Giulia, el amor y un puñado de lavanda 32. León
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32. León

León

Aparco en la entrada de la casa de mis padres y espero a que Giulia haga lo propio a mi lado, pero lo hace detrás de mí.

La casa de mis padres, al igual que la de mi hermana y la mía, linda con el bosque por detrás y con el río por delante, pero entre el río y las casas hay metros y metros de llanura donde los olivos, los nogales y los árboles frutales conviven con el romero, la hierbabuena, el tomillo silvestre y los rosales plantados por mi madre, entre otras muchas flores.

Lo que quiero decir es que tiene una cantidad inmensa de sitio para aparcar y aun así deja su coche detrás del mío, pero no pienso quejarme porque he vigilado cómo conducía y ha mejorado bastante.

Todavía no supera ese irrisorio límite de velocidad autoimpuesto, pero al menos ya no supone un peligro para los demás.

.. ni para sí misma o Giuliano y sus padres.

Bajo de la camioneta con Bambi y Bella. Los he llevado conmigo porque pensé que a Giuliano le gustaría jugar con mi sobrina, y la niña se volvió loca cuando supo que podía pasar la mañana del domingo correteando por Casa Lavanda.

El perro ha sido el complemento perfecto.

Giulia, sus padres y yo hemos estado limpiando y adecentando el sótano mientras los niños y Bambi jugaban en completa armonía.

Ha sido una buena mañana. Por lo general, dedico los domingos a entrenar y lamentarme, así que tampoco necesitaba un planazo para mejorarlo, pero, aun así, pasar tiempo en Casa Lavanda haciendo algo útil me ha hecho sentir muy bien.

Tal vez demasiado bien.

Lo de ser más amable con Giulia está resultándome más fácil de lo que esperaba, y creo que eso es un problema.

Es divertida, lista como el hambre y tiene una boca que me vuelve loco, en todos los sentidos.

Resulta que, casi sin pensar, me relajo tanto en su presencia que, cuando quiero darme cuenta, estoy hablando de más.

Esta mañana, por ejemplo, en un momento dado me he descubierto a mí mismo contándole cómo solía pasar los fines de semana cuando vivía en Estados Unidos, mientras ella me hablaba de su nefasta carrera de actriz en el mismo país.

No es que nos hayamos confesado secretos profundos, pero es algo de lo que no he hablado con mucha gente.

Me ha gustado descubrir que los dos hemos compartido la cultura de un país que nadie más a mi alrededor ha visitado siquiera.

Son detalles, pero al final hacen que la conversación fluya de un modo distinto. Mejor.

Y no sé si eso es bueno, porque si empiezo a hablar de más terminaré dándole a Giulia un poder que no quiero que tenga.

Si ella descubre hasta qué punto me dolió dejar atrás mi carrera y cómo me hace sentir todo eso, incluso años después, se dará cuenta de lo fracasado que soy en realidad, no por lesionarme, sino por ser incapaz de superarlo de una vez por todas.

Por sentir este vacío infinito en mi interior y no saber cómo llenarlo.

—¿Has visto lo bien que conduzco ya? —pregunta ella sacándome de mis cavilaciones.

Y menos mal, porque no es un día para pensar en todo esto.

Observo su sonrisa orgullosa y sonrío de vuelta, aunque solo sea un segundo. Es otra cosa que cada vez me cuesta menos: sonreír con cualquier cosa que diga.

—Ya mismo podrás dar clases en la autoescuela.

—Ja, ja. De verdad, eres tan gracioso...

—¡Giu, vamos! —grita Bella llamando al niño, que está bajando del descapotable amarillo con ayuda de Luca.

—¡Nada de perderos esta vez, por favor! —exclama Giulia mientras los ve alejarse. Después me mira y suspira—. Tengo veinticinco años y una buena rutina de skincare , pero tu sobrina hará que me salgan arrugas a montones.

Lo dice medio en broma, medio en serio, pero la preocupación tiñe sus ojos, así que me río y tiro de su mano con suavidad para que camine hacia el patio trasero.

—No te preocupes por Bella. Mi hermana y Samu le han dicho que, si hoy se pierde o pierde a Giuliano, puede olvidarse de montar a caballo en toda la semana. Es lo único que hace que se centre.

—¿Vas a llevarme de la mano?

El cambio de tema me sorprende, pero tiene razón. La he tomado de la mano y no es porque haya alguien mirándonos; ni siquiera sus padres, que ya han entrado en casa. Encojo los hombros y la miro a los ojos.

—Si vamos a fingir delante de mi madre, tenemos que hacerlo bien. ¿Supone un problema?

Tarda un segundo en responder. Un segundo es suficiente para darme cuenta de que me tensa muchísimo la idea de que sí le suponga un problema.

Quiero tocarla, joder. No sé ni por qué, ni me lo quiero plantear ahora mismo, pero quiero tocar alguna parte de ella y que no le resulte incómodo o violento.

—Está bien. He sido una pésima actriz, pero actriz, al fin y al cabo. Puedo fingir que me gusta darte la mano.

—Gracias, supongo —murmuro en tono seco.

Ella se ríe y entrelaza mis dedos con los suyos.

Está fingiendo, ella misma me lo ha dicho, así que más le vale a mi cerebro no confundirse.

Aun así, cuando entramos en el jardín y mi madre grita de ilusión al vernos, Giulia me aprieta la mano por inercia y me cuesta un mundo recordar que todo esto es de mentira.

Que no necesita que la tranquilice como si fuera mi novia de verdad.

—Ay, cariño, ¡qué ilusión me hace tenerte aquí y así! —exclama mi madre acercándose para abrazar a Giulia y con los ojos fijos en nuestros dedos sin ningún disimulo—. Eres un regalo del cielo.

—Joder, mamá, ni que yo fuera un caso perdido —le digo mientras ella se ríe y prácticamente arrastra a Giulia a través del césped, separándola de mí y llevándola hacia mi padre.

—Mira, Rafa, ¡mira quién está aquí!

—No la pasees como si fuera un caballo de competición, ¿quieres? —le digo.

Giulia se ríe de buena gana, encantada de llevarse tantas atenciones, y cuando mi padre abre los brazos, ella lo rodea con los suyos sin un ápice de vergüenza.

Es extrovertida y dicharachera, y se ha ganado a Rafael Lobo con tanta facilidad que es un poco vergonzoso, porque mi padre tiene fama de hosco y serio, como yo.

—Tengo un caballo nuevo y precioso que no pienso enseñarte, por si me lo robas.

—Ay, Rafa, qué malo eres. Ya te he dicho que me estoy reformando y no pienso robarte más caballos. —Después suelta una risita y me busca con la mirada antes de guiñarme un ojo—. De robarte a tu hijo, en cambio, no he prometido nada...

Mi padre suelta una carcajada enorme, como si Giulia fuera la cómica más graciosa del mundo. Yo pongo los ojos en blanco, me acerco y tiro de su mano otra vez.

—Esta chica es tremenda. Me gusta, hijo; me gusta mucho. No la cagues, ¿vale?

—Joder, papá, gracias por la confianza.

—De nada.

—Vamos a por algo de beber. Me muero de sed.

Giulia se deja guiar, pero en cuanto nos separamos un poco de su familia, se para en seco y me mira mal.

—Oye, tienes que ser más amable con tus padres. Son encantadores y se nota que te quieren mucho.

—Soy amable.

—Venga, hombre, por favor. He visto a asesinos más simpáticos.

—Ah, ¿sí? ¿Dónde?

—En los programas y documentales de asesinatos a los que soy medio adicta.

—No sé por qué, pero te pega muchísimo.

—Gracias. —Sonríe como si le hubiera dicho que es la mujer más perfecta del mundo—.

Y ahora, por favor, sácate el palo del culo y finge que estás encantado de tenerme como novia.

Soy un gran partido y, si no me tratas como tal, voy a replantearme este trato, porque yo ahora podría estar con Rubén, que de cada tres frases que dice, una es para piropearme.

—Eso es porque es un arrastrado que se piensa que haciéndote la pelota conseguirá quitarte la ropa.

—Pues de no ser por esta fanfarronada en la que te estoy ayudando porque soy una bellísima persona, quizás le estaría funcionando, así que plantéatelo así: ¿qué ayuda más a desnudar a una chica, ser un imbécil o ser encantador?

—Es que yo no quiero desnudarte.

—¡Ja! Sigue mintiendo.

—No estoy mintiendo.

—Por supuesto que sí. ¿Tú me has visto bien?

Joder, claro que sí. Se ha empeñado en ducharse y cambiarse de ropa para la comida, así que lleva un vestidito blanco a medio muslo con un vuelo que me hace pensar todo el rato que, si se levanta aire, por mínimo que sea, se le verá todo.

Se ha puesto botines marrones de tacón y una cadenita al cuello que me hace mirar más de lo que debo.

Y los labios... Esos malditos labios rojos.

—No es un gran atuendo para una comida en el campo.

—¿Perdona? Pero ¿cómo eres tan idiota? ¿Acaso te entrenas?

—¿Problemas en el paraíso?

Los dos nos sobresaltamos cuando Abigail se acerca con una sonrisa socarrona. Es la única que sabe que todo esto es un paripé, pero si sigo provocando a Giulia, solo voy a conseguir que me insulte delante de mi familia y necesito que se muestre enamorada, no cabreada.

—Ninguno —murmuro.

—Tu hermano es un imbécil y antes enamoraría a una piedra que a mí, porque lo más bonito que me ha dicho desde que nos conocemos es... es... ¡Ni siquiera puedo recordar una sola cosa!

Frunzo el ceño. Eso no es verdad. Le he dicho en varias ocasiones que lo está haciendo bien con Giuliano.

Y que tiene buen corazón. Y que es guapa, aunque eso casi tuvo que obligarme a confesarlo y.

.., bueno, puede que ahora mismo no recuerde nada más, pero no soy tan capullo como me está haciendo ver. .., ¿no?

—León...

Me siento como un niño al que riñen, y no me gusta. No me gusta nada, principalmente porque intuyo que mi hermana tiene motivos para hablarme así.

—Estás increíble, ¿vale? No sé qué tipo de vestido es ese, pero te queda de muerte y esa cadena es muy bonita. ¿Contenta?

Giulia me mira mal, niega con la cabeza, da media vuelta y se va, así, sin más. Se dirige hacia mi madre, le pregunta si puede ayudarla en algo con la comida y me ignora de un modo que me duele más de lo que reconoceré nunca.

—En serio, hermano, así no vas a ganártela.

—No quiero ganármela —miento—. Lo único que yo quiero es que mamá me deje en paz. ¡Que todo el mundo me deje en paz!

Mi hermana procede a decirme lo único que podía hacer que la punzada que siento en el pecho se intensificara, como si ya tuviera el cuchillo clavado y ella se dedicara a retorcerlo:

—¿Sabes lo que me da más pena? Que no eres así. Yo te conozco, he visto cómo eras antes de que todo se fuera a la mierda y... y me mata pensar que, por estas barreras que te has empeñado en alzar, vas a quedarte solo.

—Lo de Giulia es una pantomima.

—La relación amorosa quizás, pero es una gran chica, León.

Podría ser una buena amiga. Alguien con quien reírte y pasarlo bien.

Podría... podría ser, simplemente, alguien digno de tu cariño.

Y la estás echando mucho antes de darle la oportunidad de que entre en ti y vea todas esas cosas buenas que nosotros sabemos que tienes.

—Mira, Abigail...

—La única razón por la que mamá, papá, Samu, Bella y yo te aguantamos es porque sabemos que, en realidad, todo esto no es más que una fachada.

Y por muy pesada que sea mamá, que lo es, en el fondo solo es una madre desesperada por demostrarse a ella misma y demostrarte a ti que no estás perdido.

Que hay mucho en ti que merece ser querido.

—No respondo, y ella suspira y mira a Giulia, que se ríe de algo que ha dicho mi madre—.

Esa chica... Ella no se asusta de tu carácter de mierda, pero se cansará.

En algún momento todo el mundo se cansa de intentar hacer que un muro se ablande.

Se va y trago saliva, porque la punzada de dolor que me ha atravesado hace un momento no es nada en comparación con esta piedra que siento por dentro ahora. Como si un trozo inmenso de mármol intentara hundirme y atragantarme al mismo tiempo.

Parece que, al final, de tanto fingir que soy un ogro, he conseguido convertirme en uno.