17. Giulia
Giulia
Hasta hoy, el helado de pistacho tenía el primer puesto entre mis cosas favoritas en la vida.
Mi barra de labios roja como la sangre tenía el segundo.
El tercer puesto ni siquiera sé qué lo ocupaba, pero ya no importa, porque el helado y el pintalabios van a bajar en el ranking en cuanto consiga que León Lobo suplique y se coloque en lo alto de la lista.
—Estoy esperando y el tiempo es oro —le recuerdo.
—¿Cómo de difícil piensas ponerlo?
—Uy, mucho. —Parece tan torturado y profundamente infeliz que sonrío—. Para empezar, hoy vamos a comer fuera. Pensaba ir esta tarde a la ciudad, pero resulta que quiero ir a un buen restaurante.
—Según mi familia, en tu estirpe lo que sobra es dinero. No tienes problemas para pagar un buen restaurante.
—Así es.
—¿Entonces?
—Que no tenga problemas no significa que no vaya a disfrutar pidiendo lo más caro y sabiendo que pagas tú.
—¿Sabes cuánto dinero tengo yo? —me dice con una sonrisa engreída—. Podrías pedir lo más caro durante un año entero y ni me enteraría.
—Pero te va a molestar de todos modos.
—¿Por qué?
—Porque lo hago para sacarte de quicio. Tú lo sabes. Yo también. El simple conocimiento sirve para que la rabia burbujee en tu interior. —Hace amago de protestar, pero alzo una mano—. Vas a invitarme a comer. Y vas a comprarme una nueva barra de labios.
—Siempre que no sea roja, vale.
—¿Qué tienes en contra del rojo?
—Nada.
—¿Y entonces?
No contesta.
Mi lado inseguro podría pensar que no le gusta que use este pintalabios, pero, seamos sinceras, soy guapa, sé que soy guapa y este pintalabios me queda de muerte y lo uso precisamente para fortalecer mi autoestima.
Me da seguridad, me empodera, me hace sentir increíble, aunque sea una tontería.
Es como ponerme una máscara que impide al mundo ver o intuir una sola debilidad.
Y, además, no me ha pasado desapercibida la forma en que León mira mi boca. Puede decir lo que quiera, pero le gusta cómo me queda el rojo.
—Una comida y un pintalabios. —Se rinde—. ¿Qué más?
—Cómo me gustan los gatitos dóciles...
—No me toques los...
—Vas a ser superamable toda la tarde.
—Ni lo sueñes.
—Ni que te estuviera pidiendo la luna. Una sonrisa, una charla agradable, un...
—Vale, joder. Seré agradable.
—Agradable según mis estándares, no según los tuyos.
—¿Qué les pasa a los míos?
—Pues que, conociéndote, para ti ser amable puede ser no escupirme a la cara. —Bufa y me río—. Y otra cosa más.
—¿Qué?
Su impaciencia es tan evidente a estas alturas que me reiría si no fuera porque, en el fondo, soy una mujer lista. Sé que sacarle una barra de labios y una comida está bien, pero no es algo que le suponga un esfuerzo ni un sacrificio. Los dos lo sabemos, aunque se ponga digno.
—Vas a devolverme el favor cuando te lo pida. Sin excusas y sin hacer preguntas.
Eleva una ceja, sorprendido, y por primera vez cuando habla no lo hace ladrando, sino con genuina curiosidad.
—¿Quieres que me haga pasar por una cita cuando lo necesites?
—Puede. O tal vez necesite otra cosa. Pero tendrás que aceptar.
—Mmm. Vale. —Encoge los hombros—. Ojo por ojo, supongo.
—Sin excusas, León.
—Vale.
—Y sin hacer preguntas.
—Que sí, joder. ¿Trato?
Estira la mano en mi dirección y, después de unos segundos de espera —solo para darle dramatismo—, la acepto.
Sabía que sería mucho más grande que la mía, pero aun así me sorprendo, porque es que mi mano prácticamente se pierde entre sus dedos.
Me quedo tan impresionada que no digo nada hasta que él se separa y da un paso atrás, como si ya hubiéramos estado demasiado cerca demasiado tiempo.
—Vale —carraspeo—, pues voy a casa a prepararme y ponerme guapa. Estaremos listos en una hora. Ah, por cierto, Rubén viene.
—Y una mierda. —Se enfada otra vez. Ha durado calmado la friolera de dos segundos—. Yo con ese imbécil no voy.
—Pero se había ofrecido a llevarme en mi coche.
—Pues ahora te llevo yo. No voy a consentir que mi madre mañana se entere de que en nuestra supuesta cita ha estado el inútil de Rubén.
—Oye, no lo insultes más, que es un chico majísimo. —Bufa de nuevo y pongo los ojos en blanco—. Vale, pues le avisaré para decirle que no puedo.
—Bien. Os recojo en una hora.
—Sí, pero vamos en nuestro coche. Está la silla de Giuliano y no tengo ni idea de cómo se instala en otro coche.
—Tengo una de Isabela en la camioneta. Puede ir ahí.
—O puedes traerla a ella y...
—¿¿Qué parte de que se supone que tenemos una cita es la que no entiendes?? Mi madre mañana preguntará todos los detalles; lo suyo es enfermizo. Y ya será bastante raro que tengamos una cita con Giuliano presente, como para que encima se entere de que también me he llevado a mi sobrina.
—Pero tu madre no tiene que saberlo. Y a Giu le vendrá bien estar con Isabela.
—¡Mi madre lo sabe todo!
—Tienes treinta años, gatito. No seas patético, ¿quieres? Además, usa a tu sobrina; dile a tu madre que la niña viene para que las cosas sean más cómodas para todos, porque así ella y Giu se entretienen. Y, si lo prefieres, a tu hermana cuéntale la verdad. No hace falta que ella se crea este rollo.
Él me mira pensativo y, por primera vez, creo que empezamos a estar de acuerdo. Además, ahora que lo he dicho, no dejo de pensar que a Giuliano le irá bien una tarde en la ciudad con una amiga, lejos de Valdelila, del cole y de su rutina.
—Muy bien. En Casa Lavanda en una hora. No me hagas esperar, te lo advierto. Tengo hambre. Me pongo de mal humor cuando estoy hambriento.
—¿Hay algún momento en el que tú estés de buen humor?
—Sí, ahora. —Arqueo las cejas y me río—. ¿Qué?
—Que pareces un gato recién mojado.
—Deja de compararme con un gato.
—Deja de comportarte como uno.
Pone los ojos en blanco, se gira ignorándome y toca el silbato con todas sus ganas.
—¡Vamos a estirar, chicos! Hora de acabar la clase.
Giuliano viene hacia mí con el ceño fruncido.
—Ha durado muy poco.
—Lo sé, colega. Hemos llegado tarde. El próximo día estaremos aquí los primeros. —No parece contento y eso me gusta, porque significa que tenía más ganas de jugar de las que ha demostrado—. ¿Sabes la parte buena? Vamos a casa a ponernos guapos y pasaremos la tarde en la ciudad con Isabela y León.
—¿Por qué?
—¿Por qué no? —pregunto sonriendo.
No me apetece contarle que tengo una cita falsa con el tipo más antipático y guapo que he conocido en mi vida.
Algo me dice que no lo entendería, así que lo cojo de la mano, volvemos al coche, lo ato a la silla y compruebo muchas veces que está bien seguro antes de volver a Casa Lavanda a una velocidad vertiginosa de treinta kilómetros por hora, porque he decidido que ese es el tope para alguien que conduce como el culo.
Llego a casa y maldigo no tener algo que ponerme para dejar a León con la boca abierta.
¡Justo iba a aprovechar para comprarme algo decente esta tarde!
Abro el armario de Fiorella y encuentro un vestido que yo jamás habría elegido.
Negro, liso, soso. Muy Fiorella y muy poco yo.
Me lo pongo, pero en cuanto me miro en el espejo sé que no puedo salir así, de modo que vuelvo a coger el vestido de punto de colorines que ya he lavado tres veces y me lo pongo con mis zapatillas deportivas.
Total, no es una cita real, no es como si tuviera que impresionarlo. ..
Le envío un mensaje a Rubén para avisarle de que esta tarde al final no puedo quedar con él y me estoy repasando los labios justo cuando mi madre se apoya en la puerta de la habitación.
—No puedo creerme que tengas una cita con León Lobo.
Le he contado la versión de mentira. Adoro a mis padres, pero no saben mentir y conectaron muy bien con Carmen en la cena. No quiero que se la encuentren en el pueblo y echen a perder el plan. Ya está, así de simple. No es que a mí me interese que piensen que...
—¿Por qué no? —pregunto.
—Parece que os odiáis.
—No nos odiamos. Yo no odio a nadie.
Excepto a mi tía Bianca. Y a Fiorella. Aunque, siendo sincera, en mi fuero interno sé que ni siquiera a ellas las odio. Soy poco tolerante a la presencia de ambas, pero el odio es algo demasiado visceral para mí.
—Pues él sí te odia.
—Vaya, mamá. Gracias.
—Hija, yo solo digo que no parece encantado con tu compañía y, de pronto, tenéis una cita. Es raro.
—Bueno, solo vamos a ver qué tal. No es como si fuéramos a casarnos.
—Dime la verdad: ¿es un caso de química sexual descontrolada?
—Mamá, por Dios.
—Lo entendería más si fuera eso, hija; es guapísimo y el sexo es algo muy natural que...
—Mamá, tengo veinticinco años, te lo digo en serio: hace mucho que sé todo lo que hay que saber del sexo y no estoy lista para hablar de eso ahora mismo.
—Vale, pero prométeme dos cosas.
Pongo los ojos en blanco, pero le hago un gesto para que siga hablando.
—Dispara.
—Vas a comprar condones, por si acaso.
—¡Mamá!
—Y vas a contármelo todo.
—¡Mamá!
—Prométeme las dos cosas, Maria Giulia.
Vaya, parece que últimamente se ha puesto de moda utilizar mi nombre completo.
—No voy a comprar condones, porque tengo en mi mochila, aunque no pienso usarlos... aún. Y desde luego no voy a contarte detalles de mi vida sexual.
—No entiendo por qué. Es algo sano y...
Por fortuna, el timbre de la puerta nos salva de seguir manteniendo esta conversación. Salgo al pasillo y me asomo al cuarto de Giuliano.
—¡Vamos, colega!
El niño se levanta de inmediato de la alfombra en la que jugaba y se agarra a mi mano mientras recorremos el pasillo y huimos de mi madre, aunque él no lo sepa.
Solo pido no encontrarme con mi padre de camino hacia la puerta.
Lo consigo, pero estoy tan distraída con ese pensamiento que no puedo evitar disimular mi cara de sorpresa cuando abro y me encuentro con un León vestido con vaqueros, zapatillas y una camisa normal, sin mensajes bordes.
Nada de ropa deportiva esta vez. Incluso parece que se ha peinado.
Está... está increíble.
Y huele increíble.
Dios mío, si ya es difícil dejar de pensar en lo atractivo que es con ropa de entrenamiento, ¿cómo voy a concentrarme cuando lleva esa pinta?
Me mira. Lo miro.
El mundo entero podría arder ahora mismo y yo solo pensaría una cosa: ojalá me hubiera puesto el vestido negro soso de Fiorella.