Giulia, el amor y un puñado de lavanda 23. Giulia
34%

23. Giulia

Giulia

Me despierto cuando alguien me zarandea con cariño y abro un ojo de mala gana. Mi madre me mira con una preciosa sonrisa antes de enseñarme la pantalla del móvil.

—Cielo, son casi las diez.

—¿Mmm?

—¿Giuliano no entra en el cole a las nueve?

Es como un maldito jarro de agua fría. Me siento en la cama de un salto y miro a mi lado, donde Giuliano duerme con su pijama de caballos tan feliz y relajado que parece que sí que le di tequila anoche, aunque no fuera así.

En realidad, comimos pizza, me contó su tarde con todo lujo de detalles y, para cuando dio la medianoche, mis padres y yo le cantamos e hicimos que soplara una vela con el número 6 que clavamos en una magdalena.

Al principio no quería comérsela porque decía que comer azúcar tan tarde no es bueno, pero lo convencimos, porque somos una pésima influencia, al parecer.

Después nos dormimos juntos, como cada noche desde que lo descubrí llorando en la alfombra.

Fue una gran noche. Que sean casi las diez y siguiéramos durmiendo a pierna suelta solo sirve para corroborarlo.

Y, justo por eso, no me importa que vayamos tarde, porque anoche el niño rio a carcajadas como no lo había hecho hasta ahora, y eso hizo que me fuera a dormir sintiendo algo raro en el pecho. Algo que no me cabía bien. Una mezcla de orgullo, satisfacción y cariño imposible de explicar.

¿Llegamos tarde? Sí. ¿Mereció la pena? También.

—Vale, prepara la mochila de Giuliano y dile a papá que hoy conduce él. Necesitamos superar mi límite máximo de velocidad —digo con la boca pastosa antes de mover al niño con cariño—. Vamos, colega. Llegamos tarde.

Desde ahí y hasta que entramos por la puerta del colegio todo es estresante, no porque yo quiera, sino porque el propio Giuliano padece tanta ansiedad por retrasarse que ni siquiera disfruta de que hoy sea su cumpleaños.

—Tienes que relajarte, ¿sabes? Acabas de cumplir seis años, pero las patas de gallo no perdonan. Mírame a mí, que tengo veinticinco y ya se me notan. —Me señalo la zona mientras bajo del descapotable con él, pero ni me mira.

—La seño se va a enfadar.

—Bah, un día es un día. Además, Bella llegó tarde ayer, que la vi yo.

—Pero solo unos minutos. Nosotros vamos muy muy tarde.

—La seño lo entenderá, igual que lo entendió ayer.

Para sorpresa de nadie, la seño no lo entiende.

Martina nos recibe con una mirada reprobatoria. Por suerte o por desgracia, el nerviosismo del niño es tan visible que ella le sonríe, le revuelve el pelo (y justo en ese instante caigo en que no lo he peinado) y le pide que entre en clase.

—Voy a hablar un segundo con Giulia y ahora entro, ¿vale?

—¿La vas a reñir?

—Qué va —responde con una sonrisa tan dulce que casi la creo.

Casi, porque a mí no me la ofrece. Es evidente que va a soltarme algo y está bien, no me importa. Estoy más que lista para cualquier cosa que tenga que decir, por eso cuando la puerta se cierra y nos quedamos a solas en el pasillo guardo silencio, esperando a que dispare.

—Dicen que estás saliendo con León.

Corrijo: estoy lista para casi cualquier cosa que tenga que decir. Esa, en concreto, ni tiene nada que ver con haber llegado tarde, ni le incumbe a ella una mierda.

—Ah, ¿sí? ¿Quién lo dice?

—Todo el mundo, pero sobre todo Carmen. —Guardo silencio y ella debe de interpretarlo como confusión, porque prosigue, visiblemente irritada—: Es su madre.

Yo no me molesto en sacarla de su error aclarándole que no solo sé quién es la madre de León, sino que además la mujer parece encantada con que yo salga con su hijo.

—Mmm. Entiendo.

—¿Es verdad?

—¿Que Carmen es su madre? Hasta donde yo sé, sí.

A favor de Martina tengo que decir que no deja ver del todo lo irritada que se siente. Yo, con una respuesta como la mía, ya habría puesto los ojos en blanco, pero ella es mucho más elegante, con su pelo rubio oscuro, sus ojos miel y su sonrisa impoluta cuando sonríe. Ahora mismo no es el caso.

—¿Es verdad que estás saliendo con León?

Es evidente que hay una historia entre León y Martina que no sé, porque él mintió acerca de nosotros cuando su madre intentaba endosarle una cita con ella y, por lo que pude oír, ya habían salido en otras ocasiones.

No me pareció que León quisiera repetir, pero es obvio que, si por Martina fuera, las cosas serían distintas.

Así que supongo que podría responderle algo ambiguo que no hiciera quedar a León como un mentiroso, pero al mismo tiempo le hiciera saber a ella que esa puerta no está cerrada.

Sin embargo, me ha tocado tanto las narices que me niego a ponérselo fácil.

Y, además, no tengo por qué darle explicaciones, así que encojo los hombros y suspiro, como si todo esto me aburriera, en parte porque así es.

—¿Qué tiene que ver esto con Giuliano?

—Nada, pero...

—Entendería que me estuvieras echando la bronca por haberlo traído tarde, pero estás preguntando cosas de mi vida privada y, sinceramente, no sé por qué motivo te crees con derecho a hacerlo.

—Giuliano ya está pasando por suficientes cambios como para añadirles tus idas y venidas amorosas, ¿no crees?

—Creo que mis idas y venidas amorosas son cosa mía, para empezar. Si afectan o no a Giuliano también es algo que me corresponde a mí evaluar.

—Ese niño necesita que alguien lo convierta en su prioridad, para variar.

—Y ese alguien soy yo. Te aseguro que no hay una sola cosa en mi vida más importante que él.

—Me sorprende la verdad que hay tras mis palabras.

Quiero decir, evidentemente era consciente de que me importa Giuliano y de que quiero lo mejor para él, pero no estoy exagerando ni un poco cuando digo que nada me importa más.

Y eso me hace sentir... plena, de algún modo.

—¿Por eso ha venido tarde?

—No, ha venido tarde porque anoche celebramos su cumpleaños a lo grande. Hoy lo volveremos a celebrar, como ya te comenté, así que puede que mañana llegue tarde otra vez. Puede pasar, incluso, que no venga, fíjate.

—No sé lo que le parecerá eso al director.

El comentario no puede estar hecho con más malicia. Y estoy a punto de saltarle a la yugular, pero entonces recuerdo lo que Alfredo, el director, le dijo a León ayer cuando llegó tarde con Bella.

—Bueno, según sus propias palabras, «ni que fuera a la universidad», ¿verdad? —Martina parece confusa, pero no pienso ser yo quien la saque de ese estado—. ¿Avisaste a las familias de que están invitadas al cumple de Giuliano de hoy?

—Sí, pero muchas no pueden ir, te lo digo ya.

—Genial.

—Si haces una gran fiesta y luego el niño se ve solo...

—No se va a ver solo, te lo aseguro.

—No puedes asegurarme algo así. —Sonríe de un modo que me eriza el vello de la nuca y recuerdo que el primer día que la vi pensé que parecía un ángel dulce y paciente, pero estoy comenzando a cambiar de opinión—.

A la gente de Valdelila no le gusta tu familia.

Quitando a Giuliano, que es solo un niño y no tiene culpa de nada, el pueblo no consigue confiar en vosotros.

—Pues es una suerte que me importe una mierda lo que piense el pueblo.

—Y, sin embargo, estás ansiosa por que vayan a tu fiesta...

—Estoy ansiosa por que vayan a la fiesta de Giuliano porque, como bien has dicho, el niño ya ha pasado suficiente.

Se merece una alegría, pero si en Valdelila sois tan cabrones como para hacer sufrir a un crío por cosas que no ha hecho, está bien.

Eso dice más de vosotros que de mi familia.

—Intenta hablar, pero la corto—. Hasta luego, Martina.

Cuida de mi niño y procura que sea feliz. No se cumplen seis años todos los días.

Me largo mucho antes de que esta absurda discusión vaya a más.

Cuando llego al parking de tierra me encuentro con mis padres charlando con Abigail.

Está apoyada en el capó mientras ellos, enfrente, ríen por algo que ha dicho.

Adoro a esa mujer y de verdad quiero que sea mi mejor amiga, nos mensajeamos a diario y me cuenta cosas vergonzosas de cuando su hermano era pequeño que me hacen reír a carcajadas, pero ahora mismo me siento tan alterada que no me viene bien que esté aquí.

Y, sin embargo, en cuanto me ve se endereza y me mira con la sospecha dibujada en la cara.

—¿Qué pasa? —pregunta sin medias tintas.

Me gusta eso de ella. Y de su madre. Incluso me gusta que León sea así de brusco y sincero, aunque él es mucho más serio que su hermana y su madre. Supongo que en eso se parece a Rafa, su padre.

—Nada —miento.

—No se pone esa cara por nada. Ni se respira así de mal por nada.

Hasta que lo ha dicho, no he sido consciente de que mi respiración suena agitada, como si acabara de correr una maratón. Supongo que la jodida Martina ha conseguido alterarme más de lo que quiero admitir.

—Es una tontería —murmuro. Y odio que justo cuando lo digo se me salten las lágrimas.

¿¿Qué demonios me pasa?? ¡Yo nunca lloro! ¡Por nada! De verdad, soy el ser menos llorón de la historia, pero resulta que esa mierda de maestra me está haciendo imaginar una gran fiesta de cumpleaños sin niños y algo dentro de mí se está rompiendo a toda velocidad.

—Hija, ¿qué...? —empieza mi madre.

—No van a venir. —Se me quiebra la voz y me aprieto los ojos con los dedos rápidamente.

Tengo que calmarme. Ahora mismo. Ya. Inspiro hondo, me aprieto con más fuerza los ojos y, cuando los abro, veo chiribitas blancas y negras, pero al menos estoy algo más tranquila—.

Martina dice que muchos padres no van a traer a los niños al cumple de Giuliano.

—¿Qué...? ¡Tiene que ser una broma! —exclama Abi ofendida.

—No lo parecía. Lo que sí parece es que Valdelila está deseando hacernos ver que no somos bien recibidos aquí —les digo a mis padres.

—Eso es una gilipollez —dice Abi—. La gente irá al cumple, te lo aseguro.

—No puedes asegurármelo.

—Claro que puedo. Conozco a las madres de los niños, la mayoría son majas. Voy a averiguar qué ha pasado, pero ve a casa y decóralo todo. Te prometo que esta tarde se celebrará una gran fiesta de cumpleaños.

—Abi...

—Ve a casa, Giulia. Infla globos, cuelga la pancarta, llena las mesas de comida y déjame el resto a mí.

Miro a mis padres, que parecen tan tensos como yo. No sé qué haría si no estuvieran aquí. Son un pilar tan importante que creo que me derrumbaría si tuviera que enfrentar todo esto sola.

No han sido unos padres al uso, es verdad, me han consentido muchísimo, pero con ese exceso de indulgencia también ha venido un amor desproporcionado.

Y si algo tengo claro, ahora que estoy al cargo de Giuliano, es que todos los niños del mundo deberían disfrutar de eso, sin importar cómo sean.

Todos deberían tener la seguridad de que la persona que los cuida los va a querer hagan lo que hagan, digan lo que digan, se equivoquen lo que se equivoquen.

Por eso subo al coche, arropada por su cariño silencioso, y dejo que me lleven a Casa Lavanda mientras experimento, por primera vez, el miedo al rechazo.

No a mí, eso me da igual porque tengo la autoestima suficiente para sobrellevarlo.

Experimento el terror a que rechacen a Giuliano públicamente.

Que lo hagan sufrir aún más, cuando lo único que quiero es que el día de hoy sea perfecto para él.

Que consiga olvidar, aunque sea por un instante, que la persona que debería quererlo por encima de todo y de todos se ha largado y no se ha preocupado en contactar con él ni una mísera vez. Ni siquiera por su cumpleaños.

Lo único que quiero es que su precioso corazón de seis años no sufra más de lo que ya ha sufrido.