16. León
León
¿Cómo empiezan los infartos? Siempre he oído eso del dolor de brazo y pecho, pero no lo siento y, sin embargo, estoy casi seguro de que es cuestión de segundos que sufra uno.
—Y si tienes una cita con Giulia, ¿por qué le estás gritando que se largue? —pregunta mi madre.
Su emoción es tan tan tan contenida que estoy seguro de que podría darle una excusa de mierda y se la creería, porque si algo obsesiona a esta mujer desde hace años es el hecho de que no tenga una relación formal con nadie.
No ve la hora de casarme y esperar a que le llene la casa de críos, porque en la vida de mi madre solo importan dos cosas: la familia y la Finca Lobo.
Ya puedes ser un asesino en serie, que si estás casado, con hijos y te gustan los caballos, mi madre te querrá. Es así de simple. Por eso sé que no tendré que esforzarme para hacerle creer lo de Giulia, al menos de momento.
—Le he gritado que se largue porque no quería que se le escapara que tenemos una cita. Pero no dejas de insistir con el tema de Martina y, sinceramente, mamá, me estoy sintiendo mal porque mi cita real no tendría por qué oír cómo intentas meter a otra mujer en mi casa.
La facilidad con la que me sale la mentira me sorprende incluso a mí.
Miro de reojo a Giulia, que, por suerte, está tan pasmada que no le salen las palabras.
Me lo anoto como una victoria, porque si algo he descubierto en tiempo récord es que no hay forma de hacer que esta mujer se calle cuando quiere decir algo.
—No vuelvas a gritarle bajo ningún concepto —dice mi madre muy seria—. Estás a punto de cumplir treinta y un años, cielo. Que seas millonario y guapo no son atractivos suficientes para atar a una mujer para siempre.
—Gracias por tu consejo, mamá —contesto secamente.
—De nada. El dinero y el físico están muy bien, pero se acaban y luego lo que queda es el carácter. Así que haz el favor de cambiar el tuyo porque necesito más nietos, ¿comprendes? —No respondo y eso, por alguna razón, la enerva—. ¿Entiendes o no, hijo?
—Sí —murmuro con desgana.
Juro que puedo oír el modo en que Giulia se ríe de mí.
La miro de reojo y su cara es inexpresiva, pero no me engaña.
En su mente ahora mismo se está descojonando, y no me extraña.
Quiero decirle algo, lo que sea, pero mi madre me vigila, así que solo suspiro y señalo a los niños, que han dejado de correr despavoridos por ahí y ahora se dedican a intentar hacer el pino sobre la pista.
—Tengo que trabajar.
—Ale, cariño, ale. Yo voy a decirle a Martina que, por desgracia, estás muy enfermo y no puedes quedar con ella.
—Pero no mientas, mamá, joder. Esto es Valdelila. Todo el mundo sabrá mañana mismo que no estoy enfermo.
Y es muy posible que todo el mundo sepa mañana mismo que Giulia y yo hemos tenido una cita, por improbable que pareciera.
No es una cita de verdad, eso lo tengo claro, pero entre esto o volver a tener una cita con Martina.
.. Bueno, me quedo con esto. Seguramente porque Giulia no va a intentar convencerme de que le ponga un anillo en el dedo y de venirse a vivir a mi casa mañana mismo.
Me sabe mal por Martina, de verdad, no es una mala mujer, sino todo lo contrario.
Pero busca algo muy serio y soy consciente de que las pocas veces que salí con ella estaba tan ansiosa por caerme bien que no disfrutó.
Y cuando hablamos de manera informal siempre está tan tensa que ni sé cómo tratar con ella, porque tengo la sensación de que, con cualquier improperio que suelte, se echará a temblar.
Miro a Giulia de nuevo, es inevitable. Ella no se achanta con mis malas pulgas, pero eso es porque tiene su propio carácter de mierda y, la verdad, no tengo ni idea de cómo voy a conseguir que acepte fingir que tenemos una cita frente a mi madre.
Hasta el momento no ha dicho nada, pero su fama la precede, y si algo tengo claro es que no va a conformarse con hacerme este favor por las buenas. Y mucho menos sin pedir algo a cambio.
La cuestión es: ¿qué puedo ofrecerle para que me ayude a salir de esta? ¿Y cómo de humillante va a ser para mí el resultado?
—¿Y bien? —pregunta ella en un tono que no me gusta nada en cuanto nos quedamos solos.
—Y bien, ¿qué?
Su sonrisa... Hay algo en la sonrisa de Giulia del Valle que me pone los pelos de punta, no porque sea preciosa, que lo es, sino porque enmarca un montón de cosas que estoy seguro de que no van a gustarme. Y cuando habla lo único que hace es confirmarlo.
—¿Listo para suplicar?