Giulia, el amor y un puñado de lavanda 29. Giulia
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29. Giulia

Giulia

Mi semana empezó por todo lo alto con el cumpleaños de Giu, pero cayó en picado al día siguiente, cuando mi agente me llamó para decirme que está haciendo limpieza de contratos y que, teniendo en cuenta que yo solo he conseguido hacer un anuncio y no parezco interesada en dedicarle mi vida a la actuación, lo mejor es que separemos nuestros caminos.

No es que sienta una tristeza excesiva por perder a mi agente.

Entiendo que ella es la primera interesada en trabajar y que yo no he sido todo lo colaboradora que se podría haber esperado.

En realidad, hace mucho que admití, al menos internamente, que lo de mudarme a Estados Unidos y pasarme un par de años convenciéndome de que mi sueño era ser actriz fue un intento más de sentirme realizada haciendo algo, lo que fuera.

No pretendo fingir que mi vida ha sido dura, porque no es cierto. He tenido unos padres que me han querido, he ido a buenos colegios, he hecho las extraescolares que me ha dado la gana, he tenido amigos, amores y desengaños como todo el mundo, pero en términos generales he sido muy afortunada.

Sin embargo, no tardé mucho en crecer y darme cuenta de que no conseguía encontrar nada que me llenara.

Al principio quise culpar a mis padres por dármelo todo, porque supuse que el hecho de contar con una cartera que jamás se quedaba sin fondos había provocado que, al no tener necesidades de ningún tipo, nada me motivara a trabajar y a encontrar algo que se me diera muy bien.

Luego comencé a pensar que tal vez la culpa no fuera de ellos, sino mía.

A lo mejor... a lo mejor es que no sirvo para nada concreto, sencillamente.

Y así he transitado los últimos años, creyendo que estaba destinada a vivir notando ese vacío constante en el pecho y no quejarme, porque no me sentía con derecho a hacerlo.

Hasta que empecé a relajarme con Giuliano y me di cuenta de que, en realidad, cuando estoy con él no noto ningún vacío.

Cuando estoy con ese niño el ruido de mi cabeza se apaga y solo queda lo bueno.

A su lado siento que sí estoy haciendo algo de valor.

Algo que merece la pena, mi tiempo y mi esfuerzo.

Y a raíz de esa revelación me pregunté, hace dos noches, si hubo algún otro momento de mi vida en que me sintiera así.

Estaba en el porche tomando una cerveza a escondidas y no me llevó más de dos minutos recordar que sí lo había y que, además, estaba justo aquí: cuando cometía algún acto vandálico en Valdelila, mis padres intentaban castigarme sin salir, pero mis abuelos, en vez de ponerse de su parte, aprovechaban para llevarme a los campos de lavanda y explicarme todo lo que se puede hacer con unas flores que a priori solo necesitan agua y sol, y que a cambio dan un sinfín de cosas maravillosas.

En esos momentos yo era feliz de verdad, y me imaginaba a mí misma de mayor, cuidando de esos campos y manteniendo vivo el espíritu de Casa Lavanda.

Así que la otra noche comprobé que Giuliano dormía plácidamente y bajé al sótano de la casa, donde mis bisabuelos tenían el taller en el que secaban, trituraban y moldeaban la lavanda para convertirla en pequeñas flores secas para infusionar, en aceites o en ramilletes secos que luego vendían a la gente del pueblo.

He escuchado la historia montones de veces: en aquellos tiempos, Casa Lavanda se mantenía, sobre todo, de las excursiones a los campos de lavanda y la venta de esta a las floristerías de los pueblos colindantes.

Era un negocio próspero, pero nunca llegó a crecer demasiado, en parte debido a que, con la muerte de mis bisabuelos, mis abuelos se dedicaron a mantener los campos solo para los pocos grupos de turistas que querían visitarlos.

Lo que vino después no necesito que nadie me lo cuente: mis abuelos murieron, Casa Lavanda se cerró y todo se echó a perder.

.. hasta que Fiorella se instaló aquí y decidió revivir los campos.

Lo cual, como ya he dicho en otras ocasiones, no me encajaba en absoluto con mi prima.

Sobre todo en vista de los últimos acontecimientos.

Y en esos pensamientos andaba sumida cuando mi padre bajó al taller y me pilló investigando las polvorientas mesas y estanterías.

Le pregunté cómo podía ser que alguien como Fiorella se hubiera encargado de repoblar los campos de lavanda, porque no le pegaba nada, y mi padre me confesó que no fue Fiorella, sino él.

Resulta que, cuando mi prima vino aquí a vivir, adolescente y embarazada, mi padre decidió contratar a un par de señores que pasan por aquí periódicamente y se encargan de que los campos florezcan y estén cuidados.

«Ya no hay excursiones ni ningún uso para las lavandas —me dijo mi padre—. Pero me pareció que el pequeño Giuliano merecía crecer con las mismas vistas que vimos nosotros cada verano».

Me emocioné y, por segunda vez desde que volví aquí, quise llorar, pero esta vez no de tristeza y rabia, como hice cuando Martina me trató mal, sino para bien, porque mi padre.

.. mi padre puede estar un poco colgado, pero en el fondo no es más que un buenazo que, pese al dolor por la muerte de sus propios padres, intenta recrear recuerdos bonitos para Giuliano, aun cuando el niño casi no lo conocía hasta hacía un par de semanas.

En fin, todo eso sucedió hace solo dos noches, y ayer me pasé la mañana abriendo ventanas y limpiando polvo en el sótano con la ayuda de mis padres, mientras Giu estaba en el cole.

Por la tarde lo bajé conmigo, le hablé de todo lo que se podía hacer allí y no sé si me entendió, pero cuando le pedí ayuda para seguir organizando, se prestó encantado.

Ese fue, en parte, el motivo por el que no respondí a León.

Estaba ocupada, sí, pero también es cierto lo que le he dicho: no puede darme órdenes y esperar que las cumpla sin más.

Quizás, solo por eso, yo tuviera la idea de pedirle a Rubén que entrenara conmigo.

Aunque eso se va a terminar antes de haber empezado, en primer lugar porque León se ha ofrecido a entrenarme, pero también porque Rubén parece de verdad entusiasmado con volver a tener algo conmigo y, aunque lo valoré como una posibilidad cuando llegué aquí, las cosas han cambiado.

Ahora estoy fingiendo tener citas con León y, si bien es cierto que no me considero una persona especialmente bondadosa, tampoco soy una capulla integral. No voy a dejarle colgado así como así.

Si he accedido a seguir fingiendo las citas es, en parte, porque me resulta divertido que su madre esté tan desesperada como para organizarle la vida, y en gran medida porque la otra opción es Martina y no quiero que León salga con una mujer como ella.

No son celos. Es, simplemente, que ella sí es una capulla integral, aunque vaya de mosquita muerta.

Y después de la que me intentó liar con el cumpleaños de Giu, creo que me merezco disfrutar un poco de esta pequeña venganza.

Además, así León está en deuda conmigo, y eso siempre es un plus.

En cualquier caso, coquetear con Rubén ya no es una opción, al menos de momento. Entrenar con León sí lo es. Que me traiga sushi también. Y si de paso lo lío para que me ayude a reorganizar las estanterías más pesadas y saco rendimiento a sus muchos músculos, mejor.

No negaré que, en medio de todo eso, está la idea de ver cómo se mueve su cuerpazo por el sótano de casa. Porque puede que yo no esté interesada en tener nada serio con nadie, pero mentiría si no admitiera que León es, con mucha diferencia, el tipo más guapo de todo Valdelila.

Y cuando se planta en casa vestido con zapatillas negras, un pantalón cargo negro, una camiseta verde oscura y una camisa de cuadros abierta, comienzo a plantearme si no será el tipo más guapo de todo el maldito mundo.