborizarme ahora mismo tendría las mejillas rojas, sobre todo por la carcajada de Giulia, que da un paso al frente, coge el tarro de cristal de manos de mi madre y luego le da un abrazo sin disimulo ni vergüenza alguna.

—Te agradezco muchísimo el gesto, Carmen. Y no te preocupes, que voy a encargarme personalmente de que León se lo tome, si es que quiere seguir compartiendo fluidos conmigo.

El comentario me pone los pelos de punta, pero a mi madre le hace tanta gracia que se ríe a carcajadas y le dice que es la nuera que le lleva pidiendo a Dios toda la vida.

Una parte de mí quiere decirle que es un poco triste que lleve toda la vida rezando para que no me quede solo, pero otra parte, la inteligente, sabe que no es buena idea enfadarla cuando ya he hecho un comentario que le ha sentado mal, así que hago lo único que se me ocurre: cruzarme de brazos, fruncir el ceño y esperar en silencio a que terminen de intimar.

Para cuando mi madre se va, Giulia se acerca y, de la nada, me da un pellizco en el brazo.

—¡Eh! —me quejo.

—¿Esa es tu forma de fingir que estás enamorado? ¿Qué te he dicho un millón de veces? ¡Colabora un poquito, gato estúpido! No puede ser que yo tenga sobre mis hombros todo el peso de hacer creer a tu madre esta farsa.

—Perdón por no formar parte de vuestra charla, que consiste básicamente en ponerme verde a mí. —Me mira mal antes de girarse tan rápido que su pelo me da en la cara. Sale de las caballerizas y chasqueo la lengua y la sigo—. ¿Qué querías que hiciera?

—¡No sé! Acercarte, tocarme, mostrarte enamorado, joder. No puede resultarte tan difícil. Soy guapa, ¿sabes? Y lista. Y simpática y muchas cosas más.

La miro con la boca abierta.

—¿Y eso a qué viene? Sé muy bien que eres guapa, lista, simpática y muchas cosas más, créeme.

—¡Pues no lo parece! Es muy difícil fingir que estamos juntos si cada vez que tenemos público haces como si te cayera mal.

—Eso no es verdad.

—Lo es.

—No.

—¡León, no me digas que no, porque es así como me siento!

—Bueno, joder, te digo que no porque no lo es. No me caes mal y por supuesto que tienes un millón de cualidades. ¡Soy muy consciente de eso!

—No lo parece. ¡Para fingir que estamos juntos tienes que fingir que te gusto!

Me exaspero, porque yo no suelo tener paciencia, pero es que Giulia tampoco lo pone fácil.

A veces no sé si estos ataques de inseguridad, que no le pegan nada, son reales o si solo lo hace para tocarme las narices, pero en cualquier caso estoy harto de vivir en desacuerdo con ella.

Y más por algo en lo que está tan equivocada.

—¡Si no me gustaras y no me parecieras guapa, lista, simpática y un montón de cosas más no me pasaría todo el puto día pensando en besarte! Que no sea un idiota empalagoso y arrastrado como Rubén no significa que no sea muy consciente del tipo de mujer que eres.

Giulia tarda lo que parece una eternidad en reaccionar.

Sus ojos están muy abiertos, así que supongo que el ataque de inseguridad no era fingido y ahora está lidiando como puede con la verdad.

Yo no sé si estoy arrepentido, pero, para ser sincero, lo que sí sé es que estoy harto de fingir que no vivo buscando el momento adecuado o una mínima señal.

Es un error, eso es lo peor, que yo sé que posiblemente todo esto es un error, pero no lo puedo evitar.

Y, para ser sinceros, a estas alturas tampoco quiero evitarlo.

Ella me sostiene la mirada con firmeza, pero su pecho sube y baja rápido mientras su respiración se agita.

—Entonces deja de ser un idiota y un cobarde, gatito. Y deja de mirarme así, porque estoy harta de sentirme insegura por tu comportamiento de mierda. No me pega nada, no me gusta y no me hace sentir bien.

Se gira para irse de nuevo y sé, con una certeza que me golpea el pecho, que si la dejo marchar ahora no volveré a tener la oportunidad de dudar si quiere o no que la bese, así que, por primera vez en años, doy un paso al frente y me lanzo a por lo que quiero.