33. Giulia
Giulia
Regla número uno de las mujeres con dignidad: no dejarse vapulear por un tío, por muy bueno que esté.
Que sí, que ya sé que igual no ha sido para tanto, pero me tiene muy cansada la actitud de León.
Soy yo quien está aquí haciéndole un favor.
¡Podría estar en cualquier otra parte! Y sí, ya sé que él vino anoche a casa y fue bastante amable —para tratarse de él—, y esta mañana ha vuelto y se ha pasado horas limpiando y poniendo cosas en su sitio, porque creo que esa es la forma en la que él se relaciona: igual no habla demasiado, pero hace mucho por los demás. .. Y lo valoro, de verdad que sí.
Pero nada de eso quita que a veces se siga comportando como un cretino, y estoy empezando a pensar que no hay favor que pague esto.
¿En qué me compensa a mí hacerme pasar por una especie de novia falsa si no tiene siquiera la decencia de decirme algo bonito cuando me esmero en estar aceptable?
En nada. ¡No me compensa en nada! Lo que pasa es que me aburro mucho, ese es mi problema.
Me aburro y acabo haciendo cosas que nadie ve venir, ni yo misma, como por ejemplo aceptar ayudar al idiota más grande que ha tenido, tiene y tendrá nunca Valdelila.
—Voy a decir algo que no debería decir porque intuyo que, si fueras mi hija, me ofendería mucho que alguien hiciera esto.
Miro a Carmen, que parece nerviosa mientras prepara la verdura para el sofrito del arroz que vamos a comernos.
El patio trasero dispone de una cocina de verano junto a la piscina que me ha enamorado.
Hay una pérgola de madera que nos da sombra y tiene todo lo necesario para cocinar al aire libre.
Me encantaría contar con algo así junto a la piscina de Casa Lavanda, pero no es momento de pensar en eso ahora.
Me centro en la mujer que trajo al mundo a León.
Ella no me mira, pero su atención está puesta en mí.
Lo sé. Carmen es de esas mujeres que no necesitan mirar a alguien para controlar sus movimientos. Debe de tener superpoderes o algo así.
—Tú dirás —respondo.
—Ten paciencia. —Suspira, como si le costara pedirme esto—.
No es fácil tratar con él y te repito que, si fueras mi hija y cualquier tipo con una actitud como la de León se le acercara, te diría que te alejes, porque es alguien que puede darte problemas.
Pero no eres mi hija y él sí. Y yo... yo solo quiero que sea feliz de nuevo, así que voy a portarme de la forma más egoísta posible.
La forma en que su voz se rompe y la franqueza de sus palabras hacen que la abrace por el costado.
Sé que, en esencia, lo que está diciendo sí que parece injusto, pero yo no dejo de ver a una madre que sufre por su hijo.
No puedo imaginar las cosas que ha tenido que ver y vivir Carmen desde que León se lesionó, y me da un poco de rabia que él no se fije en que, sí, su vida profesional se fue al traste, pero no fue el único que sufrió las consecuencias.
Aquí hay un montón de gente que lo quiere y está sufriendo con él.
De un modo distinto, obviamente, pero sufriendo al fin y al cabo.
—Oye, Carmen...
—Yo sé que a veces es un poco idiota, pero él no es así.
Suena a excusa barata, pero de verdad que no era así antes.
Era amable y cercano. No es que fuera una persona superrisueña, porque siempre fue más bien serio, pero serio y gruñón son cosas diferentes.
No se convirtió en lo último hasta que pasó lo que pasó.
Y tú no tendrías por qué aguantarlo, bien lo sé, pero.
.. pero si te gusta mi hijo, lo único que te pido es que tengas un poco de paciencia con él.
—La tendré, pero no soy una chica sumisa, Carmen.
—Oh, lo sé, por eso me gustas tanto para él.
No te pido que seas sumisa. Ni que aguantes con la cabeza agachada sus tonterías.
Ponlo en su sitio tanto como quieras, pero.
.. pero no te canses enseguida. —Se tapa la cara con las manos y suspira—.
Dios, es horrible darle este consejo a alguien.
Y patético. Y como León se entere, no me va a hablar nunca más.
De pronto, la actitud de Carmen cobra mucho más sentido para mí.
Es una persona metomentodo e intensa, eso desde luego, pero solo quiere que su hijo sea feliz, como me dijo Abi.
Que no se encierre en sí mismo aún más. Y, cuanto más lo pienso, menos puedo culparla por eso porque, sin ser la madre de Giuliano, ya comparto ese sentimiento y yo misma he intentado incorporarlo a una vida con más gente para que se abra al mundo.
La diferencia es que Giuliano tiene seis años y León treinta.
Cuesta mucho más cuando lidias con un adulto, así que la vuelvo a abrazar y me encargo de que se destape la cara para que vea mi sonrisa.
—Carmen, tu hijo es un poco imbécil, pero va a necesitar algo más que algunos gruñidos y borderías para echarme de su vida, así que no te preocupes. Al menos de momento.
—¿En serio?
—En serio. ¿Sabes cuándo deberías preocuparte? Cuando veas que me dirijo a la cabaña de León con una herramienta que pueda usar como arma. Ahí, ahí sí que podrías preocuparte. Mientras tanto, no.
Ella suelta una carcajada que hace que algunos nos miren.
Incluido León, que me observa serio pero no enfadado.
De hecho, aun en la distancia puedo ver en sus ojos que está incómodo con esta minidiscusión que estamos teniendo.
No pienso ponérselo fácil y ser yo quien se acerque, pero tampoco planeo hacerme la dura durante horas.
Después de todo, junio ha comenzado con un día de sol increíble, Giuliano está riendo a lo lejos con Bella y Bambi, vamos a comer un arroz que ya huele de maravilla y estoy reordenando el sótano de Casa Lavanda.
La vida no es perfecta, desde luego, pero es mucho más bonita de lo que lo era hace dos meses, por increíble que parezca.
La comida es un éxito porque León permanece callado, los niños se lo pasan en grande y Abigail saca de alguna parte un altavoz con ruedas incluidas que coloca en el jardín y en el que pone música tan variada que algunas canciones son de country y otras son coplas españolas.
—Si alguien tiene una petición, puede hacerla sin problemas —dice Samu señalando su móvil, que es el que está conectado por bluetooth con el altavoz.
—¡Yo tengo una!
Me sorprende muchísimo que la voz que se oye sea la de Giuliano. Hace tres semanas, este niño no era capaz de alzar la voz lo suficiente como para que le oyera una persona y ahora habla frente a una mesa repleta de adultos. Y al lado de Bella, que lo mira muy atenta.
—Tú dirás, peque —lo anima Samu.
— Il coccodrillo come fa?
—¿Y esa cuál es? —pregunta Abi.
Me tapo la cara con las manos e intento aguantarme la risa, porque sé de dónde viene esto.
—Me la ha enseñado el abuelo Luca porque tengo que ser un buen italiano. Un buon italiano! —repite juntando los dedos en ese gesto tan típico que hacen mi padre y muchos italianos.
Las risas recorren la mesa y Samu busca en su reproductor la canción sin mucho éxito, hasta que le pido que me pase el móvil y la localizo en un segundo.
Las notas infantiles llenan el jardín de inmediato.
Giuliano sonríe feliz, Bella se emociona porque el ritmo es pegadizo ya desde el principio y mi padre, para consternación y vergüenza mía, se levanta y se pone a cantar a voz en grito mientras mi madre le hace los coros y anima a Giuliano a cantar con ellos.
Y entonces, para estupefacción de todos los presentes, mi niño tímido, introvertido y serio se levanta y comienza a cantar en italiano mientras mis padres bailan de un modo ridículo y lo animan.
Bella se suma al baile aunque no entiende la letra, porque tampoco lo necesita para disfrutar de la canción.
Eso hace que Abi se levante y se les una.
Carmen es la siguiente y Samu no se queda atrás.
Cuando quiero darme cuenta solo estamos sentados Rafael, León y yo.
Y cuando Rafa se levanta con una carcajada y dando palmadas yo me levanto con él, porque me niego a ser la única que se queda plantada junto al gruñón del pueblo.
Sin embargo, y aunque mi intención inicial era unirme a los coros, por alguna estúpida razón descubro que no quiero dejar a León ahí solo, así que voy hacia donde está, porque me he sentado bastante alejada de él, le sujeto la mano y tiro para levantarlo, pero es como si intentara levantar a una montaña.
—Venga ya, gatito. ¡Levanta el culo!
—Ni hablar. No pienso hacer el ridículo.
—¡Es tu familia, idiota! —Me río y, cuando me doy cuenta de que no piensa ceder, en vez de frustrarme, elevo una ceja y arrimo mi cara a la suya hasta que estamos a escasos centímetros—.
Tú bailas y cantas esto y yo te perdono por ser un idiota antes.
—Él me mira visiblemente tentado. Y como soy una maravillosa persona, decido darle razones de peso—.
Bailas y cantas esto y después buscamos una excusa para alejarnos y estar solos un rato.
Se levanta tan rápido que ahogo una exclamación y, por un segundo, olvido respirar. Lo miro a los ojos y me encuentro con una intensidad que me desarma.
¿Qué es lo que quiere con tanta desesperación? ¿Escapar de los suyos o quedarse a solas conmigo? Las preguntas me carcomen hasta que siento cómo su mano se entrelaza con la mía por segunda vez en el día. Me dejo arrastrar y noto cómo un escalofrío me recorre el cuerpo.
A nuestro alrededor todos cantan y ríen con una canción infantil, pero yo apenas soy capaz de escucharlos.
Porque de repente todo mi mundo se reduce a la presión cálida de sus dedos entrelazados con los míos, a la profundidad de su mirada y a esa pregunta que no me atrevo a formular en voz alta: ¿qué lo ha hecho ceder tan deprisa?
No lo sé. No tengo ni idea.
Lo único que tengo claro es que yo estoy deseando quedarme a solas con él. Y esa certeza... da más vértigo que cualquier locura que haya cometido en mi vida antes.