38. León
León
El jueves por la mañana, cuatro días después de ver a Giulia por última vez, aparco la camioneta en el llano junto al colegio y abro la puerta para que Bambi salga y dé unas carreras antes de ponerle la correa.
—Vamos, Bella.
Mi sobrina me mira enfurruñada. Al parecer, hoy en sus planes no entraba venir a la escuela.
—De mayor voy a ser la que ponga las reglas, tito guapo.
—No me digas —murmuro.
—Sí te digo. Pondré reglas nuevas: el fin de semana va a durar seis días y el cole solo dos.
—Eso hace un total de ocho. —Me mira con la frente arrugada, sin entender—. La semana solo tiene siete días. Te sobra uno.
—Cuando yo sea la que ponga las reglas, la semana tendrá ocho.
Me río entre dientes y la cojo en brazos. Podría haber rectificado, pero es como mi querida hermana: prefiere cambiar los planes del mundo antes que los suyos.
—Está bien, cuando seas mayor podrás cambiar todo eso, pero ahora tienes que entrar en el cole.
—El cole es un rollo.
—Estás en infantil, Bella. Tus tareas diarias consisten en jugar con plastilina y no cagarte encima.
—Le voy a decir a mamá que has dicho «cagarte».
—¡Hazlo! Eso no es una palabrota.
—Eso lo decidirá mamá.
Resoplo irritado. No ayuda que ya viniera cabreado de casa.
En mi familia dirían que eso no es una novedad, pero este es un tipo de cabreo distinto.
Me gusta pensar que de normal soy serio, pero no estoy enfadado.
Hoy sí. Hoy estoy que trino porque tanto el lunes como ayer Giuliano vino a baloncesto de la mano de Luca y Mariella.
La excusa es que Giulia está muy ocupada adecentando el sótano. Ya. Y una mierda.
¿Le enseño mi casa, mi gimnasio y mi puto santuario y desaparece cuatro días?
¿Y de verdad se piensa que voy a quedarme de brazos cruzados?
Sí, vale, mi madre está muy contenta con que nos fuéramos solos y no ha vuelto a molestarme, pero se acerca el fin de semana y sé que se pondrá intensa.
Y más allá de eso, que ni siquiera me importa tanto, me jode sentir que Giulia me evita por algo.
¿Es porque vio algo en mi casa que no le gustó?
No lo pareció. De hecho, parecía fascinada y aquello me hizo sentir un orgullo absurdo que también tendré que analizar en algún momento.
Me siento como un auténtico idiota. Y, para colmo, Giuliano ayer soltó como si nada que Giulia, después de dejarlo en el cole, va a hacer deporte todos los días con Rubén.
Ya tuvimos una charla acerca de esto, joder.
¿Tengo derecho yo a enfadarme porque quede con otro tío, aunque ese otro tío sea un idiota?
No. Pero de todas formas recuerdo a la perfección la conversación en la que ella aceptó que yo la entrenara para que mi madre se mantuviera tranquila y no pensara que Giulia también estaba saliendo con Rubén.
¿Y ahora qué? ¿También se lo salta a la torera?
La veo llegar en el descapotable amarillo y en cuanto baja sé que Giuliano no mintió, porque va vestida con mallas y un top que deja su vientre al descubierto.
Se ha recogido el pelo en una coleta y el único signo de maquillaje en su cara es, una vez más, el pintalabios rojo.
Me ve. Sé que me ve, pero, aun así, entra en el cole con Giuliano sin dedicarme un mínimo gesto.
Pues muy bien.
Llamo a Bambi, le pongo la correa, lo ato al poste de la entrada y entro en el colegio. El problema es que Bella se va corriendo hacia su clase, lo cual me deja sin la única excusa que tenía para estar aquí, así que salgo de nuevo, sujeto a mi perro y me apoyo en el descapotable amarillo.
Justo en ese instante, llega Martina corriendo. Enarco las cejas, porque no es normal que ella llegue tarde, pero aun así se para en seco cuando pasa por mi lado.
—Ey, León, ¿qué tal?
—Hola, Martina. Todo bien, ¿qué tal tú?
—Hoy voy de culo. Tenía cita para unas analíticas y pensé que llegaría antes para preparar la clase como cada día, pero nada.
—¿Estás enferma?
—No, es algo rutinario y...
—¡Reunión de pastores! Me pido ser el prota. —Rubén se acerca por un lateral, vestido de chándal y sonriendo como el imbécil que es—. ¿De qué hablamos?
—De nada —respondo en tono seco.
—Yo voy a entrar ya. Rubén, ¿vas a correr otra vez con Giulia?
No me pasa inadvertido el tono de Martina. Ha sido venenoso. La miro, pero su cara es tan inocente que me hace dudar. Y aun así, sé que había algo malicioso de fondo.
—Sí, esa chica corre como si la persiguiese Satanás. Me encanta.
Martina se ríe y yo entrecierro más los ojos. Porque sé bien que no aguanta a Giulia.
—Tal vez ella es Satanás y corre como si la persiguiese un ángel.
Y ahí está. La pulla. No me jode tanto lo que dice como el hecho de que Rubén se ría como si hubiera hecho el chiste del siglo.
No replico, no por falta de ganas, sino por no darle el gusto de que vea hasta qué punto me cabrea.
Sé bien que Rubén es lo que comúnmente se llama «quemasangre».
Disfruta haciendo rabiar a la gente y yo soy una presa fácil, a priori , pero esta vez no va a funcionarle.
—Bueno, entro —dice Martina, todavía con esa sonrisita falsa—. Suerte con vuestros... entrenos.
—Gracias, guapa —responde Rubén guiñándole un ojo.
La parte positiva es que está claro que Rubén y Giulia no tienen nada, porque el mequetrefe este flirtea con todas. La parte negativa es que me sigue cayendo fatal, pero eso no tiene arreglo. Estoy en un punto de mi vida en el que el simple hecho de que respire me sienta mal.
—Mira esto, tío —indica mientras abre las piernas de un modo absurdo—. Este ejercicio es el mejor para calentar antes de correr.
—Gracias por el consejo; como exjugador profesional no se me habría ocurrido jamás —contesto en tono seco.
Si le molesta, no deja que se le note. Simplemente sonríe y sigue haciendo el idiota hasta que Giulia sale, minutos después, sonriendo y moviendo la coleta al ritmo de sus caderas. O sus caderas al ritmo de la coleta. No lo sé, pero es hipnotizador.
—Y aquí está: mi preciosa y maravillosa compañera.
Eso lo ha dicho Rubén, por supuesto. Yo me limito a observar a Giulia fijamente mientras ella me devuelve la mirada.
No me esquiva, no agacha la cabeza y juraría que incluso saca más barbilla, como dejándome claro que, sea lo que sea que voy a decir, no va a afectarle.
Podría decir que me jode eso, pero es todo lo contrario.
Me encanta que no se achante ante mi mal genio.
Me encanta que siempre tenga algo que decir y me encanta.
.., bueno, me encantan más cosas de las que quiero admitir.
—Buenos días, gatito. ¿A qué debo el honor de tu presencia?
—Esto es lo que pasa cuando entras en mi guarida y luego me ignoras durante días.
—Uy, qué profundo —dice Rubén—. ¿Os dejo solos, tortolitos?
—No —responde Giulia.
—Sí —respondo yo al mismo tiempo.
—Rubén, no te vayas.
—Rubén, largo de aquí.
Giulia me mira exasperada y Rubén enarca las cejas, sonríe y afianza su postura, dejando claro que va a hacerle caso a ella.
—¡Oye! No boicotees mis órdenes —me regaña Giulia—. Necesito ir a correr para quemar energía. Últimamente tengo mucha.
Me envaro de inmediato, sobre todo por la velocidad a la que mi mente me sugiere un montón de formas de quemar energía.
No ayuda que en todas y cada una de ellas Giulia vaya sin ropa, pero me cuido mucho de no decir nada al respecto.
Primero porque la fantasía, aunque repentina, me ha dejado sin aliento y segundo porque.
.., bueno, porque no tiene por qué saber lo que provoca en mí.
Lo que sí hago es cortar sus excusas de una vez por todas.
Si hay un problema, quiero saber cuál es.
Quiero que me diga por qué me ignora. Y, por encima de todas esas cosas, quiero que me explique por qué el idiota de Rubén es mejor para hacerla sudar que yo.
No es por orgullo, de verdad. Es que necesito dejar de sentir que la cagué al abrirle las puertas de mi casa.
Que le dejé ver demasiado.
—Bueno, ya está bien. ¿Qué cojones está pasando aquí, principessa ?