Giulia, el amor y un puñado de lavanda 41. Giulia
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41. Giulia

Giulia

No sé si estoy más consternada por el hecho de ver a León sin camiseta o porque su madre me haya descubierto en la entrada con una tarrina de helado en la mano y me haya guiado por la retaguardia hasta el gimnasio.

En realidad, ni siquiera sé si yo me habría atrevido a invadir este sitio así, sin más, de no ser por Carmen.

Si el otro día me quedó claro algo es que el gimnasio y todo lo que hay tras él es sagrado para León, y, por inmadura que pueda llegar a ser, no quiero joderle eso.

Pero ahora estoy aquí, él no lleva camiseta y resulta que está tatuado.

Es un tatuaje nuevo, porque he visto a León sin camiseta en internet y no lo llevaba; o al menos hasta que su carrera se fue al traste no lo llevó.

El problema es que no puedo verlo bien, lo tiene en el costado.

Aun así, enarco una ceja, ya que la idea principal está muy clara.

—¿Un lobo? —pregunto acercándome con una sonrisa socarrona.

—¿Qué?

—¿León Lobo tiene tatuado un lobo? Es tan estereotípico que no te pega.

Bufa, coge la camiseta y se la pone a toda prisa mientras me mira de soslayo.

—No sé de qué hablas. Deja el helado en el frigorífico pequeño de aquella esquina y vamos a entrenar.

—¿Qué? ¿Ya? —pregunto desconcentrándome por un instante.

—¿Tienes algo mejor que hacer?

Estoy a punto de decirle que sí, que puede quitarse la camiseta y dejarme ver el tatuaje de cerca. Y tocarlo, a ser posible. No porque tenga interés en saber cómo se siente el costado de León bajo mi tacto, sino porque... eh... bueno, por curiosidad. Sin más.

—Pues...

—Vamos, Giulia. Estás dejando que se derrita el helado y perdiendo un tiempo precioso. Mueve el culo y demuéstrame que no estás en tan baja forma como creo.

La ofensa llega tan rápida que olvido de inmediato mi curiosidad por su tatuaje, su costado y su cuerpo en general. Lo miro mal, guardo el helado y me dirijo hacia él con toda la decisión y seguridad del mundo.

—Prepárate para quedarte a cuadros, gatito.

Es desastroso. Una hora después tengo tantas ganas de vomitar que me trago una arcada mientras intento levantar unas pesas que León me ha asegurado que no hace falta que levante porque es demasiado peso para mí.

Mi orgullo ha resultado ser un cabrón engorroso que va a matarme si no consigo parar esto a tiempo.

El sudor me corre por la espalda, que tengo pegada al banco, y me arde hasta el alma, o quizás esto que siento sea mi dignidad derritiéndose como el helado que he guardado hace un rato.

Me tiemblan los hombros, los brazos y el abdomen, pero no pienso ceder.

Oigo a León a mi lado y no lo veo, pero sé que sonríe. He descubierto que cuando yo sufro sí que sabe sonreír. No es algo de lo que deba estar orgulloso y se lo digo, pero eso solo lo hace sonreír más.

—Suéltala, Giulia —ordena con esa voz grave que, sinceramente, debería meterse por el culo—. Te vas a hacer daño.

—¡No! —gruño roja, sudada y casi humillada—. Yo puedo.

—No puedes.

—¡Sí puedo!

— Principessa ...

Suena tan sabelotodo que me enfado más. Me niego a mirarlo, pero siento cómo da un paso más al frente, su sombra me cubre, su presencia consigue envolverme y, por un instante, lo único que deseo es que me libre de mi estúpida arrogancia y sostenga la barra para liberarme.

Después recuerdo su pedantería y lo mucho que me arrepentiría de eso y aprieto los dientes.

Sus manos rozan las mías y odio el calambrazo que siento. Sus dedos acarician los míos y, un segundo después, noto cómo se hace con el peso de la barra sin ningún esfuerzo.

—Buena chica —murmura mientras se inclina y me mira a los ojos—. Suelta.

Su tono de voz..., ¿por qué tiene que ser tan grave?

Es asqueroso que me resulte tan atrayente.

No ayuda ver el modo en que le cae el pelo por la frente y lo increíble que es que pueda sostener este peso como si nada.

Estoy molida, completamente exhausta y, aun así, mi mente encuentra fuerzas para hacerme imaginar cuán fácil sería para León alzarme a pulso y. ..

Miro a un lado y noto cómo me arden las mejillas, pero confío en que León piense que es por la vergüenza que siento al haber sido incapaz de alzar las pesas.

La barra desaparece de mis manos y oigo un ruido seco al mismo tiempo que mis brazos caen inertes a mis costados.

Intento recobrar la respiración mientras el pecho me sube y baja con fuerza, como si me hubiera tragado todo el oxígeno de esta habitación de golpe y ahora estuviera buscando la forma de recuperarlo a bocanadas.

Él se agacha a mi lado y, aun de cuclillas, es más alto que yo tumbada en el banco.

Da un toque a mi nariz como si fuera una niña traviesa y me guiña un ojo.

—Dije que iba a entrenarte, no a matarte, así que tienes que relajarte.

—Estoy bien —miento.

—Se te ve.

—De verdad, podría volver a empezar sin ningún esfuerzo.

Digo eso, pero le rezo a Dios para que no me mande hacer un solo ejercicio más porque podría morir.

—Ajá. Se nota que no estás nada cansada.

—Nada de nada. Y mareada tampoco.

León se ríe, se levanta y tira de mis manos para ayudarme a hacer lo mismo. Me cuesta encontrar el equilibrio y me doy cuenta de que no me suelta hasta que ve cierta estabilidad en mí.

—¿Puedo ver ya tu tatuaje? He entrenado como una buena chica.

Él sonríe lento, muy lento, como si estuviera disfrutando demasiado de este instante. Y yo siento como si mi corazón tropezara, saliera de este gimnasio y rodara montaña abajo, hasta el río.

—Giulia —murmura acercándose un poco más; tanto que juraría que su sombra me ha atravesado—, tú no quieres ver mi tatuaje.

—Claro que quiero.

—No, lo que quieres es demostrarte a ti misma que no te costará nada convencerme de que te lo enseñe, porque no estás acostumbrada a que te nieguen las cosas.

—¿Me estás llamando «mimada»?

—¿No lo eres? —Guardo silencio y su sonrisa se amplía—. No funcionará conmigo. No voy a volver a quitarme la camiseta solo porque tú lo pidas. Al menos hasta que esté seguro de que voy a recibir a cambio algo igual de interesante.

—Si quieres, me quito yo la mía —respondo altiva, intentando no mostrar que por dentro siento que me arden las orejas, las pestañas y la existencia entera.

—Puedes hacerlo, pero no conseguirás mucho, aparte de regalarme unas vistas increíbles.

—Gracias por el cumplido.

—De nada. Y ahora ven, aún no hemos terminado.

—¿Qué? —pregunto mientras me arrastra tirando de mi mano—. ¡Ni siquiera hemos acabado de discutir lo de la camiseta!

—Claro que sí. He dicho que no voy a quitármela y estamos de acuerdo en que eres una mimada. No hay mucho más que hablar.

Al parecer, hoy no solo he aprendido que León disfruta viéndome sufrir: también le encanta quemarme la sangre y hacer que mi sistema nervioso arda, pero no del modo en que me gustaría. Estoy a punto de replicar, pero él me lleva hacia las cristaleras y, de ahí, hacia las aguas termales.

Trago saliva. ¿Por qué vamos ahí? ¿Vamos a...? ¿Vamos a bañarnos o algo así? No traigo ropa de baño, pero bien sabe el cielo que no me importaría quitarme este legging sudado. O a lo mejor quiere que nos metamos con ropa.

O tal vez...

—Es tu teléfono.

Se frena tan de golpe que choco contra su espalda, obnubilada como estaba pensando en cosas en las que no debería pensar.

—¿Eh?

—Tu móvil. ¿Dónde lo tienes?

Miro mi cadera automáticamente. Mi teléfono está sonando, en efecto, y estoy tentada de ignorarlo, pero entonces se queda en silencio y comienza a sonar de nuevo, así que lo saco del bolsillo del pantalón solo para asegurarme de que no es urgente.

En cuanto veo el número de Martina me asusto, descuelgo de inmediato y suelto la mano de León.

—¿Sí?

—Hola, Giulia, perdona que te moleste, pero Giuliano ha vomitado en clase, le he puesto el termómetro y tiene fiebre. ¿Puedes venir a por él?

—Por supuesto.

Cuelgo, miro a León y ni siquiera vacilo.

Más tarde pensaré que es la segunda vez que no puedo adentrarme en las aguas termales con él por una interrupción provocada por Giuliano, pero ahora mismo lo único que quiero es recogerlo del colegio y cerciorarme de que, lo que sea que tiene, no va a matar a mi precioso niño de ojos verdes.

—Tengo que irme. Giuliano está enfermo. —León no pregunta, pero cuando ve mi estado de nervios vuelve a sujetarme la mano y me guía hacia la entrada y, de ahí, a su camioneta—. He venido en mi coche.

—No vas a conducir así. Yo te llevo y más tarde haré que alguien te deje tu coche en Casa Lavanda.

No protesto, porque lo único que quiero es llegar al colegio e intuyo que él conducirá más rápido —y seguro— que yo.

Tardamos menos de diez minutos, pero se me hacen eternos. No sé nada de niños. No entiendo cómo funcionan, ni cómo se curan cuando se ponen malos, ni lo grave que puede ser que vomiten... Lo único que sé es que Giu está enfermo, yo soy la persona a cargo y no tengo ni idea de qué hacer con él.

—¿¿Y si se está muriendo?? —pregunto en un susurro.

León no se ríe de mí. No suelta un comentario sarcástico o borde. Solo coloca la mano en mi rodilla, la aprieta con fuerza y habla con voz calmada y contundente.

—No se está muriendo. Me has dicho que ha vomitado en clase y tiene fiebre: será un virus estomacal. Bella ha tenido un millón.

—Pero no sé cómo se cura un virus estomacal. No sé nada. ¿Tú sabías que le di café una vez, cuando tenía dos años? ¿Cómo se supone que voy a ayudarle, si no sabía ni siquiera que no debía tomar café?

—Bueno, pero ahora ya lo sabes. Esta vez no recurras al café. Prueba mejor con el paracetamol.

—¿Y si me equivoco de dosis y lo mato?

—Giulia, no se va a morir y no lo vas a matar, ¿de acuerdo? Vamos a recogerlo, os llevaré a casa y cuando veas que no es para tanto, te calmarás.

Espóiler: no me calmo.

Giuliano tiene la cara pálida y, en cuanto me ve, se echa sobre mí llorando y diciendo que le duele mucho, pero no me aclara el qué.

Yo me pongo tan nerviosa que León tiene que llevarme a las urgencias pediátricas de la ciudad, porque no me conformo con que él o Martina me hayan asegurado que es un virus.

La maestra ni siquiera ha dicho mucho más que eso, e intuyo que es porque he llegado con León.

Esa chica tendrá que superar «lo nuestro» en algún momento, aunque sea falso, o va a terminar sin pelos porque se los arrancaré yo.

Pero ahora mismo no procede pensar en eso.

Vamos a urgencias y sostengo a Giuliano en brazos todo el rato, incluso cuando vomita en la sala de espera porque no le da tiempo de llegar al baño.

Entramos en consulta dos horas después y, cuando salimos, lo hacemos con la confirmación de que es un virus estomacal sin importancia y yo, además, con manchas de vómito en la ropa.

El pediatra me ha dicho que por un simple virus no se va a urgencias y yo estaba tan exhausta que no lo he mandado a la mierda, pero he tenido ganas.

Volvemos a la camioneta y, si a León el olor a vómito le da el mismo asco que a mí, no dice nada. Se limita a poner la música favorita de Giuliano de vuelta a Valdelila y, cuando por fin nos deja en casa, lo hace con suavidad y sin una sola bordería.

—Te llamo esta noche para ver cómo va —me dice.

Asiento, sin ánimo de mucho más. Entro en casa, les cuento a mis padres las novedades, aunque los he mantenido al tanto por el móvil, y permito que ellos se ocupen de bañar a Giu para que yo pueda hacer lo mismo.

Una hora después, cuando los dos estamos en la cama con el pijama puesto y viendo una peli de dibujos, recapacito acerca de lo irónico que es que esta mañana estuviera ardiendo de tensión sexual junto a León y ahora esté aquí, con un niño febril pegado a mi costado y agarrándome de la camiseta como si temiera que fuese a evaporarme en cualquier instante.

—Giulia, ¿vas a irte?

Miro sus preciosos ojos verdes y le acaricio la frente, deseando tener el poder de quitarle la fiebre en un segundo.

—No, Giu, claro que no. ¿Por qué iba a irme?

—Porque te he vomitado encima.

—Yo he vomitado encima a mucha gente, no te preocupes.

—No quiero que te vayas. —Sus ojos se cargan de lágrimas tan rápido que sé que, en parte, esto es culpa de la fiebre, pero eso no hace que el corazón me duela menos—. No te vayas nunca, ¿vale?

—Tranquilo, colega. De momento no pienso ir a ninguna parte.

Tal y como me ocurrió en su cumpleaños, no he sido capaz de prometerle que no me iré nunca, porque en algún momento su madre regresará y yo tendré que plantearme qué hacer con mi vida, pero él no parece darse cuenta, porque enseguida se calma y los párpados comienzan a pesarle.

Cuando por fin se duerme, me quedo mirándolo y pensando que Valdelila me ha ofrecido, en solo unas semanas, un niño inolvidable, un sótano con un propósito y un hombre complicado, malhumorado y con un corazón de oro.

Nada de eso es mío y no es para siempre, pero puedo disfrutar de este regalo mientras dure, porque la realidad es que creo que no merezco ninguna de las tres cosas y sé que es muy posible que todo se termine yendo al traste, como ocurre siempre por culpa de mi impulsividad y, al parecer, mi pánico a comprometerme con nada que realmente valga la pena, pero lo cierto es que nunca he deseado nada tanto como deseo poder quedarme con los tres.

Poder... poder llegar a creer que yo también les pertenezco, de algún modo.

Convencerme, aunque sea una vez en la vida, de que yo también puedo ser hogar para alguien.