Giulia, el amor y un puñado de lavanda 18. León
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18. León

León

Hay quien dice que el infierno no existe, pero eso es porque no ha estado nunca en un centro comercial un sábado por la tarde con Giulia e Isabela. A Giuliano lo saco de la ecuación porque ese niño es un santo.

Estamos sentados esperando a que llegue nuestra comida tailandesa, ya que a las dos chicas de este extraño grupo les ha parecido increíble la idea de comer apiñados en una mesa enana y rodeados de un montón de gente, ruido y música alta.

—Podríamos haber elegido un buen restaurante —le digo a Giulia—. Pago yo, tenías todas las de ganar y nos metes aquí.

—La experiencia de verte lidiar con una silla minúscula suple con creces el hecho de no poder pedir langosta —me responde riéndose.

Razón no le falta. Estos bancos son demasiado pequeños, joder.

No quepo bien. Tengo las piernas encogidas y, para colmo, hoy solo puedo tomarme una cerveza porque conduzco yo y he gastado esa bala en una marca que ni conozco, ni me gusta.

Doy un sorbo y miro a mi lado, a Giuliano, que lo observa todo con los ojos abiertos, como si nunca hubiera estado en un centro comercial.

—¿Es tu primera vez comiendo tailandés? —El niño me mira fascinado y asiente—. La mía también. ¿Crees que te gustará?

—No sé.

—Yo tampoco.

—Giulia dice que me va a comprar camisetas de caballos. Y de dinosaurios.

Al parecer, ya se ha terminado la conversación acerca del restaurante. Por suerte, estoy acostumbrado a estas cosas con Bella.

—¿Te gustan los caballos? —Asiente rápidamente y sonrío.

Giuliano es un crío genial, no me ha hecho falta pasar más de dos días con él para confirmarlo.

Antes de que Giulia entrara en su vida —o, más bien, en nuestras vidas—, apenas había coincidido con él al llevar a Bella al cole o en las dos ocasiones en las que ha estado de excursión en la finca, pero se notaba que le fascinaba el tema de los caballos y que, pese a su timidez, era un buen niño.

Por eso me alegra que Giulia esté alentando sus gustos, aunque sea a través de la ropa.

Su madre no tuvo la decencia ni de hacer eso, por lo visto.

—Podrías venir a casa algún día para montar a caballo —le digo.

Su cara pasa de la ilusión máxima a la seriedad en un solo instante.

—No, porque son peligrosos.

—¿Quién lo dice?

—Mamá.

El modo en que Giulia encoge los hombros es tan evidente que me quedo mirándola.

Tiene los dientes apretados, pero cuando el niño la mira sonríe, aunque se nota que es una sonrisa falsa.

Valoro de inmediato que se sienta tan incómoda con este tema, porque lo cierto es que, por lo poco que he visto y oído, tiene pinta de que Fiorella sobreprotegía al crío, no por su bien, sino por evitar que se relacionase con la gente de Valdelila.

Y, sinceramente, Giuliano se merece que alguien le enseñe a divertirse y ser un niño.

—Los caballos no son peligrosos, Giu —le explica ella—. No si los tratas bien y con personas que saben. Y León sabe muy bien lo que hace.

En relación con los caballos, sí, sé muy bien lo que hago.

En relación con todo lo demás está claro que no tengo ni puta idea, porque no hay más que ver dónde y con quién estoy.

Aunque tengo que admitir que me ha gustado que mencione mi experiencia con caballos.

Seguramente Abi se ha encargado de hablarle de esta parte y, de pronto, me pregunto cuántas cosas más le habrá contado mi hermana de mí.

—Tito te enseñará a montar —dice Bella—. Es el mejorrrrrr maestro. Y el más guapo. Por eso me dijo que lo tenía que llamar así: «tito guapo».

La carcajada de Giulia me hace suspirar.

Yo sabía que traer a Bella era mala idea.

Lo sabía a la perfección, sobre todo porque al final no le he dicho a mi hermana que mi cita con Giulia es de mentira.

No puedo, no confío en que no le suelte a mi madre la verdad.

Así que ahora mismo tengo a una niña pequeña hablando de más frente a mí, y a una Abigail demasiado emocionada montándose películas en casa.

—¿Haces que tu sobrina te llame «tito guapo»? —Giulia no puede dejar de reírse.

Y es una mierda, sobre todo porque está guapísima.

Ese vestido de punto es... bueno, joder, es bonito.

Y hace que un hombre se imagine cosas, aunque no quiera.

El puto pintalabios no ayuda. Y esa risa.

.., no, esa risa tampoco ayuda a que pueda dejar de mirarla de un modo en que, desde luego, no debería mirarla.

Encojo los hombros, intentando parecer indiferente, y doy un sorbo a mi cerveza antes de responder.

—¿Acaso es mentira que soy guapo?

—Oh, desde luego que no. Eres igual de guapo que de gruñón. Para contrarrestar.

Estoy a punto de soltarle una pulla cuando mi sobrina se ocupa de cargar aún más el ambiente.

—Es muy gruñón porque está triste porque ya no puede jugar al baloncesto. Lo dice mamá. Y la abuela. Y papá. El único que no lo dice es el abuelo. El abuelo es que no habla mucho.

Y menos mal, porque el resto de la familia son una panda de alcahuetas que, al parecer, no tienen nada mejor que hacer que hablar de mí y de cómo me siento.

—Entiendo...

Me tenso esperando el comentario hiriente de Giulia.

Solo hace una semana que llegó a Valdelila, pero ha sido suficiente para que instauremos una dinámica que consiste en aprovechar lo más mínimo para meternos el uno con el otro.

Por eso me sorprende cuando alza su carta, pese a que ya hemos pedido, y frunce los labios en un mohín que serviría para hipnotizar a cualquier pobre idiota.

A mí, por supuesto, no me afecta en nada.

—Los postres aquí tienen buena pinta, pero he visto una heladería entre la segunda y la tercera planta que me gusta aún más. Podríamos ir luego.

—¡Síííí! ¡Helado! —grita Bella.

Giuliano se ríe, que es lo más parecido a la euforia que le he visto experimentar nunca, y yo miro en silencio a la chica alocada e irreverente que tengo frente a mí, porque podría haber dicho cualquier cosa para hacer leña del árbol caído o, incluso, para sonsacar más información, pero se ha limitado a eludir el tema y dejarme respirar un poco, y para eso no estaba listo.

En realidad, para una Giulia comprensiva y empática no estoy nada listo.

Comemos en sorprendente armonía. La comida está buena, aunque me cueste admitirlo, y cuando Bella y Giuliano dicen que no pueden más con sus platos, me encargo de comerme sus sobras.

—De verdad que no sé dónde lo metes —murmura Giulia con aparente fascinación.

—Mido un metro noventa y uno y me paso el día moviéndome o haciendo deporte. Necesito suficiente gasolina para hacer funcionar este cuerpazo. Además, los músculos no se alimentan de aire —digo mientras flexiono los bíceps.

Ella bufa y pone los ojos en blanco, pero de reojo sí que mira mis músculos, y yo no puedo evitar una sonrisa engreída.

Terminamos de comer, pago la cuenta y vamos a mirar ropa, porque todos están tan llenos que no quieren el helado de inmediato.

Ahí empieza la segunda parte de mi infierno personal: Bella no deja de pedir cada cosa que encuentra.

En serio. CADA COSA. Giuliano solo busca desesperado algo con dinosaurios o caballos, y Giulia se pasea entre los pasillos de la tienda echando ropa sin ton ni son a una cesta que, solo dos minutos después de entrar, me ha encasquetado a mí.

—No sé por qué ponen cestas con asas tan largas. En cuanto las llenas un poco se arrastran por el suelo.

—No se arrastran por eso —susurro—. Lo que pasa es que tú tienes la altura de un minion, más o menos.

—Ay, qué gracioso. Aunque siento decirte que acabas de darte un tiro en el pie, porque yo soy pequeña, sí, pero tú, por el contrario, eres altísimo, como bien me has dicho hace un rato, así que vas a ser mi mulo de carga toooooooodo el día, gatito.

¿Qué te parece? ¿Estás contento? —Gruño, y esta vez sí que se ríe—.

Así me gusta. Y ahora, vamos. Tengo que comprar bragas.

—No pienso acompañarte a comprar bragas.

—Pues elige un banco, siéntate y espera a que yo vaya, las compre y vuelva para meterlas en la cesta.

—No quiero mirar tus bragas.

—Eso dicen todos y siempre acaban suplicando —contesta riéndose de nuevo—. Mira, podemos hacer una cosa: cuando vuelva con ellas, si quieres te aviso para que puedas cerrar los ojitos como todo un niñato para no traumatizarte. ¿Así mejor?

No contesto, pero tampoco me siento en ningún banco, porque Isabela no deja de tocarlo todo y Giuliano sigue esperando que alguien le encuentre una puta camiseta estampada, así que dejo a Giulia y me voy con los niños.

Encuentro una camiseta de un dinosaurio en patinete, otra de muchos dinosaurios bebiendo batido y otra de un caballo que, si bien no es preciosa, a Giuliano parece encantarle.

Lo echo todo a la cesta, junto con las cuarenta mil prendas de Giulia, la diadema de unicornio de Bella, el tutú de estrellas plateadas que ha metido a traición y unas zapatillas con luces a las que yo, desde luego, no les he dado el visto bueno.

—Deja de meter cosas aquí dentro, niña. Esto pesa como un muerto.

—¿Cuánto pesa un muerto? —pregunta Giuliano.

—Depende de lo grande que sea —responde Bella.

Giuliano se queda en silencio, me mira desde los pies hasta el pelo y se gira hacia mi sobrina.

—Cuando tu tío se muera, nadie va a poder con él.

La niña lo encuentra graciosísimo y comienza a reírse a carcajadas que contagian a Giuliano.

La gente nos mira, yo intento deshacerme de los zapatos con luces y, en medio de todo el caos, llega Giulia con los brazos llenos de sujetadores y bragas.

Hay encaje, mucho encaje negro, azul cielo y lila.

No puedo mirar más, y me obligo a apartar la vista y tenderle la cesta para que lo eche todo dentro.

La oigo reírse y murmurar algo acerca de mi comportamiento pueril, pero no me importa.

Puedo tolerar las risas infantiles a decibelios exorbitados, las zapatillas con luces, los tutús y las camisetas de dinosaurios, pero no estoy listo para averiguar qué tipo de ropa interior va a llevar Giulia de aquí en adelante.

Y aún menos para torturarme intentando adivinar qué conjunto llevará debajo cada vez que la vea.

Por desgracia, el mundo decide ponerme a prueba una vez más en el momento en que Bella grita extasiada y mete la mano en la cesta.

—¿Por qué tus bragas están rotas? ¿Puedo tener yo bragas rotas?

—No están rotas, cielo —contesta Giulia riéndose.

—¿Y por dónde te tapas el culo con esto? —pregunta la niña desplegando un tanga frente a todo el que quiera pararse a mirar.

Cualquier otra chica se habría muerto de vergüenza, pero Giulia suelta una tremenda carcajada antes de colocarse el tanga por delante del vestido para explicarle a mi sobrina cómo y dónde va.

Cierro los ojos con fuerza, pero es tarde.

He imaginado con demasiada claridad cómo va a quedarle el maldito tanga lila.

La culpa, en el fondo, es mía. Demasiado tiempo sin sexo.

Hace meses que lo pienso, no es sano, y he empezado a recurrir a la mano izquierda en la ducha porque algo me decía que los músculos de la derecha se me iban a desarrollar en exceso si no.

Son necesidades fisiológicas, nada más, y hasta ahora yo solito me bastaba; pero si ver un tanga en manos de Giulia hace que se me altere la respiración, es evidente que va siendo hora de ponerle fin al problema.

No con ella, obviamente. No sé con quién, pero... Bueno, no sé. Ya veré cómo lo hago.

—¿Gatito?

Salgo de mis pensamientos a tiempo de ver a Giulia mirándome como si me hubiera ido a otro planeta.

—Deja de llamarme así.

—No va a funcionar —dice Giuliano—. Yo le digo todo el rato que no me llamo Giu, pero se le olvida.

—Tiene razón —responde ella riéndose otra vez—. Se me olvida, así que lo siento, gatito. Te decía que ya estoy lista. ¿Pagamos y vamos a por el helado? Y luego a la tienda de deportes. Quiero mirar la ropa de Giu.

—¿Ves? —pregunta el niño resoplando.

Contengo una sonrisa, le revuelvo el pelo y asiento mientras camino hacia la caja con los tres pisándome los talones.

Al menos, con un poco de suerte, en la tienda de deporte no habrá nada sexi que pueda comprar para ponerme frenético.