15. Giulia
Giulia
Debería ser delito estar tan bueno. Sobre todo teniendo en cuenta que está despeinado y vestido con un pantalón corto básico de deporte y una camiseta de manga corta con un letrero que dice S I PUEDES LEER ESTO, ESTÁS DEMASIADO CERCA . Menudo friki gruñón es León Lobo.
Pero un friki gruñón guapísimo, las cosas como son.
Pienso en el impulso de esta mañana, cuando lo he buscado en internet.
No sé bien qué esperaba encontrar, pero desde luego, no un montón de artículos explicando el desgraciado accidente que sufrió en uno de los partidos más importantes de su carrera.
Algunos medios hablan de él como una leyenda y un jugador serio y responsable, centrado al cien por cien en el baloncesto.
Otros, más sensacionalistas, se ceban con la noticia y usan sin control las palabras fatídico , despedida y desgracia .
En cualquier caso, todos coinciden en lo cruel que fue el destino con él hace casi tres años, cuando cayó mal después de dar un salto increíble.
He visto el vídeo: León despega del suelo tan alto que me parece imposible que un ser humano sea capaz de hacer algo así.
Sin embargo, la caída no es buena. El golpe es tan certero que me dolió solo de verlo.
El impacto hizo que se partiera la rótula y se le desgarraran varios ligamentos de la rodilla.
En el vídeo, se ve a León tumbado en el suelo, con los ojos cerrados y cara de dolor intenso mientras los médicos lo atienden y el público guarda silencio de un modo que pone los pelos de punta, teniendo en cuenta que el pabellón estaba abarrotado.
Con solo teclear su nombre en redes sociales he descubierto que él no tiene cuenta propia en ninguna de ellas, pero sí hay una avalancha de fans que lo idolatran.
También son varias las cuentas anónimas que usan sus fotos de patrocinios, partidos y paparazis para enaltecerlo y convertirlo prácticamente en un dios.
Me gustaría decir que no me he distraído mucho mirando, pero he visto tantas fotos de León jugando, entrenando, posando con mala cara para las marcas que patrocinaba e, incluso, sin camiseta en descuidos cuando se cambiaba en los vestuarios frente a algún medio, que tengo la sensación de conocer la posición exacta de varios de sus lunares.
Así que supongo que no es de extrañar que, con todo eso en mente, ahora no pueda dejar de mirarlo.
No le he dicho nada de su pasado, ni de su lesión, ni del modo en que, evidentemente, eso lo retiró de la vida pública y profesional.
Y no lo he hecho porque me ha bastado nombrar la NBA y el uniforme de los Denver Blaze para ver su cara y darme cuenta de que aún es un tema espinoso.
Me hago una nota mental para comentarlo con Abi, ahora que somos mejores amigas de forma oficial, y me centro en lo que de verdad me ha traído aquí, que es Giuliano.
El niño no se adapta al juego de los demás.
Y no es porque juegue mejor o peor al baloncesto.
Siendo sincera, nadie aquí está jugando al baloncesto.
Incluso hay un niño que camina por la pista con los brazos alzados y los ojos cerrados, como si fuera un zombi ciego, mientras León intenta convencerlo de que los abra y coja una pelota.
No es eso lo que me preocupa. Es el hecho de que no busca a nadie.
No se relaciona con nadie y, de no ser por Bella, que lo arrastra de un lado a otro de la pista, Giuliano ni siquiera se movería del sitio.
No lo entiendo. Es un niño increíble, tiene un montón de intereses y de verdad que es muy inteligente.
Le he preguntado a Fiorella quiénes son sus amigos, como quien no quiere la cosa, pero la muy imbécil me ha dejado en visto porque, al parecer, la cobertura es tan mala dondequiera que esté que no puede hablar bien.
En realidad, solo pretendía comprobar si lo que me dijo Abigail es verdad; ¿es posible que Fiorella supiera que su hijo no tenía amigos y que, aun así, insistiera en mantenerlo aislado?
Hace mucho tiempo que no estoy de acuerdo con las decisiones de mi prima, pero esto. .. es demasiado.
Al menos podré ir esta tarde a comprarle ropa.
He convencido a Rubén para que me acompañe a la ciudad.
No deja de insistir en que lo pasamos tan bien hace diez años que deberíamos repetir, y yo no sé cómo decirle que hace diez años echamos un polvo bastante chapucero en el que lo más memorable fue el lugar elegido, como bien recuerda todo Valdelila.
Aun así, le pedí que condujera mi coche porque yo no quiero matarme por la carretera y él accedió, así que al menos tengo que reconocer que es útil, guapo y majo.
Y, honestamente, en estos tiempos, no pido mucho más de un hombre. Es triste, pero es la verdad.
Tan ansiosa estoy mirando las interacciones sociales de Giu, o más bien la falta de ellas, y pensando en esta tarde, que no me doy cuenta del drama que se desencadena por otro lado hasta que ya es inevitable.
Oigo un grito de León, seguido de un grito de su madre, que ha llegado y le clava un dedo en el pecho mientras lo mira como toda una fiera.
Puede que su hijo mida casi dos metros y ella pase con dificultad del metro y medio, pero Carmen es una bola de fuego.
Me levanto de las gradas y me acerco a ellos.
¿Me incumbe a mí lo que sea que estén hablando? No.
¿Debería meterme en mis propios asuntos? Desde luego.
¿Pienso inmiscuirme de todas formas? Por supuesto.
—Que sea la última vez que le alzas la voz a tu madre. Yo no eduqué a un neandertal, así que deja de portarte como tal.
—Que sea la última vez que me organizas mi puta vida privada.
—Esa boca, niño.
—¡Tengo treinta años, mamá, joder!
—Esa boca, niño —repito a su espalda.
Se gira tan rápido y me mira tan mal que sonrío.
En algún momento debería psicoanalizarme para entender por qué me parece tan divertido enfadar a un tío que es tan grande como un armario, con músculos definidos en partes que muchos otros hombres ni siquiera conocen.
León puede resultar amenazador. Pero que no se entienda mal.
No lo imagino siendo agresivo con nadie, aunque es evidente que muchas otras personas se sentirían intimidadas por esas miradas de chico malo, sus gruñidos constantes y su altura y complexión propias de jugador profesional de baloncesto.
En cambio, a mí no me provoca más que emoción ver hasta dónde soy capaz de enfadarlo.
Y no, no me creo especial. Me creo una falla de fábrica, más bien, porque lo mío normal no es.
—¿Qué pasa, gatito? ¿Necesitas ayuda?
—Lárgate —me dice antes de mirar a su madre—. Y tú también. Largaos las dos.
Yo lo ignoro, igual que su madre, porque sigue hablando de lo suyo. Mientras tanto, los niños corren por la pista. Creo que están jugando al escondite en vez de al baloncesto, pero aquí no hay sitios donde esconderse, así que cualquiera sabe.
—Martina es una chica maravillosa, León.
—No.
—Solo es una cena. ¡Ni que hubiera concertado con el cura un día para vuestra boda!
—Capaz eres. Te lo juro, mamá, como me obligues a...
—Ya le he dicho que cocinarás tú. Estará en tu casa a las ocho en punto. Así veis el atardecer juntos. Desde tu cabaña se ve precioso con el río de fondo.
Ahogo una risotada y, cuando León me fulmina con la mirada, me cuido mucho de morderme el labio inferior lo bastante fuerte como para no estallar en carcajadas frente a él. Por suerte, ahora mismo no soy la persona que peor le cae del mundo. Ese honor es todito para su mami.
—La llamas y le dices que no pienso cocinar una mierda.
—Pero cocinas de maravilla, hijo.
—Pues no le pega nada —intervengo.
—¡Que te largues! —me grita León.
Hago un gesto con la mano, desechando esa orden.
Eso no va a pasar. Esta reunión se ha puesto de lo más interesante y de pronto solo quiero averiguar por qué Carmen le obliga a tener una cita con Martina, la maestra de Giuliano.
Y por qué León parece tan disgustado con eso.
La chica es preciosa y el otro día ya pude ver que mira a León con el anhelo pintado en la cara.
—No le hables así a Giulia, ¿qué te pasa? Agáchate ahora mismo para que pueda darte una colleja.
—Eso, gatito, agáchate para que mami te dé una colleja —susurro con voz cantarina.
—Ni me voy a agachar, ni pienso cocinar para Martina, ni voy a tener una cita con ella, mamá. Es imposible que eso pase, ¿entiendes? Totalmente imposible.
—Pero es una buena chica y está loca por ti.
—¡Pero a mí no me gusta!
—Ya habéis salido otras veces. Si no te gustara...
—Mamá, no va a poder ser.
—Pues es una lástima, porque estará en tu casa a las ocho en punto.
—Pues tendrás que ir tú allí a ver la puesta de sol con ella, porque yo no voy a estar.
—He mirado tu calendario. No tienes clases, ni...
—Voy con Giulia a la ciudad.
Podría haber dicho que va a pasar la tarde follando con un extraterrestre y yo no me habría sorprendido tanto.
—Perdona, ¿qué? —pregunta su madre.
Y muy bien preguntado, porque yo estoy pensando exactamente lo mismo.
—Voy con Giulia a la ciudad. Quiere comprarle ropa a Giuliano para sus clases de baloncesto y necesita mi opinión.
—Necesita tu...
Carmen es una mujer lista. Lo supe la otra noche nada más conocerla y no tengo ninguna duda de eso, así que no comprendo por qué de pronto su rostro cambia de la sospecha a la ilusión desbordante. Casi parece que le haya dicho que los Reyes Magos sí que existen.
—Ay, Dios, León, ¿es una cita? ¿Vas a tener una cita con Giulia?
Pero ¿esta mujer no estaba desesperada por organizarle una cita con Martina? ¿Cómo es que parece tan entusiasmada con la película que se acaba de montar? Estoy a punto de negar con la cabeza cuando León emite el carraspeo más grande de la historia y, para mi completa estupefacción, asiente.
—Exacto. Tengo una cita con Giulia, así que no puedo quedar con Martina, mamá. Eso sería indecente, ¿lo entiendes?
Carmen no lo sé, pero yo, desde luego, no entiendo absolutamente nada.