26. León
León
La cara de Giulia y Giuliano mientras observan el jardín repleto de niños disfrazados en mayor o menor medida es increíble.
Tan increíble que no me resisto a sacar el teléfono de mi bolsillo y hacerles una foto, aunque Abigail esté a mi lado grabándolo todo como una profesional.
Los niños gritan «¡Feliz cumpleaños!» antes de acercarse para abrazarlo, y creo que es la primera vez que veo a Giuliano reír abiertamente y tener contacto físico con otros niños, aparte de Bella.
Es maravilloso verlo así de feliz e integrado.
Y todo gracias a cierta chica de labios rojos que no deja de mirarlo emocionada.
Por otro lado, mi sobrina aguanta como una campeona la friolera de un minuto, dos como mucho, antes de interrumpirlos y dejar claro que ella sigue siendo la mejor amiga.
Y la favorita. Le regala a Giuliano un dibujo en el que están pintados los dos junto a Bambi y Baltasar, mi caballo.
Al cumpleañero le encanta, a juzgar por la sonrisa que le dedica, pero se lo entrega a Giulia para que lo guarde y luego se lanza a correr por el jardín inspeccionando el castillo, la zona de manualidades y las mesas con comida y chuches.
Yo me quedo aquí, con ganas de acercarme a Giulia y darle la enhorabuena porque, independientemente de que haya gastado un montón de dinero en una fiesta infantil, entiendo que lo ha hecho para conseguir justo esto: la felicidad desbordante del niño.
No puedo juzgar algo así, ni siquiera yo soy tan gruñón.
Quiero acercarme, de verdad, pero Abigail se ha hecho con el puesto de lapa oficial de Giulia y la lleva de un lado a otro, presentándole «oficialmente» a algunas madres que sonríen encantadas y a otras que parecen incómodas pero, aun así, son educadas.
Martina también está, sin disfrazar y sin sonreír tanto, pero siendo amable cuando interactúa con Giulia. Al menos eso hay que concedérselo.
—Esa chica está enamorada —me dice mi padre en un momento dado.
Lo miro mientras mastica un cupcake con glaseado rosa y se mancha los labios y la punta de la nariz. Rafael Lobo es imponente por lo general, pero viéndolo con esas pintas, cuesta creer que hasta hace unos días solo pensaba en ladrarle a Giulia por haberle robado un caballo hace diez años.
—¿Quién?
—Giulia. Está loca por ese crío. ¡Fíjate en todo esto! Tengo pavor de que tu hermana haya cogido ideas y convierta el próximo cumpleaños de Bella en un evento que rivalice con la fiesta más grande que haya visto nunca Valdelila.
—No me extrañaría —comento sonriendo—. Sí que es excesivo —añado mirando al animador que acaba de llegar y que se ocupa de distraer a los niños, junto con la chica que hace de pintacaras—. Pero merece la pena por ver al niño tan contento.
—Eso sí. Y Giulia está muy guapa.
—Supongo.
—¿Supones? No dejas de comértela con los ojos, hijo.
Emito algo parecido a un gruñido que ni confirma ni desmiente sus palabras. No puedo negarlo, porque a ojos de todo el mundo, salvo mi hermana, estoy teniendo citas con Giulia. Citas verdaderas.
Y, aunque no fuera así, no estoy seguro de poder negar con rotundidad que me he estado comiendo con los ojos a Giulia desde que he llegado.
Es ese puto vestido. Esa forma en el escote hace que me pregunte constantemente si llevará sujetador o no.
Y esos labios... Si el vestido es blanco con estampado de dinosaurios en colores pastel, ¿por qué se los pinta de rojo?
Está preciosa, la condenada, y no logro dejar de mirarle la boca.
—¡Ya está aquí el alma de la fiesta!
La parte buena de la interrupción de Rubén es que no tengo que responderle a mi padre. La mala es que el imbécil lleva un disfraz inflable de T-Rex que hace que los niños se vuelvan locos por acercarse a tocarlo.
—Ya tenemos ganador al mejor disfraz —dice mi padre mientras vemos a Giulia reír a carcajadas y acercarse para darle un abrazo—. ¿Ves? Si te hubieras disfrazado de algo, tú también tendrías un abrazo. Con suerte, hasta un beso.
—Papá, no me toques los huevos, ¿quieres?
—No, hijo, ni yo ni nadie, al ritmo que vas.
—Susurro algo que se parece mucho a un insulto, pero le da igual—.
Yo solo digo que no entiendo cómo has conseguido que esa chica te acepte una cita, pero como no te pongas las pilas, Rubén te la va a quitar.
Tú eres guapo, pero él también. Y es más simpático que tú. Te va ganando.
—Joder, animando eres único.
—Es que es verdad. Me da vergüenza que seas hijo mío.
—Ah, ¿sí? Porque, hasta donde yo sé, todo el mundo dice que soy igual de serio que tú.
—Sí, bueno, podrán decir muchas cosas de mí, pero lo que nadie podrá contar nunca en Valdelila es que permití que tu madre se me escapara delante de mis narices. ¡Espabila, hijo! Te van a quitar a la chica antes siquiera de que puedas convencerla de volver a tener una cita contigo.
—Eso ya lo veremos —murmuro mientras me acerco a pasos agigantados a donde Giulia sigue riéndose a carcajadas.
Venga ya, ese tío no es tan gracioso, joder. He hablado con él un montón de veces y puedo corroborar que es un idiota. Con una cara bonita, vale, pero idiota, al fin y al cabo.
—De verdad te lo digo, cielo. Ojalá fuera uno de esos dinosaurios estampados en tu cuerpo. Estás arrebatadora.
Giulia se ríe y me enfado, porque sí, porque se supone que estamos empezando a salir.
De cara al pueblo es así. ¡De cara a mi madre es así!
Y si mi padre, que pasa de todo, se ha dado cuenta de que Rubén va a saco, mi madre, que vive pendiente de mí y mi vida amorosa, debe de tener hasta los prismáticos fuera.
Sé que no tengo ningún derecho. Y, desde luego, sé que voy a arrepentirme de esto, pero hay algo en mi interior..., una bola de fuego que crece descontrolada en mi pecho y que me empuja a pasar un brazo por los hombros de Giulia y mirar mal a Rubén.
—¿Estás intentando robarme a mi chica, Rubencito?
A mi lado, la tensión recorre el cuerpo de Giulia, que se queda en silencio. Luego parpadea. Una, dos veces.
—¿Tu chica?