Giulia, el amor y un puñado de lavanda 35. Giulia
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35. Giulia

Giulia

Este sitio va a encantarme.

No necesito ni siquiera entrar para saberlo. Supe que la Alhambra de Granada iba a enamorarme antes de verla. A veces pasa, lo sientes sin más.

El porche de León no se parece en nada a la Alhambra.

Tiene tablones de madera a lo largo y ancho del suelo, paredes y techo, y una mecedora de ensueño en un extremo, frente a una mesa con forma de tronco.

A lo mejor hasta es un tronco de verdad haciendo las veces de mesa.

Es de esas cosas que me hacen dudar, porque conozco a gente lo bastante rica como para pagar una cantidad exorbitante de dinero por algo así.

Y también conozco a gente, como León, capaz de cortar un árbol y quedarse parte del tronco como mesa, sin más.

En cualquier caso, es precioso y me imagino los atardeceres que se ven si te sientas y miras hacia el horizonte, donde puede atisbarse el río y, más allá, el bosque rodeándolo todo.

Aquí no hay campos de lavanda, como en casa, pero a la derecha hay unos extensos pastos con vallas de madera y, dentro, varios caballos corriendo y ejercitándose. Es tan bonito que abruma.

—¿Entramos?

Está tenso, pero eso no es una novedad. León vive tenso, así que asiento y, cuando abre la puerta y se echa a un lado para que yo entre primero, lo hago sin vacilar.

León es rico. Su patrimonio es inmenso. No lo he buscado, pero me bastó ver de refilón cuánto cobró por su último contrato para saber que es de esas personas que podrían vivir en una realidad muy distinta a la de la mayoría de los mortales. Sin embargo, en la cabaña no hay lujos.

El salón es amplio, pero no lo bastante como para perder el aire acogedor.

Las paredes son todas de madera menos una, la frontal, que está revestida de la misma piedra que la enorme chimenea que domina el ambiente.

Ahora mismo está apagada porque el calor empieza a hacer de las suyas, pero no me cuesta nada visualizarla encendida y a León tumbado en el sofá de cuero que se ve en el centro de la estancia, de cara a un televisor de plasma gigante.

Detrás del sofá hay una mesa de comedor de madera con sillas a juego, pero León no la debe de usar mucho, a juzgar por la gran caja de cartón abierta y repleta de cosas que hay encima.

Se trata de un salón varonil y, aun así, cálido. Es una casa con pinta de casa. No sé si saldría en una revista, quizás en una de decoración rústica, pero desde luego no en una de esas modernas en las que brilla todo menos la personalidad de quien la habita.

—Es curioso que la tele y la chimenea sean casi igual de grandes. Déjame adivinar, tu frigorífico también es enorme.

—Me gusta que las cosas que me resultan de utilidad sean grandes. —Enarco una ceja con toda la intención y bufa—. Eres una pervertida.

Se gira y abre una puerta corredera de madera mientras me río.

—¡No he dicho nada!

—¡No ha hecho falta! Ven, te enseñaré la cocina en la que está el frigorífico enorme.

Me río y lo sigo, pero me paro en seco cuando llego a una cocina que es el doble de grande que el salón. Lo miro atónita, pero él solo sonríe con aire engreído, apoya la cadera en la isla que hay en el centro y me mira.

—¿Y bien?

Mis ojos no se quedan en él. Es imposible.

Van más allá de él y de la isla de cocina.

Se quedan clavados en los ventanales panorámicos con vistas a los pastos en los que los caballos, más que correr, vuelan entre las flores mientras, muy al fondo, en el valle, se vislumbra el sendero del río junto con los árboles.

Observar Valdelila desde aquí es como entrar en un mundo nuevo en el que no existe nada más que él, un paisaje mágico y esta maldita cocina de ensueño.

Inspiro hondo, abrumada por la belleza de las vistas, y me fijo en la mesa de madera alargada. Cuento las sillas que hay alrededor: diez.

—¿Por qué narices tienes una mesa para diez comensales en la cocina, y una llena de trastos en el salón?

—Porque la de la cocina se llena de gente, aunque yo no quiera, y la del salón no la usa nadie.

—Pero... pero... ¿por qué?

León me observa entre curioso y divertido. Creo que le hace gracia mi aturrullamiento.

—Ya te lo he dicho, principessa . Esta cocina se llena de gente aunque yo no quiera.

Dice que no quiere, pero en un extremo hay una trona que deja ver que Bella ha estado usando este espacio desde que era un bebé.

Junto a la isleta hay un cuenco de comida y otro de agua para Bambi personalizados y grabados con su nombre.

Tiene un bol de mimbre tan grande de fruta fresca que es evidente que no se la come él solo.

Y los seis fogones de gas evidencian que no es un lugar de revista.

Es un sitio que se usa y en el que se cocina. Y mucho.

León puede insistir hasta la saciedad en que no quiere tener gente cerca, pero la realidad es que construyó una cabaña con la cocina perfecta para acoger a su inmensa y caótica familia cada vez que lo necesiten.

Y, por si había pocas pruebas, el frigorífico —que, en efecto, es enorme— está repleto de dibujos infantiles, fotos polaroid de su familia y algún que otro recorte de periódico. Me acerco sin pedir permiso y cojo uno al azar.

En blanco y negro, se ve a León tirando a canasta; su cuerpo se intuye ágil incluso en una foto estática, pero no es eso lo que llama la atención, sino el título que se lee al inicio del texto:

«No sé qué sería de mí sin el baloncesto».

La verdad en esas líneas me corta la respiración, pero no tengo tiempo de hacer o decir mucho, porque la presencia de León cubre mi espalda y una de sus manos pasa por encima de mi hombro, me quita el recorte y, cuando intento protestar, es en vano, porque ya está saliendo de la cocina.

Lo sigo sin disimulo y veo cómo deja el recorte en la caja de cartón que hay sobre la mesa.

—Perdona —murmura—. Es cosa de mi madre y mi hermana.

No tengo nada que perdonar y no entiendo a qué se refiere, hasta que me acerco y me doy cuenta de que la caja en sí es algo así como una cápsula del tiempo: marcos de fotos con León jugando, camisetas de su antiguo equipo e, incluso, algún que otro premio tirado de manera desordenada, sin mucho atino. Lo miro con los labios entreabiertos.

—¿Por qué tienes todo esto aquí?

—No lo tengo yo, ya te lo he dicho. Es cosa de mi madre y mi hermana.

—Pero...

—Se cuelan cuando no estoy y se empeñan en poner mierdas así para que no me olvide de quién soy, supuestamente. —Aprieta la mandíbula tan fuerte que guardo silencio, porque sé que, si le doy espacio, acabará hablando. O eso pretendo—. No entienden que ya no soy ese. Que todo eso se acabó.

—León...

—Ven, no has visto las habitaciones.

Igual que sé que hacer esa miniconfesión le ha costado un mundo, sé que no dirá más; lo voy conociendo.

Es demasiado orgulloso y cerrado como para abrirse más.

Miro una última vez la caja de cartón y me pregunto si, pese a las buenas intenciones de Abi y Carmen, esto no será peor.

No sé. Colarse en esta casa y dejarle recordatorios de lo que fue, pero ya no será nunca más, no parece la mejor forma de superar un trauma.

Y, aun así, me recuerdo a mí misma que yo soy la nueva en todo este asunto y nadie mejor que ellas entienden a León y las dinámicas de su familia, así que decido ser prudente por una vez en mi vida y seguirlo en silencio hacia las habitaciones.

Son dos y enseguida averiguo cuál es la suya.

Tiene la colcha azul marino, una ventana sin cortinas y otro televisor de plasma frente a la cama.

En cambio, en la otra hay dos camas pequeñas con varios peluches, que intuyo que son de Bella, y una pequeña estantería repleta de cuentos.

Lo que demuestra, una vez más, que León pone más empeño en hacer creer a los demás que es huraño que en serlo de verdad.

—Tu casa es completamente obscena.

—¿Perdón?

—Es obscena, León. No es la casa más grande que he visto, ni de lejos, ni tampoco es que sea lujosa, pero... aun así, se las arregla para ser un insulto para la mayoría. Tiene algo muy especial.

Su sonrisa...

Sé de guerras que se han iniciado por menos.

—Y no has visto la mejor parte.

—¿Tienes un sótano como el mío?

—No, no es un sótano, pero es el lugar en el que me pierdo cuando no tengo ganas de relacionarme con nadie.

—O sea, es el lugar en el que pasarías veinticuatro horas si pudieras.

—Exacto.

—Estoy ansiosa por verlo.

—No sé, no he llevado a nadie nunca ahí.

—Ahora estoy aún más ansiosa.

—Supongo que podría enseñártelo... si lo pides con la suficiente educación.

—No pienso hacerte una mamada a cambio de ver tu lugar secreto.

—¿Qué? ¡Joder, no me refería a eso! —León me mira con los ojos como platos—. Pero ¿qué clase de pervertido piensas que soy?

—No sé. Me parecía que la situación se estaba poniendo rara y, cuando la situación se torna tan misteriosa..., normalmente me acaban pidiendo mamadas.

León se pinza el puente de la nariz, suspira un instante y luego me mira muy serio.

—Giulia, cuando quiera una mamada me encargaré de dejarte claro que la quiero. Sin misterios.

Me río, nerviosa, porque empiezo a comprender que lo de usar el sexo para bromear con León no funciona, y no sé cómo me hace sentir eso.

Y esa frase... ¿Significa que en algún momento la querrá?

No, no es eso. Es simplemente que, con él, el humor bruto no sirve como distracción.

Y eso me descoloca y me hace sentir extraña.

Incómoda. Tensa. Ansiosa. Son emociones con las que no estoy familiarizada y que no me gustan, así que inspiro hondo y encojo los hombros, resignada, porque creo que este sería un buen momento para dar un paso atrás y volver a la seguridad de mi propia casa; pero la curiosidad puede más, así que sonrío e intento actuar con una normalidad que no siento.

—Vale, pues en ese caso: ¿me llevas a la guarida de tu guarida, por favor?