Giulia, el amor y un puñado de lavanda 20. León
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20. León

León

El lunes me despierto con alguien golpeando la puerta como si pretendiera derribarla.

Resoplo, miro el reloj y, cuando me doy cuenta de que solo son las siete de la mañana, me despego a trompicones de las sábanas, decidido a gritarle mucho y muy alto a quien esté al otro lado.

Bambi se levanta de su cama y me sigue moviendo el rabo a toda velocidad, contento de poder salir antes.

Abro la puerta y el perro se escapa mientras yo me concentro en la visita.

Por desgracia es mi madre, así que me desinflo de inmediato.

No es que mis ganas de gritar mengüen, pero mi sentido de la supervivencia gana.

Gritarle a mi madre es algo que me he planteado en muy pocos momentos de mi vida, y en todos y cada uno de ellos me he acabado arrepintiendo.

—¿Qué pasa? —No gritarle no significa que no pueda ser borde.

—Tu hermana se encuentra fatal.

—¿Qué le ocurre? —pregunto preocupado.

—Ella dice que es gripe. Yo espero que sea otro embarazo. En cualquier caso, no puede llevar a Bella al colegio. Te toca a ti.

Ni siquiera he terminado de procesar la palabra embarazo . No estoy listo para otro sobrino. A mí nadie me ha preguntado si esto era buena idea, así que espero que sea gripe.

—¿Y por qué no la lleva Samu?

—Tiene programada una cirugía a primera hora.

—¿Y tú...?

—La vas a llevar tú, León. Fin de la discusión. —Ni siquiera puedo quejarme, porque sus verdaderas intenciones se descubren de inmediato—. Por cierto, ya de paso, le das a Giulia un bizcocho casero que he hecho, puesto que no quisiste invitarla ayer a la comida familiar de los domingos.

—No la invité porque, como bien has dicho, la comida familiar de los domingos es para la familia.

—Ella es tu novia.

—No lo es.

—¿Tan mal fue la cita?

—No, pero...

—Porque si fue mal, no pasa nada. Puedo llamar a Martina y...

—¿Quieres hacer el favor de dejar a Martina en paz?

—¡Necesitas tu propia familia, León! Algo que le dé sentido a tu vida para que empieces a recuperarte de una vez por todas.

Es imposible explicarle a mi madre que formar mi propia familia no hará que me sienta más completo, o que mi vida cobre sentido, porque mi vida es un desastre. Lo cual no quiere decir que no me guste.

Sé que todo esto nace de la preocupación y por eso intento no tomármelo demasiado mal, pero de verdad que necesita dejar de intentar gobernar mi vida y de actuar como si, por tener pareja e hijos, fuese a estar mucho mejor.

En realidad, tampoco es que esté mal... Es decir, sé que perdí la oportunidad de mi vida y no puedo ni pensarlo sin sentir que se me hunde el pecho, pero el trabajo con los niños me gusta.

Enseñarles a montar a caballo o jugar al baloncesto es gratificante y, lo mejor de todo, sin duda, es que los niños no me juzgan, ni tienen expectativas de ningún tipo puestas en mí.

Sí, trabajar con niños me gusta. Lo que no me gusta es aguantar a sus padres. Ni a ningún otro adulto.

Por eso ayer fui a la comida familiar y, en cuanto pude, volví aquí, a mi cabaña junto al río, y me dediqué a entrenar, ver una peli y descansar en compañía de Bambi, en silencio y en la más absoluta calma. Fue un buen domingo, aunque de vez en cuando me preguntara qué andaría haciendo Giulia.

Nuestro día de centro comercial no fue tan mal como yo había imaginado en un principio.

Gastó una barbaridad de dinero en ropa, sí, pero en cierto modo estaba justificado.

Giuliano estaba pletórico con todas sus prendas nuevas y ella, al parecer, no tenía mucho más que ponerse aparte de ese vestido de colores que ya le he visto varias veces.

También fuimos a por su barra de labios y, aunque formaba parte del trato que yo se la comprara, la terminó pagando ella porque, según dijo, ya había hecho mucho al sujetar la cesta de la compra y pagar la comida y los helados.

Lo que quiero decir es que, para lo que yo esperaba que fuera, en realidad fue bastante bien.

Pero de ahí a meterla en mi vida más veces.

.., no era algo que tuviera planeado, la verdad.

Y, sin embargo, cuando mi madre me sigue amenazando con avisar a Martina, lo primero que pienso es que ni loco pienso aceptar eso.

No por Martina, sino porque con Giulia, al final, siento cierta comodidad al poder ser yo.

No tengo que esforzarme por sonreír si no quiero y no tengo que sacar conversación solo para que no se generen silencios tensos.

El camino de la ciudad a Valdelila, por ejemplo, lo hicimos con los niños dormidos y con Giulia toqueteando la pantalla de mi coche para conectar su móvil al bluetooth .

Yo no quería que enlazara nada a mi coche y no solo lo hizo, sino que me torturó con su música, pero se estuvo calladita y no me sentí en absoluto incómodo.

—Mamá, oye —digo cortando en seco su diatriba—. Giulia no es mi novia, pero pretendo pedirle más citas. Solo necesito un poco de tiempo y que dejes de meterte en mi vida, ¿vale?

—Pero entonces, ¿por qué no la invitaste a la comida familiar?

—Porque no quiero atosigarla o que piense que estoy desesperado.

—Hijo, pero sí que estás desesperado.

—No, mamá. Esa eres tú.

—Ya, eso es verdad. Bueno, vale, de momento voy a dejarte a tu aire..., pero si no veo avances, voy a meterme en medio, León.

—¿Es una amenaza?

—Llámalo como quieras, pero quédate con el significado, que es lo que de verdad importa. Y ahora dúchate, ponte guapo, ve a casa de tu hermana, dile que está guapísima, aunque las ojeras le lleguen a las rodillas, recoge a Bella y llévala al cole.

Se marcha con la misma energía con la que ha llegado y yo miro a Bambi mientras corre junto al río durante unos instantes. Negarme no es una opción, así que lo mejor que puedo hacer es tomarme el primer café del día y luego obedecer, aunque sea a mi manera.

Sí que me ducho, pero no sé si a mi pantalón vaquero y mi camiseta negra lisa se le puede llamar «ponerse guapo».

Es literalmente lo primero que he pillado del armario.

Me paso el peine por el pelo mientras pienso que es hora de recortarlo un poco y, cuando no consigo domarlo, cojo una gorra negra y me la coloco antes de subirme en la camioneta.

Abigail tiene más cara de gripe que de embarazo, por suerte, y en cuanto me ofrezco a llevar a Bella al cole se me tira al cuello, feliz de poder quedarse en pijama.

—Eres el mejor hermano del mundo.

—Lo sé.

—Y el más creído —contesta riendo—. Por cierto, Bella estuvo parloteando todo el día de ayer sobre lo bien que lo pasó con Giuliano, con Giulia y contigo.

—No estuvo mal.

—Para ser una cita falsa, parece que todos disfrutasteis mucho...

—No fue una cita falsa.

Sí lo fue, pero no quiero reconocerlo porque no confío en que no use esa información en mi contra. Es un posible chantaje demasiado bueno, y Abigail es un amor por las buenas, pero un verdadero grano en el culo por las malas.

—Venga ya, León. Es evidente que fue una treta para librarte de mamá. Me contó que te había organizado una cita con Martina y, vaya, ¿curiosamente ese mismo día tienes otra cita con una chica a la que ni siquiera soportas? —Sonríe—. Además, ayer me mensajeé con Giulia.

—¿De qué tienes su número?

—Se lo pedí cuando vino a la cena. Somos mejores amigas, ¿recuerdas?

—¿Qué te ha dicho? —pregunto, ignorando el hecho de que las dos piensen que pueden ser mejores amigas solo porque lo han decidido, aunque casi no se conozcan.

—Oh, cosas muy interesantes.

—¿Ha dicho que nuestra cita era falsa?

—No, pero lo he intuido de todas formas.

Podría ponerme difícil, no confesar e insistir en que se equivoca, pero llegados a este punto lo mejor que puedo hacer es tenerla como aliada. Es evidente que no se traga la mentira, así que empeñarme en convencerla solo conseguirá que se enfade y entonces estaré aún más jodido.

—Si te chivas a mamá...

—No lo haré.

—¿Segura?

—Ajá. Estás aquí, vas a llevar a Bella al cole por mí y... bueno, tengo mis razones para mantener la boca cerrada.

—¿Esas razones son chantajearme de algún modo para que haga cosas que no me apetecen una mierda?

—Por supuesto. Pero además tengo la esperanza de que, al pasar tiempo falso con Giulia, te des cuenta de que podría ser tiempo real.

La miro con la boca abierta. Mierda, esto es aún peor que todas las demás opciones.

Mi hermana es una romántica empedernida, aunque también esté loca de remate.

Convertirá toda esta pantomima en su propia romcom favorita y no tengo manera de escapar de sus expectativas porque puedo ver, incluso con lo mal que se encuentra, el brillo de la ilusión en sus ojos.

—Abi, no voy a liarme con Giulia.

—Ajá.

—Lo digo en serio. Está loca. Es inmadura, casi seis años menor que yo, egocéntrica, mimada y...

—Preciosa, lista, divertida y con un corazón de oro. No hay más que ver cómo cuida de Giuliano. ¿O me lo vas a negar?

Es imposible negar algo así. No soy un ogro, aunque muchos piensen que sí. He podido ver todas esas virtudes y más en Giulia, pero de verdad que liarme con ella no entra en mis planes.

—Es una mujer capaz de poner la vida de cualquier hombre patas arriba. Y mi vida ya está lo bastante desordenada, ¿no crees?

—No, no lo creo. Creo que, de hecho, necesitas desordenarla aún más.

—La miro frunciendo el ceño, pero no se detiene—.

Necesitas que alguien te vuelva loco, León.

Pero loco en el buen sentido. Tienes que recuperar la ilusión, por tu propio bien, pero también debes darte cuenta de que tienes muchísimo que ofrecerle al mundo y a otra persona.

Tienes que entender que el baloncesto profesional se acabó, pero tu vida no.

—Entendí eso hace años —digo con la voz ronca.

—No, hace años acabó tu carrera profesional, pero tú todavía no has aceptado que tu vida ahora es distinta. Y distinta no tiene por qué ser peor.

—Me preparé toda la vida para ser jugador profesional, Abi. ¿Qué quieres? ¿Que vaya por ahí oliendo flores y fingiendo que estoy feliz de que todo terminara antes de los treinta?

—Por supuesto que no. Pero quiero que asimiles que un golpe, por duro que sea, no sirve para derribar a una persona. No hay ni una sola carrera profesional o sueño roto que pueda contigo, León. Me niego a creer eso.

—¿Por qué?

—Porque si algo así termina contigo... Si te dedicas a asumir que la larga vida que aún te queda por delante va a ser vacía y triste, no podré soportarlo, ¿comprendes? Sé que no me crees, pero necesito que vuelvas a ser el héroe que siempre he pensado que eres.

—El héroe que tú pensabas que era se quedó en una cancha de baloncesto.

—No es verdad. Eras un jugador increíble, pero ese no es el motivo por el que te convertiste en la persona que más admiro del mundo. Y ojalá algún día puedas ser consciente de que todavía tienes mucho para dar... y mucho que disfrutar de la vida.

Trago saliva y miro a otro lado, evitando el contacto visual con mi hermana.

No quiero que se percate de hasta qué punto me afectan sus palabras.

Por eso, cuando mi sobrina entra en la cocina alborotándolo todo, la insto a tomar algo rápido de desayuno y la saco de casa con la intención de llevarla al cole, pero sobre todo de huir de un hogar en el que da igual cuánto la cague, porque siempre se empeñan en verme como si de verdad fuera digno de todo ese amor y admiración.

Como si aún quedara algo en mí que mereciera la pena salvar.