43. Giulia #2
Quiero contradecirlo, decirle que no, que no son detalles y que, en realidad, todo eso solo demuestra que sigo siendo una niña mimada, pero el momento es tan bonito que no deseo estropearlo pensando en cómo me siento.
Además, sus palabras también hacen que me invada, por primera vez en mucho tiempo, cierto orgullo, porque es verdad que he reconstruido ese sótano, aunque León aún no ha visto los resultados finales y no sabe hasta qué punto.
Y también es verdad que me estoy esforzando por aprender más y más sobre la lavanda y las distintas aplicaciones que le daban mis bisabuelos.
Incluso he hecho algún pequeño experimento con flores secas y ungüentos, como le he explicado antes a León en el coche.
.. El hecho de que él me lo recuerde ahora significa más para mí de lo que me gustaría admitir.
Primero, porque al oírlo de su boca sí siento que estoy haciendo algo útil con mi tiempo.
Y segundo, porque esto solo me demuestra que me escucha realmente cuando le hablo.
Coloco una mano en su muslo, tras de mí, y por primera vez desde que ha empezado el paseo siento que es él quien se tensa.
—Bajemos —murmuro.
No dice nada, no sé en qué piensa, pero guía a Luci hacia los campos de lavanda y, un ratito después, bajamos del caballo y León lo ata a un árbol antes de que los dos entremos en los campos y los inspeccionemos juntos por primera vez.
El aroma inconfundible es embriagador, o será que el paseo ha atontado mis emociones y ahora siento que todo es distinto, más bonito y mejor.
Toco las puntas de la lavanda y miro por encima de mi hombro al hombre que, hasta hace unas semanas, lo más bonito que sabía decirme era «loca».
Es poco hablador, León. Quiero decir..., eso es evidente desde el primer minuto que lo conoces, sí.
Pero lo que no es tan evidente, lo que yo empiezo a comprender desde hace ya unas semanas, es que León es de esas personas que no dicen mucho, pero demuestran a través de sus gestos más que el narrador más elocuente del mundo.
Y cuando habla, lo hace de verdad. Cuando dice algo bonito, puedes estar segura de que lo piensa y siente así.
Y creo que lo prefiero. En realidad, creo que, sin darme del todo cuenta, estoy haciéndome adicta a él.
—Fíjate en esto, gatito —le digo mientras corto algunas varas de lavanda y formo un ramo que agito frente a sus ojos—. ¿Sabes qué es?
—Un puñado de lavanda.
—¡No es un puñado de lavanda, sino un ramo! Es un ramo de lavanda, de la primera vez que me has traído a mis propios campos a través de tus terrenos y subida en un caballo infernal. Lo llevaré a casa, lo secaré y lo guardaré como un recuerdo precioso de este día.
—Guau.
—¿Qué?
—No, nada.
—No digas eso. —Entorno los ojos y lo apunto con un dedo—. Escúpelo.
—Nada, de verdad. Solo pensaba que, en realidad, eres toda una romántica.
—Ni hablar —me quejo—. Es solo que me gusta guardar recuerdos de los días que parecen importantes.
—¿Y este lo parece?
—Sí, ¿por qué no?, ¿no te lo parece a ti?
—Supongo.
—Puedes ser un poco más expresivo, ¿sabes?
—No todos somos tan románticos como tú.
—Que te estoy diciendo que esto no es romántico. Es solo... un gesto. Nada más.
—Lo es. Claro que lo es. Si estuviéramos dentro de una novela romántica, tú serías la protagonista.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo se llamaría esa novela? A ver, gatito: ilumíname.
León se queda mirándome en silencio. El sol de la mañana empieza a darnos de lleno y sigo sosteniendo la lavanda en una mano mientras la otra se apoya en mi cadera, desafiando a León a inventarse el título de lo que, según él, sería una novela romántica.
Sus ojos vagan por mi cuerpo completo antes de centrarse en las flores y, un segundo después, sonríe con aire travieso y me mira a los ojos.
—Giulia, el amor y un puñado de lavanda.
Lo miro un tanto consternada y con la respiración agitada, no sé por qué. A lo mejor porque está guapísimo mientras me mira y sonríe de ese modo. O tal vez porque ese supuesto título me ha hecho vibrar de una manera extraña.
—¡Que no es un puñado! —exclamo en un intento de recuperar la estabilidad emocional que, al parecer, ha decidido abandonarme—. Es un ramo.
—Es un puñado. Precioso, pero puñado al fin y al cabo.
—Bueno, no pienso discutir por esta tontería. Voy a secarlo y colocarlo en mi habitación y punto. Me da igual lo que pienses.
—Haces bien. A todo el mundo debería darle igual lo que piensen los demás.
Después de hablar, se gira y comienza a arrancar varas de lavanda.
—¿Qué haces?
—Coger mi propio puñado de lavanda.
—¿Para qué?
León me mira como si no entendiera mi pregunta, pese a que a mí me parece una duda bastante lógica. Aun así, suspira, se aparta el pelo de la frente y me mira de nuevo.
—¿Cómo has dicho antes? Es un ramo de lavanda, de la primera vez que te he traído a tus propios campos a través de mis terrenos y subida en un caballo infernal. Lo llevaré a casa, lo secaré y lo guardaré como un recuerdo precioso de este día.
Si pensaba que antes se me había alterado la respiración, no es nada comparado con lo que siento ahora.
Es como si mi pulso trastabillara de forma constante.
Podría confesar, y podría decirle que ahora mismo apenas soy capaz de pensar en nada más que en él besándome aquí y ahora.
Podría decirle que, tal vez, quiero que nos dejemos de farsas y de relaciones fingidas y que simplemente quiero que me bese. Y quiero besarlo.
Pero no hago nada de eso. Lo que hago, en cambio, es demostrarme a mí misma y al resto del mundo que mis padres tenían razón. Que, cuando las cosas se empiezan a poner serias, tiendo a huir en la dirección opuesta.
—Dios, eso ha sido tan romántico que me he empalagado.
—¡Pero si es lo que has dicho tú!
—Ni hablar; en mí sonaba distinto. Mejor.
—¡Ja!
León bufa, gruñe una frase de la que solo entiendo «mierda» y se pone a arrancar varas, porque puede que esté muy enfadado, pero eso no le impide coger un precioso ramo de lavanda que adornará su casa y hará que me sienta de un modo increíble cada vez que lo vea.
Aunque nunca vaya a reconocerlo en voz alta.