Giulia, el amor y un puñado de lavanda 42. León
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42. León

León

Me apoyo en la camioneta y me río cuando Bambi y Bella prácticamente se abalanzan sobre Giulia.

Bueno, mi perro se abalanza sobre Giulia, la pequeña Bella a quien busca es a Giuliano.

Han pasado cuatro días desde la última vez que los vimos, pero, al parecer, mi familia sabe exteriorizar mucho mejor que yo cuánto hemos echado de menos a los Del Valle.

Al menos, en esta ocasión no hemos dejado de vernos porque Giulia me estuviera evitando, sino porque cayó enferma con el mismo virus que Giuliano.

Ayer, domingo, me ofrecí a llevarle un caldo de pollo y verduras casero de mi madre y cuidarla, pero se negó diciendo, y cito textualmente: «Antes muerta que permitir que me veas vomitar. .. sin estar borracha».

Me reí y le dije que no me importaba, pero, por lo visto, su ego no dio tregua y no me dejó ir a verla de ninguna de las maneras, así que hemos pasado cuatro días hablando por mensajes, llamadas y stickers absurdos.

Lo último más ella que yo. Esa mujer tiene un arsenal asombroso de stickers absurdos.

Creo que, en el fondo, nos ha venido bien.

Hemos hablado casi más que cuando estamos juntos en persona, seguramente porque, a través de los mensajes, nos resulta más fácil centrarnos y dejar de lado la tensión sexual que ya no podemos negar.

Yo, al menos, no puedo. La mañana que vi a Giulia entrenar en mi gimnasio fue determinante.

Juro que, desde ese día, cada vez que entro en esa sala puedo verla en mi banco sudando y sonriendo con el descaro que la acompaña siempre.

—Como sigas mirándola así, te va a llegar la barbilla al suelo.

Bufo y miro a mi hermana. Hoy no he podido convencerla de que se quedara en casa mientras yo traía a Bella al cole.

Y lo que más me jode es que ni siquiera ha estado los mismos días sin ver a Giulia que yo, porque la italiana sí ha permitido que ella y mi madre la visiten, algo que me ha indignado muchísimo, la verdad.

—Ni siquiera sé qué haces aquí. Estuviste con ella ayer mismo.

—Oh, no vengo por mí, sino para ver vuestro reencuentro.

La miro mal e ignoro su sonrisa segura y tranquila.

—Dime que es broma.

—No lo es. Quería estar aquí cuando ella llegara para ver cómo se te acelera el pulso... y otras cosas.

Quiero decir algo borde y contundente, pero Giulia se acerca a nosotros y, por primera vez, me preocupa que lo primero que oiga de mí en cuatro días sea un insulto dirigido a mi hermana. Además, sigue estando pálida, aunque jure que se encuentra bien y que ayer ya no tuvo fiebre ni vómitos.

—Pareces un fantasma —murmuro.

—Es justo lo que quería en nuestro reencuentro, querido novio. Un piropo que me levantara el ánimo.

—Sabes que acabas de llamarlo «querido novio» y aquí solo estoy yo, que sé que lo vuestro es falso, ¿no? —pregunta Abi.

—Lo sé, solo lo hago para molestar a tu hermano.

—¿Y por qué iba a molestarme?

—¿No lo hace? —Sus labios se tuercen en un mohín que me apetece morder de inmediato—. Bueno, tendré que seguir con lo de «gatito», entonces.

No pienso decirle que, en realidad, lo de «gatito» tampoco me molesta ya. O, como mínimo, he aprendido a ignorarlo con bastante soltura.

—¡Tenías razón, mamá! Está más alto, míralo.

Bella se acerca arrastrando a Giuliano mientras Bambi los sigue de cerca.

Me agacho para ver al pequeño. No parece más alto, pero es lo que Abi le contó a Bella para consolarla por no poder verlo.

Le dijo que seguro que el virus ha sido porque iba a dar un estirón. .., así que decido seguirle el juego.

—Fíjate, amigo, ya casi eres igual de alto que yo. —Paso una mano de mi cabeza a la suya, consiguiendo que se ría.

—¡Eso es porque estás agachado! —protesta él.

—¡No me digas! —Miro mis pies en cuclillas y chasqueo la lengua—. Vaya, tienes razón. Bueno, aun así estás más alto. Creo que ya no podrás subir en Balti; tendremos que buscarte un caballo más joven y fuerte.

—Me gusta Balti. ¿Cuándo puedo verlo? Giulia dice que ya estoy bien.

—¿Esta tarde? —pregunto mirando a su cuidadora, que nos contempla con una sonrisa un poco extraña.

—Sí, esta tarde estaría genial. Yo llevaré la merienda.

—¡Bien! —gritan Bella y Giuliano.

—Buenos días. —Martina se para a nuestro lado y revuelve el pelo de Giuliano—. Qué alegría verte, cielo. ¿Recuperado del todo?

—¡Sí, seño!

Martina sonríe apretando los labios. No sé en qué piensa ella, pero yo, cuando veo al niño ser tan expresivo solo puedo pensar en el bien tan enorme que le ha hecho la presencia de Giulia, y también la de los padres de esta.

Giuliano se muestra mucho más extrovertido y abierto con cada día que pasa.

Todavía no es el más lanzado de la clase, dudo que llegue a serlo, pero al menos ya no parece querer esconderse a cada segundo.

—Si os parece, me los llevo dentro. Así os quedáis libres.

Ha sido una frase dicha con retintín mientras miraba a Giulia e ignoraba al resto, pero esta solo encoge los hombros y asiente.

—Claro, ¿por qué no? —Se agacha, besa la frente del niño y le da un toque en la nariz—. Ey, colega, pásalo bien y no prendas fuego a nada.

—¿Por qué iba a prenderle fuego a algo? —pregunta él frunciendo el ceño.

—¿Porque es divertido imaginarlo?

—No lo es. Eres muy rara, de verdad.

—Dame tregua, Giu. Estoy malita.

—No es verdad. Ya ninguno de los dos está malito. —El niño sonríe y la abraza mientras apoya la barbilla en su vientre—. Te veo después, Giu.

Echa a correr hacia la escuela tan rápido, mientras Bella le pisa los talones, que no puede ver el modo en que Giulia se emociona hasta las lágrimas.

—Eh... —La sujeto del brazo, preocupado—. ¿Todo bien?

—Me ha llamado Giu —dice con voz temblorosa—. Mierda, yo no lloro nunca. Bueno, o no solía hacerlo..., pero es que no me ha corregido por llamarlo Giu y me lo ha dicho él también. ¿No es precioso?

No sé qué tipo de conexión ha hecho su mente, pero es evidente que, sea lo que sea, para ella es importante, así que asiento y sonrío sin despegar los labios. Mi hermana, que es mucho más expresiva, dramática y exagerada que yo, se echa a llorar a mi lado.

—Ese niño te quiere tanto, mejor amiga...

—De verdad, tienes que dejar de llamarla «mejor amiga» —murmuro.

—Gracias, mejor amiga. Te quiero —contesta Giulia con una solemnidad que me hace poner los ojos en blanco.

Lo de estas dos y la amistad que han establecido es lo más raro, caótico y sincero que he visto nunca.

—¿Qué vais a dejar para cuando llevéis un año conociéndoos? ¿Os casaréis? —pregunto en tono sarcástico.

—No, pero paso cada día de mi vida rezando para que os enamoréis de verdad y dejéis la farsa, tú no la cagues y os caséis; así podré tenerla siempre cerca —me dice mi hermana.

Giulia suelta una carcajada, como si Abi fuera la persona más graciosa del mundo. Es un tremendo grano en el culo y quiero decírselo, pero antes quiero resolver otra cosa que ha dicho.

—¿Por qué rezas para que yo no la cague? Ella también podría cagarla.

—Vamos, León...

—Eso, León, vamos... —susurra Giulia sonriendo.

Bufo enfurruñado y tiro de su mano.

—Muy bien, hora de entrenar.

—¿En serio vamos a entrenar ahora? Yo estaba pensando en hacer algo más divertido.

Joder, yo también he pensado en un montón de cosas divertidas que podríamos hacer juntos. Y en todas Giulia va sin ropa, pero doy por hecho que no puedo decir eso sin quedar como un salido, así que la miro y procuro no sonar demasiado seco o antipático.

—¿Algo como qué?

—Ah, no sé. No tenía una idea en concreto: solo me gustaría hacer algo más divertido que entrenar.

No lo tienes difícil, la verdad. Ahora mismo, pincharme alfileres bajo las uñas me parece mejor plan que levantar pesas.

—Me pone ojos de cordero degollado y añade—: Anda, gatito, que aún me estoy recuperando. ..

—Dios mío, qué dramática eres.

—Bueno, tortolitos, yo voy a irme antes de que esta discusión os lleve a follar contra el capó del coche.

—¡Abigail, joder!

—¿Qué?

—¡Estamos en el parking del colegio!

—Y si no lo estuviéramos ¿sí sería una posibilidad? —Boqueo y no me atrevo a mirar a Giulia. En su lugar, fulmino a mi hermana con la mirada, pero ella solo bate las pestañas y se aleja mientras sonríe como el ángel que no ha sido jamás.

—Es insoportable —murmuro cuando ya no puede oírme.

—No es verdad. Es maravillosa, encantadora, lista, magnética y preciosa.

—Guau, cuántos cumplidos de buena mañana.

—¿Celoso?

—¿Si digo que sí, dirás una lista de cualidades mías?

—¿Tan necesitado estás de que te diga cosas bonitas, gatito?

Me río, porque es imposible mantener un pique con ella, y tiro de su mano.

—Ven, que ya se me ha ocurrido un plan más divertido que entrenar.

—Espera. ¿Mi coche...?

—Te traeré más tarde, no te preocupes.

Hago que Bambi y ella suban a la camioneta y conduzco hasta la Finca Lobo.

Durante el trayecto le pregunto por Giuliano, por el sótano de lavanda, y le hablo de lo convencida que está mi madre de que tenemos una relación real, aunque no lo sea.

Le hablo hasta del tiempo, pero no le digo adónde vamos exactamente hasta que estamos frente a las caballerizas.

—¿Y bien? —pregunto.

—¿Y bien? —pregunta con un tono de voz sospechoso.

—¿Lista para montar a caballo?

—¿Qué? ¿Ese es tu plan divertido? —Enarco una ceja y ella estalla—: ¡León, os robé un caballo hace años y casi no lo cuento!

—Eso es porque: uno, elegiste muy mal el caballo. Y dos: no tenías ni idea de montar.

—¡Ahora tampoco!

—No, pero ahora me tienes a mí. —Giulia me mira, para nada convencida—. No dejaré que ningún caballo te tire. Confía en mí.

No sé si al asegurarle eso consigo que me crea, pero cede. Y la descarga de adrenalina que siento me pilla totalmente desprevenido, porque algo me dice que obtener la confianza de Giulia no es tan fácil como puede parecer en un principio.

—La próxima vez yo elegiré el plan. Y nadie cabalgará. No sobre un caballo, al menos.

Me atraganto con mi propia saliva mientras ella pasa por delante de mí y se adentra en las caballerizas, dejándome un poco mareado y preguntándome si la he oído bien. ¿Es cosa mía o cada día es menos discreta con sus insinuaciones?

Para cuando entro, siguiéndola, no tengo claro nada, salvo una cosa: que Giulia del Valle conseguirá que cualquier día me estalle la cabeza.