Giulia, el amor y un puñado de lavanda 22. León
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22. León

León

No sé si el baloncesto será el fuerte de Giuliano, porque el sábado apenas lo vi jugar y hoy ha estado más tiempo intentando hacerse al entorno y a los compañeros que a la pelota, pero los caballos... los caballos lo tienen enamorado.

Al terminar el entrenamiento, he subido a Bambi, Bella y Giuliano en la camioneta, los he traído a la finca y me los he llevado directamente a las caballerizas, donde Bella se ha deleitado hablándole a su amigo de todos y cada uno de los caballos que tenemos, tanto nuestros como ingresados por recuperación médica de algún tipo.

—Y este es Baltasar, el caballo de tito. El caballo más bueno del mundo mundial —dice Bella mientras señala al que fue mi primer caballo.

Es imponente, aun con sus años a cuestas.

De un marrón tan oscuro como la tierra mojada y con la mirada más tranquila del mundo.

Siempre ha sido un caballo calmado, especial.

Hemos tenido muchos caballos en la Finca Lobo, pero ninguno como él.

Su calma, su seguridad y la forma en que obedece incondicionalmente mis órdenes lo han convertido en el caballo de mi vida y todo el mundo lo sabe, aunque yo no lo diga de viva voz.

—¿Se llama Baltasar? —pregunta Giuliano con los ojos como platos.

—Ajá. Me lo trajo el mismísimo rey Baltasar cuando tenía cuatro años. Fue mi primer caballo. Lo llamamos Balti también.

—¿Está vivo desde que tenías cuatro años? ¿Tannnnto tiempo?

Tal y como lo dice, parece que el caballo y yo tuviéramos cien años. Y lo peor es que, a veces, me siento así. Pero eso no es algo que quiera contarle a un niño, así que me río, le guiño un ojo y acaricio el hocico de Baltasar.

—Tanto, sí. Está un poco mayor y ya no lo puede montar nadie que pese mucho, porque no quiero que sufra, pero le gusta pasear a niños de vez en cuando. ¿Qué me dices?

Da un paso atrás por instinto, arruga en un puño la tela de uno de los pantalones de deporte que le compró Giulia el otro día y me mira nervioso.

—¿Y si me caigo?

—No te caerás. Yo estaré contigo todo el rato.

—Pero ¿y si me caigo?

—Si tito guapo dice que no te caerás, tienes que confiar en él —dice Bella—. No te preocupes, Giu. No tengas miedo.

—No tengo miedo —miente el niño poniéndose a la defensiva inmediatamente.

—Bella, ¿por qué no vas con Bambi a por algunas zanahorias para darle a Balti?

Por un instante temo que mi sobrina no acepte, pero parece intuir que quiero tener un momento a solas con Giuliano y, por sorprendente que parezca, lo respeta. Palmea el lomo de mi enorme perro, que le llega a los hombros, y los dos se van mientras ella le canta una canción.

—Creo que quiero irme a casa. Con Giulia —murmura el crío sin mirarme.

—¿No quieres montarte sobre Baltasar?

—No.

—Está bien.

Eso hace que alce los ojos a toda velocidad.

—¿No te vas a enfadar?

—Claro que no. Si no quieres montarlo, está bien. A mí tampoco me gustaba mucho montar cuando tenía tu edad.

Es mentira. Con su edad yo ya montaba caballos con bastante soltura, pero quiero que Giu sienta cierta confianza. Funciona, porque eso hace que deje de arrugar su pantalón.

—¿Y cuándo te empezó a gustar?

—Cuando me di cuenta de que a Baltasar le encantan los niños. De verdad, le gusta muchísimo pasearlos y nunca, ni una sola vez, ha tirado a nadie al suelo. Es un gran cuidador.

—¿Sí?

—Ajá. Y, aunque las primeras veces me subía con miedo, me di cuenta muy pronto de que con él estaba en buenas manos.

Giuliano traga saliva, mira a los ojos al caballo y pasa a los míos, como si intentara evaluar la veracidad de mis palabras.

Espero paciente, sin alterarme y sin hablar de más, porque el niño siente una desconfianza tan apabullante que el simple hecho de que esté aquí sin llorar me parece digno de admirar.

Transcurren unos segundos que se hacen eternos y, al final, suspira.

—¿Y qué pasa si me subo y luego quiero bajarme muy rápido?

—Te bajaré.

—¿Y no me obligarás a seguir para que sea valiente?

Aprieto los dientes por instinto. No sé qué coño le decía Fiorella a este niño, pero sé que la odio por haberlo llenado de inseguridades en sus cortos cinco años.

—Claro que no. Si quieres estar una hora sobre Balti, está bien. Y si quieres estar solo un minuto, también está bien. Tú decides, chico.

Se mordisquea el labio inferior unos instantes, pero, al final, asiente con suavidad, como si ni siquiera él estuviera convencido de lo que hace.

Desde ahí, decido actuar sin perder el tiempo. Me acerco, lo cojo en brazos y lo subo sobre Baltasar con calma, sabiendo que el animal no va a espantarse ni hacer un movimiento brusco porque está más que habituado a los niños, aunque ya rara vez lo monten, a excepción de Bella.

Al principio Giuliano se tensa muchísimo, sobre todo cuando abro la puerta de la caballeriza y hago que Baltasar camine, pero en cuestión de minutos, comienza a relajar los hombros.

Cuando Bella vuelve con las zanahorias y con mi padre, que no se creía que yo se las hubiera pedido, los dos animan al niño, que sonríe tímidamente.

—Lo estás haciendo increíble —le dice mi padre—. ¡Se nota que le caes bien a Baltasar!

—Verás cuando se lo cuente a Giulia —dice él mirándome.

Algo dentro de mí palpita con fuerza. Este niño lleva una semana con la prima de su madre y ya es la primera persona en la que piensa cuando quiere impresionar a alguien.

Claro que no me extraña, porque Giulia tiene algo que.

.. Bueno, tiene algo que hace que uno quiera impresionarla, aun sin saber muy bien por qué.

—¿Quieres que te haga una foto para enseñársela?

—¡No, no me sueltes! —pide tenso de pronto.

En realidad, solo estoy sujetando su pierna para que tenga una falsa sensación de seguridad, pero su ansiedad es tal que aprieto su pequeña rodilla por instinto.

—No lo haré, no te preocupes.

—¡Hago yo la foto! —exclama mi padre enseguida mientras saca el teléfono de su bolsillo—. ¡A ver, sonreíd y decid «Baltiiii»!

Giuliano sonríe y lo dice, yo ni sonrío ni lo digo, y Bella se vuelve loca gritando, pese a que ni siquiera sale en la foto. Mi padre se ríe, hace la foto y, después de trastear en la pantalla unos segundos, me la envía. Lo sé porque mi propio teléfono suena en el bolsillo de mi pantalón.

—Bueno, ahora que sé que sí que estáis por aquí, os dejo con las zanahorias, pero no los empachéis, os lo advierto. ¡Estos caballos son demasiado golosos!

Los niños se ríen y yo me despido de mi padre con un gesto de la cabeza, sin soltar la pierna de Giuliano en ningún momento.

Paseamos por la finca un rato más. Bastante rato, a juzgar por el modo en que se pone el sol en el horizonte.

Para cuando bajo a Giuliano, el niño no parece dispuesto a separarse de Balti.

Tanto es así que tengo que prometerle que esta misma semana podrá venir a montarlo más veces.

Y, viendo la suavidad con la que el caballo agacha la cabeza y le toca la frente con el hocico, creo que el enamoramiento es mutuo.

Hago una foto superrápido, porque creo que es algo que a Giulia le gustará ver.

Aparto al niño del caballo, le acaricio una última vez el hocico y lo beso con rapidez.

—Buen trabajo, viejo amigo —susurro antes de dejarlo en su caballeriza y escribirle a Giulia.

Dudo un instante, porque en la foto que nos ha hecho mi padre salgo serio, para no variar, y apenas se me ve la cara por la sombra de la gorra, pero al final decido que lo importante es que vea a Giuliano encima del caballo.

En realidad, debería darme igual cómo salgo yo o lo que vaya a pensar ella, así que no lo pienso más.

L EÓN Todo bien. Se ha enamorado de mi caballo. Y no me extraña. Es un gran caballo.

G IULIA A mí tampoco me extraña. Gracias por las fotos, son preciosas. A lo mejor debería haberle comprado un caballo en vez de un montón de dinosaurios de juguete.

Se me escapa la risa sin darme cuenta. Carraspeo y niego con la cabeza, reprendiéndome a mí mismo.

L EÓN ¿De verdad eres tan mimada que estás valorando comprarle un caballo solo porque ha subido en uno sin llorar durante un rato?

G IULIA

Si eso sirviera para arreglar el desastre que Fiorella ha generado, lo haría sin pensarlo.

Trago saliva. Maldita Giulia del Valle. No debería resultarle tan fácil ser fascinante y.

.. atrayente. Estaba comportándose como una niña consentida y rica y, de pronto, suelta sus razones, y todo en lo que puedo pensar es en la suerte que tiene Giuliano, pese a todo, porque su madre se ha largado y estoy seguro de que la herida del abandono acabará saliendo por algún lado, pero al menos se ha ocupado de dejarlo con alguien que mataría dragones por él, no me cabe la menor duda.

G IULIA

Ven ya, gatito. Devuélveme a mi niño. Lo echo de menos y quiero mantenerlo despierto hasta las doce para que sople una vela mientras comemos pizza y bebemos cerveza.

Me sorprenden las ganas de reírme que tengo, pero ni siquiera puedo responder, porque enseguida entra otro mensaje.

G IULIA Como te conozco y sé que vas a poner el grito en el cielo, aclaro que la pizza es para los dos y la cerveza para mí.

Estoy a punto de decirle que no soy imbécil y lo he entendido cuando entra uno más.

G IULIA

Para él, de beber, tengo chupitos de tequila. Lo sé. Soy la mejor cuidadora del mundo. =)

Sonrío, aunque no quiera, y a regañadientes admito que sí, es más que probable que Giuliano tenga la mejor cuidadora del mundo.

Y puede que él aún no lo sepa, pero creo que algún día se dará cuenta de que quedarse al cargo de una loca que conduce como el culo, le da pizza a medianoche y se gasta un dineral en ropa deportiva solo para que vaya mono a entrenar es lo mejor que pudo pasarle en la vida.