Giulia, el amor y un puñado de lavanda 34. León
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34. León

León

Lista de cosas que no pensé hacer nunca y que he terminado haciendo por culpa de Giulia:

Ir a la ciudad a por su sushi favorito solo para que acepte cenar conmigo.

Bailar junto a toda mi familia al ritmo de una canción infantil en italiano.

¿Es esta una lista con posibilidades de alargarse hasta el infinito? Sin duda, pero ni siquiera eso me importa. Si he aceptado hacer el idiota bailando así es porque la promesa de tener un rato a solas con ella es demasiado tentadora.

Me gustaría decir que en realidad he accedido porque necesito alejarme de todo el mundo durante un rato, y de hecho esa será la excusa que defenderé de puertas para afuera, pero internamente tengo que admitir que la idea de estar solo con Giulia es demasiado apetecible.

Y reconfortante. Y también tengo que admitir que no me gusta sentir ni una cosa ni la otra.

Pero da igual, porque la canción acaba y Giulia, con la respiración aún agitada, se acerca a Giuliano y se agacha frente a él, haciendo que yo me tense porque ese vestido.

.. Debes tener mucho talento para agacharte y que no se te vea nada indecente.

Por suerte, es un arte que Giulia domina a la perfección.

—Oye, amiguito, voy a ir a dar un paseo con León, pero te quedas con los abuelos, con Bella y con todos los demás, ¿vale?

—¿Vas a tardar?

—Casi nada.

—¿Puedo ir contigo?

—Puedes, pero creo que lo pasarías bastante mejor aquí con Bella.

—Venga, Giuliano, ¿qué te parece si les enseñamos a los abuelos cómo subes sobre Balti? —dice mi padre aproximándose.

El niño acepta a regañadientes, pero cuando ve que Luca y Mariella se entusiasman con la idea de verlo montar, se olvida de su cuidadora principal de inmediato y se muestra encantado.

No me pasa inadvertido el guiño que mi padre me dedica. Hago como que lo ignoro, pero por dentro estoy agradecido. Giuliano me cae genial, pero este rato a solas..., de verdad siento que me hace falta.

—Muy bien, gatito. Soy toda tuya. ¿Adónde vamos?

Me cuesta unos instantes responder. Seguramente porque me he quedado clavado en el «soy toda tuya».

—¿Quieres pasear? En la finca tenemos algunas rutas por el bosque bastante interesantes.

—No sé si estoy lista para internarme en un bosque contigo. Todavía estoy decidiendo si tienes más pinta de asesino buenorro o de víctima buenorra.

—Tienes que dejar de ver programas de asesinos en serie.

—No puedo. Son mi perdición.

—Bueno, pues si no quieres ir al bosque, solo se me ocurre enseñarte mi cabaña. —Suelta una risita mientras comenzamos a caminar y frunzo el ceño mirándola—. ¿Qué?

—Venga, di la verdad, ¿a cuántas chicas has desnudado con esa frase?

—No necesito decir una sola frase para desnudar a una chica —respondo en tono repelente y engreído.

—Y es una suerte. Estás muy bueno, pero usar la boca no es lo tuyo.

—En realidad, hablar no es lo mío, pero usar la boca se me da bastante bien.

Hay algo mágico en la forma en que Giulia pestañea y se ruboriza durante unos segundos. Pocos, poquísimos. El momento es tan efímero como una estrella fugaz, pero me hace sentir como si, más que verla, hubiera cabalgado sobre la maldita estrella.

—Muy bien. Muéstrame tu guarida.

Su voz sigue siendo descarada, pero tiene un tono ronco que no me pasa inadvertido. O puede que esté convirtiéndome en un enfermo que se dedica a desgranar cada emoción que capta en ella, por nimia que sea.

La guío hacia mi casa en un paseo que dura apenas unos minutos, porque estoy relativamente cerca de mi familia, aunque no tanto como para sentir que no tengo intimidad.

La cabaña nos recibe haciendo sonar las campanas de viento que mi hermana y Bella fabricaron con ramas de pino y cascabeles caseros.

Subimos los escalones de madera y miro atentamente a Giulia, porque estoy a punto de adentrarla en el único lugar del mundo en el que siento que puedo relajarme y ser yo mismo.

Lamerme las heridas sin miedo a que alguien me interrumpa.

La he traído al sitio más sagrado que tengo y, en vez de sentirme tenso y cohibido, como me ocurre con casi todo el mundo, incluidos los repartidores de la zona, solo siento... ansias.

Es ridículo y un poco loco, pero tengo muchas ganas de saber qué opina ella de este lugar. Quizás porque lo construí con mis propias manos, con ayuda de mi padre, Samu y algunos obreros en jornadas puntuales, y eso me hace sentir un orgullo casi absurdo.

O puede que sea porque es la primera vez que meto a una chica aquí. Una con la que no comparta lazos sanguíneos, quiero decir.

La tercera opción, y la más lógica, es que sé que Giulia no tiene filtros ni pelos en la lengua.

Va a darme su opinión sobre mi casa me guste o no.

Y eso pone en alerta mi curiosidad, pero también ciertos miedos porque, de una forma completamente absurda e irracional, quiero que este sitio le guste.

Y de un modo aún más absurdo e irracional, quiero que ella desee volver.

Lo que demuestra que estoy mucho más jodido de lo que yo pensaba.