Giulia, el amor y un puñado de lavanda 37. Giulia
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37. Giulia

Giulia

Es como caminar tras una pantera enjaulada.

León está tan tenso que sus hombros se intuyen rígidos a más no poder.

Avanza envarado, como si le hubieran metido un palo tremendo por el culo, pero cuando intento bromear al respecto ni siquiera me responde, así que solo me queda guardar silencio mientras lo sigo hacia el interior del bosque.

—He visto programas de asesinos y películas de terror suficientes como para saber que esto no está siendo buena idea.

—¿Estás insinuando que soy un asesino?

—¿Lo eres?

—No.

—No me sirve. Si lo fueras, obviamente lo negarías, así que...

—Giulia. —Se para en seco y se gira tan de repente que choco contra su pecho.

Doy un paso atrás de inmediato, pero él me sujeta los brazos y los mantiene pegados a mi cuerpo mientras busca mis ojos con los suyos—.

Escúchame, no pienso hacerte daño, jamás haría daño a nadie y necesito que dejes tu humor de mierda un momento, porque de verdad voy a enseñarte algo que no le he enseñado antes a nadie.

No sé por qué estoy haciéndolo y no lo entiendo ni yo, así que, por favor, ¿puedes mantenerte en silencio?

Asiento, un poco desconcertada, y él se vuelve sin decir nada más. No mucho después, descubro que nos estamos dirigiendo hacia... otra cabaña. Mucho más pequeña, pero cabaña al fin y al cabo.

La veo en cuanto bajamos una escalinata de rocas naturales.

No tiene pinta de casa. Es cuadrada, con ventanales en las paredes que permiten ver las máquinas de gimnasio del interior.

Por un instante estoy tentada de decirle a León que, aunque es precioso y está en un entorno de ensueño, su gimnasio privado no me parece tan sagrado como para no enseñárselo a nadie, sobre todo si tenemos en cuenta que fue atleta profesional.

Pero recuerdo que he prometido mantenerme callada, así que, en su lugar, lo sigo y guardo silencio mientras abre la puerta y entramos en el gimnasio más increíble que he visto en toda mi vida, no por las máquinas en sí, que son de última generación —aquí sí se nota que se ha gastado bastante dinero—, sino por la armonía que se respira en el sitio.

Enseguida me fijo en que, en un extremo, hay otra puerta que conduce a una nueva escalinata.

León se dirige hacia allí y me hace un gesto con la mano.

—Ven.

Obedezco mientras él abre y, cuando llego a su lado, se aparta para que yo pase primero.

Lo hago y, nada más poner un pie fuera, me quedo sin respiración.

Esta vez sí. Lo reconozco. No entiendo de qué forma estratégica está construido el gimnasio, pero mientras nos acercábamos no he visto, ni siquiera intuido, la cueva de piedra que hay justo detrás.

Y menos aún el jacuzzi que humea en su interior.

—¿Tienes un jacuzzi privado con vistas al bosque?

—Mejor: tengo un nacimiento de aguas termales con vistas al bosque.

—¿Un...? ¿Estás de broma? —Miro su sonrisa engreída y le clavo un dedo en el pecho—. ¿Tienes unas aguas termales privadas? ¿Eso es legal?

—Lo es, si aparecen registradas en las escrituras. Y estas lo están desde hace generaciones. —Lo miro con la boca abierta—. ¿Quieres acercarte? Tiene varios niveles.

Asiento. Me encantaría poder decir algo irónico.

Usar el humor me vendría muy bien para disimular mi desconcierto, pero he entendido en un solo segundo que no es el gimnasio lo que León guarda con tanto celo, sino estas aguas.

Este es su verdadero santuario, y ni siquiera yo soy tan insensible como para bromear en un momento así.

De manera que termino de bajar la escalera de piedra y me adentro en la cueva más increíble que he visto nunca; es la naturaleza en su máximo esplendor, sin necesidad de lujos o muebles caros que la embellezcan más.

Las aguas termales están rodeadas de rocas.

Le pregunto a León si las ha dispuesto él así y me dice que no, que él lo único que ha tocado es la maleza que crece alrededor para mantenerlo todo limpio.

El resto es obra única y exclusiva de la naturaleza.

Pero es como una piscina rodeada de piedra humeante.

—Toca el agua, está caliente.

Mientras lo dice, León encoge los hombros y mete las manos en los bolsillos, empujando hacia abajo y dejándome ver, por una sola fracción de segundo, una porción de piel de su vientre que me hace tragar saliva.

Lo miro a los ojos y, por el modo en que él aparta la mirada y carraspea, creo que se ha dado cuenta de que me he quedado un poquito hipnotizada.

Obedezco solo porque eso me da la oportunidad de distraer mi mente de pensamientos que no debería tener. Me acuclillo junto al borde y toco el agua. Su temperatura me sorprende en el acto, aunque el humo ya me daba una idea aproximada.

—¡Dios! Es como un baño caliente.

—Lo es. —Sonríe orgulloso y señala la cueva—.

Si no te da miedo y te adentras, hay un pequeño nacimiento con el agua helada.

Cuando entreno de más y siento los músculos doloridos, alterno los baños de agua fría y caliente y me quedo como nuevo.

Además, es increíble que el agua fresca esté dentro de la cueva y la caliente fuera.

—¿Lo es? —Me mira sin entender y me río—. O sea, perdón, todo esto es increíble en sí, lo que no entiendo es por qué ese detalle lo hace aún más, según tú.

—Bueno, de esta forma aprovecho las aguas termales todo el año. Meterse aquí dentro en invierno, cuando el frío roza los cero grados, y observar el bosque helado mientras tengo la piel roja y caliente es maravilloso.

Hablando de intentos de evadir pensamientos.

.., este me ha salido fatal. Imaginar a León sentado en este jacuzzi natural, con el vapor haciendo que sus músculos brillen y la mirada perdida en el bosque es algo demasiado intenso, incluso para mí, así que carraspeo y me levanto para entrar en la cueva.

—Quiero conocer la guarida completa, gatito. Vamos, muéstramelo todo.

León sonríe de un modo que acelera mi pulso y, justo cuando voy a seguirlo, mi teléfono suena.

No serviría para distraerme, de no ser porque siempre lo tengo en silencio y los únicos números que hay como excepción son los de mis padres, así que lo saco de mi bolsillo, descuelgo al comprobar que se trata de mi padre y contesto.

—¿Sí?

—Hija, perdona, pero Giuliano está aburrido de jugar. No para de preguntar por ti.

Miro a León, que me observa calmado, esperando a que termine la llamada para enseñarme su cueva.

Quiero verla. Dios, quiero verla más de lo que he querido cualquier cosa en los últimos tiempos, pero resulta que mi padre está con un niño recién abandonado por su madre, que me ha convertido, al parecer, en su lugar seguro, así que suspiro y hago lo que Fiorella debería haber hecho desde el mismo instante en que parió a su hijo: antepongo las necesidades de Giuliano a las mías propias.

—Voy enseguida —murmuro antes de colgar y mirar a León—. Giu no deja de preguntar por mí. Me encantaría ver tu cueva, aunque suene un poco cromañón, pero...

—Vamos, no te preocupes —contesta de inmediato.

Suspiro y observo la cueva de piedra y su interior oscuro como si fuera un tesoro que se me niega justo cuando estaba a punto de tocarlo.

—De verdad me habría encantado verlo todo —musito mientras subo la escalera de piedra para desandar el camino.

—Tranquila, habrá más ocasiones.

—¿Las habrá?

Miro a León girando la cabeza por encima de mi hombro, porque va detrás de mí.

Él también me mira muy serio, pero eso no es una novedad.

León siempre está serio. Asiente una sola vez, con firmeza y sin titubear, así que trago saliva, sonrío y dedico todo el camino de vuelta a pensar cómo es posible que yo, una de las mayores parias de la historia de Valdelila, tenga el pulso acelerado solo porque León quiere volver a traerme aquí.