31. Giulia
Giulia
Estoy nerviosa.
Qué tontería, ¿no? Estoy nerviosa porque le estoy enseñando un sótano a León cuando, en realidad, no debería importarme lo que él piense.
Pero me importa. La verdad es que no quiero que lo vea y crea que es un despropósito intentar limpiarlo o ponerlo en orden.
Ni siquiera yo tengo muy claro qué pretendo, pero sé que no quiero que todo esté lleno de polvo y.
.. muerto. Inerte. Necesito que este sitio cobre vida, aunque no sepa muy bien con qué fin.
—¿Y bien? ¿Qué te parece mi tesoro recién descubierto?
León no responde de inmediato. Elige pasearse por la estancia poniéndome los pelos de punta y pasando las yemas de los dedos por algunos botes o ramilletes de flores colgadas.
Cuando por fin se cansa de inspeccionarlo todo tal vez han pasado dos minutos, pero mis nervios lo han sentido como una eternidad.
—Siempre oí hablar de este sitio, pero no lo imaginaba así.
—Ah, ¿no?
—No. Es... —Se queda pensativo un instante, como si intentara dar con las palabras exactas—. Tiene potencial. Y también tiene historia propia, según me dijeron. Aquí es donde tus bisabuelos trabajaban la lavanda.
—Sí, lo sé.
Le hablo de todo. Los campos de lavanda, el modo en que mi abuelo ayudó a su familia, pese a haberse marchado a Italia por amor, y el hecho de que la empresa no llegó a hacerse conocida mundialmente, ni siquiera a nivel nacional, pero sí fue muy querida en Valdelila y alrededores.
Aunque esa parte León ya la sabe, claro.
Y también le cuento cómo mi padre devolvió los campos a la vida para Giuliano, aunque yo me acabe de enterar.
—Los hombres que ha contratado, por lo visto, también son trabajadores de la Finca Lobo. Mi padre me dijo que son los mejores de la zona manteniendo jardines y campos —le explico.
—¿En serio? No tenía ni idea. —Antes de que pueda responderle, continúa—: ¿Sabes?
Mi madre solía usar un ungüento hecho por tus bisabuelos.
Yo era muy pequeño y ellos ya eran muy mayores, pero recuerdo que cada vez que nos raspábamos las rodillas mi madre venía corriendo con un aceite que compraba aquí y nos lo ponía.
El dolor se calmaba enseguida, aunque no sé si era más efecto placebo que otra cosa.
No han sido pocas las veces que ha dicho que echa de menos los productos que salían de Casa Lavanda.
León me lo cuenta como si nada, sin ser consciente del montón de emociones que están despertando y luchando dentro de mí.
—¿De verdad? —le digo cuando me recompongo—. ¿Crees que ella me ayudará a hacer una lista de lo que se producía y vendía?
—Supongo, pero aquí debe de haber registros de todo, aunque sea escritos a mano.
—Sí, cierto.
—Y tu padre seguro que lo sabe.
—Mmm —respondo pensativa.
—En cualquier caso, la pregunta es: ¿para qué los quieres? ¿Quieres reabrir el negocio?
¿Quiero hacer eso? Dios mío, ni siquiera lo había pensado. Por absurdo que parezca, desde hace dos días prácticamente vivo encerrada aquí, y no sé decir con qué fin más allá de aliviar la tristeza que me produce ver este sótano lleno de telarañas y polvo.
Y lo bien que me hace sentir saber que volverá a estar limpio, reluciente y productivo, aunque solo sea para hacer cosas para mí.
—No... no lo sé —admito. Miro a León y, solo porque parece realmente interesado en mi respuesta, decido ser del todo honesta—.
No sé muy bien lo que estoy haciendo. Supongo que yo.
.. solo... No lo sé. —Trago saliva, sintiéndome estúpida—.
Aparte de limpiar, no tengo ni idea de cuál es el siguiente paso.
—Yo sí.
—¿Sí?
—Cenar. El siguiente paso es cenar, porque no he ido hasta la ciudad a por el mejor sushi de la zona para nada, así que vamos a sentarnos, comernos todo esto y pensar en lo que quieres hacer con este sitio.
—Lo miro con la boca abierta, un poco fascinada por lo fácil que hace parecer esto.
Como si el caos existente en mi mente no fuera un impedimento para nada—. ¿Qué? —pregunta frunciendo el ceño.
—Nada. Es que... cuando se te olvida lo de gruñir y tal, eres bastante majo.
—Lo sé. —Me dedica una sonrisa tan amplia que algo dentro de mí late con violencia—. ¿Y bien? ¿Cenamos?
Así de sencillo. Nos hacemos sitio en un extremo de la mesa y limpiamos lo justo para sacar los platos de cartón y cenar mientras charlamos de todo lo que habría que hacer para restaurar este lugar.
Una hora después, León se ha ofrecido a revisar las vigas del techo y me ayuda a apilar los tarros por tamaños para subirlos mañana y poder fregarlos a conciencia.
He descubierto que no solo es bueno con las manos y organizando, sino que, cuando se encuentra en un entorno relajado, tiene una conversación fácil y agradable.
Es hasta gracioso. No entiendo cómo consigue ocultarlo tan bien y me genera mucha intriga pensar en sus motivos para mostrarse arisco y huraño con todo el mundo, pero una parte de mí, tonta e inmadura, está contenta de que conmigo consiga estar un poco más calmado.
Que se olvide, aunque sea por un rato, de que es el gruñón oficial del pueblo.
—Puedo venir por la mañana y te ayudo a fregar —me dice en un momento dado, cuando nos percatamos de que son muchísimos tarros.
En serio, muchísimos.
—Mmm. Vale, pero ese no será el favor que me debes.
—Pero será un favor.
—Bueno, cóbratelo con otra cosa. El favor que tú me debes por ayudarte a fingir que tenemos citas tiene que ser más significativo que lavar algunos cacharros.
Se queda un instante en silencio. Al principio creo que es porque piensa negarse, pero entonces asiente y, con el movimiento, le caen algunas ondas desordenadas en la frente.
Las ganas de pasar los dedos por ellas para retirarlas son tan fuertes que me aprieto las manos. No, Giulia. Niña mala. No se toca. No hay permiso para tocar.
—Ven mañana a la comida familiar.
—Perdón, ¿qué? —Intento concentrarme, porque la verdad es que sigo pensando en toquetear su frente y no creo que se lo tome muy bien si lo hago así, por las buenas.
—Yo paso la mañana subiendo cacharros y limpiando y tú me acompañas a la comida de mi familia. Mi madre estará encantada; a lo mejor así consigo que me deje tranquilo unos días más.
—Pero iba a pasar el día con Giuliano.
—Tráetelo. Y a tus padres. Ya has visto que se llevan de maravilla con mi familia.
—La última vez que comí en tu casa perdí al niño y, cuando lo encontré, tu sobrina intentaba usarlo como extremo de tirolina.
—Tengo la sensación de que hace un siglo de eso —dice desechando mis palabras con la mano—. ¿Y ahora? ¿Qué hacemos?
—¡Giulia! —La vocecita de Giuliano rebota por las escaleras antes de que su pequeño cuerpo aparezca trotando hacia abajo—. ¡Ya estoy aquí!
—¡Hola, Giu! No os he oído llegar.
—He comido lagrimitas de pollo y helado de chocolate. ¡Y nada de verdura!
Por primera vez desde que estamos juntos me dice algo así con una sonrisa, y no con remordimientos como si hubiera cometido una acción horrible e imperdonable.
No es que pretenda atiborrar al niño con comida basura, pero nadie se imagina las ganas que tenía de verlo disfrutar con cosas tan sencillas sin sobrepensarlo todo hasta el extremo.
—¡Ese es mi chico! Abriremos una cerveza para que la noche sea redonda.
—¡Tengo seis años! No puedo beber alcohol —dice riéndose—. Quiero ir a dormir. El abuelo dice que puede leerme un cuento, pero yo quiero que seas tú.
Me fascina la facilidad con la que ha aceptado a mis padres como abuelos casi tanto como el hecho de que, a la hora de dormir, no quiera estar con nadie salvo conmigo.
Sospecho que es porque piensa que, si se queda con alguien más, lo obligarán a dormir solo, sin música, ni cuento y a oscuras, como hacía Fiorella.
Le pregunté sobre eso a mi prima en una de sus escasas llamadas y solo dijo que así es como la enseñaron a ella, porque el carácter se tiene que forjar desde pequeño.
No estoy de acuerdo, por supuesto, pero decidí que, mientras ella no se encuentre aquí, yo estoy al mando.
Y cuando vuelva ya veré de qué forma consigo que respete los tiempos y las necesidades de Giuliano.
Si ella ha podido tomarse unos meses de excedencia maternal, el crío ha podido aprender ciertas cosas en su ausencia, y no tiene derecho a quitárselas.
Yo misma me encargaré de que así sea.
Miro a León, que observa al niño con ternura, como si se alegrara tanto como yo de verlo actuar así.
—Ve —me dice—. De todos modos se ha hecho tarde. Me voy a casa.
—Puedes venir a la habitación, si es que te gustan los cuentos raros —dice el pequeño.
—¡No son tan raros, Giu! —me quejo.
—Lo son. Anoche me contaste uno de un dragón que, en vez de fuego, escupía pompas de jabón.
—Era un dragón divertidísimo —contesto ofendida. Oigo una carcajada ahogada a mi lado y fulmino a León con la mirada—. Mal momento para ser Don Risitas.
Solo consigo que intensifique más la sonrisa mientras se cruza de brazos y separa las piernas a la altura de las caderas. Joder, las cosas serían más sencillas si no fuera tan alto. Ni tan guapo. Ni tan... tan... tan León.
—¿Sabes qué? No pensaba quedarme, pero ahora me intriga mucho ver de qué irá el cuento de hoy.
—¡Sí! —celebra Giuliano—. Vamos, te enseño nuestro cuarto.
León pasa por delante de mí sin mirarme siquiera.
Subimos las escaleras, doy las buenas noches a mis padres, que salen al jardín a hacer Dios sabe qué, y cuando llegamos a la habitación, dejo que el niño le enseñe cada rincón a León, luego le pongo el pijama y lo meto en la cama antes de sentarme a su lado.
León se queda apoyado en el marco de la puerta, por más que yo insista en que puede entrar y sentarse en el otro lado de la cama.
—Desde aquí vigilo que ningún dragón tragapompas entre.
—No es tragapompas —lo corrige Giuliano—. Es escupepompas.
—Perdón. No me volveré a equivocar —asegura León con una solemnidad que me hace reír.
—Está bien. El cuento de hoy irá sobre... una tostada que quería volar.
La risa de Giuliano es tan alta que se me contagia, pero eso no me detiene en mi intento de crear una historia que empieza siendo un despropósito y acaba siendo tan aburrida como para que el niño cierre los ojos poco a poco, vencido por el sueño.
Apenas tarda cinco minutos en dormirse y, cuando lo hace, le acaricio la mejilla y lo arropo antes de ponerme en pie y sonreírle a León.
—¿Qué te parece? ¿Soy o no soy la mejor cuentacuentos que has visto en tu vida?
—En realidad, como cuentacuentos eres bastante horrible, pero da igual, porque ese niño se ha dormido sonriendo y algo me dice que no pasa a menudo.
—Y eso me convierte en la mejor.
—Sí, principessa . Supongo que sí. —Niega con la cabeza, como si no pudiera creer que me haya dado la razón en algo, y sonríe mirando al suelo antes de mirarme a mí—.
Me largo. Mañana estaré aquí bien temprano así que mete el culo en la cama y descansa.
Tienes un día interesante por delante, entre fregar cacharros y aguantar a mi madre.
—Me muero de ganas.
León se ríe, como si lo hubiera dicho en broma.
No tiene ni idea de hasta qué punto he dicho eso totalmente en serio... y antes preferiría clavarme alfileres en los ojos que reconocerlo en voz alta, así que supongo que seguirá en la inopia el resto de nuestras vidas.
No diré eso y no preguntaré nunca, jamás, si de verdad le acabo de oír murmurar «Yo también» mientras se alejaba.