Giulia, el amor y un puñado de lavanda 28. León
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28. León

León

El sábado por la mañana estoy en el entrenamiento viendo cómo mi sobrina bota su pelota rosa. Ha sido una buena compra, al final, porque al menos ahora se digna a entrenar y obedecer... casi siempre.

Giuliano aún no ha llegado y eso me tiene de los nervios, porque anoche le mandé un mensaje a Giulia diciéndole que hoy tenemos que fingir una cita.

Desde el cumple del niño, el martes, mi madre está en modo CSI .

Pasa cada mañana por casa, por más que me enfade, para preguntarme si voy a salir con Giulia.

Ayer, viendo que era viernes y mi plan de noche consistía en ver partidos de reposición de baloncesto con Bambi a mi lado, se puso como loca, otra vez, y amenazó con llamar a Martina si no tenía una cita con Giulia antes de acabar la semana.

A mí me gusta pensar que soy un tío de treinta años al que nadie puede vapulear, porque admitir que una señora de un metro sesenta me mangonea me hiere el orgullo, pero la realidad es la que es. No me apetece una mierda que mi madre hable con Martina, y es muy capaz de hacerlo.

El caso es que mis opciones eran hacer las maletas y largarme de Valdelila o entrar por el aro y mandarle un mensaje a Giulia. Teniendo en cuenta que me gusta mi pueblo y quiero a mi familia, aunque a veces no lo merezcan, me decidí por lo último.

No me ha contestado.

Nada. No ha dicho ni una palabra y eso que leerlo, lo ha leído.

Maldita la hora en la que WhatsApp decidió jugar con la ansiedad de la gente informando de cuándo leen o no los mensajes los demás, pero ella lo leyó anoche mismo y.

.. nada. Solo silencio. Así que estoy deseando que aparezca para decirle que a mí no puede ignorarme por las buenas.

El problema es que, cuando viene, viste ropa deportiva.

Nada del otro mundo. Un legging ceñido que le hace un culo de infarto y un sujetador deportivo.

No debería comérmela con los ojos como un salido, pero es que hay algo en ella.

.., es que es..., joder, es que es preciosa, pese a que gran parte del tiempo no la soporte.

Aunque ya ni siquiera sé si eso es cierto del todo.

Sí, sigue sacándome de quicio a menudo, como hoy, pero tengo que reconocer, al menos para mí mismo, que Giulia no es en absoluto lo que yo pensaba.

De hecho, está demostrando ser todo lo contrario, y el otro día en la fiesta de cumpleaños terminó de confirmarse mi mayor miedo: lejos de ser una mujer egoísta y prepotente, Giulia tiene un corazón inmenso que ahora mismo está volcado en el bienestar de ese niño.

Y si es mi mayor miedo es porque, si su aspecto ya era letal, su personalidad está resultando serlo aún más.

Es un peligro, pues ya me he descubierto a mí mismo haciendo alguna tontería, como por ejemplo comprarle un pintalabios que ya tiene para luego trepar hasta su balcón y dárselo en mitad de la noche. De verdad, ¿en qué estaba pensando?

Si soy sincero, sé bien por qué lo hice: saber lo que había hecho Martina e imaginar a Giulia al borde de las lágrimas me hizo buscar, a la desesperada, algo para intentar animarla de algún modo.

Una barra de labios, como si no tuviera ya un millón.

Menudo idiota estoy hecho. Gruño para mis adentros mientras la veo acercarse.

Lleva una coleta algo despeinada que solo hace que sus ondas se vean más bonitas, y tanto ella como su culazo y su boca roja se dirigen hacia mí con una sonrisa que no me gusta nada.

—Buenos días, gatito.

—En serio, tienes que dejar de llamarme así —murmuro antes de mirar al niño—. Hola, Giuliano. ¿Listo para entrenar?

El pequeño asiente, abraza las piernas de Giulia y se va corriendo con sus compañeros.

Es increíble lo mucho que está cambiando en tan poco tiempo.

Antes hubiera sido impensable que llegase trotando hasta sus amigos y se incorporara a la conversación como si nada, pero eso es justo lo que hace ahora.

—Hablemos de tu mensaje de anoche —dice Giulia sacándome de mis pensamientos.

—Sí, hablemos, porque no me gusta que me dejen en visto.

—Y a mí no me gusta que me den órdenes.

—No era una orden —mascullo.

—Ah, ¿no? Veamos. —Saca el móvil de un bolsillo que tiene el pantalón en el muslo, lo desbloquea y, unos segundos después, lee—: «Mañana vamos al cine. A las nueve».

—Es una petición.

—Es una orden y tú a mí no me mandas.

—Oye, tengo a mi madre respirándome en la nuca —confieso—. Y quedamos en que me debías otra cita.

—Sí, pero me gusta que me pidan las cosas bien. Así que, adelante, pídelo por favor.

Tengo muchas muchas ganas de decirle algo borde para quedar por encima, pero soy muy consciente de que llevo las de perder, así que aprieto los dientes un segundo y luego me obligo a relajarlos y responder.

—Por favor, Giulia, ¿quieres venir al cine conmigo?

—No. —Gruño una palabrota, pero solo sirve para que se ría —. Pero puedes venir a casa. Quiero enseñarte algo. —Elevo una ceja y se ríe más alto—. Ya quisieras.

—No sabes lo que iba a decir.

—No ha hecho falta, lo he visto en tus ojos. —Estoy a punto de decirle que no ha podido ver nada, pero me ignora y sigue hablando—. En serio, he encontrado algo y quiero enseñártelo. Dile a tu madre que es una cena romántica.

—No va a colar si están tus padres y Giuliano en casa.

—Les diré que lleven a Giu a cenar al bar del pueblo. La gente los verá, comentarán que yo no estaba y tu madre se enterará. No te preocupes, cielo. Tu progenitora pensará que te estoy haciendo alguna cerdada aprovechando que estamos solos en casa.

—Espero de todo corazón que mi madre no piense en mí en esos términos —respondo, porque la otra opción es imaginar todas las cerdadas que Giulia podría hacerme. Y estoy vestido con ropa de deporte. Nada aconsejable para según qué problemas o reacciones físicas.

—Ah, y trae la cena. Así no perderemos tiempo.

—Me estás causando intriga y miedo a la vez.

—Bah, no es para tanto. Y ahora me voy, porque he decidido ponerme fuerte y empezar a entrenar. De momento, voy a correr tres kilómetros. Cuatro, si me siento bien.

—Guau. Cuidado, no vayas a herniarte y...

—Cuidado tú con lo que dices, gatito. Que no se te olvide quién tiene a quién pillado por los huevos.

—Eso es porque tú no tienes huevos.

Se ríe y no puedo evitar sonreír de vuelta.

Me gusta oírla reír y saber que, para variar, he sido yo quien lo ha provocado, porque da igual lo que piense la gente: la realidad es que no me encanta ser el tío que siempre está enfadado, pero creo que, en el fondo, llevo tanto tiempo comportándome así que ya no sé cómo volver a ser el de antes.

Y lo cierto es que las palabras de mi padre me escocieron el otro día.

..; esa maldita comparación con el imbécil de Rubén.

Tan patético como suena.

—En fin, te dejo, que Rubén me está esperando.

—Espera, ¿qué? —pregunto, ignorando mis pensamientos y centrándome en ella de nuevo. No puede ser; ese tío está hasta en la sopa.

—Rubén va a venir a correr conmigo.

—¿Y eso por qué?

—Porque se ha ofrecido a entrenarme. —La miro tan mal que incluso ella encoge los hombros—. ¿Qué pasa?

—Debemos tener una charla acerca de esto.

—¿De que Rubén me entrene?

—¡No! De que flirtee contigo. Eso se tiene que acabar. En serio. Si vas a ayudarme con esta pantomima de fingir una relación para que mi madre me deje tranquilo, no puedes salir con él. No pienso ser el cornudo del pueblo.

—¿Te das cuenta de que, para lo borde que eres, te pasas la vida pidiéndome favores?

Sí, claro que me doy cuenta. En realidad, por muy chulo que me ponga, por dentro vivo rezando para que ella no ignore nuestro trato, porque podría hacerlo y entonces el único que acabaría jodido sería yo.

—Tienes razón. Te juro que te devolveré el favor cuando lo necesites.

—Eso dices siempre, sí, pero no sé yo... ¿Hasta cuándo se supone que tengo que fingir tener citas contigo?

—No tanto como crees. —Ella me mira dubitativa y resoplo, más agobiado de lo que quiero admitir porque, en realidad, no tengo ni idea de hasta cuándo voy a necesitar su ayuda—. No salgas con Rubén, joder. Me hará quedar mal.

—Pero no voy a salir en una cita. Se ha ofrecido a entrenarme.

—Entrena conmigo.

—No sé yo... Ni siquiera he visto tu técnica.

La miro con la boca abierta. Tiene que ser una broma.

—Giulia, soy exjugador de la NBA. ¿De verdad vas a poner en duda mi técnica? —Sonríe y se pasa la lengua por los labios de un modo que, en otro instante, podría acelerarme—. Te entrenaré tanto como quieras si a cambio me ayudas a seguir fingiendo de cara a mi madre.

—Mmm. Bueno, vale, pero ese no es el favor que me debes. Todavía estás por debajo de mí y podré pedirte algo, lo que yo quiera, en cualquier momento.

—Siempre que no me haga terminar en la cárcel o muerto, de acuerdo.

—Vale. Ahora voy a ir a correr con Rubén porque ya se lo he prometido, pero seré muy amigable y nada coqueta. ¿Contento?

Asiento, pero lo que de verdad me gustaría es que se niegue a salir con él.

Aun así, supongo que eso sería demasiado, sobre todo si tenemos en cuenta que, por más que yo no quiera pensar en ello, lo cierto es que Giulia se está portando increíblemente bien conmigo.

Tanto que, en realidad, podría intentar bajar la guardia un poco y ser algo más amable.

Quiero decir, no voy a morirme por ser un poco más simpático con ella, ¿no?

—Llevaré la cena —mascullo—. ¿Qué te gusta?

—El sushi .

—Pero en Valdelila solo hay dos bares y ninguno tiene sushi .

Ella tuerce un poco la cabeza, como si estuviera estudiándome atentamente, y observo cómo en su precioso y malvado rostro se abre una lenta sonrisa que me deja muy claro que va a soltar una de las suyas.

—Supongo que eso significa que ya tienes excusa para ponerte guapo y dar un paseo por la ciudad. —Me guiña un ojo y me palmea el pecho con suavidad antes de dar un paso atrás—. A las nueve en casa.

Se gira, trota hasta la salida y consigue que mis ojos se mantengan fijos en su cuerpo hasta que desaparece de mi vista.

Me reincorporo al entrenamiento mientras pienso en un buen restaurante de sushi en la ciudad... y en la forma de ser lo bastante amable esta noche como para que Giulia no quiera romper este trato todavía.