19. Giulia
Giulia
Miro mal a León cuando se niega a tenderme la cesta en la tienda de deportes.
—¿Más ropa? ¿Cuántas cosas llevas ya?
—¡No tantas! —exclamo ofendida.
—Giulia, para.
—Oye, ni que fueras a pagarlo tú.
León me ignora. Se asoma al interior de la cesta y cuenta los conjuntos deportivos que he comprado para Giuliano. Ay, son monísimos y hay tantos modelos que no sabía cuál elegir, así que he decidido comprárselos todos.
—Llevas nueve conjuntos para un niño que va a jugar al baloncesto tres horas a la semana.
—¿Y qué?
—Que tienes una puta enfermedad con esto. En serio, no es sano.
—¡Oye! Giuliano casi no tiene ropa de deporte y en el cole hacen educación física.
—Está en infantil. Martina los saca al patio y deja que corran sin rumbo. Eso no es hacer educación física.
—Pero para ir al parque necesita ropa cómoda.
—Ropa cómoda, sí. Conjuntos de baloncesto de marca, no.
—No todo son conjuntos de baloncesto. —Señalo lo que llevo en las manos—.
Mira, hay chándales de pantalón largo y de pantalón corto, porque empieza a llegar el calor, pero por las mañanas todavía refresca.
Y sudaderas de cremallera para que le resulte fácil quitárselas.
Y, oh, mira qué monada. —Abro frente a sus ojos una camiseta y sonrío, feliz—. ¡Es un dino jugando al fútbol!
—¡Me encanta! —afirma Giuliano acercándose.
Y solo por eso la meto en la cesta a empujones.
Su ilusión al ver todo lo que le estoy comprando compensa con creces la mala cara de León.
No porque Giuliano no tenga ropa. Tiene, de hecho, un armario entero, pero es más apropiada para ir a tomar un brunch que para ensuciarse las rodillas jugando, que es lo que debería hacer a diario.
—Giuliano ni siquiera juega al fútbol. En todo caso necesitas un dinosaurio con una pelota de baloncesto.
—Bah, detalles sin importancia.
—Detalles sin...
—¡Mira, tito guapo! —Bella se acerca sosteniendo una pelota de baloncesto rosa por encima de su cabeza.
Sonríe y se la tira a León al vientre. Y puede que su tío fuera jugador profesional, pero estaba tan concentrado en sostener mi cesta que no ha podido esquivar el golpe—.
¡Es rosa! —exclama la niña sin remordimientos.
—Bella, hemos hablado mil veces de esto. Da igual el color de la pelota, lo importante es encestar.
Pero mientras lo dice y le da toda una charla a su sobrina acerca de no ser materialista, coge la pelota del suelo y la mete en la cesta.
Sonrío, aunque me cuido de que él no me vea hacerlo.
Si algo he aprendido hoy es que León gruñe por todo, pero acaba acatando casi cada cosa que se le pide, sobre todo si proviene de Bella.
Esa niña lo tiene completamente dominado.
Cuando lo tenemos todo vamos a la caja y, no por primera vez en mi vida, me pregunto si en algún momento dejaré de pagar con una tarjeta enlazada a una cuenta en la que ingresan dinero mis padres.
Tengo veinticinco años, es vergonzoso, pero por otro lado.
.. esta vez no es para mí, ¿verdad? Estoy siendo una gran prima segunda para Giuliano.
¿Soy una prima segunda? Si su madre es mi prima hermana, sí, ¿no?
—¿Qué te pasa? —León se coloca a mi lado mientras salimos de la tienda—. Tienes cara rara. Como de estar pensando en cosas que no debes.
—¿Qué soy yo de Giuliano? —pregunto en susurros.
Se para en seco, me mira y se humedece los labios de un modo que no debería haberme hecho pensar que es sexi, pero así están las cosas. Al parecer, tengo capacidad para pensar en mi parentesco con el niño y en lo sexi que resulta León al mismo tiempo.
—¿A qué te refieres?
—Si su madre es mi prima, ¿yo qué soy? ¿Su prima segunda o quizás una especie de tía?
Por primera vez desde que lo conozco, tengo entrada en primera fila para ver una sonrisa de León. Dura tan poco que, por un instante, me pregunto si no me lo habré imaginado, pero ahí estaba. Rápida, fugaz, incontrolable.
—¿Y a qué viene esa duda ahora?
—Oh, estaba inflándome el ego a mí misma porque soy una niña mimada que usa la tarjeta de mamá y de papá, pero esta vez ha sido para comprar cosas a Giuliano. Y eso me convierte en una excelente... ¿qué? ¿Qué soy yo?
—¿Por qué te preocupa saberlo? No tiene importancia.
—Claro que la tiene.
—No, no la tiene. ¿Quieres saber qué eres de Giuliano?
—pregunta él señalando al niño, que salta a la pata coja imitando a Bella unos pasos por delante de nosotros—.
Eres la persona que ha gastado una pasta en comprarle ropa cómoda y bonita para que se sienta bien.
Y la persona que ha entendido en una semana cosas que su propia madre no ha podido entender en cinco años.
No sé si eres su prima segunda o su tía, pero da igual.
Al parecer, y contra todo pronóstico, eres lo que él necesitaba y punto. Con eso vale.
Lo miro con la boca abierta. Ni siquiera sabía que León era capaz de juntar tantas frases y decirlas de corrido.
—Eso ha sido... Bien, vale. Gracias.
—Y ahora vamos a por el helado, ¿quieres?
—Ah, la cordura y los gruñidos han vuelto. Menos mal, empezaba a sentirme incómoda con tanta charla profunda.
—Me muero de hambre.
—¡Has comido una barbaridad hace solo un rato!
—Y desde ese instante hasta ahora me has hecho cargar con un montón de peso; primero las cestas y ahora las bolsas.
Mi sobrina me ha chantajeado tanto que estoy exhausto y Giuliano.
.. —Mira al niño y suspira—. Nada. Ese niño es el único que no me ha dado un solo problema, en realidad.
Pero de todos modos da igual: me merezco un descanso y un helado gigantesco.
Pongo los ojos en blanco, pero se lo concedo. Después de todo, está soportando este día mucho mejor de lo que yo esperaba. Vamos a la heladería y le encargo a León que me pida un café granizado y lo que quiera el niño antes de ir al baño.
Tardo poco, pero al volver ya están sentados, mi granizado reposa en la mesa y Giuliano y Bella intentan lidiar con un inmenso cucurucho de chocolate cada uno mientras León, con una cucharilla de plástico que en sus manos se ve diminuta, intenta remeterles el helado dentro de la galleta para que no chorree por todas partes.
Y, pese a lo que cabría esperar por su mal humor casi constante, lo hace sin quejarse, de una manera silenciosa y metódica.
Sin gritos, ni malas formas. Sin importarle nada que lo estén ensuciando, porque lo único que hace cuando Bella salta, tropieza y apoya una mano llena de chocolate en su ropa impoluta es sujetarla y limpiarle la boca sucia con una servilleta.
Luego sonríe y les dice algo a los niños que los hace reír a carcajadas.
Y yo me quedo aquí, sorprendida por su actitud cuando piensa que no lo veo y un poco más acelerada de la cuenta.
Porque León Lobo es un gruñón, pero tiene un corazón de oro, aunque se empeñe en ocultárselo a todo el mundo.
Llego a donde están, tomo asiento y, cuando soy consciente de cómo él vuelve a tensarse un poco, me prometo a mí misma no ser demasiado capulla lo que resta de día porque, de pronto, tengo una nueva misión en la vida: conseguir que León se relaje conmigo del mismo modo en que lo hace con los niños.
No puede ser tan difícil, ¿no?