39. Giulia
Giulia
Estoy siendo tan cobarde que debería sentir vergüenza.
Me gustaría decir que no me reconozco en esta actitud. Que yo nunca he sido de huir de las cosas, pero es que anoche mis padres se sentaron conmigo y me dijeron que, en realidad, llevo toda la vida huyendo y buscando excusas para no pararme a pensar en lo que quiero y cómo conseguirlo.
Todo empezó cuando subí del sótano pasada la medianoche.
Ellos estaban en el jardín, mi madre haciendo yoga, otra vez desnuda, y mi padre observándola mientras fumaba.
Les di las buenas noches y, por primera vez, en lugar de dejarme ir como si nada, me sentaron y me sometieron a un interrogatorio que tenía como fin. ..
Bueno, no sé muy bien qué tenía como fin, porque repito: mi padre estaba colocado.
Pero mi madre me dijo que le entristecería mucho verme huir otra vez cuando parece que, al fin, he encontrado algo que quiero de verdad.
Le aseguré que no la entendía y entonces me preguntó qué pensaba hacer con el sótano y por qué estaba tan obsesionada, de pronto, con limpiarlo todo y vigilar que los campos de lavanda florezcan a la perfección.
No supe qué decir, porque es cierto que durante estos últimos días he convertido ese sótano en mi obsesión y me he empeñado en aprender todo lo que hay que saber sobre la lavanda y su cultivo, pero... no sabría justificar por qué o para qué lo hago.
Así que, ante mi silencio, mi madre procedió a explicarme que este es mi modus operandi , que siempre hago lo mismo: cuando las cosas se ponen demasiado serias, cuando ya puedo tocar con la punta de los dedos algo que llevo mucho tiempo deseando, abandono y huyo por miedo a perderlo.
Eso ha hecho que pasara toda la noche en vela.
Se supone que debería tener un motivo firme para comportarme como lo hago, pero no lo tengo.
Nunca lo he tenido porque he vivido siempre basándome en mis impulsos, por locos que fueran.
Y puede, solo puede, que haya empezado a atisbar la verdad que se esconde tras las palabras de mi madre.
He salido de casa con Giuliano pensando en todo eso aún, y en el modo en que también estoy evitando a León desde hace cuatro días, así que no es de extrañar que verlo aquí, tan alto, serio y guapo, me haya puesto frenética.
¿Es infantil por mi parte seguir entrenando con Rubén, pese a que le dije a León que no lo haría más? Sí.
¿He estado evitando a León? Sí.
¿Me da miedo retomar las cosas como las dejamos en su casa porque eso significa que me toca a mí abrirme un poco? Sí. Desde luego que sí.
Joder. No lo quiero admitir, pero todo apunta a que mi madre ha dado en el clavo. Y no lo quiero admitir, entre otras cosas, porque eso implicaría que mis sentimientos hacia León son más complejos de lo que deberían ser.
Lo peor de todo, sin duda, es que la vergüenza se ha ido apoderando de mí.
Y eso sí que me molesta, porque yo suelo jactarme mucho de no sentir vergüenza por mi propio comportamiento, pero sé que León se abrió más de lo que suele hacerlo al invitarme a su casa y, más aún, al dejarme ver su rincón sagrado en los baños termales.
No es por el lugar, es por lo que significa que me los mostrara.
Y por el deseo tan intenso que yo tenía de verlo todo.
Llegué a Valdelila pensando que no permanecería aquí más de veinticuatro horas y ahora estoy a cargo de un niño, he desempolvado el taller de lavanda de mis bisabuelos y estoy reaccionando de un modo demasiado intenso a un tío demasiado complicado.
—¿Y bien? —pregunta en tono exasperante.
—¿Y bien, qué?
Si pensaba que antes estaba exasperado, no es nada comparable al suspiro de frustración que suelta con mi respuesta.
—¿Qué cojones está pasando?
—Nada.
—¿Nada? ¿Vas a entrenar con Rubén?
—Ajá.
—¿Pese a que me dijiste que no lo harías más?
—¿Le dijiste eso? Me duele el corazón —interrumpe Rubén.
No lo miro. León tampoco. Estamos demasiado centrados el uno en el otro y es evidente que Rubén no se siente realmente herido, sino que más bien está disfrutando como un maldito siendo testigo de nuestra disputa.
—Se ofreció y tú no.
—Sí que me ofrecí.
—Bueno, pero no me dijiste nada concreto. Él me escribió el domingo por la noche. Y tú no.
—Creo que el domingo hice actos suficientes como para que entendieras que me ofrezco a entrenarte, entre otras cosas.
Trago saliva. Eso ha sido contundente, desde luego. Y me ha puesto aún más nerviosa, pero no puedo admitirlo. Tengo una reputación que mantener, así que enarco una ceja y sonrío con una confianza que estoy lejos de sentir.
—¿«Entre otras cosas»?
No responde y eso solo lo empeora todo.
—Vete a entrenar con él, si quieres, pero pensé que eras una mujer de palabra.
Se gira con Bambi mientras pienso que lo que me ha dicho no me molesta tanto como me duele.
Porque sí que soy una mujer de palabra. Vale, soy una loca impulsiva según mucha gente y puede que sea verdad, pero eso no quita que, cuando digo que haré algo, o más bien que no lo haré, lo cumplo.
Y le dije que no entrenaría más con Rubén, lo que pasa es que. .. es que...
Bueno, maldita sea, lo que pasa es que soy una cobarde.
Observo la espalda de León mientras va hacia la camioneta con Bambi a su lado.
Luego miro a Rubén, que me devuelve una mirada cargada de más comprensión de la que pensé que vería nunca en él, porque a priori es infantil e inmaduro, como yo, pero se ve que en eso también me equivocaba.
Y es que, al final, lo que está claro es que en la vida todos nos hacemos con algún tipo de careta que usamos para protegernos o sentirnos más seguros.
Algunos la usan más que otros. Creo que Rubén es de los que la usan mucho, igual que yo.
—Ese top te hace unas tetas impresionantes.
Bueno, igual no la usa tanto y simplemente es idiota. Suspiro y lo miro sonriendo, porque sé que, en realidad, está empleando el humor para salir del incómodo silencio que se ha hecho.
—No quiero ser mala contigo.
—No lo eres.
—Pero voy a ir tras él.
—Deberías.
—Ah, ¿sí?
—Ese tipo te ha enseñado «su guarida» —dice dibujando unas comillas en el aire con los dedos—. No sé cómo es, qué esconde dentro ni qué has hecho para merecerlo, pero está claro que hay algo entre los dos que deberíais resolver.
—Nosotros no... Solo estamos...
Me callo. Porque la realidad es que Rubén, al igual que el resto de Valdelila, se ha tragado el tema de las citas y piensa que León y yo tenemos una relación, cuando no es así. De manera que hago lo único que se me ocurre, que es alzarme sobre mis puntillas y besarle la mejilla.
Ya es mala suerte que justo en ese instante la camioneta de León pase a nuestro lado acelerando y haciendo un ruido infernal.
Hablando de comportamientos tontos...
—Si quieres otro superconsejo: cómprale helado. Le encanta.
—¿En serio?
—Compra a montones. Dice que son para Bella, pero todo Valdelila sabe que de noche ve partidos de reposición, llora y come helado a cucharadas enormes.
—¿Todo Valdelila sabe eso o todo el pueblo se ha inventado esa historia? —Rubén se queda pensativo y yo dejo escapar una carcajada—. En fin, me voy.
—Luego no digas que no te he dado un buen consejo.
Bufo y me río de nuevo, pero lo cierto es que antes de subir al coche camino hasta la tienda más cercana del pueblo (la única tienda, en realidad), compro helado de vainilla y nueces pecanas y después subo a mi descapotable.
Acto seguido y por primera vez, me atrevo a hacer sola un camino que no es el de ida y vuelta del cole, sino que me dirijo a la finca de los Lobo con una misión que ni siquiera yo tengo muy clara, pero que pienso cumplir de todos modos.