Fiorella
Permiso denegado.
Claro que me lo han denegado. ¿Por qué iban a darme permiso para salir un solo día de esta prisión de oro? Ni aunque ese día sea mi cumpleaños.
Tumbada en la cama de mi habitación privada, observo el techo en el que puse estrellitas fluorescentes hace un siglo. Por suerte, mis padres nunca entran en este cuarto. Cuando vienen a verme, nos reunimos en la sala de visitas.
Sí, como en una cárcel, solo que con sofás de cuero y mesas de la mejor madera tallada.
Solicité por escrito el permiso hace días. No quería nada elaborado. Salir a celebrar mi decimoquinto cumpleaños. No se cumplen quince todos los días, pero, al parecer, a esta gente le da igual. Y a mis padres, que son los que podrían haber intercedido por mí, aún más.
Me dejaron muy claro que no necesito salir para celebrar nada, puesto que hay una fiesta organizada en casa para el fin de semana. Fiesta a la que asistirá toda la familia.
Bufo con un poco de desprecio. De toda la familia, las únicas personas a las que quiero ver son Giulia, sus padres y nuestros abuelos, pero últimamente ni siquiera eso me anima, porque mi prima siempre tiene un montón de cosas interesantes que contar y mis abuelos siempre me miran con pena, como si fuera un bicho raro.
Salgo de mis pensamientos cuando recibo un mensaje. Se trata de Giulia y, aunque es por la tarde, es la primera en felicitarme de la familia.
Giulia: ¡Feliz cumple, primita! Los abuelos dicen que van a darte la condicional este finde, así que me lo he dejado libre para celebrar contigo. Y si nos controlan mucho ahora, nos guardamos una gran fiesta para el verano en Valdelila.
Sonrío, pero solo hasta que adjunta una foto suya que supongo que será de ahora mismo. Está en una terraza con gafas de sol, poniendo morros para la foto. Está guapísima, pero no es eso lo que me da envidia, sino la plaza que se ve tras ella.
Me imagino que ha salido con amigas del instituto.
No las conozco, pero me habla de ellas cuando nos vemos.
Me cuenta que ya han empezado a salir por discotecas para menores de edad y que siempre se las apañan para probar cerveza a escondidas.
Yo no digo mucho, porque no tengo nada que contar y porque, en realidad, no sé qué podría aportar yo a esas conversaciones, pero la escucho y deseo en silencio poder tener su libertad.
Yo no quiero ser ella, porque Giulia es demasiado.
.. demasiado extrovertida y alocada. No quiero eso.
Pero quiero poder salir. Quiero pasear libremente, probar a entrar en alguna discoteca de menores y beber alcohol a escondidas, aunque no me guste.
Quiero conocer a chicos y poder hablar con ellos.
Este internado es solo de chicas y, a veces, siento que estoy viviendo en una realidad alternativa por completo.
A veces, incluso me pregunto cómo podré integrarme en la sociedad cuando este suplicio acabe. Porque ya falta menos para que acabe.
En tres años cumpliré dieciocho años y ese día... Ese día lo celebraré como nunca he celebrado nada. Saldré por ahí, disfrutaré al máximo y brindaré por la vida como corresponde, porque seré mayor de edad y tendré algo de dominio sobre mi propia existencia.
O eso, al menos, es lo que me gusta pensar.
Desde luego, es con lo que sueño despierta mientras miro las estrellas del techo de mi habitación. O mientras apunto en mi diario todos los destinos que visitaré cuando por fin pueda viajar y vivir sin pedir permiso.
En tres años mi vida será mejor.
En tres años, por fin, seré libre.