43. Giulia
Giulia
Es un desastre. Todo. El plan, el caballo y yo.
Da igual las veces que León me diga que este bicho es muy noble y está acostumbrado a gente inexperta, porque la realidad es que es blanco, inmenso y, por mucho que se llame Ángel, no tiene pinta de serlo. Tiene más pinta de que, si le da la gana, te manda al otro barrio de una coz.
—Me lo he pensado mejor. Sinceramente, gatito, no estás tan bueno como para que me valga la pena arriesgar mi vida por ti.
—Sube, Giulia.
—No me des órdenes.
—Sube, por favor.
—Sigue sonando a orden.
Él bufa. Está harto de mí y se nota, pero no pierde la paciencia.
O lo que se entiende por paciencia tratándose de León.
Es decir: sigue poniendo mala cara y soltando improperios por lo bajini, pero sostiene las riendas del caballo con calma, acariciándolo de vez en cuando y manteniéndolo bajo su control.
No quiero subir. No sé qué me pasa. Siempre he pensado que lo de caerme del caballo hace diez años fue una anécdota simpática sin más, pero resulta que tengo miedo.
Tengo miedo de verdad y él se da cuenta, porque en algún momento, cuando lleva más de media hora intentando convencerme, me saca de la cuadra de Ángel y me guía hacia el fondo.
—¿Adónde vamos ahora?
—Si no quieres montar sola, está bien. Montarás conmigo.
—¿Cómo?
—No has querido subir sobre Ángel, pese a que te he dicho un montón de veces que es un santo y que hace honor a su nombre. Bueno, pues ahora subirás sobre mi caballo.
—Eso, fuera de contexto, puede sonar sucio.
—Para ti todo puede sonar sucio. Fuera y dentro de contexto. Estás salida.
—¡No es verdad!
—Lo es, pero no estamos discutiendo eso.
Se para frente a una puerta, mira hacia el interior y, cuando algo golpea la hoja de madera, sonríe y se pone las manos en las caderas, como si estuviera sumamente orgulloso del comportamiento del caballo que ha empujado la puerta nada más verlo.
—¿Qué...?
—Ya conoces a Balti, mi primer caballo de cuando era niño. Ahora voy a presentarte a mi caballo de adulto. —Me pongo a su lado y miro directamente a los ojos negros como la noche de un caballo que es del mismo tono al completo—. Giulia, te presento a Luci.
—¿De «Lucía»?
Su sonrisa se expande aún más. Lenta, maliciosa y letal.
—Luci de «Lucifer», principessa .
—Tienes que estar de coña.
Boqueo, pero él se ríe y abre la puerta. El caballo relincha, se agita y yo doy tantos pasos atrás como me lo permite el pasillo de la caballeriza.
—Tranquila. Es un caballo acostumbrado a la gente, aunque parezca nervioso.
—No parece nervioso, León. Parece un salvaje.
—Esos, cuando los domas, son los mejores.
—¿Hablas por ti?
No puedo evitar quedarme hipnotizada al escuchar su risa.
No lo hace a menudo, pero el sonido que emite su garganta cuando ríe a carcajadas es.
.. es asombroso. Lo suficiente para que quiera atraparlo y meterlo en una maraca para moverla y hacerla sonar cada vez que olvide que León no solo es capaz de reír, sino que lo hace como si los ángeles caídos estuvieran de fiesta.
—Vamos, Giulia. Valdrá la pena, te lo prometo.
Veinte minutos después no sé si ha valido la pena, pero estoy más tensa que en toda mi vida. León me ha convencido de que la mejor forma de perderles el miedo a los caballos es cabalgar. Y como no he sido capaz de hacerlo sola, estoy recorriendo el bosque sobre Luci... con León detrás de mí.
Siento su pecho en mi espalda de un modo tan constante que no consigo pensar con claridad.
Sé que estamos recorriendo un sendero rodeado de olivos, nogales, pinos y, a lo lejos, algunas vacas y toros de la familia Lobo.
Y sé que León no deja de hablar con voz suave acerca de lo relajante que es esto.
Una parte de mí se pregunta si no lo estará diciendo porque él se siente, en realidad, igual de tenso que yo.
—¿Estás seguro de que no se considera maltrato animal que los dos estemos subidos en un solo caballo?
—Luci es un caballo joven, fuerte y acostumbrado a correr con más peso del que crees. Está perfecto. ¿Verdad, campeón?
Bajo mis piernas, Luci relincha, como si estuviera de acuerdo con su dueño. Estar subida sobre este animal es como estar sobre una enorme máquina de matar llena de músculos, pero me cuido mucho de comentarlo porque no quiero parecer una cobarde. Más aún, quiero decir.
—¿Hasta dónde llegan las tierras de los Lobo? —pregunto con curiosidad.
—Buena pregunta, porque estás a punto de descubrirlo.
—¿Vas a llevarme fuera de los límites de tus terrenos para poder matarme en territorio extraño?
Su risa otra vez. Solo que distinta; mejor, porque noto cómo vibra en mi propia espalda.
Esto es demasiado íntimo. Todo. La postura, la forma en que se ríe y el modo en que habla hoy, sin insultos ni pullas constantes, como si estuviera completamente relajado.
Como si fuera feliz, aun cuando sé que gran parte de León convive con la amargura más absoluta. O eso he creído hasta ahora.
Tal vez sean los días que hemos estado sin vernos mientras yo vomitaba hasta mi primera papilla. A lo mejor... A lo mejor no soy yo la única que lo ha echado de menos mucho más de lo que imaginaba.
—Vale, es importante que elijas bien aquí, porque dependiendo de lo que digas, el resultado será uno u otro —me dice cuando llegamos a un cruce de caminos.
Seguimos rodeados de montaña y no veo una sola construcción a nuestro alrededor. Frente a nosotros, todo lo que hay son dos senderos muy parecidos.
—¿Qué hay al final de cada uno de ellos? —pregunto.
—No pienso decírtelo. Iremos a donde nos diga tu instinto.
—¿Y eso por qué? —Miro sobre mi hombro y me encuentro con sus ojos oscuros puestos en mí y cerca. Muy cerca.
—¿Y por qué no?
Su aliento me golpea la nariz y, si me arrimara un poquito, mis labios rozarían los suyos. Y quiero. De verdad, quiero que me bese, tanto que me cuesta concentrarme en lo que me dice.
—¿Mmm?
—¿Por qué no? —repite.
—Porque es algo casual e improvisado —consigo contestar—. No te pega. Tú eres más de tenerlo todo pensado y organizado.
—Sería casual e improvisado si yo tampoco conociera los destinos, pero los conozco. Solo quiero comprobar algo. Vamos, Giulia, juega un poco, ¿quieres?
Estoy a punto de meterme con él, pero me lleva solo un segundo darme cuenta de que, en realidad, quiero hacer esto. Quiero cerrar los ojos, inspirar hondo y elegir un camino guiada por mi instinto y nada más. Averiguar adónde me lleva, como si la vida fuera así de sencilla, aunque no sea cierto.
—El izquierdo —murmuro—. Elijo el izquierdo.
—¿Por qué? —Su curiosidad parece genuina.
—Has dicho que me deje llevar por mi corazón. En un sentido literal, mi corazón está a la izquierda.
—El de todo el mundo, creo —dice entre risas suaves.
—Así es, pero aun así es el motivo por el que he tomado esta decisión. ¿No te parece bien?
—Me parece perfecto, en realidad. Y ahora verás por qué.
Tira de las riendas para hacer caminar a Luci, que reemprende el paseo como si seguir las órdenes de León fuera lo más natural del mundo. La única razón por la que vive.
El camino se estrecha conforme avanzamos y los árboles cada vez son menos.
Subimos una colina y, justo antes de llegar al punto más alto, veo a León coger las riendas con una sola mano y apoyar la otra en mi costado, con cuidado, como si quisiera sostenerme por si ocurre algo que me ponga nerviosa.
No lo entiendo, hasta que alcanzamos la cima y señala el paisaje frente a nosotros.
Se pega por completo a mi espalda y habla junto a mi oído.
—Bienvenida a tus tierras, principessa —musita mientras los dos observamos una bajada repleta de flores silvestres. Abajo, en la falda de la colina, están los campos de lavanda y, al fondo, la casa en la que vivo y en la que mis antepasados forjaron un legado. Trago saliva y miro atrás, a León.
—¿Los terrenos de mi familia lindan con los de la tuya?
—Desde tiempos inmemoriales —susurra sonriendo—. Mi madre cuenta que, cuando ella era niña, cabalgaba hasta casa de tus bisabuelos a través de estas tierras; las nuestras y las vuestras. No hay valla, siempre estuvo bastante claro que la linde es la cima. Justo la cima de la montaña.
Si fuera una llorona, lloraría. Y eso que ya he llorado más veces de las que acostumbro desde que llegué a Valdelila.
No sé por qué me parece tan bonito que me haya traído aquí, o mejor aún, que me haya dejado elegir el camino, porque es como si ese gesto sirviera para convencerme de la idea fantasiosa y un poco infantil de que, sin importar dónde esté, mi instinto siempre consigue encontrar el camino de regreso a casa.
—¿Podemos bajar? —pregunto.
—Podemos hacer lo que quieras. Una vez que crucemos y empecemos a bajar, tú serás la dueña de todo.
—Mi padre y mi tío, en realidad.
—Vives aquí, has limpiado y reconstruido el sótano, estás preocupándote de volver a dar vida a la lavanda más allá de pagar para que mantengan los campos. Eres, a todos los efectos, la dueña.
—A todos, no. No figuro en las escrituras y no soy yo quien paga, sino mi padre.
—Detalles, principessa . Detalles.