Giulia, el amor y un puñado de lavanda 21. Giulia
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21. Giulia

Giulia

Creo que no le caigo bien a la maestra de Giuliano. Y al noventa por ciento del pueblo tampoco. Salvo al diez restante por un acto de fe, más que nada.

No es que no haya sido consciente hasta ahora, sobre todo porque desde el principio me ha constado que mi fama me precedía, pero en mis primeras interacciones con los habitantes de Valdelila, en general, noté más curiosidad que tirantez. Hoy, en cambio, los ánimos están... raros.

He querido ser una persona responsable, así que les he dicho a mis padres que yo me encargaba de Giuliano.

He conducido hasta aquí, he aparcado en el llano de tierra que hay junto al colegio y, nada más bajar, una señora mayor me ha dicho que nadie aquí olvidará nunca todo lo malo que hice.

Podría haberme ofendido, porque me parece un pensamiento muy exagerado, pero no me gusta enfadarme con ancianos, ya que en teoría están cercanos a la muerte y, si Dios existe, que no lo sé, no quiero que le digan que soy una cabrona, así que lo he dejado correr.

Pero es que justo después, nada más entrar en el edificio, Martina me ha dicho que tenía que pasar por secretaría y firmar varios documentos que el director lleva días esperando a que firme.

No parece nada malo así en principio, pero me lo ha dicho justo después de que yo le hiciera algunas preguntas muy educadas a las que ha dado respuestas.

.. secas. No malas, como tal, pero sí secas.

El director tampoco ha sido muy amable y no lo entiendo.

Sí, sé que fui una capulla en el pasado, pero tenía quince años y de verdad pensaba que eso estaba olvidado.

Quizás son imaginaciones mías. Tal vez solo se trata de un par de personas que puntualmente me guardan rencor, pero eso no implica a todo el pueblo, ¿verdad?

Salgo del despacho del director mientras este me acompaña, como si yo fuera alguien a quien hay que vigilar cuando sale de los sitios. O tal vez es muy educado y solo estoy siendo una paranoica.

—Entonces, ¿está todo solucionado? —pregunto en un intento de despedirme con amabilidad.

—Hombre, yo no diría que está solucionado, sobre todo porque habrá que ver qué daños psicológicos causa esto en Giuliano.

—Me refería a la parte administrativa.

Respondo igual de fría que él, porque una cosa es que yo intente ser amable y otra que vaya a arrastrarme o permitirle a este señor juzgar a mi familia, aunque tenga todas las razones del mundo para hacerlo.

Soy la primera que no soporta que Fiorella esté haciendo esto, pero por dignidad me toca defenderla, qué remedio.

—Sí, supongo que la parte administrati... ¡Hola, León, buenos días!

Frunzo el ceño cuando sigo su mirada y me encuentro con el exjugador entrando en el pasillo, con Bella alzada en un brazo y una bolsa de tela en la mano libre.

No quiero tenerle en cuenta al director que me haya dejado con la palabra en la boca porque.

.., bueno, digamos que le entiendo: a mí también me ha desconcentrado la imagen de León haciendo pesas, aunque sean en forma de niña de seis años, y vestido con vaqueros y gorra.

—Buenos días —dice él acelerado—. Voy tarde que te cagas.

—No te preocupes, ni que fueras a la universidad —contesta Alfredo, el director, antes de reírse de un modo muy tonto—. ¡Martina la recibirá sin problemas!

—Genial —responde antes de mirarme y añadir en tono seco—: No te vayas, tengo que hablar contigo.

Se larga antes siquiera de que pueda responder y veo cómo, al fondo, Martina abre la puerta y lo recibe con una sonrisa tan cordial que me queda claro en el acto que no es que tenga un mal lunes, sino que no ha querido ser simpática conmigo específicamente.

—Es un tipo excelente —dice Alfredo sacándome de mis cavilaciones.

—¿Mmm?

—León. Es un hombre excelente, de lo mejor que tenemos en el pueblo.

—Lo miro sin saber qué decir, pero, al parecer, no hace falta que diga nada, porque él sigue hablando—.

Ya sembraste el caos en el pasado, no lo repitas, y menos si ese caos incluye hacerle daño al mejor tipo que tenemos en Valdelila.

Me encantaría responder algo, lo que sea, pero la falta de café está afectando a mis neuronas y, además, me he quedado a cuadros.

¿Acaba de amenazarme? Esta mañana todo está siendo demasiado raro.

No puede ser que lo de mi cita con León sea ya de dominio público, ¿verdad?

Y tampoco puede ser que el pueblo me odie por eso, ¿no?

Salgo del colegio, voy al llano y espero a León, que apenas tarda unos minutos en aparecer. Se dirige hacia mí y, nada más llegar a mi altura, me da la bolsa de tela.

—Es un bizcocho casero de mi madre.

—¿Para mí? ¿En serio?

—No te emociones demasiado. Solo intenta comprarte con comida para que quieras volver a salir conmigo en una supuesta cita.

Me río, no sé si porque es lo más divertido que me ha pasado en lo que va de día, pero acepto el bizcocho de buen grado.

—Al menos a alguien le parece bien que me acerque a ti —murmuro.

—¿A qué te refieres? —pregunta con el ceño fruncido.

—Nada, tonterías.

—¿Qué ha...?

—¿Puedo pedirte un favor? —pregunto cortándolo, porque no voy a contarle que creo que el director del colegio me ha ordenado que no le haga daño y que una anciana me ha increpado. Es raro incluso en pensamientos, no quiero ni imaginármelo en voz alta.

—Depende.

—¿De qué?

—De cómo de grande sea y cuánto va a costarme.

—Oh, no vale dinero.

—No me refería al dinero.

—Y entonces, ¿a qué...? ¿Sabes qué? Da igual, porque estoy espesa, así que voy a ir al grano: necesito que hoy, después de baloncesto, te lleves a Giuliano a casa de tu hermana. Ella ya está avisada de todo, no te preocupes.

—Mi hermana tiene una gripe bestial.

—¿En serio? No me ha dicho nada.

—Por eso he traído yo a Bella. Abigail tiene una pinta espantosa. Mi madre está rezando para que sea un embarazo y yo estoy rezando para que no lo sea.

—¿Y qué más te da a ti que tu hermana esté embarazada?

—No estoy listo para otro bebé en la familia. Isabela ya me controla lo suficiente.

Su cara de sufrimiento es tan real que suelto una carcajada. En eso tiene razón, su sobrina prácticamente lo tiene esclavizado.

—Vale, entonces intentaré que mis padres se lo lleven toda la tarde por ahí. Aunque me iría de perlas su ayuda.

—También puedo llevarme a Giuliano.

—Pero has dicho que tu hermana está enferma.

—Sí, bueno, me lo quedo yo. De todos modos, pensaba quedarme a Bella.

Son esas cosas..., justo esas cosas las que me hacen cambiar de opinión cada vez que decido pensar que León es un capullo huraño y antipático.

—¿De verdad no te importa?

—No. —Encoge los hombros con indiferencia—. Podría aprovechar para acercarlo a los caballos, como dijimos. ¿Te parece bien?

—Sí, claro. Pero... ¿ni siquiera vas a preguntarme qué voy a hacer? ¿Aceptas ser niñero sin pedirme nada a cambio?

—Oh, sí que te voy a pedir algo —dice sonriendo de una manera letal para mi pulso, que se altera así, por las buenas, sin avisar.

—Ah, ¿sí?

—Otra cita falsa. Necesito que mi madre se calme. Necesito que mucha gente se calme, joder. Yo te hago de niñero hoy y tú me das una cita falsa cuando sea, pero pronto.

No sé cómo sentirme ahora mismo ni qué decir. Siento que debería mostrarme reticente, pero, si soy sincera, nuestra cita falsa el otro día fue sorprendentemente... agradable. Y la idea de repetir el plan no me disgusta. Al final, termino dándole una explicación que no me ha pedido:

—Mañana es el cumple de Giu. Por eso hoy necesito que hagas de niñero. Le he dicho a Martina que toda la clase está invitada, incluida ella, y quiero ir a comprar la decoración, la comida y... Voy a estar ocupada. Estás invitado, por cierto. Tal vez sirva para aplacar a tu madre.

—Iré, pero eso no cuenta como cita falsa. No va a conformarse.

—¿Entonces?

—Pensaré algo, si es que aceptas. ¿Qué me dices? Yo te hago de niñero a ti y tú me haces de novia falsa a mí.

—¿Novia? —Bufo para que no note que hay algo en esto de las citas falsas que me altera más de lo que quiero reconocer. Aun así, sonrío con picardía y le guiño un ojo—. Necesitas más que una cita, aunque sea falsa, para convencerme de ser tu novia, gatito.

Subo a mi descapotable amarillo, me coloco las gafas de sol y rezo para que el coche no se cale justo ahora, porque quedaría ridículo con mi imagen de mujer fatal.

Por suerte, no lo hace, así que realizo una salida triunfal que me hace sentir muy orgullosa de mí misma.

Al menos hasta que recuerdo la actitud de Martina mientras le hablaba del cumpleaños, como si no le hiciera ninguna ilusión tener que informar a los padres de que están invitados a una fiesta organizada por mí.

O las palabras del director...

Pongo la música, subo el volumen y me digo a mí misma que nada de eso tiene importancia.

Puedo organizar la mejor fiesta de cumpleaños del mundo, tener citas falsas con León y evitar que el pueblo me odie.

Y puedo hacer todo eso mientras consigo que Giuliano, que es lo único que de verdad me importa, sea el niño feliz que debería ser.

Lo tengo completamente controlado.