27. Giulia #2
En eso tiene razón, pero ni siquiera así va a convencerme de que me coloque. Puede que yo no sea la persona más responsable del mundo, pero esas cosas nunca me han ido demasiado. Aun así, beso la mejilla de mi padre y le palmeo el brazo con cariño.
—Gracias por portarte como todo un abuelito hoy. Te has ganado tu premio de esta noche, pero no hasta que Giu esté dormido.
—Prometido —dice él—. Ti amo.
— Ti amo —respondo sonriendo antes de dirigirme a la puerta, donde varias madres se despiden de mí con distintos grados de amabilidad.
Se nota mucho quién ha venido porque de verdad le apetecía y quién está aquí solo por cumplir, seguramente por las amenazas de Abi, por más que ella me diga que no ha hecho nada.
Aun así, agradezco a todas y cada una de ellas la asistencia y, con la ayuda de Giuliano, entregamos a todos los niños un detalle consistente en un silbato de dinosaurios y un rollo de pegatinas.
Lo siento por las buenas madres, pero me divierte imaginar a las que son unas cabronas con migraña y raspando pegatinas de las paredes.
León se va casi sin hablarme, porque así es como ha decidido comportarse desde nuestro encuentro con Rubén.
Imagino que está enfurruñado porque he puesto en peligro nuestra pantomima frente a su madre, pero no me importa.
Estoy demasiado cansada incluso para discutir, así que despido a todo el mundo, ducho a Giuliano, le pongo un nuevo pijama de dinosaurios comprado especialmente para estrenarlo hoy y, tal y como mi padre había predicho, se queda dormido por completo un minuto después de meterlo en la cama.
Ni se me ocurre intentar que vaya a su habitación, porque es evidente que le provoca ansiedad dormir solo.
A veces me pregunto qué pasará cuando vuelva Fiorella y le cuente este cambio, pero luego me digo a mí misma que, de todas las cosas que tendré que contarle a Fiorella, esta será la menos traumática. Le beso la mejilla y cojo mi propio pijama, también de dinosaurios y a juego con el de Giuliano.
Me doy una ducha, me visto, y apenas he empezado la rutina de skincare cuando recibo un mensaje de León.
L EÓN
Sal.
Sonrío y enarco una ceja.
G IULIA Azúcar.
L EÓN
¿Por qué lo pones todo tan difícil siempre? Sal al puto jardín, estoy aquí.
G IULIA Si has venido en plan Romeo, tengo que decirte que deberías ponerle más ganas al lenguaje romántico.
L EÓN
Romeo era un imbécil, en realidad.
G IULIA Uy, sí, trepaba balcones para ver a su amada y murió por ella. Qué imbécil.
Me quedo esperando su respuesta. Podría salir y dejar de hacer el tonto, pero estoy agotada, es tarde y no sé qué hace aquí, así que, como es él quien quiere algo, va a tener que currárselo un poco más.
Lo que no esperaba era oír un ruido procedente de la habitación. Salgo del baño a toda prisa y lo encuentro encaramado al balcón y tocando con los nudillos en el cristal. Camino hacia la puerta y la abro, estupefacta.
—¿Qué estás haciendo?
—Esto no tiene ningún mérito —masculla—. Solo te demuestro que no hay que ser tan guay para subir a un puto balcón. Ni que fuera el Everest.
—Tú estás fatal.
Entra en la habitación ignorándome y sin pedir permiso. Mira a Giuliano durmiendo y soy consciente del modo en que su ceño se suaviza de inmediato. Igual que soy consciente de lo pronto que se arruga cuando pone los ojos en mí. O más bien en mi pijama.
—¿Has comprado pijamas iguales solo para esta noche?
—Por millonésima vez: puedo hacer lo que quiera con mi dinero, León. Y, de todas formas, ¿qué más te da? O mejor aún: ¿qué haces aquí?
—Es que me había olvidado de algo.
—¿De qué?
Saca de su bolsillo vaquero una bolsita y la estira, haciendo que la coja.
—Tu regalo.
—¿Mi regalo?
—De cumpleaños.
—Pero no es mi cumpleaños.
Él se encoge de hombros de esa forma tan suya.
—Ábrelo, anda.
Miro abajo, a la bolsita que sostengo entre las manos.
Es de la tienda de cosmética que visitamos el otro día en el centro comercial.
La abro con el corazón mucho más acelerado de lo que me gusta admitir y me encuentro con mi barra de labios favorita.
La misma que compré el otro día en su presencia.
—¿Cómo...?
—Te dije que te compraría una.
—Y yo te dije que no hacía falta. Ya me compré una.
—Bueno, pues ahora tienes dos.
Su pragmatismo y su tono cortante contrastan con el gesto. Y me doy cuenta, por primera vez, de que León prefiere parecer borde antes que simpático, pero también prefiere parecer borde antes que nervioso. Intuyo, incluso, que prefiere parecer borde antes que admitir que a veces tiene miedo.
En realidad, creo que León Lobo usa su fama de gruñón para ocultarle al mundo todas y cada una de sus emociones.
—Oye...
—No me mires así. Es una tontería. Pensé que te merecías un premio después de organizar una fiesta como esta.
Intento sonreír, porque es un detalle precioso, pero entonces me doy cuenta de algo.
—Tú ni siquiera sabías cómo iba a ser la fiesta. No te conté nada de lo que había planificado porque estaba segura de que ibas a ponerte protestón.
—No me contaste nada, pero ya intuía que no te quedarías de brazos cruzados.
Puede que tu prima tenga pinta de estirada y responsable y tú de loca y rebelde, pero está bastante claro cuál de las dos se quedó con el corazón más grande.
—Abro la boca para decir algo, cualquier cosa, pero él vuelve a pasar por mi lado, sale al balcón y pasa las piernas por encima de la barandilla sin esfuerzo—. Bueno, que descanses.
Y se va. Así, sin más. Sin ser consciente de que esto... esto no es normal. Y por encima de eso, es un detalle precioso y lleno de significado.
Se va sin tener ni idea de que, con esas palabras, ha llenado uno de tantos agujeros emocionales que, hasta ahora, ni siquiera sabía que tenía.