Giulia, el amor y un puñado de lavanda 25. Giulia
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25. Giulia

Giulia

—Tiene que ser una broma.

—¿A que es genial? Encontré una imprenta en la ciudad que lo hizo en tiempo récord.

—Menudo despilfarro. ¿Vas a tirarla después de esto? —pregunta. Sé que lo pregunta porque chasquea los dedos frente a mis ojos, no porque le haya oído realmente—. ¡Giulia, te estoy hablando!

¿Estaba distraída? Sí. ¿La culpa es suya?

Desde luego. Va vestido con una camiseta blanca de manga corta que le marca los bíceps, unos vaqueros oscuros de esos que parecen viejos, pero le quedan como un guante, y unas zapatillas negras y a la moda que dudo mucho que haya elegido él.

Lleva puesta la gorra negra, otra vez, pero se nota que se ha pasado las manos por el pelo un montón de veces antes de colocársela.

He escuchado cómo se quejaba en varias ocasiones de que empieza a estar demasiado largo, pero no se lo corta.

Y menos mal, porque me gusta así. Me encanta que haya algo que se escape de su control, aunque ese algo sea su pelo.

Y huele..., madre mía, cómo huele. A jabón caro, a vainilla, a seguridad y a algo que no debería colarse tanto en mis sentidos, porque creo que ese perfume podría volverme un poco loca.

Carraspeo y me concentro en sus ojos oscuros, que se entrecierran esperando una respuesta.

—La reutilizaremos.

—¿Para qué? ¿Vas a tener un hijo al que llamarás Giuliano y la usarás cuando cumpla seis años?

—Oye, ¿has venido a criticar o a divertirte?

—A ninguna de las dos cosas. Pensé que igual querías ayuda colocando mesas y sillas, pero... ¡está claro que has podido tú solita!

No me lo tomo como un insulto, sino todo lo contrario.

Observo el castillo hinchable en el césped que hay junto a la piscina.

He hecho un sendero con huellas de dinosaurios pintadas en el suelo asfaltado que llevan hasta allí.

Y también otros caminos que llevan hacia distintos lugares, como la mesa de chuches decorada con globos verdes, morados y beis.

Y algunos enormes con forma de dinosaurio que han entusiasmado a Giuliano.

En las mesas para los invitados hay figuritas de dinosaurios escondidas entre ramilletes de lavanda que yo misma he cortado esta mañana.

Mis abuelos solían decorar la mesa siempre con lavanda, y es algo que había olvidado hasta que volví aquí.

«Todo tiene más sentido con la lavanda», decía mi abuelo. Y creo que tenía razón.

Los tablones de madera maciza que hacen de mesas han salido del sótano, en el que mi padre recordaba que se guardaban para cuando todos pasábamos los veranos aquí.

Los hemos colocado sobre caballetes y los hemos llenado no solo de lavanda y figuritas de dinosaurios, sino también de galletas en forma de huellas, huevos y fósiles.

Muffins decorados con toppers de T-Rex y fotos de Giuliano por todas partes.

Esto último ha sido complicado, porque me ha costado encontrar fotos suyas.

La era digital es un asco en este sentido.

He tenido que convencer a Fiorella de que buscara un lugar con wifi y me enviase fotos aleatorias.

A su favor tengo que decir que ha colaborado, pero teniendo en cuenta que es su madre y se ha largado era lo mínimo que podía hacer.

—«Sandwichasaurios». —León lee la pequeña pizarra que hay delante de la bandeja de los bocadillos antes de bufar—. Estás colgada, te lo juro.

—Y no has visto lo mejor. Ven, mira.

Me río mientras tiro de su mano hacia la cocina, asegurándome de que Giuliano sigue en la habitación con mis padres, vistiéndose para la ocasión.

Acerco a León a la encimera y abro la caja en la que aguarda una tarta temática con un volcán, palmeras, lava y dinosaurios felices y adorables.

Nada terrorífico aquí, para eso ya tenemos la vida real.

—¿No es la tarta más mona que has visto en tu vida?

—¿Cuánto ha costado todo esto, Giulia?

—Ni que lo fueras a pagar tú. Además, eres millonario, León. ¿Por qué te preocupas tanto por el dinero?

—Porque es excesivo. Los niños invitados van a flipar.

—Bueno, ellos tienen padres y familias funcionales, y Giuliano una fiesta de cumpleaños a lo bestia. «Compensación», me gusta llamarlo a mí.

La carcajada de León es tan rápida e inesperada que no puedo controlar el ramalazo de placer que recorre mi columna vertebral.

Eso ha sido... guau. Supongo que es normal que, encima de estar bueno y medir casi dos metros, tenga esa risa tan.

.. tan... increíble. La vida hizo a León físicamente perfecto para contrarrestar su carácter de mierda. ¿Veis?: compensación.

—Ya solo necesito que me ayudes con una cosa.

He comprado un arenero y, antes de que te quejes, he de decir que es mi regalo para Giuliano.

Tengo la arena en sacos demasiado pesados para mí.

¿Qué me dices, tiarrón? ¿Me echas una mano?

Así le doy ya su regalo y puede disfrutarlo con el resto de los niños.

«Si es que vienen».

Trago saliva y empujo ese pensamiento al fondo de mi mente, de donde no debería haber salido jamás.

Desde esta mañana lucho contra la angustia que me provoca no saber si los niños vendrán.

Abigail parecía muy convencida de que lo harán.

Se ha pasado el día mandándome mensajes tranquilizadores, pero yo.

.. yo no estoy tan segura, la verdad. Y pensar en ello me provoca un nudo de ansiedad tan difícil de gestionar que he decidido escoger la opción cobarde e ignorarlo todo: los miedos, las dudas y la incertidumbre.

León me acompaña hasta el jardín y coge los sacos de arena como si no pesaran más que sacos de plumas. Los vacía sobre el arenero sin esfuerzo, mientras yo abro los cepillos, moldes de huesos de plástico, rastrillos y piedras para decorarlo.

—La verdad es que parece divertido —dice León con las manos en las caderas cuando acabamos.

—Si eres un buen chico lo que resta de día, te dejaré jugar cuando se vayan los invitados.

—Créeme, si quisiera jugar a algo al acabar el día, no sería en el arenero.

Lo miro con la boca abierta, porque estoy segura de que esas palabras se han escapado de su boca mucho antes de que haya podido pensarlas.

Igual que estoy segura de que no me he inventado el tono ronco y suave de su voz.

León está observando mi vestido de un modo que me hace tragar saliva antes de sonreír, pagada de mí misma, porque puede que sea un gruñón, pero le gusta lo que ve.

No digo que esté loco por mí, ni siquiera tengo por qué caerle bien, pero este vestido, como mínimo, le encanta, y no es para menos, porque es precioso, divertido y un pelín descarado. Justo como me gusta pensar que soy yo.

Es corto, con tirantes anchos y estampado de dinosaurios en tonos pastel que solo se aprecian bien de cerca.

La tela es ligera, con vuelo al caminar, y el escote de corazón se ajusta lo suficiente para que me sienta arreglada pero no excesiva.

Es apropiado para una fiesta infantil y, al mismo tiempo, me hace sentir guapa y sexi.

En cuanto lo vi por internet, hace días, supe que lo necesitaba y no me importó pagar un extra para que el envío fuera urgente. Es perfecto para esta ocasión y, ahora que veo el modo en que León se fija en él, estoy aún más satisfecha con mi compra.

—¿Ves algo que te guste? —pregunto sonriendo sin ningún tipo de pudor.

Él carraspea y mira hacia arriba de inmediato, centrándose un segundo en mis labios, pintados de rojo, como siempre, antes de reparar en mis ojos.

—Las madres van a odiarte por vestirte así.

—Sé que no estás muy al tanto de las cosas del pueblo porque te encanta vivir como un ermitaño, así que voy a darte un gran titular, gatito: las madres ya me odian.

O, por lo menos, no se fían de mí porque, al parecer, creen conocerme por algo que hice cuando tenía quince años.

Podría ir vestida con un chándal tres tallas más grande y eso no cambiaría ni un poquito la imagen que ya han decidido formarse de mí.

—Bueno, pues que les den.

Lo miro con la boca abierta.

—¿Perdón?

—Iba a decir «que las follen», pero me parece un buen deseo para gente que nos cae mal, ¿no?

Esta vez la de la carcajada soy yo. Lo miro estupefacta, porque a este León sí que no me lo esperaba. No sé qué ha propiciado el cambio, ni por qué se ha puesto de mi parte, pero no pienso quejarme porque, de alguna forma, sé que estar en el bando de León Lobo es estar en el bando correcto.

Poco después, mientras estamos ultimando la mesa de manualidades donde los niños podrán pintar huevos y colorear caretas, Abigail llega junto con Samu, sus padres y Bella y Bambi, que vienen vestidos para la ocasión.

Ella de dinosaurio rosa y él con un jersey monísimo que imita la piel de cocodrilo.

—Es lo más parecido a un dinosaurio que he encontrado para perros —me dice Abi antes de abrazarme—. Dios mío, estás preciosa. ¿Dónde está el cumpleañero?

—Pues ha subido hace un rato con mis padres a cambiarse.

—Bien, ve a por él. Los invitados ya vienen.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo sé, mejor amiga —contesta sonriendo—. Venga, ve a por tu niño.

Miro a León, que no se ha separado de mí en todo el rato. Asiente, como instándome a hacer caso a su hermana, así que entro en casa, subo las escaleras y busco a Giuliano.

Lo encuentro en nuestra habitación, porque a estas alturas ya es compartida.

Está vestido de explorador y es el niño más precioso que he visto en mi vida.

Sus ojos verdes resaltan con ese conjunto y, a cada uno de sus lados, mis padres sonríen vestidos a juego, como si fueran tres aventureros listos para ir a cazar dinosaurios.

—¡Estáis guapísimos! —exclamo feliz.

El niño se ríe. Se ríe de verdad, suelta una carcajada y corre hacia mí. Lo alzo en brazos y, cuando esconde la carita en mi cuello para ocultar lo emocionado que se siente, lo abrazo con fuerza.

—¿Te gusta tu cumple? —Asiente, pero no levanta la cara—. ¿Estás feliz? —Vuelve a asentir y decido darle un respiro. Han sido demasiadas emociones, así que les sonrío a mis padres.

Mi padre me guiña un ojo y mi madre se emociona hasta las lágrimas, pero ninguno dice nada. Salen de la habitación y dejan que yo vaya detrás, con él en brazos y agarrado con fuerza a mi cuerpo.

—Quiero que hoy lo pases en grande, ¿vale? —susurro junto a su oído—. No se cumplen seis años todos los días, así que juega mucho, ríete mucho y cómete todo lo que quieras. Todo esto es por ti, Giu. Y, sobre todo, no te olvides de pedir un gran deseo cuando soples las velas, ¿de acuerdo?

El niño separa el rostro de mi cuello, por fin. Estamos en el salón, justo antes de salir al jardín trasero, donde se desarrolla la fiesta. Fija los ojos en mí, me sujeta las mejillas con sus manitas y procede a romperme y reconstruirme el corazón de tantas formas que ni siquiera puedo contarlas.

—¿Puedo pedir lo que quiera?

—Claro.

—¿Lo que sea?

—Sí, colega, es tu deseo. Puedes pedir lo que tú más quieras.

—Voy a pedir que no te vayas nunca, ¿vale?

Trago saliva y, por segunda vez en el día, me veo obligada a aguantarme unas lágrimas que no soy nada dada a derramar.

Apoyo la frente en la suya un segundo y luego beso sus mejillas.

Lo bajo al suelo y arreglo su pequeño disfraz de explorador mientras rezo para que la voz salga medio normal de mi garganta.

—Vale —musito—. Si eso es lo que tú quieres pedir, adelante.

—¿Y se va a cumplir?

No lo sé. No tengo ni idea. El mes pasado mi vida no podía ser más diferente, y esto.

.. esto no entraba en mis planes. Siento que estoy improvisando sobre la marcha, y no soy capaz de imaginar siquiera cómo serán las cosas en el futuro.

No sé qué decir porque no quiero mentirle, pero aún menos quiero romperle el corazón, así que lo abrazo de nuevo y sonrío aparentando una seguridad que no siento.

—Mientras me necesites, aquí estaré.

En teoría, no es una mentira. Estaré aquí hasta que su madre vuelva y ya no me necesite. Lo que no sé es si, cuando llegue la hora, podré marcharme como si nada, porque, de pronto, la idea de no ver cada día a Giuliano hace que me consuma por dentro.

Pero ahora no es momento de pensar en ello, así que le ofrezco la mano y, cuando la aprieta con fuerza, abro la puerta que da al jardín y le doy la bienvenida oficial a la fiesta de su sexto cumpleaños.