30. León
León
Lleva una camiseta inmensa que se desliza por uno de sus hombros; le está tan grande que me hace preguntarme si debajo hay pantalones cortos, porque le tapa hasta los muslos.
Es de hombre, está claro, y de pronto la idea de que sea de Rubén se me pasa por la cabeza y me arde en las entrañas de un modo que no debería.
—Dime una cosa —pregunta interrumpiendo mi línea de pensamiento—. ¿Sales así de casa a propósito o te pones lo primero que pillas?
—¿Perdón?
—Todo ese aire follable con la camisa a cuadros y... —Me señala y resopla—. Lo haces a conciencia, ¿verdad? Te vistes, te miras al espejo y no paras de pasarte las manos por el pelo hasta que sabes que estás lo bastante bueno como para que las chicas babeen a tu paso.
He estado con mujeres. Con muchas mujeres. No es algo de lo que me vanaglorie ni que vaya contando por ahí. Solo es un modo de decir que he conocido a mujeres tímidas y a otras más lanzadas, pero ninguna se ha acercado, ni remotamente, a tener una lengua tan suelta como la de Giulia.
—¿Alguna vez pones filtro a lo que dices? —quiero saber, al tiempo que enarco una ceja.
—¿Para qué? La gente con filtro es aburrida. —Me río entre dientes y ella clava un dedo en mi pecho—. Eh, no, no hagas eso. Ni lo sueñes.
—¿Qué?
—No te rías con ese sonido. Solo completas la fantasía.
Me río más alto, porque de verdad me hace gracia lo seria que está.
—Mejor respóndeme una cosa: ¿esa camiseta es de Rubén?
—¿Por qué iba a ser de Rubén? —pregunta frunciendo el ceño.
—Es evidente que no es tuya. Te queda enorme y te cuelga de todas partes al mismo tiempo.
—Oye, te acabo de decir que eres el sueño húmedo de las mujeres del mundo, ¿y esa es tu forma de devolverme el piropo?
—No he dicho que estés fea.
—Ah, ¿no?
—No.
—¿Estoy guapa?
Resoplo, incómodo, y cambio el peso de mi cuerpo de un pie a otro.
—¿Estás buscando cumplidos gratis?
—Por supuesto.
Sonrío y hago amago de entrar. Como no se aparta, coloco una de las manos en su costado y la hago a un lado con suavidad. Mala idea, porque tocarla es..., me hace pensar... Joder, me hace pensar en cosas del todo inapropiadas.
—Eres guapa. Tú lo sabes y yo también. Siguiente tema: traigo la cena.
—Qué romántico. Me ocuparé de contarle a tu madre que no dejas de decir cosas bonitas.
Me guardo para mí que, si fuera sincero, podría decirle que me encanta el modo en que se ha recogido el pelo en un moño desordenado que deja caer mechones sueltos.
Y me encantan sus piernas torneadas y fuertes, que me hacen pensar que se ejercita mucho más de lo que admite.
Que su culo, aunque ahora esté tapado con esa camiseta gigante, tiene un imán que me obliga a mirarlo constantemente.
Que imagino que su cuello sabe a algo dulce si pasas la lengua por él.
Y que esa boca..., joder, si fuera sincero, admitiría que he hecho cosas del todo indecentes en la ducha pensando en esa boca.
Pero no soy sincero, ni estoy dispuesto a abrirme tanto como para que tenga algo que usar en mi contra, así que me limito a guiñarle un ojo y alzar la bolsa que llevo en una mano.
— Sushi del mejor restaurante de la ciudad según Google. ¿Cenamos?
—Sí, vale. Pero primero tengo que despedir a Giuliano y a mis padres, que están a punto de salir. Luego cenamos y más tarde te enseñaré algo.
—Estoy realmente intrigado con lo que sea que tienes que enseñarme.
El tono me sale mucho más sugerente de lo que pretendía. Quizás porque en mi cerebro procuro poner unos límites que mi boca y el resto de mi cuerpo están negándose a aceptar, pero ella reacciona riéndose y mirándome de arriba abajo.
—No te emociones. No es nada que vaya a acabar contigo disfrutando del modo en que te gustaría.
Quiero replicarle algo ingenioso, pero sus padres aparecen en el recibidor con Giuliano enfurruñado.
—¿Por qué no puedo quedarme contigo? —le pregunta a Giulia.
Esta sonríe y se agacha para estar a su altura. Abre los brazos y el niño se refugia en ellos de inmediato. La forma en que esos dos han conectado todavía me deja fascinado.
—Porque los abuelos quieren llevarte a cenar y disfrutar un rato contigo a solas. Y yo tengo que enseñarle nuestra guarida a León.
—Yo también puedo enseñársela.
—Sí, es verdad, pero un pajarito me ha dicho que van a darte helado de postre.
—El helado tiene mucho azúcar. El azúcar...
—No es bueno, lo sé, pero es sábado, Giu. ¡Lánzate a vivir una aventura! Y cuando vuelvas, estaré aquí esperándote. Prometido.
El niño no parece muy convencido, pero Giulia lo persuade y yo no digo nada porque necesito que vaya a cenar con Mariella y Luca para que mañana todo Valdelila comente que estuvieron en el pueblo y mi madre entienda que estuve aquí a solas con Giulia y que, por lo tanto, sí que cuenta como cita.
Dios, en algún momento debería ponerle límites a esa mujer, porque sueno patético incluso en mis pensamientos.
—No te preocupes, principessa . ¡Lo pasaremos en grande!
Giulia sonríe a su padre, lo besa y abraza y luego hace lo mismo con su madre y con el niño antes de dejarlos ir a los tres. Cuando la puerta se cierra, elevo una ceja y la miro con sorna.
— ¿Principessa?
—Así es como me llaman. ¿Tienes algún problema?
—Sí, que si hablamos de un cuento, tú te pareces más a la villana que a la principessa .
—Si pretendías que fuera un insulto, no te ha salido bien.
—Oh, no pretendía que fuera un insulto. Las villanas suelen estar más buenas que las princesas, en realidad.
Giulia me mira sorprendida antes de dejar ir una carcajada y dirigirse hacia el interior de la casa mientras yo la sigo como un tonto.
—Te tengo loquito, ¿eh?
—Ya quisieras, principessa .
Ella vuelve a reírse y me alegra un montón que vaya delante y no pueda ver que voy detrás, imitando su sonrisa.
Me guía hacia una puerta que lleva a unas escaleras y me paro en seco.
—¿Piensas bajarme al sótano para acabar conmigo?
—Ya quisieras, gatito —dice repitiendo mis palabras antes de tirar de mi mano—. Vamos.
Estoy a punto de replicar algo, pero me invade un olor extraño.
Bajo con ella los escalones y, al llegar al último, me encuentro con un sótano repleto de estanterías, con mesas alargadas y jarrones disparejos por todas partes.
Hay lavanda seca colgada de las vigas de madera del techo y huele a pino y productos de limpieza.
Hay tragaluces en la parte alta de las paredes que dejan entrar la tenue luz del jardín, aunque un par de lámparas se encargan de alumbrar la estancia.
Me acerco a una de las mesas y pongo la cena en la madera mientras observo los frascos pequeños, medianos y grandes desperdigados aquí y allá.
Cajas llenas de flores de lavanda se esparcen por toda la mesa.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que he oído hablar de este sitio antes, a mis padres sobre todo.
Es el antiguo taller de Casa Lavanda. Se encuentra a medio ordenar, hay flores en cada rincón y algunas deberían estar en la basura a juzgar por su aspecto, pero de algún modo consiguen que el ambiente permanezca cargado de nostalgia y algo difícil de describir.
Algo que se complementa con la sonrisa ansiosa que Giulia me está dedicando en estos instantes.
—¿Y bien? ¿Qué te parece mi tesoro recién descubierto?