27. Giulia
Giulia
Sé que, de entre todas las cosas que me ha dicho alguna vez mi tía Bianca, la única que puede acercarse a la verdad es que soy mala actriz y no debería intentar dedicarme a ello.
Y lo sé ahora más que nunca porque, por más que quiera, me resulta complicado poner cara de póker sintiendo el brazo de León sobre mis hombros mientras mira a Rubén y le dice que soy su chica.
Así. Como si nada. A lo mejor el actor debería ser él.
—Vaya, vaya, vaya —dice Rubén con una sonrisa—. Hasta donde yo sé, solo habéis tenido una cita.
—¿Solo? —pregunta León en un tono afilado que amedrentaría a cualquiera.
Cualquiera, menos Rubén, que se ríe y encoge los hombros.
—Tú has tenido una cita con ella, yo conseguí que se liara conmigo en una iglesia. Tal y como lo veo, todavía voy ganando.
Más allá de que estén dedicándose a ver quién la tiene más grande delante de mis narices, no puedo evitar soltar una carcajada que hace que Rubén me guiñe un ojo y León me mire mal. Muy en la línea de ambos.
—Perdón, pero técnicamente tiene razón —indico riéndome todavía.
León no lo encuentra gracioso. El ceño de su frente está tan marcado que me dan ganas de pasar el dedo por él para suavizarlo y prevenirle un montón de arrugas en el futuro.
—Entonces..., ¿tengo que follarte en la iglesia del pueblo para que empatemos?
Estaba tan concentrada en su ceño y sus futuras arrugas que me cuesta un segundo reaccionar a sus palabras. Y cuando lo hago, no sé si mi reacción es la que se espera, porque lejos de ofenderme o reírme, me lo imagino de inmediato sentado en un banco de la iglesia mientras yo..., eh...
—Necesitas algo más que una cita para conseguir esa meta —contesto sonriendo pero sintiéndome muy extraña.
No extraña en el mal sentido. Extraña en un sentido... excitante. Dios mío, es evidente que estoy con la adrenalina por las nubes porque la fiesta marcha bien y mi cuerpo está confundiendo sensaciones que no debería confundir.
—Yo no necesité citas —insiste Rubén.
—Tenía quince años —le digo, y vuelvo a reírme.
—Pero te hice ver fuegos artificiales.
Miro con atención a Rubén, dentro de su disfraz inflable de dinosaurio, y me doy cuenta en un solo segundo de que todo esto no son celos reales de su parte, sino un intento de tocarle las narices a León.
Al parecer, al chico más inmaduro de Valdelila le hace mucha gracia cabrear al tipo con más mal genio del pueblo. Qué suerte la mía, ¿eh?
Podría decirle que los fuegos artificiales no estuvieron ni cerca de explotar.
Repito: tenía quince años. Muchas más expectativas que experiencia y, en cualquier caso, ni siquiera llegamos hasta el final.
Podría decir todo eso, pero siento que sería justificarme ante León y no estoy por la labor, así que solo me río y me lo tomo a broma, como hago siempre que no quiero afrontar las cosas de verdad.
—Qué suerte que la temática del cumple sea de dinosaurios, porque os estáis portando de un modo bastante primitivo y a juego con la decoración.
Me deshago del brazo de León, que sigue sobre mis hombros, mientras voy hacia la mesa de pasteles y cojo un cupcake con glaseado verde. Le estoy dando un mordisco con todas mis ganas justo cuando llega Abi y coge uno igual para hacer lo mismo.
—A mi hermano le ha faltado levantar la pata y mearte, ¿eh?
Me río y eso hace que algo de la crema salga disparado de mi boca. Me la tapo de inmediato, pero ella solo se ríe con ganas.
—En serio, es flipante que se ponga así cuando..., bueno, tú sabes la verdad, ¿no?
En realidad, Abi y yo no hemos llegado a hablar directamente del tema, pero me consta que no se ha tragado lo de que León y yo estamos saliendo. Es demasiado avispada y conoce muy bien a su hermano.
—Sí, pero mi madre no. Y mírala.
Me señala con la barbilla el punto exacto donde Carmen, sentada a una mesa y con un sándwich a medio comer, mira a su hijo con los ojos entornados, como si intentara leerle la mente de lejos.
—Tu madre me cae genial, pero es un poco enfermizo que esté tan obsesionada con el tema de buscarle novia a León, ¿no?
—No se lo tengas en cuenta. Lleva años recogiendo los pedazos de mi hermano y..., no sé. A su manera, creo que solo quiere verlo feliz. El problema es que no se da cuenta de que hay cosas que ella no puede obligarle a hacer.
—¿Como qué?
—Enamorarse. Formar una familia. Ser feliz.
León siempre quiso todo eso, pero no entraba en sus planes todavía.
En sus planes, ahora mismo, estaría disfrutando de lo mismo que hace unos años, cuando era un glorioso jugador de la NBA.
Mi madre ha perdido la paciencia porque piensa que León ya debería haberse olvidado de lo ocurrido.
Tiene dinero, salud, aunque no pueda jugar profesionalmente, y una familia que lo quiere.
A priori tiene todo lo importante, pero yo le entiendo, ¿sabes?
—Creo que yo también.
—¿Sí?
—Sí. O sea, nunca he tenido claro a qué quería dedicarme.
Ni siquiera ahora. En ese sentido no puedo entenderlo, pero sí que comprendo que es duro empezar de cero cuando todo se derrumba a tu alrededor.
Da igual el dinero que poseas o que tu familia te quiera mucho, si por dentro no tienes ni idea de cómo dar el siguiente paso sin joder más las cosas.
—Sí, exacto, algo así... —Abigail me mira en silencio unos instantes y, después, me abraza sin que venga a cuento. La miro sorprendida, pero solo sonríe—. No sé si alguien te lo ha dicho, pero lo estás haciendo genial. Con tu vida, con Giuliano, con todo.
Me encantaría responderle, porque dentro de mí una vocecita me dice que estoy muy lejos de estar haciéndolo genial, pero esta mujer está aquí, comportándose como una gran amiga, aunque haga apenas unos días que nos conocemos.
Ha convencido a todas las madres de que vengan; con más o menos ganas, pero aquí están.
Y es tan empática que no me salen las palabras, así que solo la abrazo, mientras cada una sostiene su cupcake con crema verde, y le digo lo único que puedo decir ahora mismo sin sentir que falto a la verdad.
—Me encanta que seamos mejores amigas.
Se ríe y me besa la mejilla antes de dar un gran bocado a su pastel.
—A mí también me encanta. Y me encantará más cuando seamos cuñadas.
—Venga, Abi... Eres la única que sabe la verdad.
—¿Y?
—Pues que son falsas —digo, y cuando me mira sin entender me río—. Las citas.
—Bueno, sí. Las citas son falsas, pero todo lo demás... puede ser real.
Me río más alto. Me planteo decirle que creo que su hermano preferiría dejarse morder el culo por cocodrilos antes que tener algo conmigo, pero lo dejo estar porque Giuliano me reclama para que vaya a pintarme la cara a juego con él.
Y eso hago. Me olvido de León, de Rubén y de todo lo que no sea hacer reír al niño más mono del mundo.
Nos pintamos las caras, saltamos juntos en el castillo y, cuando sopla sus velas y me mira, intentando guiñar un ojo, pero guiñando los dos en el proceso, sonrío y me emociono otra vez.
Le hago un montón de fotos que le envío a Fiorella de inmediato.
Esta mañana ha tenido la decencia de enviar un audio de felicitación para su hijo, pero no he sabido nada más de ella desde entonces.
G IULIA Ha sido una gran celebración, pero estoy segura de que a Giuliano le habría encantado verte. Te dejo unas fotos. Espero que estés bien, Fio. Besos.
No espero respuesta. Quizás por eso, cuando solo un minuto después me llega un mensaje suyo, me sorprendo.
F IORELLA Sabía que hacía lo correcto dejándolo contigo. Lo sabía... Dale un beso de mi parte, ¿vale? Y gracias por todo, Giulia. Sé que piensas que soy egoísta, pero yo... necesitaba esto. De verdad. Besos.
Por supuesto que pienso que es egoísta. Pienso que es egoísta y otras muchas cosas que no voy a decirle porque no tiene caso.
Ella se ha antepuesto al niño y, aunque me parece que no existe justificación posible para algo así, lo cierto es que creo que la culpa no es solo suya.
Fiorella nunca tuvo unos padres amorosos, como los míos, o alguien que la guiara y le dijera lo que estaba bien y mal por su propio bien.
Nadie que la antepusiera a todo. Y aun así, durante los primeros años de nuestra vida, hasta que los abuelos murieron, siempre fue una chica buena, divertida y generosa.
Pero luego todo cambió; a base de internados, sus padres lograron moldearla a su gusto.
La convirtieron en su niña modelo: ni un pelo fuera de lugar, ni una arruga en la ropa, ni una carcajada demasiado alta o una lágrima derramada en público.
Un cascarón vacío. Así que supongo que no es solo que sea egoísta o inmadura, sino que ella.
.. ella está perdida, a su modo. No ha vivido realmente y ni siquiera se conoce a sí misma.
Y aunque una parte de mí la odia por hacerle esto a Giuliano, hay otra, pequeña pero existente, que no puede dejar de compadecerla.
—¿Sabes una cosa? —pregunta mi padre a mi lado, sobresaltándome.
—¿Mmm?
—Tengo cupcakes .
—Todos tenemos cupcakes , papá —digo sonriendo.
—Pero los míos son mejores, porque son para cuando se vaya todo el mundo. Los he hecho yo y los he llamado « cupcakes de la alegría».
—No me jodas —murmuro.
—Mamá me ha dicho que va a comer conmigo. Si quieres, te dejo, porque eres mayor y has hecho una fiesta increíble, principessa .
—Sé que, en tu cabeza, estás siendo un gran padre ahora mismo, pero ofrecerle pasteles de marihuana a tu hija no es algo que esté bien visto. Jamás. Ni siquiera si esa hija ya es adulta.
—Yo solo digo que terminar el día relajando los nervios de la fiesta con un poquito de ayuda no hace daño a nadie. Es como cuando la abuela preparaba tilas con lavanda. Yo también uso hierbas. Solo que de otra índole.
—¿Y quién cuida de Giuliano? —pregunto ignorando su intento de justificación.
—Ese niño caerá en coma en cuanto lo duches y le pongas el pijama. Debe de estar exhausto de correr por todas partes.