Giulia, el amor y un puñado de lavanda 40. León
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40. León

León

No debería importarme. Me lo repito todo el camino de vuelta a casa mientras conduzco.

Y cuando llego y dejo a Bambi correr por la finca, me lo vuelvo a repetir.

Después me voy derecho al gimnasio y, en todo ese maldito tiempo, me digo a mí mismo que no debería importarme nada de lo que he visto: ni que entrene con Rubén, ni el beso en la mejilla, ni nada de lo que Giulia haga con su vida o con ese idiota.

Pero me importa, joder.

Y lo peor es que no estoy tan enfadado por el beso en la mejilla o el numerito en la puerta del colegio.

Lo que me tiene apretando los dientes es que Giulia lleva cuatro días evitándome como si el domingo no le hubiera abierto las puertas de mi casa o como si eso no hubiera significado nada.

Lo que me jode de verdad es que para ella, efectivamente, pudo no significar nada.

Y está en todo su derecho, pero yo pensaba. ..

Me siento estúpido. Eso es. Esa es la peor parte.

He intentado convencerme de que estoy exagerando y de que Giulia.

.. Giulia es así. Tiene una fama que la precede, es impulsiva, caótica e incapaz de quedarse más de dos segundos en un mismo sitio, así que no debería extrañarme que se tome a la ligera el hecho de que le enseñara mi santuario, pero aun así, cada vez que me acuerdo, me da auténtica vergüenza pensar que imaginé su fascinación al ver todo esto cuando, en realidad, no pudo resultarle más indiferente.

Llego al gimnasio con Bambi pisándome los talones.

Me coloco mis auriculares, me siento en el banco de pesas y comienzo a trabajar mi cuerpo mientras intento evitar por todos los medios el pensamiento de que ella está en alguna parte de Valdelila haciendo deporte con ese mequetrefe.

Me digo que solo estoy nervioso por si mi madre la ve con Rubén y empieza a atosigarme, pero, seamos serios, tengo casi treinta y un años.

Podría manejar a mi progenitora si quisiera, aunque ella se pusiera difícil.

Lo bueno de las pesas es que, si sabes cómo hacerlo bien, en pocos minutos estás tan concentrado y sudoroso que cualquier otro pensamiento se acaba marchando.

Es algo que siempre me ha ofrecido el deporte, ya sea entrenando o jugando: una vía de escape.

Es justo lo que quiero darle a Giuliano al entrenarlo con el baloncesto, o montando sobre Balti.

Algo que le ayude a canalizar el montón de emociones que deben de estar desbordando su pequeño cuerpo.

Quiero que el niño encuentre algo que le permita soportar todo lo que aún le falta por vivir, que es mucho teniendo en cuenta que su futuro no podría ser más incierto.

Cargo la barra con más peso del que acostumbro y gruño con el primer intento de levantarla. La subo con un tirón brusco y siento cómo se me tensan los hombros y el resto del cuerpo, pero no me detengo. Necesito seguir hasta que me arda cada músculo y no me quede oxígeno para pensar en tonterías.

En ella.

Porque por mucho que me repita que todo eso da igual y que no debería darle tanta importancia, cada vez que descanso y dejo de empujar la barra oigo esa mierda de voz interior que no deja de repetirme que, a lo mejor, le enseñé a Giulia más de la cuenta como un idiota desesperado buscando.

.. no sé ni el qué. Aprobación. Fascinación. Comprensión. Algo.

Pierdo la noción del tiempo y, cuando la recupero, es porque la puerta se abre de golpe.

En mis auriculares suena Warriors , de Imagine Dragons, a todo volumen, así que me cuesta un segundo recuperar el control y la respiración.

Me quito los cascos y observo a mi madre y su inmensa sonrisa junto a Giulia y sus ojos como platos.

La primera sostiene un táper entre las manos.

La segunda, una tarrina de helado. Y no tengo ni puta idea de qué hacen aquí ni la una ni la otra.

—Pero ¿qué...? —es lo único que consigo decir antes de que mi madre alce el táper como si estuviera presentando una ofrenda a los dioses.

—¡He traído croquetas! Y mira a quién me he encontrado en la puerta.

Señala a Giulia, que levanta la tarrina de helado como si fuera la continuación lógica a semejante sinsentido y, por algún motivo que no comprendo, mi pecho se contrae por los nervios.

No sé si por verla aquí, con las mejillas rojas y la coleta desordenada, o porque ha hecho el camino hasta mi gimnasio, esta vez sin ser invitada y justo cuando intentaba sacarla de mi cabeza a base de levantar kilos.

No es que me moleste. Es que empiezo a tener la sensación de que jamás podré librarme de ella, porque cuando no está no dejo de pensar en su presencia y cuando está... no puedo pensar en nada.

Mi madre entra sin ningún miramiento, como si no hubiera normas, ni puertas, ni privacidad, deja el táper encima de la máquina de remo y nos mira a uno y otro con una sonrisa tan grande que estoy tentado de poner los ojos en blanco.

—Bueno, tortolitos, yo os dejo solos, que tendréis vuestras cositas que hablar o hacer.

Se ríe de un modo tan absurdo que deseo con todas mis fuerzas tener el superpoder de enterrar la cabeza en el suelo.

Joder, ni siendo adolescente me avergonzó tanto.

Miro a Giulia y me doy cuenta de que está tan incómoda como yo.

Se ha quedado en el umbral con la tarrina de helado y Bambi a su lado, porque ha corrido a sus pies en cuanto la ha visto.

Por cómo nos mira a mi madre y a mí, sé que está pensando si quedarse o salir corriendo.

La veo morderse el labio y estoy tentado de pedirle que se quede, por si aún no ha decidido, pero me controlo.

Primero porque puede hacer lo que quiera y segundo, porque no pienso parecer un desesperado.

—Mamá.

—¿Sí, hijo?

—¿No te ibas?

—Sí, sí, claro. —Se ríe otra vez y se marcha carraspeando, no sin antes pellizcar con suavidad la mejilla de Giulia—. Qué bonita eres, Dios mío. —Le palmea el moflete que acaba de pellizcar y se va.

Tengo el privilegio de ver a Giulia realmente consternada por primera vez y, ahora, quien se muerde el labio soy yo, pero para intentar aguantarme la risa.

—¿Y bien? —pregunto.

—¿Y bien? —repite.

—¿Qué haces aquí, principessa ?

Si ha tenido un momento de incomodidad o vergüenza, pasa rápido. Observo la velocidad a la que se recompone. Sus hombros se cuadran, su mirada me recorre de los pies a la cabeza y una sonrisa torcida asoma a sus labios justo mientras pienso en lo majestuosa que es, aun sin darse cuenta.

—He venido con la intención de hacerte pecar..., pero la verdad es que no sé si prefiero que te quites la camiseta y sigas haciendo lo que sea que te haga sudar y respirar así.

Me cuesta un mundo no tragar saliva. Giulia del Valle es rápida de mente y descarada como nadie, pero ni siquiera ella conseguirá que me ruborice, por más que algo dentro de mí esté aleteando de un modo frenético ahora mismo.

Podría protestar, gruñir o pedirle que no diga tonterías, pero estoy harto de mantenerme dentro de unos límites que yo mismo me pongo.

Estoy cansado de sentirme enfadado con el mundo y la gente que me rodea.

Y estoy harto de que Giulia piense que solo ella sabe jugar a este juego, así que tiro del borde de la camiseta que llevo puesta y me la quito de un tirón, sin pensar más de un segundo en ello.

La lanzo al suelo, al lado de las pesas, y enarco una ceja antes de sonreír de medio lado porque, sí, yo también sé jugar a esto, aunque sea peligroso.

—¿Así está bien?

Giulia parpadea. Una vez. Dos. Y después traga saliva haciendo que un orgullo totalmente ilógico recorra mi sistema nervioso.

—Qué lástima que sea junio, de verdad. Justo esto es lo que pedí en mi carta a Santa el año pasado.

Intento aguantarme la risa, porque empiezo a entender que da igual lo que haga, ella siempre dará con la manera de reaccionar de una forma inesperada a lo que sea que a mí se me ocurra.

Podría seguir con la broma, pero eso es lo que ella está esperando.

Quiere cargarse la tensión del ambiente a base de hacer chistes sexuales e insinuaciones que nunca sabré si son ciertas o no.

Y yo no quiero eso. Quiero que me diga qué está haciendo aquí. Y quiero que sea sincera.

—Giulia...

—Vengo a pedir perdón por quedar con Rubén —dice sorprendiéndome, como si hubiera sido capaz de leerme la mente—.

No porque no pueda quedar con quien a mí me apetezca, sino porque te dije que no lo haría y falté a mi palabra.

No ha estado bien y, si quieres, me encantaría que me entrenaras.

—Boqueo por su ataque de sinceridad y, en esa fracción de segundo, ella encuentra el modo de volver a romper la tensión—: Y me encantaría que lo hicieras sin camiseta. Siempre.

Podría decirle que deje de bromear, pero sería como pedirle que deje de ser ella misma.

He descubierto que con Giulia las cosas funcionan así.

Hace lo que quiere y dice lo que quiere, pero cuando el tema se torna serio, necesita usar su humor para escudarse.

Se protege de antemano porque sentirse insegura es algo que odia.

Si pudiera entrar en mi cabeza se daría cuenta de que no tiene nada que temer, porque el simple hecho de que haya venido, que esté aquí con una tarrina de helado y dispuesta a recular me hace pensar que no sé si Giulia ha entrado en mi vida para quedarse o se marchará en algún momento, pero lo que está claro es que, mientras esté aquí, va a arrasar con todo.

Y creo que eso también me incluye a mí.